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Manual para rechazar al psicopata - Capítulo 6

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6: No todo es lo que parece.

6: No todo es lo que parece.

Advertencia, este capitulo contiene: violencia sexual, abuso psicológico y coerción.

El piso había cobrado vida y trataba de absorber al rubio; era como si una especie de slime café y viscoso tuviera un vacío que convertía la superficie en gelatina.

—¡Lucas!

—el rubio gritaba con todas las fuerzas que tenía, mientras trataba de buscar una rama o algo de qué sostenerse—.

Okay, tranquilízate, todo va a estar bien.

Según las películas, lo peor que puedes hacer es moverte más.

Aunque Bruno trataba de calmarse, el lodo ya le llegaba más arriba del ombligo y tampoco había señal de Lucas.

Sintiendo que ya no tenía muchos minutos en el mundo de los vivos, miró al cielo y cerró los ojos.

Entró en su mente, la cual era un caos.

No sabía si debía pedir perdón o decirle a alguno de sus ángeles protectores que le permitieran convertirse en un alma en pena que pudiera jalarle los pies a los horribles padres que le habían tocado.

—¡Ey!

—el castaño llegó justo cuando Bruno estaba sobre el piso y hablaba hacia el cielo—.

¿Qué te pasa?

El hombre que hace unos momentos estaba aceptando su final sintió su corazón volver a su pecho.

—¡¿Pero qué?!

Como si solo se tratase de una pesadilla o de alguna alucinación extremadamente vívida, la tierra estaba en su sitio y los árboles respiraban con total tranquilidad.

Los pájaros se encontraban en su lugar, mirando con extrañeza al par de hombres, que eran los únicos que hacían ruido y escándalo en medio de la naturaleza.

El rubio se puso de pie en completo shock, sintiendo cómo le temblaban los dedos de las manos mientras se tocaba, verificando que no estuviera en un sueño o en “el otro mundo”.

—Te juro que hace un momento el piso se volvió un tipo…, ¡de arena movediza!

—tartamudeaba, tratando de explicar lo que había ocurrido.

Cuando volteó a ver a su salvavidas, notó que sus ojos eran como los de un puma viendo a su presa; incluso las comisuras de su boca se mantenían hacia arriba, creando una sonrisa no muy elevada, pero que denotaba satisfacción.

Antes de siquiera analizar la reacción de Lucas, el rubio empezó a sentir que sus piernas temblaban y su vista periférica se oscurecía poco a poco.

En segundos, toda su vista era negra y su conciencia se había esfumado.

El castaño se inclinó y retiró los lentes rectangulares de su cara, cerró los ojos y tomó una respiración pausada, luego exhaló por unos largos segundos hasta formar una sonrisa tendida como una línea.

Sus cejas, anteriormente curvas, también se volvieron rectas y caídas, pasando de una mirada que expresaba interés e incluso hiperactividad a una en donde sus pupilas oscuras se transformaban en un pozo sin fondo.

Observó su alrededor, luego dirigió su mirada al rostro pacífico y suave del desmayado.

Posó su palma en la mejilla ajena, sintiendo cómo cada pliegue tenía contacto con la piel fría.

Cargó al rubio entre sus brazos y caminó hasta la mansión.

Subió al segundo piso, recorriendo el largo pasillo con los pies descalzos, atravesando el tapiz verde y los cuadros de bestias mutantes que parecían vivir dentro del marco.

Las bestias variaban entre hombres con una anatomía ferozmente asqueante; algunos incluso parecían más naturaleza muerta que hombres, y otros eran animales deformados.

Entró en la última puerta de madera que apestaba a moho y lo acostó con delicadeza sobre la cama matrimonial.

Buscó una cinta americana en el cajón de al lado y la colocó sobre los labios durazno, luego sacó una cuerda del armario y lo ató a la cama.

La habitación no era un total desastre, de hecho, era cálida gracias a las cortinas gruesas.

Los muebles eran de madera, la cama tenía su propio techo y, aunque había algunas telarañas, lo demás se veía limpio o, al menos, en condiciones.

No pasó mucho tiempo cuando Bruno despertó gracias a que una araña andaba sobre su cara.

Al darse cuenta de que estaba atado y no podía quitársela, empezó a moverse bruscamente.

Cuando por fin logró retirar al pequeño animal, empezó a escuchar la madera de las escaleras crujir.

Lucas caminó con lentitud y entró con total calma.

—No me veas así —se recargó en la puerta y cruzó los brazos—.

No hice esto por gusto… ¿O sí?

Se acercó y observó con satisfacción el miedo que demostraba su compañero.

—Ni siquiera disimulas que me tienes miedo, pero ¿qué te puedo hacer?

—se paró a su lado con su usual sonrisa, en donde sus hoyuelos se hundían formando un cuenco en la piel.

Lo tomó con fuerza del cabello y observó con tranquilidad la mirada de enojo del rubio.

Como si fuera un viento veloz, le quitó la cinta gris con rapidez.

—Ahora sí, grita mi nombre como lo habías hecho antes.

¡Fue tan satisfactorio!

Bruno ni siquiera tenía fuerzas para gritar o hablar.

Sentía fuertes contracciones en el estómago, como si hubiera rayos dentro de su cuerpo.

El sudor frío caía por su frente y a los costados de las orejas.

—¿Qué quieres?, ¿dinero?

Puedo darte todo lo que tengo, pero déjame ir —su voz temblaba ligeramente.

El castaño empezó a reír a carcajadas y, cuando se cansó, cambió drásticamente a una mirada de enojo.

—¿Tengo cara de necesitar dinero?

Ni siquiera me agradas…, pero te necesito.

—¡Nunca debí ayudarte!

Lucas se agachó hasta consumir el más mínimo detalle de los ojos de su víctima.

Eran color miel y, en ese momento, brillaban de furia.

—Wow, tus ojos me hacen sentir… menos culpable.

Cuando bajó la guardia, la rodilla del otro intentó golpear su abdomen, pero, como si se lo esperara, en lugar de esquivarla la agarró con fuerza y la arrastró hacia él, acariciando con suavidad el hueco poplíteo y formando una sonrisa ladina que mostraba su colmillo izquierdo.

—Al parecer, alguien quiere que amarre sus pies.

El castaño tomó los mechones que empezaban a cubrirle el rostro y los peinó hacia atrás, al mismo tiempo que subía a la cama y se hincaba entre las piernas que sostenía a sus lados.

Bruno tenía los ojos casi fuera de las órbitas; sus nervios empezaban a explotar por las venas y el calor subía hasta la nuca, haciendo que las caricias que comenzaban a meterse por su pantalón le pusieran los pelos de punta.

—¡¿Qué haces?!

¡Estás loco!

—el cuerpo de Bruno se movía de un lado a otro con brusquedad, intentando deshacerse del agarre—.

Todo este tiempo… Quería hacer muchas preguntas, pero los dedos fríos sobre su espinilla lo paralizaban y lo convertían en una presa.

—¿Quieres preguntar desde cuándo quería secuestrarte?

—se acercó a las caderas del rubio y sostuvo con fuerza los voluminosos muslos que debía tener un hombre en forma, los cuales se engrosaban más debido a la tela de mezclilla—.

Te vi desde que llegaste a la estación…, un joven con piel de orquídea y labios como un durazno.

Después de decir esto, colocó sus dedos sobre la piel carnosa y levemente seca de los labios naranjosos, haciendo que el labio inferior se abriera ligeramente y mostrara la carne interna humedecida.

Pero, como era la única parte que podía mover, la víctima atacó con una mordida los dedos del castaño.

Lucas sintió el dolor y golpeó fuertemente al atacante hasta que aflojara la mandíbula.

—Solo haces que me emocione más.

Lucas sacó sus dedos ensangrentados y los lamió mientras sostenía la mirada aterrorizada del otro.

Después le amarró el pie izquierdo e inclinó la pierna derecha, formando una especie de montaña en el pliegue de la rodilla.

Luego se quitó la playera holgada que dejaba al descubierto un abdomen bien formado y una cicatriz en el pecho.

Aún con el pantalón puesto, empezó a frotar el volumen endurecido que tenía entre las piernas contra la rodilla del rubio.

—¡Eres un puto asqueroso!

—Bruno empezaba a sentir náuseas a causa del shock, pero al ver el placer ajeno, el sudor que comenzaba a bajar por el pezón del moreno y el movimiento artístico de su cuerpo sádico, su propio miembro empezaba a endurecerse bajo el pantalón—.

«Maldita sea».

Lucas soltaba jadeos apenas audibles y mantenía la boca levemente abierta, expulsando exhalaciones cada vez más apresuradas.

Cuando la parte endurecida cubierta de mezclilla creció hasta volverse dolorosa, se quitó el cinturón y bajó sus pantalones, dejando solo la tela más delgada.

—Déjame decirte… que esto no estaba en mi mente.

Volvió a empezar la fricción con la rodilla ajena, pero esta vez era más fuerte y rápida.

—¡Para!

—Bruno también estaba excitado, y el contacto con el cuerpo del castaño lo hacía sentirse como en un sauna, solo que con el miedo de morir quemado—.

¡Ugh!

Sin poder controlar su cuerpo, un gemido escapó de su boca.

—No debiste hacer eso.

Lucas se subió los lentes con el dedo índice y el medio.

Empezó a frotar sus pezones con sus propios dedos humedecidos, al mismo tiempo que bajaba su bóxer y seguía empujando contra la rodilla.

—Creo que tu voz tiene la capacidad de hipnotizarme tanto como las drogas —dijo entre jadeos y contracciones.

Cuando la intensidad llegó a su máximo, fue inevitable que algunos gemidos escaparan de su boca y que apretara con fuerza la pierna contraria, encorvándose hacia atrás y hacia adelante hasta correrse sobre el pantalón del otro.

Cuando terminó, observó con placer la expresión de shock del rubio; luego, su mirada se fijó en el volumen bajo el pantalón de este.

—Hum…, ¿también quieres un poco de diversión?

Gateó lentamente hasta juntar sus caderas sin dejar espacio entre ambos.

—¡Pues diviértete!

El forcejeo que inició Bruno, lejos de alejar al hombre excitado, solo provocó que ambos cuerpos se rozaran con mayor frecuencia e intensidad.

Las cejas del rubio se contrajeron y sus mejillas se enrojecieron.

Su mirada estaba llena de horror: horror hacia su propio cuerpo y horror por la situación en la que se encontraba.

Por el contrario, Lucas mantenía los ojos fijos en la expresión de desagrado y excitación del hombre sometido.

El miedo ajeno era su placer.

Cuando Lucas comenzó a escuchar los jadeos entrecortados y vio los ojos miel llenos de ardor, no pudo evitar excitarse de nuevo, lo que lo impulsó a desabrochar el pantalón del otro.

—¡No, para, por favor!

—estiraba el cuello, haciendo sobresalir su manzana de Adán, con la intención de no mirar lo que seguía.

De repente, Lucas se detuvo y observó la fuerza con la que Bruno mantenía los ojos cerrados.

Soltó un suspiro y se bajó de la cama.

Se vistió de nuevo y comenzó a caminar en círculos, con las manos hacia atrás con una mirada profunda y pensativa, incluso seria.

—Déjame ir y juro que no le diré a nadie —aunque estaba confundido por la acción de su secuestrador, sabía que debía aprovechar cualquier oportunidad para escapar—.

Te daré todos mis ahorros, ¡lo que tú pidas!

La mirada amarga del otro se posó en la nariz romana del rubio y luego lo miró fijamente.

—Te quiero a ti, aquí, en esta casa.

Tomó la perilla y le dio la espalda.

—No creas que solo te quiero por una apariencia bonita; de ser así, ya estarías muerto.

Solo sé que tú eres la clave.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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