Manual para rechazar al psicopata - Capítulo 8
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- Capítulo 8 - 8 No dejes que el miedo te venza
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8: No dejes que el miedo te venza.
8: No dejes que el miedo te venza.
Hace unos meses Lucas se había mudado a este pueblo.
En realidad, su abuela sí le había heredado una casa, pero no tenía nada que ver con la mansión.
Conseguir esta gran propiedad solo le costó mover unos cuantos dedos y envenenar a un viejecito enfermo.
Durante esa misión conoció a la enfermera que lo cuidaba.
¿Quién esperaba que la belleza del pueblo se presentara ahora?
—Mónica —la voz del hombre era un esfuerzo de sorpresa y alegría—.
Hace tiempo que no te veía.
La enfermera, de piernas largas y mandíbula afilada, caminó más deprisa.
—Lucas, ¿cómo has estado?, ¿qué te trae por aquí?
—preguntó al mismo tiempo que se asomaba a la habitación donde estaba Bruno.
—Bueno, tengo un nuevo vecino y… —Según las conclusiones del doctor, el joven se quiso suicidar —interrumpió el oficial.
Mientras seguian hablando, el grupo camino hacia la cafeteria de la clinica La distanciada conversación retumbaba en los tímpanos del rubio.
Empezó a recuperar la conciencia cuando el doctor preguntó si tomaba alguna pastilla, en ese momento se odiaba a sí mismo por no poder hablar o correr de ese lugar.
Aunque era incapaz de mover su cuerpo, empezaba a escuchar con mayor claridad las voces.
Ese tono tan despreocupado y arrogante que salía de los labios delgados de su secuestrador era asfixiante.
No sabía qué tipo de carta tenía bajo la manga Lucas, pero sí sabía que tenía que moverse cuanto antes.
No importaba si tenía que correr durante toda la noche por el bosque: debía dejar ese sitio lo más pronto posible.
Cuando escuchó las voces alejarse, luchó contra la voluntad de su cuerpo y pudo sentarse sobre la camilla.
No había mucho espacio para perderse en una clínica ubicada en una zona rural.
Solo era un piso, con algunos pasillos largos y vistas muy blancas por la pulcritud común en esos lugares.
Bruno caminó con inestabilidad, pero alerta a cualquier ruido externo, incluso a las chispas de la lámpara casi fundida del pasillo, que lo hacían temblar.
Se colocó al lado de un expendedor de bebidas, esperando agudizar su oído para saber por qué lado salir.
Tendría que evitar al equipo médico para no ser retrasado por preguntas, y sobre todo al hombre castaño, así que se dio prisa y se volteó hacia el pasillo oeste, el área más silenciosa.
Antes de irse logró observar, a través de la ventana, un desastroso viento que agitaba los árboles.
Si había algo que Bruno logro aprender durante estos pocos días, era que el viento no era ningún buen presagio.
Aún con la bata blanca puesta y con la postura encorvada por el dolor, se acercó a la ventana enrejada de la pared y vio cómo se formaban huellas en la tierra; inexplicablemente, no había nada visible que formara aquellas pistas.
«¡¿Pero qué carajo?!».
Su pie derecho tembló al dar un paso atrás hasta chocar con una persona, lo que lo hizo resbalar, pero una mano delgada y afilada por los huesos sobresalientes lo sostuvo de la cintura.
—¿Qué haces parado?
—preguntó Lucas, con unos ojos tan afilados que se sentían como una estaca.
Al ver la cara de susto, no pudo evitar soltar una sonrisa ladina.
—Hay algo allá afuera —logró advertir el rubio ante la intimidación, aún sintiendo el tacto a través de la tela.
El castaño desvió su mirada al exterior y pudo sentir ese ambiente que advertía la llegada de algo no deseado.
No sabía qué pensar; ahora había más testigos.
Se suponía que esas criaturas no vendrían mientras hubiera más gente.
Al sentir la presión del viento rozando su sien, quitó del camino al lesionado para poder colocar el expendedor contra la puerta principal.
—Más te vale que no te despegues de mi lado —ordenó el de ojos oscuros, sin esperar respuesta.
Afuera, la lámpara se fundió, dejando todo en completa oscuridad.
No tardaron en llegar los demás.
El oficial caminaba con la mano sobre el bastón y la guardia en alto.
Los ruidos hicieron que se alertara y se dirigiera hacia el par de hombres inquietos.
Detrás de él venía Mónica, con un rostro de duda.
—¿Qué está pasando?, ¿por qué pusiste la máquina contra la salida?
—se apresuró a interrogar la mujer a su conocido, antes de dejar hablar al policía.
Su inquietud hacía que su sedoso cabello bailara junto con el ventarrón repentino.
—Hay algo ahí afuera, tal vez un oso —respondió el interrogado.
—¡¿Un oso?!
—preguntó el doctor, que ya se estaba alistando para irse—.
Justo cuando me voy.
El de uniforme negro, interrumpió la escena y se asomó por la ventana.
Preguntó si había alguna otra entrada por donde pudiera entrar el animal.
—Doctor, mejor quédese con el paciente y Mónica.
Tú ven conmigo —dijo, señalando al castaño.
El policía caminaba apresurado, con el más joven siguiéndole.
—Intentaré cubrir todas las áreas necesarias y después subiré con el rifle a la azotea.
¿Me ayudas monitoreando las cámaras?
Lucas solo asintió con la cabeza.
«¿Cómo se supone que vea algo invisible?» La noche empezaba a ponerse fría y Bruno estaba sobre la camilla, observando los nervios de la señorita, que no dejaba de hacer ruido con sus tacones.
—¿Puede dejar de dar vueltas?
—preguntó, mientras arrugaba la frente por la migraña que ya tenía.
Aunque la joven rubia sintió un poco de vergüenza y molestia, trató de controlar su cuerpo.
—Lo siento, es que me preocupa Marcelo y Lucas.
Al escuchar la simplicidad con la que se refería al par de hombres, supuso que tenían una relación cercana, o al menos se conocían.
Quiso preguntar al respecto, pero la voz plana y controlada de Lucas sonó a través de los altavoces.
—Disculpe, policía; le recomiendo que se aleje de esa ventana.
La criatura había dejado su camuflaje.
Al parecer, podía decidir cuándo dejarse ver y cuándo no.
Esta vez no era un ser que midiera casi tres metros; al contrario, apenas alcanzaba los dos, pero era tan gordo que la grasa creaba volúmenes colgantes, los cuales tenían hoyos semejantes a hongos.
«Es evidente que la fuerza de esa cosa puede destruir paredes», pensó el que observaba las pantallas.
Justo cuando Marcelo intentaba arrastrar una camilla hacia un ventanal, lo que podría llamarse una mano —aunque parecía más una garra hecha por algún tipo de malformación— atravesó la pared.
El monstruo alzó el cuello del uniformado y tronó su cabeza, haciendo que sus ojos se disiparan hacia arriba.
—Bruno, te necesito en la habitación de cámaras, ¡ahora!
—volvió a ordenar por los altavoces—.
A la enfermera Mónica y al doctor: quédense ahí.
«¿Cuándo le dije mi nombre?», pensó el rubio, cada vez más confundido.
Se levantó y se quitó el suero de un solo movimiento.
Primero calmó los nervios de los dos profesionales.
Una vez que logró convencerlos de que se quedaran ahí y se ocultaran en un par de lockers.
Acercó su cabeza a la pared para escuchar posibles riesgos.
Solo podía oír un tipo de arrastre, como si pasaran algún costal por el piso.
Supuso que no era el oficial, de ser así, se escucharían pasos y no algo tan extraño.
Cuando el sonido empezó a hacerse más fuerte, calmó su respiración y caminó con los pies descalzos hasta debajo de la cama.
Logró ver, por el umbral, un camino de sangre.
Su cuerpo empezó a sudar de forma descontrolada, pero se mantuvo firme en su sigilo.
«Si no salgo de aquí, estoy jodido, y si salgo corriendo, no tardará mucho en alcanzarme.
Necesito analizar sus habilidades.
Por el momento sé que puede hacerse invisible; por el sonido de su caminata es algo pesado y, gracias a su sombra, puedo decir que también puede hacerse visible».
Mientras hacía un análisis rápido, caminó en cuclillas hacia otra habitación.
Tenía que esconderse cuando hubiera demasiado silencio o sería sorprendido.
Justo cuando estaba a dos cuartos de llegar a las cámaras, un temblor se aproximó hacia él con ferocidad.
Se resguardó y buscó un lugar para esconderse; solo tenía unas cuantas opciones: detrás del escritorio de metal, en un locker o en la bodega.
Terminó metiéndose dentro del rectángulo angosto, aguantando la respiración.
Un fuerte golpe derrumbó la puerta y el lugar se llenó de un olor putrefacto que causaba náuseas.
La respiración de la bestia venía por todos los huecos de la capa gruesa que podría llamarse piel.
«Solo tiene un ojo; mientras sostenga la respiración, podré salir vivo».
No había terminado de pensar correctamente cuando el engendro traspasó la mesa de metal con un solo agarre.
Enfurecido, por medio de respiraciones fuertes como una máquina de vapor, corrió con torpeza hacia la bodega que estaba al lado del locker y destruyó todo lo que había dentro.
Después de no encontrar nada que saciara su hambre, el cuerpo deforme se dio la vuelta y sus pasos se escucharon alejarse.
El escondido pudo volver a soltar el aire, pero no contaba con que fuera escuchado.
Al sentir el temblor aproximarse, salió a toda velocidad del rectángulo.
Cuando atravesó la puerta, fue rozado por un dedo deforme.
La gota de sangre salió disparada hacia el piso y el rechinar de los pies sudados se esfumó junto con la persecución que iniciaba.
Bruno podía sentir cómo vibraba el terreno; incluso podía jurar que ya tenía la mano deforme atravesando su abdomen y que, de no ser porque Lucas salió en medio de la criatura disparando directamente al grasoso estómago, probablemente habría sido así.
—¡Dispara a las ampollas!
—gritó el herido.
El más delgado obedeció y tiró del arma varias veces seguidas.
Aunque el esperpento tenía todo el cuerpo cubierto de un líquido amarillo similar a la pus, seguía tratando de alcanzar el cuello del armado.
Bruno alcanzó un bisturí tirado detrás del mueble que limitaba su huida y, como una ola en la marea, lo lanzó al ojo viscoso, no sin antes sentir que sus propios nervios lo destruían internamente.
Lucas pudo observar cómo la herramienta afilada pasaba al lado de su propia vista y atravesaba el sistema ocular de la bestia con la destreza de un lanzador profesional.
Quedó admirado, pero aliviado, ya que no tenían otra salida.
¿Cómo había conseguido saber que ese era el punto débil?
No pudo preguntar: cuando volteó, la sangre goteaba a través de los ojos del de piel clara.
—¡Bruno!
La criatura empezaba a moverse de una manera abstracta, creando sonidos de ramas quebrándose.
«Mierda».
El de ojos oscuros se levantó y tomó del brazo al inconsciente.
Lo llevó a la camioneta y encendió el motor.
Antes de irse, el doctor salió para preguntar qué pasaba, con un rostro angustiado y sofocante; detrás de él llegó la perdida señorita.
La bestia apareció como la luz de un foco al ser conectado y atravesó al hombre mayor que vestía bata blanca, salpicando la sangre sobre la mujer.
Sus ojos se desorbitaban y no podía dejar de gritar.
Lucas sacó su arma y empezó a disparar con la intención de poder arrancar.
Bruno reunió todo su coraje y bajó de la camioneta con el martillo que había debajo del asiento.
Incluso con los ojos sangrando, podía ver la delgada figura que temblaba bajo el aterrador escenario.
Se puso frente a ella, indicándole que fuera a refugiarse, y empezó a golpear a la criatura en los orificios más pestilentes.
Las balas se habían agotado y la mujer ya estaba dentro del carro, cubriéndose los oídos.
Lucas, frustrado, solo pudo mirarla con vergüenza.
Por un momento tuvo la iniciativa de arrancar y dejar a la suerte el destino del rubio, pero sabía que eso perjudicaría su plan.
No soportaba ver la masacre frente a sus ojos, pero cuando menos lo esperaba, la bestia estaba casi triturada a los pies del de piel blanca, ahora manchada por fluidos desconocidos y su propia sangre.
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