Más allá de la oscuridad (BeyoND Of The DarKneSs) - Capítulo 64
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Capítulo 64: Capitulo 62 – La herida
El amanecer llegó lentamente sobre la colina.
La luz gris del alba comenzó a deslizarse entre los árboles y los techos de la casa, filtrándose por las ventanas como si dudara en entrar.
La casa estaba en silencio.
Un silencio extraño.
No era el silencio tranquilo de una mañana cualquiera, sino uno más pesado, más incómodo… como si las paredes mismas recordaran lo que había ocurrido la noche anterior.
Nadie se levantó temprano ese día.
Las habitaciones permanecían cerradas.
Minho no salió de la suya.
Won-ho tampoco.
Dentro de su habitación, Minho estaba sentado en el borde de la cama, mirando el suelo desde hacía quién sabía cuánto tiempo. El vendaje en su rostro ya estaba manchado de rojo otra vez.
El dolor físico era lo de menos.
Lo que realmente le dolía… era otra cosa.
Won-ho, en la habitación contigua, permanecía acostado mirando el techo con los brazos cruzados detrás de la cabeza. De vez en cuando soltaba un suspiro largo, como si estuviera intentando encontrar una broma que pudiera aliviar lo que había pasado.
Pero esta vez no la encontraba.
En la cocina, el profesor Adermat estaba de pie frente a la mesa con una taza de café que ya se había enfriado.
No la había tocado.
Sus ojos estaban perdidos en algún punto del suelo.
La escena de la noche anterior se repetía una y otra vez en su mente.
El golpe.
La sangre.
Los estudiantes cayendo al suelo.
Apretó los dientes.
Había prometido protegerlos.
Y había fallado.
Por eso, esa mañana, por primera vez desde que trabajaba en la preparatoria nocturna…
no iría a clases.
No tenía cabeza para enseñar nada.
En otra parte de la casa, Airi estaba sentada en el pasillo con su cámara entre las manos.
No estaba grabando.
Solo la sostenía.
Miraba la pantalla apagada como si esperara que algo apareciera en ella.
Como si buscara una prueba de que lo que estaban viviendo era real.
De que no desaparecerían otra vez.
La casa entera parecía suspendida en una especie de pausa incómoda.
Como si el mundo estuviera conteniendo la respiración.
Y en medio de ese silencio pesado…
alguien finalmente decidió romperlo.
Airi se levantó.
Caminó lentamente por el pasillo.
Y se detuvo frente a la puerta de la habitación de Minho.
Levantó la mano.
Dudó un segundo.
Luego tocó.
Tres golpes suaves.
El sonido resonó en el silencio de la casa.
—Minho —dijo con calma desde el otro lado de la puerta—.
Hubo un pequeño silencio.
Luego añadió en japonés:
—Tenemos que hablar.
Minho cerró los ojos un momento.
Reconocía perfectamente el idioma.
Después de convivir tanto tiempo con ella, había aprendido lo suficiente para entenderlo casi sin esfuerzo.
Pero esa no era la razón por la que Airi lo usaba.
El japonés… hacía que las palabras pesaran más.
—No quiero hablar —respondió finalmente, sin levantar la voz.
Del otro lado de la puerta hubo una pausa.
—No te pregunté si querías.
La manija giró lentamente.
Minho no se había molestado en cerrar con seguro.
La puerta se abrió apenas lo suficiente para que Airi entrara.
Ella cerró detrás de sí con cuidado.
Durante unos segundos no dijo nada.
Simplemente observó la habitación.
La ropa tirada en el suelo.
El vendaje ensangrentado.
Las manos de Minho temblando ligeramente.
Airi caminó hasta la ventana y se apoyó contra la pared.
Su cámara colgaba de su cuello.
—Perdiste —dijo finalmente.
Minho soltó una pequeña risa amarga.
—Gracias por el análisis.
—No terminé.
Airi lo miró directamente.
—Perdiste porque él era mejor.
Minho levantó la mirada por primera vez.
—No.
Su voz salió más dura de lo que esperaba.
—Perdí porque soy débil.
Airi negó lentamente con la cabeza.
—No.
Minho apretó los puños.
—Lo viste.
—Sí.
—Lo escuchaste.
—Sí.
La imagen volvió a su mente.
Gael moviéndose sin esfuerzo.
Esquivando cada golpe.
Corrigiendo su postura como si fuera un instructor.
“Tu guardia baja cuando retrocedes.”
Minho apretó los dientes.
—Ese tipo ni siquiera estaba peleando en serio.
Silencio.
—Solo estaba jugando.
Airi lo observó unos segundos.
Luego habló otra vez en japonés.
Su voz era más suave ahora.
—En nuestro mundo…
hizo una pequeña pausa.
—yo era invisible.
Minho frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué?
—Nadie me veía.
Sus dedos tocaron suavemente la cámara.
—Podía caminar por la escuela y nadie recordaría haberme visto.
Miró hacia la ventana.
—Era… transparente.
El silencio se instaló en la habitación.
—Pero aquí no.
Volvió a mirarlo.
—Aquí somos visibles.
Minho no respondió.
—¿Sabes por qué?
Negó con la cabeza.
Airi levantó la cámara lentamente.
—Por esto.
La sostuvo frente a él.
—¿Sabes por qué grabo todo?
Minho volvió a negar.
Airi bajó la cámara despacio.
—Porque tengo miedo.
La confesión salió tan simple que por un momento Minho no supo qué decir.
—Miedo de qué.
Airi miró la pantalla negra del dispositivo.
—De que volvamos a desaparecer.
Minho se quedó inmóvil.
—De que este mundo también nos borre.
Levantó la cámara otra vez.
—Estas fotos…
sus dedos apretaron ligeramente el cuerpo del aparato.
—son un ataúd de evidencias.
Minho frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Airi lo miró directamente.
—Significa que si algún día desaparecemos otra vez…
tocó la cámara con suavidad.
—esto demostrará que alguna vez estuvimos aquí.
El silencio se volvió más pesado.
—Pero las fotos no son lo único que demuestra que existimos.
Airi dio un paso hacia él.
—También está esto.
Señaló sus manos.
Sus puños.
Minho miró sus propias manos.
Vendadas.
Temblorosas.
—Tus puños.
La voz de Airi se volvió firme.
—Son nuestra firma en la realidad de este lugar.
Minho levantó la mirada lentamente.
—Si dejas de pelear…
Airi negó con la cabeza.
—entonces todos volvemos a ser invisibles.
La habitación quedó completamente en silencio.
Minho volvió a mirar el suelo.
—¿Y si nunca soy lo suficientemente fuerte?
Airi no respondió de inmediato.
Caminó hasta la puerta.
Se detuvo.
Luego dijo algo más en japonés.
—Entonces sigue firmando.
Abrió la puerta.
—Porque aunque pierdas…
miró por encima del hombro.
—al menos quedará constancia de que luchaste.
La puerta se cerró suavemente detrás de ella.
Minho se quedó sentado en el borde de la cama.
Mirando sus manos.
Sus puños.
Y por primera vez desde la noche anterior…
el temblor en ellos empezó a desaparecer.
La casa seguía envuelta en el mismo silencio pesado de la mañana.
El profesor Adermat seguía en la cocina, de pie frente a la mesa con la taza de café ya completamente fría.
No la había tocado.
Sus pensamientos seguían atrapados en la escena de la noche anterior.
Los golpes.
La sangre.
Sus estudiantes cayendo uno tras otro.
Apretó la mandíbula.
Había prometido protegerlos.
Y había fallado.
—Profesor.
La voz llegó desde el pasillo.
Adermat levantó la mirada.
Xia estaba apoyada contra el marco de la puerta de la cocina.
Había llegado sin hacer ruido, como siempre.
Sus ojos observaban la habitación con esa calma extraña que siempre tenía.
—No la tocó —dijo ella, mirando la taza de café.
Adermat bajó la mirada hacia la taza.
—No tenía ganas.
Xia caminó hasta la mesa con pasos tranquilos y se sentó frente a él.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
La luz de la mañana entraba por la ventana, iluminando el vapor inexistente del café.
—El chico de anoche… —dijo finalmente el profesor—.
Xia levantó la mirada.
—Gael.
—Sí.
El profesor suspiró.
—No estaba luchando enserio con los chicos el está en otro nivel.
Al menos para ellos por qué Miriam por su parte podría despedazar a Gael si quisiera el y Kimberly también podrían hacer lo mismo.
Xia negó suavemente con la cabeza.
—No.
Su voz no tenía rabia.
Solo certeza.
—Estaba evaluando.
El profesor frunció el ceño.
—¿Evaluando?
Xia apoyó los codos en la mesa.
—No estaba intentando matarlos.
—Si hubiera querido hacerlo… lo habría hecho.
El profesor guardó silencio.
Sabía que ella tenía razón.
—Entonces —dijo finalmente— ¿qué estaba haciendo?
Xia respondió sin dudar.
—Investigando.
El silencio volvió a instalarse entre ellos.
El profesor pasó una mano por su rostro cansado.
—No debería haberlos llevado allí.
—No fue su culpa.
Adermat levantó la mirada.
—Claro que lo fue.
Xia negó lentamente.
—En mi familia había un dicho.
El profesor la observó.
—¿Cuál?
Xia respondió con la misma calma con la que hablaba siempre de cosas peligrosas.
—“La espada que nunca abandona su vaina… se oxida”.
El profesor soltó una pequeña risa amarga.
—Tus dichos familiares son bastante violentos.
—Mi familia también lo era.
La respuesta llegó tan natural que el profesor no supo qué decir por un momento.
Xia miró hacia el pasillo.
—Minho no saldrá hoy de su habitación.
—Lo sé.
—Won-ho probablemente tampoco.
—También lo sé.
El profesor suspiró profundamente.
—Necesitan tiempo.
Xia no respondió.
Se limitó a observar la luz que entraba por la ventana.
Después de unos segundos el profesor empujó finalmente la taza de café hacia un lado.
—Voy a salir un momento.
Xia levantó la mirada.
—¿A dónde?
—A la ciudad.
Se levantó de la silla.
—La casa está vacía.
Miró hacia el pasillo.
—Y los chicos no han comido nada desde ayer.
Tomó su abrigo del respaldo de la silla.
—Voy a comprar algo para el desayuno.
Xia asintió ligeramente.
—Es una buena idea.
El profesor se dirigió hacia la puerta de la casa.
Antes de salir se detuvo un segundo.
—Xia.
Ella levantó la mirada.
—¿Sí?
El profesor dudó un instante.
—Ten cuidado si algo extraño sucede mientras no estoy.
Xia lo miró con una expresión tranquila.
—Profesor.
—¿Sí?
— En este mundo siempre sucede algo extraño.
Adermat no respondió.
Solo asintió levemente.
Luego abrió la puerta.
La luz del exterior inundó el interior de la casa.
Y el profesor Adermat salió hacia la ciudad sin saber que, en pocas horas, su camino se cruzaría con alguien que ya estaba investigando a Dark.
El profesor Adermat descendía lentamente por el camino de la colina.
Sus pasos eran tranquilos, casi distraídos, como los de alguien que caminaba sin notar del todo el lugar al que se dirigía. La grava crujía bajo sus zapatos mientras el viento matutino descendía desde las alturas, moviendo suavemente las ramas de los árboles.
El aire era frío, pero el sol comenzaba a elevarse en el horizonte.
Su luz caía sobre la colina con una suavidad casi maternal.
El viento golpeaba su rostro con una mezcla extraña de delicadeza y violencia, arrastrando el aroma húmedo de la tierra y las hojas.
Adermat respiró profundamente.
Pero su mente no estaba en el paisaje.
Seguía en la noche anterior.
Los cuerpos cayendo.
La sangre.
Los golpes.
El rostro de Minho.
El profesor cerró los ojos por un instante.
—Prometí protegerlos…
murmuró para sí mismo.
Siguió caminando unos pasos más antes de detenerse a mitad de la colina.
Desde allí podía ver gran parte de la ciudad extendiéndose más abajo: techos de teja oscura, humo elevándose de algunas chimeneas, y el lento despertar de las calles.
Adermat levantó la mano frente a su rostro.
Observó sus dedos durante unos segundos.
Los movió ligeramente.
Luego los acomodó.
Pulgar contra dedo medio.
«Este poder…»
pensó.
Sus labios se curvaron apenas en una sonrisa casi infantil.
«Realmente es magnífico.»
El chasquido resonó con claridad en el aire.
Pero lo que ocurrió después era algo que los estudiantes nunca veían.
Para ellos, el profesor simplemente chasqueaba los dedos…
y el efecto ocurría.
Para Adermat…
era muy distinto.
En el instante en que el sonido del chasquido atravesó el aire, el mundo se quebró.
El paisaje desapareció.
El cielo, los árboles, la colina… todo se disolvió como tinta en agua.
El espacio a su alrededor se transformó en un océano profundo de azul marino.
Un azul oscuro e infinito.
Y en medio de ese vacío flotaban miles de relojes.
Relojes de arena suspendidos en el aire.
Relojes de manecillas girando lentamente.
Algunos intactos.
Otros rotos.
Otros completamente vacíos.
El sonido del tiempo llenaba aquel lugar.
El suave deslizamiento de la arena.
El tic tac constante de los engranajes.
Adermat caminó un paso dentro de ese océano detenido.
Los relojes se balanceaban suavemente a su alrededor como si estuvieran suspendidos en agua.
—Tiempo…
susurró.
Su voz resonó con un eco extraño en aquel lugar imposible.
Adermat siempre había amado el conocimiento.
Desde niño.
Cuando otros niños soñaban con aventuras o riquezas…
él soñaba con respuestas.
Recordó las noches de su infancia, leyendo libros a escondidas bajo la luz de una pequeña lámpara.
Teorías conspirativas.
Textos prohibidos.
Relatos de sociedades secretas.
Los Iluminados.
La idea de que existían personas capaces de ver el mundo más allá de lo que los demás podían comprender.
Recordó la obsesión que había sentido.
El deseo infantil y ardiente.
«Quiero ser uno de ellos.»
Una pequeña risa escapó de sus labios.
—Qué ingenuo era…
Extendió la mano hacia uno de los relojes flotantes.
La arena en su interior estaba completamente detenida.
Ni un solo grano caía.
«Deseaba ser un Iluminado con toda mi alma…»
Sus dedos tocaron el cristal frío del reloj.
«…sin saber que ya lo era desde el momento en que nací.»
Chasqueó los dedos una segunda vez.
El océano azul desapareció.
Los relojes se desvanecieron.
El mundo volvió de golpe.
El viento.
La colina.
La ciudad.
Adermat bajó la mano lentamente.
Luego continuó descendiendo.
La ciudad estaba más despierta ahora.
Carros de transporte se movían por las calles.
Pequeños puestos comenzaban a abrir.
El profesor tomó un autobús urbano que descendía hacia el centro.
Se sentó junto a una ventana.
La vibración del vehículo acompañó sus pensamientos.
Las calles pasaban frente a sus ojos, pero apenas las veía.
«El conocimiento…»
pensó.
«Siempre creí que sería una bendición.»
Recordó sus años como investigador.
Las bibliotecas interminables.
Los textos antiguos.
Las discusiones con otros académicos.
Las noches enteras intentando descifrar símbolos olvidados.
«Pero el conocimiento también es una carga.»
Miró su reflejo tenue en el vidrio de la ventana.
«Porque una vez que ves demasiado…»
sus ojos se entrecerraron levemente.
«…ya no puedes volver a fingir que el mundo es simple.»
El autobús se detuvo cerca del mercado.
Adermat descendió.
El lugar estaba lleno de vida.
Vendedores gritando ofertas.
El olor de carne cocinándose en parrillas de hierro.
Montones de frutas de colores imposibles.
Una mujer discutía el precio de unas hierbas con un comerciante.
Un niño corría entre los puestos con una bolsa de pan recién horneado.
Adermat caminó entre la multitud con calma.
Finalmente se detuvo frente a un puesto de carne.
—Buenos días —dijo el joven vendedor con una sonrisa amable.
Era un muchacho de piel ligeramente oscura, ojos marrones y cabello castaño corto y lacio.
Tenía el delantal manchado de sangre fresca.
—¿Qué le sirvo, señor?
Adermat observó los cortes de carne.
—Un poco de cerdo explotado de Silentium.
El joven asintió con entusiasmo.
—¡Buena elección!
Tomó un cuchillo largo y comenzó a cortar la carne con movimientos rápidos y precisos.
—Mi padre dice que el cerdo de Silentium tiene el mejor sabor.
Adermat sonrió ligeramente.
—Tu padre tiene buen gusto.
El joven envolvió la carne en papel grueso.
—Aquí tiene.
Adermat sacó algunas monedas y se las entregó.
El muchacho contó el dinero rápidamente.
Luego le devolvió unas monedas grandes.
—Aquí está su cambio, señor.
Dos lágrimas lunares brillaron en la palma del profesor.
Adermat las tomó distraídamente.
—Gracias.
Pero su mente ya estaba en otro lugar.
«Dark…»
pensó.
«Los titiriteros…»
El recuerdo de Gael apareció en su mente.
Y por primera vez en mucho tiempo…
el profesor Adermat sintió algo que rara vez experimentaba.
Incertidumbre.
Mientras el profesor continuaba caminando por la calle del mercado, el bullicio de la ciudad comenzaba a envolverlo otra vez. Voces de comerciantes, pasos apresurados, el sonido lejano de ruedas sobre piedra.
Entonces escuchó una voz.
—Profesor Adermat.
Era suave.
Masculina.
Lo suficientemente baja como para perderse entre el ruido de la calle… si uno no estaba atento.
El profesor se detuvo.
Miró a su alrededor con discreción.
Personas caminando.
Vendedores negociando.
Nadie parecía haberlo llamado.
Hasta que sus ojos encontraron el origen de la voz.
Un callejón.
Allí, apoyado contra la pared como si hubiera estado esperando desde hacía rato, había un joven.
Adermat caminó hacia él sin prisa.
Cuando se acercó lo suficiente pudo observarlo mejor.
El muchacho parecía tener unos diecinueve años. Cabello negro hasta las orejas, lacio. Ojos azules. Piel blanca.
Vestía una playera de algodón negra, una gabardina oscura y pantalones del mismo color. Botas tácticas cubrían sus pies.
En su cintura, apenas visible bajo la gabardina, descansaba un arma.
Adermat no necesitó más que una mirada para entender.
Una Polilla Diurna.
El muchacho inclinó ligeramente la cabeza.
—Mucho gusto, señor —dijo con una voz calmada, educada, casi tímida. La voz de alguien que aún no había sido completamente triturado por el mundo—. Mi nombre es Kaito.
Hizo una pequeña pausa antes de añadir:
—Polilla Diurna del sendero del Ilusionista. Nivel 1.7.
El profesor lo observó en silencio unos segundos.
Luego respondió con su tono serio y profundo.
—Dime qué necesitas, muchacho.
Kaito se encogió ligeramente de hombros.
—Se trata de uno de sus alumnos.
El profesor ya sabía la respuesta antes de que el nombre saliera de sus labios.
—Nighthos Dark.
Adermat mantuvo el rostro completamente inmóvil.
Pero por dentro algo se tensó.
—Las Polillas han comenzado a investigarlo.
El profesor tardó un segundo en responder.
—¿Desde cuándo?
Su voz seguía siendo firme.
Controlada.
—Desde la semana pasada —respondió Kaito—. Enviaron a un agente para vigilar su casa… y reunir información sobre él.
El muchacho evitó mirar directamente al profesor mientras decía aquello.
El profesor ocultó con maestría el golpe de aquella información.
Un agente vigilando a Dark.
Durante una semana.
Su mente comenzó a trabajar rápidamente.
—¿Y por qué me dices esto?
Kaito levantó la mirada.
Sus ojos mostraban algo extraño.
No era miedo.
No exactamente.
Era… duda.
—Porque creo que la Orden se está equivocando.
El profesor entrecerró ligeramente los ojos.
—Explícate.
Kaito bajó la mirada un momento.
Respiró hondo.
—Mi abuela era sanadora.
Sus dedos jugaron distraídamente con el borde de su gabardina.
— Y ayudaba a quien podía.
Una pequeña sonrisa triste apareció en su rostro.
—Ella siempre decía algo.
Miró al profesor otra vez.
—Decía que hay heridas que no se deben abrir.
El profesor no dijo nada.
Kaito continuó.
—Solo acompañar.
El silencio del callejón se volvió más denso.
—Dark… —dijo finalmente Kaito— es una de esas heridas.
El profesor lo observó con atención.
—Las Polillas creen que podría ser un Despertado del sendero de la Oscuridad —continuó el joven—. Y si lo es… quieren abrirlo.
Hizo una pequeña pausa.
—Examinarlo.
—Diseccionarlo.
La palabra quedó flotando en el aire como una cuchilla.
—¿Y tú no estás de acuerdo?
Kaito soltó una pequeña risa sin humor.
—Yo me uní a las Polillas porque creía en lo que representaban.
Miró hacia el suelo.
—Proteger el equilibrio.
—Vigilar aquello que no debe escapar.
—Evitar que el mundo se rompa.
Sus hombros se tensaron.
—Pero a veces…
su voz se volvió más baja.
—parece que la Orden rompe el mismo ideal que dice defender.
El profesor no respondió.
Había escuchado ese tipo de pensamientos antes.
En otros agentes.
En otros tiempos.
—En este mundo no hay organizaciones puras, Kaito —dijo finalmente.
El joven levantó un poco la mirada.
—Lo sé.
—Ni héroes.
—Ni villanos.
El profesor lo observó fijamente.
—Solo personas.
Kaito asintió lentamente.
—Personas que creen estar haciendo lo correcto.
—Aunque no siempre lo estén.
El silencio regresó.
El ruido distante del mercado parecía ahora muy lejano.
Kaito miraba el suelo.
Pero sus ojos estaban dirigidos hacia la izquierda.
El profesor también bajó la mirada.
Aunque sus ojos apuntaban hacia la dirección opuesta.
Ambos parecían observar algo invisible entre las grietas del pavimento.
Dos hombres.
Dos generaciones.
Dos formas distintas de enfrentar el mismo mundo roto.
El viento pasó lentamente por el callejón.
Moviendo apenas la gabardina negra del joven.
Durante un momento ninguno dijo nada.
Porque en ese instante ambos entendían algo.
Que el mundo en el que vivían no tenía respuestas simples.
Y que incluso aquellos que juraban proteger la luz…
a veces caminaban demasiado cerca de la oscuridad.
El profesor se dio la vuelta después de agradecer la información. Había dado apenas dos pasos cuando escuchó el leve movimiento detrás de él. Kaito lo había alcanzado lo suficiente para lanzarle algo. Una tarjeta blanca atravesó el aire describiendo un pequeño arco.
Adermat la atrapó sin detenerse.
Ni siquiera la miró.
La guardó automáticamente en el bolsillo de su abrigo y continuó caminando hacia la salida del callejón.
Pero cuando finalmente salió a la calle principal… comenzó a correr.
No fue una decisión consciente.
Simplemente ocurrió.
Sus pasos golpeaban el pavimento con rapidez mientras la multitud del mercado se apartaba ligeramente al verlo pasar. El aire frío de la mañana entraba y salía de sus pulmones con violencia.
El corazón del profesor latía con una fuerza brutal.
Cada latido retumbaba en su pecho como si quisiera romper las costillas y escapar de su prisión de carne.
Latía demasiado rápido.
Demasiado fuerte.
Como una bomba a punto de estallar.
El sudor comenzó a cubrir su frente y descender por su cuello, empapando el cuello de su camisa como si alguien le hubiera arrojado un balde de agua helada.
Sus pupilas estaban completamente dilatadas.
Los ojos abiertos de par en par.
La expresión de alguien que había visto algo demasiado grande para ignorarlo.
Porque sabía.
Sabía exactamente lo que significaba.
Sabía lo que pasaría si la Orden descubría la verdad sobre Dark.
Sobre su sendero.
Durante miles de años, desde el nacimiento mismo de las grandes ciudades de Aethra, los Iluminados habían vivido con un temor silencioso que pasaba de generación en generación como una herencia maldita.
Un temor antiguo.
Más viejo que muchos imperios.
Más persistente que cualquier guerra.
El temor al día en que surgiera un Iluminado del Sendero de la Oscuridad.
Los textos más antiguos lo mencionaban en fragmentos.
Las academias lo discutían en voz baja.
Las órdenes lo estudiaban como si fuera una enfermedad posible.
Una anomalía.
Una señal.
Porque la aparición de un Iluminado de ese sendero no era simplemente el nacimiento de otro portador de poder.
Era un anuncio.
Un presagio.
Una campana fúnebre resonando en los cimientos del mundo.
El anuncio de que algo mucho más grande estaba en camino.
El nacimiento del Dios de la Oscuridad.
Una figura que existía en las viejas escrituras como un final inevitable.
Un ser que, según los antiguos mitos, no venía a gobernar.
Venía a reclamar.
Porque cuando él llegara, el cielo sería cubierto por su manto negro.
Un velo de noche absoluta caería sobre la tierra.
Y toda luz que existiera en el mundo sería devorada lentamente, como una llama ahogada por un océano infinito.
La noche eterna.
Eso prometían los textos.
Eso temían los sabios.
Eso estudiaban las órdenes.
La noche eterna sobre Aethra.
El fin de todas las auroras.
El momento en que la tierra prometida dejaría de pertenecer a los hombres.
Y pasaría a pertenecer a la oscuridad.
Las escrituras hablaban también de otra cosa.
Del silencio que vendría después.
Porque cuando el dios finalmente caminara sobre el mundo…
ya no existirían incrédulos.
Solo creyentes.
Solo devotos.
Solo voces elevándose en alabanzas hacia aquel que había reclamado lo que siempre le había pertenecido.
El profesor seguía corriendo.
El aire quemaba sus pulmones.
Su mente giraba como una tormenta.
Porque conocía esas historias.
Las había estudiado.
Las había analizado durante años con la distancia fría de un académico.
Como quien estudia una leyenda.
Como quien analiza una posibilidad remota.
Pero ahora…
ahora esa posibilidad tenía un nombre.
Dark.
Y por primera vez en mucho tiempo, el profesor Adermat sintió que el peso del conocimiento se volvía insoportable.
Porque entendía algo que pocos comprendían realmente.
Que el miedo de los antiguos no provenía solo de la destrucción que ese dios podría traer.
Sino de algo mucho más inquietante.
Algo que los textos repetían una y otra vez como una verdad ineludible.
Que al principio de todas las cosas…
solo existía oscuridad.
Y que al final…
sería lo único que permanecería.
Porque sin oscuridad…
la luz jamás habría podido existir.
Y porque, tarde o temprano…
toda luz acaba regresando al lugar del que nació.
La oscuridad.
La puerta se abrió con más fuerza de la necesaria.
No fue un golpe, pero tampoco fue normal.
Fue suficiente para que todos en la casa levantaran la mirada al mismo tiempo.
El profesor Adermat estaba en el umbral.
Su respiración era irregular.
Su ropa, ligeramente desordenada.
Su presencia… distinta.
No era el hombre firme, medido y casi inquebrantable al que estaban acostumbrados.
Había algo más.
Algo agrietado.
Algo urgente.
Miriam fue la primera en reaccionar. Se acercó sin prisa, pero con atención absoluta, tomando las bolsas que él llevaba en las manos.
No preguntó nada de inmediato.
Pero lo observó.
Con detalle.
Con precisión.
Como si intentara diseccionar aquello que no encajaba.
Detrás de ella, los demás ya se habían reunido.
Alya, con el ceño fruncido.
Kim, en silencio, pero alerta.
Minho y Won ho, aún con el peso de la noche anterior sobre los hombros.
Airi, quieta… observando todo como si intentara grabarlo en su memoria.
Y Xia.
Xia no miraba las bolsas.
No miraba a Miriam.
No miraba a nadie más.
Solo al profesor.
Sus ojos entrecerrados, su postura tensa… como un filo contenido.
—¿Dónde está Dark?
La pregunta salió más rápido de lo habitual.
Más directa.
Más pesada.
Hubo un pequeño silencio antes de que alguien respondiera.
—Salió —dijo Alya finalmente—. A caminar… al bosque.
El profesor no respondió de inmediato.
Miró hacia la ventana.
Hacia la línea de árboles que rodeaba la colina.
Esa barrera natural que siempre había parecido tranquila.
Ahora no lo era.
Ahora era incertidumbre.
Un lugar donde algo podía ocultarse.
O encontrarlo.
El ambiente cambió.
No de golpe.
Pero sí de forma inevitable.
Todos lo sintieron.
Algo no estaba bien.
El profesor avanzó unos pasos dentro de la casa. Su mirada recorrió el lugar, como si verificara que todo seguía en su sitio… o como si esperara encontrar algo fuera de lugar.
Entonces habló.
Y les contó.
Sobre Kaito.
Sobre las Polillas Diurnas.
Sobre la investigación.
Sobre la vigilancia.
Cada palabra caía en la sala como una piedra en agua quieta.
Pesada.
Irreversible.
El silencio que siguió fue más denso que cualquier reacción.
Hasta que Xia se movió.
Un paso.
Luego otro.
Su mano se cerró con fuerza.
—Entonces hay alguien su casa.
No era una pregunta.
Era una conclusión.
El profesor no la corrigió.
Y eso fue suficiente.
El aire se tensó.
—Voy a encontrarlo.
Su voz fue baja.
Pero firme.
Peligrosamente firme.
Xia dio un paso hacia la puerta.
Pero no llegó lejos.
—No.
La voz del profesor la detuvo.
No fue fuerte.
Pero tenía peso.
Autoridad.
Xia giró ligeramente el rostro hacia él. Sus ojos brillaban con algo más que determinación.
Había enojo.
Había miedo.
—No es buena idea —continuó Adermat, ahora más controlado—. No sabemos cuántos son. No sabemos qué nivel tienen. Y lo más importante…
Hizo una breve pausa.
—No sabemos qué ya saben.
Eso la detuvo.
No físicamente.
Pero sí lo suficiente.
El impulso seguía ahí.
Ardiendo.
Pero ahora estaba contenido.
Xia desvió la mirada, apretando los dientes.
No estaba de acuerdo.
Pero entendía.
Y eso era peor.
El profesor dejó escapar el aire lentamente.
Luego miró al grupo completo.
—Desde este momento… Dark no debe quedarse solo.
Las palabras fueron claras.
Firmes.
Sin espacio para discusión.
—Si las Polillas están interesadas en él, es solo cuestión de tiempo antes de que comiencen a acercarse.
Miriam cruzó los brazos, pensativa.
Kim desvió la mirada hacia la ventana.
Alya bajó ligeramente la cabeza.
Minho apretó los puños.
Won ho no dijo nada, pero su postura cambió.
Airi simplemente observó.
Registrando.
Guardando.
—Esta noche —continuó el profesor—, se queda aquí.
Un asentimiento silencioso recorrió el grupo.
No era una decisión ligera.
Pero era necesaria.
Porque todos, en ese momento, entendieron lo mismo.
Esto ya no era solo su mundo extraño.
Ni sus problemas individuales.
Ni sus batallas personales.
Esto era algo más grande.
Algo que los superaba.
Y en el centro de todo…
estaba Dark.
Afuera, el viento comenzó a moverse entre los árboles.
Su sonido se filtró por las ventanas como un susurro.
Como si el bosque mismo estuviera escuchando.
Esperando.
El día comenzó a retirarse lentamente de Aethra.
No lo hizo de forma abrupta, sino como un suspiro largo y contenido. La luz del sol se deslizaba entre los edificios y las copas de los árboles, estirándose sobre las calles como si se resistiera a desaparecer.
El cielo, que horas antes había sido claro y abierto, comenzó a transformarse.
Los azules se volvieron más profundos.
Los amarillos más cálidos.
Las nubes blancas, dispersas y suaves, se tiñeron de tonos dorados y anaranjados, como si ardieran en silencio antes de extinguirse.
Y entonces…
la luz cedió.
Como una transición inevitable.
El firmamento se abrió paso hacia algo más vasto.
Más antiguo.
El negro comenzó a extenderse desde los bordes del cielo, devorando lentamente los últimos restos del día. Pero no era un negro vacío.
Era un negro vivo.
Profundo.
Teñido de matices imposibles.
Azules oscuros.
Violetas densos.
Sombras rojizas y rosadas que parecían respirar entre sí, como si el cielo fuera un océano nocturno en constante movimiento.
Y dentro de ese océano…
las estrellas comenzaron a aparecer.
Una.
Luego otra.
Y otra más.
Miles de puntos de luz se encendieron en la inmensidad, decorando el cielo con una precisión casi irreal, como si alguien las hubiera colocado con intención.
Brillaban con una claridad que no pertenecía a ningún mundo ordinario.
Y entonces surgieron ellas.
Las tres lunas de Balerin.
Ascendieron lentamente sobre el horizonte, imponentes y silenciosas.
Cada una distinta.
Cada una perfecta en su forma.
Su luz era fría.
Un resplandor azul cristalino que descendía sobre la ciudad de Amberlath como una marea tranquila, bañando calles, edificios y hogares con una claridad casi sobrenatural.
Los bosques que rodeaban la colina reflejaban esa luz como espejos oscuros.
Las hojas parecían susurrar bajo el brillo lunar.
Las sombras se alargaban.
Se volvían más densas.
Más profundas.
Más vivas.
Desde la ciudad, otros planetas podían verse en el cielo.
Cercanos.
Demasiado cercanos.
Gigantes suspendidos en el vacío, mostrando sus superficies con una claridad inquietante, como si observaran Aethra de la misma forma en que Aethra los observaba a ellos.
Amberlath seguía viva.
Las calles estaban llenas de movimiento.
Vehículos recorrían las avenidas dejando estelas de luz.
Personas caminaban entre edificios iluminados.
Las pantallas gigantes proyectaban anuncios de tecnología, artefactos y promesas de progreso, sus colores brillantes contrastando con la serenidad casi sagrada del cielo.
Era un mundo vibrante.
Activo.
Hermoso.
Pero bajo esa belleza…
había algo más.
Algo que no podía verse a simple vista.
Algo que existía en los espacios entre la luz.
En las sombras que las lunas no podían alcanzar.
La noche en Aethra no era solo ausencia de día.
Era presencia.
Era profundidad.
Era un recordatorio silencioso de que, más allá de lo visible…
había fuerzas que observaban.
Esperando.
Pacientes.
Como si el mundo entero fuera solo un escenario…
y la verdadera obra estuviera a punto de comenzar.
A un par de calles de la casa de Dark, en la cima de un edificio departamental de fachada crema, donde el tiempo parecía haberse detenido sin caer aún en el abandono, una figura permanecía inmóvil.
El viento nocturno arrastraba consigo el murmullo lejano de la ciudad, haciendo ondear una gabardina oscura que se fundía con las sombras como si perteneciera más a ellas que al mundo físico. Desde esa altura, la casa en la colina era apenas una silueta recortada entre los árboles, pero para él… era el centro de todo.
Sus ojos no parpadeaban.
Solo observaban.
Medían.
Esperaban.
Era un agente de las Polillas Diurnas.
Un hombre de aproximadamente treinta y seis años. Cabello corto, marrón oscuro, ligeramente desordenado por el viento. Piel beige, marcada por un cansancio que no era físico, sino algo más profundo… algo acumulado. Sus ojos color almendra no reflejaban curiosidad, ni miedo, ni determinación.
Reflejaban desgaste.
Las órdenes habían sido claras.
No apartar la vista.
No intervenir sin autorización.
Vigilar.
Siempre vigilar.
Porque el objetivo… no era normal.
Dark.
Un posible despertado del sendero de la oscuridad.
Solo ese título era suficiente para justificar semanas sin dormir, días sin descanso y una presión invisible que se acumulaba en el pecho como una deuda imposible de pagar.
El agente llevó una mano a su oído, ajustando ligeramente el comunicador. No habló. No aún.
Primero miró la casa otra vez.
Oscura.
Silenciosa.
Demasiado silenciosa.
Algo en su interior… no encajaba.
No era miedo.
Era una sensación más incómoda.
Como si estuviera observando algo que… no debía ser observado.
Como si la casa no fuera el objetivo.
Sino una advertencia.
A varios edificios de distancia, ocultos entre la altura y la noche, otras dos presencias contemplaban la misma escena.
Gael.
De pie al borde, con una postura relajada, casi despreocupada, como si todo aquello fuera una obra de teatro diseñada para su entretenimiento. La máscara blanca cubría nuevamente su rostro, pero incluso sin verla, su sonrisa era evidente.
A su lado, la chica que ayudó a los dos titiriteros en su enfrentamiento con el club de la noche permanecía en silencio.
Observando.
Aprendiendo.
—Míralo… —murmuró Gael con un deje de burla en la voz—. Tan obediente.
El viento agitó su abrigo.
— Estás Polillas idiotas creen que vigilan este mundo… cuando apenas entienden una fracción de él.
Su mirada descendió hacia la casa.
Por un instante, incluso su tono cambió.
—Pero esta vez… —añadió en voz más baja— no tienen idea de dónde están parados.
La chica no respondió.
No hacía falta.
Ambos lo sentían.
Porque había algo más.
Algo que no se mostraba.
Algo que no necesitaba moverse para estar presente.
El aire… era distinto.
Más pesado.
Más denso.
Como si cada partícula cargara con una intención invisible.
Los titiriteros no lo veían.
Pero sabían que estaba ahí.
Y eso era suficiente.
El agente finalmente habló.
Su voz fue baja, controlada… profesional.
Informó a sus superiores.
Solicitó permiso.
Lo obtuvo.
Y entonces…
Se movió.
El salto desde el edificio.
El cuerpo descendió con precisión, cortando el aire en una caída limpia, calculada… como si ya hubiera tomado esa decisión mucho antes de ejecutarla.
Al tocar el suelo, no miró atrás.
No dudó.
No pensó.
Solo avanzó.
Cruzó las calles con pasos firmes, silenciosos, casi mecánicos. Las luces de la ciudad pasaban sobre él sin realmente tocarlo, como si ya estuviera parcialmente desconectado de ese mundo.
La casa se acercaba.
Con cada paso…
algo dentro de él…
se hundía un poco más.
Desde lo alto, Gael observó su avance… sin intervenir.
—Déjalo —dijo con calma—.
La chica giró levemente la cabeza.
—No es nuestro papel.
Una pausa.
Una sonrisa.
—Además…
Sus ojos se afilaron detrás de la máscara.
—Hay cosas con las que ni siquiera nosotros jugamos.
Y aun así…
no eran los únicos observando.
Nunca lo fueron.
El agente llegó frente a la casa.
Oscura.
Silenciosa.
Esperándolo.
Y en algún lugar… más allá de la vista, más allá de la lógica…
algo ya lo había visto llegar.
Con cada paso, Rogelio lo sintió.
No era miedo.
El miedo es inmediato, visceral, reconocible.
Esto era distinto.
Era… una anomalía.
Había vigilado esa casa durante semanas.
Había observado cada ventana, cada sombra, cada movimiento de ese chico.
Nada.
Nunca hubo nada.
Pero esa noche…
El lugar no estaba en silencio.
Susurraba. Con intenciones. Obscuras demasiado oscuras.
Las ramas crujían sin viento.
Las sombras no seguían a los objetos que las proyectaban.
Y, por momentos, juraría haber visto figuras entre los árboles…
figuras que lo observaban… y desaparecían cuando intentaba enfocarlas.
Cuando llegó a la puerta…
ya estaba abierta.
Como si lo hubieran estado esperando.
El olor lo golpeó primero.
Rosas.
Demasiadas.
No dulces o suaves como serían normalmente.
Intensas.
Casi enfermizas.
Como si el aire estuviera saturado de algo que no debía respirarse.
Entró.
Y la vio.
En el centro de la sala…
un ramo.
Gigantesco.
Perfecto.
Rosas negras.
No marchitas o muertas.
Vivas.
Demasiado vivas.
Rogelio se detuvo.
Su garganta se tensó.
Por lo que implicaba.
Eran una declaración.
— ¿Gusta acompañarme?
La voz llegó desde la cocina.
Femenina.
Elegante.
Pero… incorrecta.
Como una melodía perfecta tocada con un instrumento desafinado.
Rogelio giró lentamente.
Y la vio.
Sentada.
Una copa de vino entre sus dedos.
Cabello dorado cayendo como seda líquida.
Ojos violetas… demasiado profundos.
Ojos que lo atravesaban.
Su instinto gritó.
Corre.
Ahora.
No es humano.
No es algo con lo que puedas negociar.
No es algo que puedas enfrentar.
Pero su cuerpo no respondió.
Porque no era miedo lo que lo retenía.
Era… curiosidad.
Una curiosidad densa, pesada, casi impuesta.
Como si marcharse fuera… incorrecto.
Se sentó.
No recordaba haber decidido hacerlo.
La copa apareció frente a él.
No la tocó.
Ella tampoco bebió.
Solo… lo observó.
En silencio.
Largo.
Incómodo.
Quirúrgico.
— ¿Quién eres?
Su voz salió más seca de lo que esperaba.
Ella ladeó ligeramente la cabeza.
— No lo sé —respondió con suavidad—. Puedo ser muchas cosas… o ninguna.
No hay una sola respuesta correcta a esa pregunta, señor Rogelio.
Una pausa.
Luego—
— Pero tú sí tienes una.
Rogelio frunció el ceño.
— ¿Cómo?
Ella giró la copa lentamente.
El vino dibujó un círculo perfecto.
— Eres un hombre que trabaja por un ideal muerto.
Silencio.
— Protección. Orden. Bien mayor…
Su voz no cambió.
No había burla.
Solo precisión.
— Palabras estables. Repetibles. Útiles.
Levantó la mirada.
— Pero vacías.
El aire pareció volverse más denso.
Más lento.
— Dime, Rogelio…
Se inclinó apenas.
Acortaba la distancia suficiente para que no pudiera escapar del momento.
— ¿Cuántas veces has obedecido… esperando que esta vez sí tenga sentido?
Rogelio no respondió.
Porque su mente…
ya estaba buscando respuestas.
— Vamos a simplificarlo.
Eclipse apoyó suavemente la copa sobre la mesa.
— Si obedecer fuera correcto… entonces el resultado sería coherente.
Otra pausa.
— Pero no lo es.
Sus ojos se clavaron en él.
— Obedeces… y pierdes.
— Obedeces… y te alejas.
— Obedeces… y tu vida se vacía.
Cada frase cayó como una pieza.
Encajando.
— Entonces tenemos dos variables —continuó—:
Levantó dos dedos.
— Tus decisiones.
— Y el resultado.
Bajó uno.
— Si las decisiones fueran correctas… el resultado sería estable.
Bajó el otro.
— Pero no lo es.
Silencio.
— Conclusión.
Lo miró fijamente.
— Tus decisiones están equivocadas.
Rogelio sintió un nudo en el estómago.
No el nudo emocional. Que uno siente en ciertos momentos.
Era… lógico.
No podía refutarlo.
— Has criado a tu hijo solo durante años.
La frase cayó sin aviso.
Directa.
Sin énfasis.
— Tu esposa no se fue por otro hombre.
Otra pausa.
— Se fue porque tú dejaste de ser uno.
El aire se rompió.
Rogelio abrió los ojos.
Su respiración se volvió irregular.
— No fue una traición —continuó ella—. Fue una consecuencia.
Sus dedos se entrelazaron suavemente.
— Elegiste tu trabajo.
— Repetidamente.
— De forma consistente.
Levantó la mirada.
— El resultado fue consistente también.
Rogelio apretó los dientes.
— Cállate…
Pero su voz no tenía fuerza.
— Tu hijo está enfermo.
Sin emoción.
Sin pausa.
— Grave.
Silencio.
— No entiende por qué no estás.
— No entiende por qué eliges algo que no lo salva… sobre él.
Cada palabra era limpia.
Sin crueldad.
Sin necesidad de adornos.
Rogelio se levantó bruscamente.
Sacó el arma.
La apuntó.
— ¡CÁLLATE!
Eclipse no reaccionó.
Ni siquiera lo miró de inmediato.
Encendió un cigarrillo.
Inhaló.
Exhaló.
Entonces—
— Adelante.
Lo miró.
— Dispara.
Una pausa.
— Las balas no alteran resultados pasados.
El arma tembló.
Luego descendió.
Eclipse se levantó.
Caminó hacia él.
Lenta.
Precisa.
Como si cada paso estuviera calculado.
— Tu hijo necesita tratamiento.
Se detuvo frente a él.
— No lo obtendrá.
Una proyección.
— Tus superiores no te ayudarán.
— Tu trabajo no te salvará.
— Tu lealtad no tiene retorno.
Cada frase eliminaba una salida.
Rogelio cayó de rodillas.
Eclipse se inclinó frente a él.
A su altura.
— Estás resolviendo una ecuación con variables incorrectas.
Sus ojos brillaron levemente.
— Sigues invirtiendo en algo que no produce resultado.
— Sigues ignorando la única variable relevante.
Se inclinó más cerca.
— Tu hijo.
Silencio.
— Entonces ajusta la ecuación.
Susurró.
Cerca de su oído.
— Elimina lo que no sirve.
— Conserva lo que importa.
— Optimiza el resultado.
Una pausa.
— Es simple.
Rogelio temblaba. Pensaba.
— Abandona esta investigación.
— Usa lo que eres… para algo que sí tenga impacto.
— Asegura el futuro de tu hijo.
— O… al menos…
Su voz bajó aún más.
— deja de ser la causa de su sufrimiento.
Silencio.
Total.
Rogelio entendió. Porque…
no encontró error en la lógica.
Eclipse se apartó.
Lo observó.
Sin orgullo.
Sin satisfacción.
Sin culpa.
Como alguien que resuelve un problema sencillo.
Y en el suelo…
Rogelio ya no era un agente.
No era un hombre.
No era un padre.
Era…
una conclusión.
La mañana llegó… pero no trajo luz.
En el cuartel de las Polillas Diurnas, el aire era denso.
No pesado… contenido.
Como si el edificio entero supiera algo que los presentes aún no podían nombrar.
Las luces blancas del techo parpadeaban con una cadencia irregular, como un pulso enfermo.
— …¿Alguna señal de Rogelio?
La voz rompió el silencio, pero no lo disipó.
Solo lo hizo más evidente. Todos vestían el traje de las polillas pero llevaban los rostros cubiertos solo se alzabana a ver sus ojos.
— Ninguna.
La respuesta fue inmediata. Fría. Técnica.
— Su transmisor dejó de emitir hace ocho horas. No hay rastros de combate… ni interferencias.
Un murmullo casi imperceptible recorrió la sala.
No era miedo.
Era… incomodidad.
— No es propio de él desaparecer así…
Nadie respondió.
Porque todos pensaban lo mismo.
Y todos sabían que decirlo en voz alta lo volvería real.
Entonces—
La puerta se abrió.
El sonido fue seco. Definitivo.
Un superior entró sin prisa, sosteniendo una bolsa de evidencia sellada.
No saludó.
Solo habló.
— Lo encontramos.
El silencio cambió.
Ya no era tensión.
Era… confirmación.
El hombre dejó la bolsa sobre la mesa.
Dentro—
Un papel doblado.
Negro en los bordes.
Consumido… pero no destruido.
— Vehículo localizado en un garaje privado. Motor encendido. Espacio cerrado.
Hizo una pausa.
No por duda.
Por precisión.
— Muerte por intoxicación. Catalogado como suicidio.
Nadie reaccionó.
Pero todos lo rechazaron.
No con palabras.
Con algo más profundo.
Instinto.
— ¿Y el informe?
La pregunta salió más tensa de lo esperado.
El superior abrió la bolsa con cuidado.
Como si el papel aún pudiera defenderse.
Desplegó la hoja.
La tinta estaba irregular.
No temblorosa.
Forzada.
Y comenzó a leer:
«El sujeto Dark no es una amenaza.
La amenaza es querer entender lo que solo debe ser vigilado con compasión.
Destruyan este archivo.
Firmado:
Un agente que finalmente entendió su misión.»
El silencio que siguió no fue vacío.
Fue… abismo.
El garaje seguía cerrado.
El aire… espeso.
Saturado de algo más que humo.
Algo dulce.
Algo podrido.
El automóvil permanecía inmóvil, como una tumba de metal.
Dentro—
Rogelio.
Su cuerpo descansaba inclinado hacia atrás.
Sus manos caían a los costados, sin tensión.
Sin lucha.
Sin resistencia.
Sus ojos estaban abiertos.
Pero no miraban.
No veían.
No cuestionaban.
Como si, en algún momento—
hubiera dejado de ser necesario hacerlo.
No había señales de violencia.
Ni de duda.
Ni de arrepentimiento.
Solo…
una decisión.
Demasiado limpia para ser humana.
En el asiento del copiloto—
cenizas.
Restos de documentos consumidos.
Y un espacio vacío.
Un lugar exacto.
Donde la nota había estado.
Colocada.
No dejada.
Puesta.
Sobre un edificio cercano—
Eclipse observaba.
De pie.
Inmóvil.
Como si no perteneciera al mundo que pisaba.
El viento movía su cabello.
La ciudad respiraba bajo ella.
La vida seguía.
Ruido.
Movimiento.
Irrelevancia.
Sus ojos descendieron hacia el garaje.
No con interés.
No con emoción.
Con… cálculo.
La escena ya estaba resuelta.
No había variables abiertas.
No había errores.
No había nada más que ajustar.
Su expresión era serena.
No porque sintiera paz.
Sino porque no existía nada en ella que pudiera alterarse.
— Entendió…
Su voz fue apenas un hilo.
No suave.
No fría.
Simplemente…
vacía de todo lo innecesario.
— …lo suficiente.
Un segundo de silencio.
No reflexionó.
No dudó.
No recordó.
— Demasiado tarde.
Sus ojos se elevaron.
Pero no hacia el cielo.
Ni hacia la ciudad.
Hacia algo… más lejano.
Algo que no estaba ahí.
Y aun así—
existía para ella con absoluta claridad.
—
Dark.
—
Por primera vez—
algo cambió.
No en su rostro.
No en su postura.
En la forma en que el mundo parecía organizarse alrededor de ese pensamiento.
Como si todo lo demás perdiera peso.
Importancia.
Derecho a existir.
— Interferencia innecesaria…
Una pausa leve.
— …eliminada.
Giró el rostro.
Sin mirar atrás.
Sin reconsiderar.
Sin… nada.
— Una rama que crece demasiado cerca del fruto…
Su silueta comenzó a desvanecerse entre la bruma de la mañana.
No como si se ocultara.
Sino como si el mundo dejara de sostenerla.
— …debe ser podada.
Y desapareció. En un torbellino de cuervos y rosas negras.
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