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Manual para rechazar al psicopata - Capítulo 7

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  3. Capítulo 7 - 7 Una manera de escapar
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7: Una manera de escapar.

7: Una manera de escapar.

El ruido de las ramas chocando contra la ventana acompañaba la vigilia del hombre hambriento.

Había pasado todo el día y la noche sin comer, después de haber sido acosado sexualmente por el hombre que creía era su única salvación para salir con vida de ese pueblo maldito.

Intentó zafarse del amarre, que ya le había provocado marcas en las muñecas y un entumecimiento creciente.

Lucas no había aparecido y tampoco se escuchaban sus pasos en otras habitaciones.

Pasaron las horas, e incluso las manchas espesas que había dejado sobre el pantalón del rubio seguían ahí, lo que le provocaba arcadas a la víctima.

Bruno estaba sudado y con la cabeza gacha.

—«De no ser por ese maldito viejo, no estaría aquí» —pensó.

La sangre corría por sus muñecas, y el rencor que comenzaba a acumularse dentro de sí hacía lo mismo.

Sentía que había llegado a su límite, después de horas sin tomar agua ni comer.

Entonces, un ruido de metales delicados comenzó a oírse, junto con unas botas manchadas de lodo que crujieron frente a la puerta de madera.

El corazón del hombre de ojos miel se estranguló por el terror, y la sombra exterior se dibujó bajo el umbral.

El sonido de la manija al abrirse fue como una aguja acercándose a la retina del rubio.

El rostro del castaño no mostraba culpa, miedo, tristeza ni deseo obsceno; era esa mirada habitual que le había dedicado desde el primer encuentro con el turista.

Parecía otra persona, aunque habitara el mismo cuerpo del psicópata que lo había secuestrado.

Lucas se acercó y dejó la bandeja de metal sobre la mesita de noche.

Entre inhalaciones lentas y profundas, sacó una inyección del bolsillo derecho de su chamarra y la llenó con un líquido morado que había en la taza de té.

Ni siquiera miró la expresión de pánico del hombre sobre la cama, que seguía cada uno de sus movimientos.

Acercó la mano al cuello claro y la introdujo con tal delicadeza que pareció el roce de una pluma sobre la piel.

Una lágrima resbaló por la mano que ahora sostenía un tubo vacío.

—«Perdón, perdón, perdón» —la calidez de aquella gota le recordó a Lucas la lluvia de la noche en que su abuela se lamentaba en el patio, mientras una versión pequeña de él observaba desde la ventana.

Los ojos del hombre mostraban las pupilas puntiformes y sus brazos se contrajeron hasta rodear con fuerza el cuello ajeno.

Aquella postura parecía delatar una intención asesina; lo único que quería era detener el llanto y, cuando estaba a punto de lograrlo, soltó el agarre.

Sintió que quien se quedaba sin aire era él.

Mientras observaba la expresión de dolor de su víctima, por primera vez no sintió placer.

No porque sintiera empatía, sino porque le recordaba la razón por la que lo quería vivo y a su lado.

—Necesitas mejorarte —retomó su “autocontrol” y le extendió un vaso de agua, que el casi asfixiado se negó a beber.

Las cejas rubias, desordenadas, se contrajeron en un intento inútil de contener las lágrimas.

—¿Qué es lo que quieres?

¿Por qué no me matas de una vez?

—su voz estaba entrecortada por la dificultad para respirar.

El castaño no le despegó la mirada con sus habituales ojos rasgados.

Dio un trago de agua, tomó los cachetes del rubio con fuerza y los apretó hasta unir su boca con unos labios que ahora tenían el color de una hoja seca.

Le hizo tragar el líquido a la fuerza, sintiendo cómo desaparecía de su propio interior.

—¿Quieres que te siga alimentando o lo haces por tu cuenta?

—desvió la mirada hacia la bandeja y tomó un plato con avena—.

Preparé comida especialmente para ti.

Bruno no tuvo otra opción que ser alimentado como un bebé.

Prefería mil veces eso a volver a sentir esa respiración tan cerca.

Le dolía admitirlo, pero se sentía casi en la gloria: después del primer bocado, la avena tenía la textura perfecta y el sabor era complejo; la cantidad de miel y canela eran exactas.

Tras saborearla con discreción, volvió a pensar con la mayor claridad que su estado emocional le permitía.

—Lucas…, por favor —sus ojos suplicaban una salida—.

No te delataré.

Ni siquiera me creerán todo lo que he pasado —su voz comenzó a quebrarse en un intento por contener las lágrimas—.

Por favor.

Por un momento, el castaño permaneció en silencio, como si las hojas de otoño cayeran a su alrededor susurrándole respuestas invisibles.

—Track, track.

Llamaron a la puerta, provocando un sobresalto en ambos.

—Voy a abrir.

Durante unos minutos la interacción se detuvo, y Bruno pensó que otra vez pasarían horas en las que podría suplicar piedad o comer algo.

No fue así.

Lucas regresó tras hablar con el guardabosques y le dijo que saldrían en un par de horas hacia el pueblo.

Después volvió a salir de la habitación.

«Estoy jodido.

Seguramente tiene cómplices en el pueblo… ¡tengo que buscar una manera de salir de aquí!» La desesperación lo obligó a sacar todo el coraje que tenía dentro.

Jaló con fuerza ambos brazos; prefería morir por la pérdida de sangre antes que seguir siendo torturado por un psicópata en un pueblo maldito.

Tiró de la cuerda un par de veces sin éxito; el tercer intento fue más decidido, y el cuarto estuvo cubierto de lágrimas, desesperación y dolor.

La sangre ya había corrido hasta su hombro y se mezclaba con el ácido de su sudor.

«No puedo morir aquí, ¡no puedo!» El ruido de la madera quebrándose se mezcló con sus quejidos, que poco a poco se transformaron en gritos de dolor.

Lo que antes eran pequeños cortes se convirtieron en grandes líneas abiertas.

La piel de sus muñecas se desgarraba como una tortilla de arroz.

«Alguien… por favor».

Con las últimas fuerzas, tiró hacia adelante hasta rasgarse por completo la muñeca, dejando que la cuerda y aquello que ya no respondía cayeran sin control.

—¡AAAGH!

El grito hizo temblar la habitación y espantó a los cuervos.

Lucas corrió con toda su velocidad y abrió la puerta con ferocidad.

Lo primero que vio fue a un hombre revolcándose de dolor entre sábanas ensangrentadas, gritando mientras sostenía su mano casi inútil.

Al sentir la presencia acercarse, Bruno intentó cubrirse el rostro, pero la mano derecha no respondió y solo pudo adoptar una postura animal, sobre las rodillas, mostrando los dientes.

—¿¡Qué haces, imbécil!?

—el shock era evidente en el rostro del castaño.

Le dio la vuelta, sacó un botiquín de la cajonera junto a la puerta y se acercó con una calma inquietante, indicándole que le entregara la mano.

Bruno intentó moverla, pero del codo hacia abajo no sentía más que un martilleo constante.

En su desesperación, su mirada iba de un lado a otro: las ventanas, la puerta abierta, y los ojos afilados sosteniéndole la mano.

«Puedo escapar… pero si no lo logro, morir es la mejor opción».

Se acercó lentamente a Lucas y, cuando notó un descuido, salió disparado como una bala atravesando el hielo más cruel.

No contó con la pérdida de sangre ni con el dolor que lo aturdían.

Tropezó en el último escalón, frente a la puerta principal, donde se filtraba la luz exterior.

Unas manos lograron sujetarlo del tobillo antes de que pudiera ponerse de pie.

El rubio luchó con la poca conciencia que le quedaba y mordió el cuello de su agresor.

—¡Mátame!

¡Mátame de una vez!

Un hilo metálico atravesó su cuello.

El hombre de lentes lo había drogado nuevamente.

Cuando comprobó que ya no había lucha ni pataleos, lo tomó del brazo y lo colocó sobre el sillón mientras detenía el sangrado.

Pensó en posibles soluciones: si lo dejaba perder sangre, moriría.

Entonces recordó la pequeña clínica del pueblo cercano.

Cambió el pantalón del rubio, le puso su chaqueta café y lo cargó hasta la camioneta que guardaba en el establo abandonado.

Afuera, el clima era atroz, similar al de la noche anterior, cuando la criatura que lo atormentaba se había manifestado.

Aquella salida serviría como prueba: si durante el camino no aparecía el monstruo, el amuleto humano funcionaba; si ocurría lo contrario, tenía un sacrificio para escapar.

La hojarasca golpeaba con fuerza cuando Lucas abrió de una patada las puertas de madera.

Primero colocó el cuerpo en la parte trasera sin dejar de mirar a su alrededor, luego subió y encendió la camioneta con impaciencia, como si temiera quedarse atrapado en esa chatarra.

Tras varios intentos, las luces delanteras se encendieron y pudo avanzar, dejando atrás la mansión.

El camino de tierra y piedras entre los pinos era usado solo por el guardabosques, algunos cazadores y él para ir al pueblo cercano o al central.

El ruido de la naturaleza, cubierto por la noche que comenzaba a caer, era tan inquietante como el canto de un búho en la oscuridad, así que el castaño encendió la radio.

Solo quedaban la camioneta avanzando por el camino rural, la interferencia del aparato y los delirios de Bruno.

Lucas estacionó cerca de la clínica, no muy lejos de las oficinas de los guardabosques.

Entró con Bruno en brazos, fingiendo angustia, como si quien estuviera a punto de morir fuera su hermano mayor.

—¿Qué ha pasado?

—preguntó un enfermero que hacía un momento hablaba un oficial nocturno.

El hombre uniformado se aproximó—.

¿Es nuevo en el pueblo?

«Joder.

Si el idiota se entromete demasiado, será difícil», pensó, mientras fabricaba una estrategia lo suficientemente sólida para no levantar sospechas.

—Sí.

Quedamos de venir al pueblo, pero cuando fui a buscarlo no salió.

Me preocupé y entré porque la puerta no tenía llave.

Cuando subí a su habitación, ya estaba así.

Lucas no mostraba una angustia extrema, pero su mirada era prudente.

—Tal vez intentó quitarse la vida —propuso el doctor—.

Aparte de las muñecas, no tiene otra herida… bueno, sí: una raspadura en la espinilla.

En la habitación quedaron solo el herido y el médico.

En la sala de espera, Lucas parecía sumido en preocupación, aunque en realidad recorría mentalmente cada salida posible, como si la situación fuera un laberinto.

Pensaba en las herramientas que llevaba consigo y que lo tranquilizaban: droga y una navaja.

El doctor no tardó en salir.

—Tal vez no vuelva a mover la mano con la misma agilidad, pero podrá hacer lo de siempre.

Por ahora llevará un vendaje.

—Gracias, doctor —dijo el castaño, poniéndose de pie y extendiendo la mano—.

Buscaré la manera de contactar a sus familiares.

—Por cierto —interrumpió el hombre de bata blanca—, ¿sabes si está tomando algún medicamento?

«¿Por qué lo pregunta?

¿Se dio cuenta de la droga que le inyecté?», analizó antes de responder: —Creo que sí.

En su mesa de noche había un par de cajas.

El doctor no preguntó más y le indicó que podría llevarse al paciente cuando despertara.

«Esperaré a que el doctor quite los ojos de encima y lo llevaré a la camioneta.

Solo falta vigilar que no aparezca el maldito oficial».

Como si sus pensamientos no importaran, cuando iba a entrar a la habitación, el sonido de unos tacones lo detuvo.

—¡Lucas!

Una mujer de bata blanca se acercaba acompañada del oficial.

«Joder».

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Nann_ Muchas gracias por leer, por favor no se olviden de dejar sus comentarios y reacciones.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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