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Más allá de la oscuridad (BeyoND Of The DarKneSs) - Capítulo 65

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Capítulo 65: Capítulo 63: El segundo hilo y el espacio entre latidos

El viento no debería sonar así.

Leo lo notó antes de cruzar la calle.

No era el típico susurro urbano que arrastraba polvo, papeles y conversaciones ajenas. No. Este viento parecía… respirar. Como si pasara entre algo invisible, deformándolo apenas, como dedos rozando la superficie del agua.

Se detuvo un instante.

Cabello rubio, largo hasta el cuello, moviéndose suavemente con la corriente. Sus ojos azul esmeralda se alzaron hacia el cielo, entrecerrándose.

—Qué raro…

El cielo estaba… mal.

No nublado. No oscuro. No tormentoso.

Mal.

Las nubes no avanzaban. Se mantenían suspendidas como manchas mal borradas en un lienzo, como si alguien hubiese intentado pintar el cielo y luego se arrepintiera a mitad del trazo.

Leo frunció el ceño.

No era la primera vez.

Desde hace días —quizás semanas— había pequeñas cosas que no encajaban. Detalles insignificantes que la mayoría ignoraría… pero él no.

Nunca había sido capaz de ignorar.

Reanudó su camino hacia la escuela.

Cada paso venía acompañado de esa sensación incómoda… como si algo caminara desfasado con él. No detrás. No delante.

A su lado.

Invisible.

Observando.

Al cruzar la reja del instituto, el ambiente cambió.

No de forma brusca.

Peor.

De forma sutil.

Demasiado sutil.

Las voces de los estudiantes sonaban normales… pero no lo eran. Había un desfase mínimo, como si algunas palabras llegaran una fracción de segundo tarde. Como un eco que no pertenecía a ningún lugar.

Leo apretó los labios.

—Otra vez…

Entonces los vio.

El grupo.

Siempre el mismo.

Siempre… extraños.

Primero, Kimberly.

Imposible no notarla. Energética, viva, luminosa. Su risa rompía la monotonía del entorno como un golpe de color en una pintura gris. Pero incluso en ella había algo raro… como si su alegría fuera una respuesta constante a algo que intentaba alcanzarla.

Luego, Airi.

Callada. Demasiado callada. Sus ojos parecían mirar… más allá. Como si viera capas superpuestas de la realidad que nadie más podía percibir.

Won-ho y Minho.

Ruidosos. Normales. O al menos eso intentaban aparentar. Pero había momentos —breves, casi imperceptibles— donde sus expresiones se tensaban… como si recordaran algo que no deberían haber visto.

Y Xia.

Leo entrecerró los ojos.

Ella no encajaba.

No en el mundo.

No en la lógica.

Xia no reaccionaba… calculaba.

Cada movimiento suyo tenía intención. Cada palabra parecía medida. Incluso cuando sonreía… no era del todo una sonrisa.

Era una decisión.

Pero entonces…

Él.

Dark.

Leo se detuvo sin darse cuenta.

Siempre pasaba lo mismo.

Cada vez que lo veía, algo en su pecho se tensaba.

No miedo.

No exactamente.

Era…

Vacío.

Dark caminaba como si el mundo no pesara sobre él… sino dentro de él. Como si cada paso fuera una carga silenciosa. Su mirada… perdida, pero no distraída.

Era la mirada de alguien que ya había visto demasiado.

—¿Qué eres…?

La pregunta escapó en un susurro.

Porque eso era lo que más le inquietaba.

No parecía un chico normal.

Pero tampoco algo distinto.

Era como si perteneciera a otro lugar… y aun así estuviera atrapado aquí.

Y entonces recordó.

Aquella noche.

Leo tragó saliva.

No debería haber estado ahí.

Solo pasaba cerca de la escuela. Nada importante. Nada especial.

Pero vio luz.

En un aula que debía estar vacía.

Y sombras.

Sombras que no coincidían con cuerpos.

Se acercó.

Error.

Desde la ventana vio al grupo.

A Dark.

A Xia.

Y al profesor Adermat.

Hablaban.

O al menos eso parecía.

Porque el sonido… no coincidía.

Las palabras llegaban… distorsionadas.

Como si no fueran hechas para oídos humanos.

Y las sombras…

Leo cerró los ojos con fuerza.

No.

No eran sombras.

Eran…

otra cosa.

Cuando volvió a mirar, ya no había nadie.

El aula estaba vacía.

Silenciosa.

Normal.

Como si nada hubiera pasado.

Pero desde ese día…

Nada volvió a ser normal.

Leo apretó el teléfono dentro de su bolsillo.

Había pasado noches enteras investigando.

Foros.

Teorías.

Conspiraciones absurdas.

Dimensiones paralelas.

Entidades.

Lenguajes muertos.

Todo sonaba ridículo.

Hasta que dejó de sonar así.

—Ustedes esconden algo…

Murmuró, observándolos a la distancia.

No con miedo.

O con duda.

Sino con algo mucho más peligroso.

Curiosidad.

Una sonrisa leve se dibujó en su rostro.

—Y voy a descubrir qué es.

El viento volvió a soplar.

Esta vez, más cerca.

Más… consciente.

Y por un instante—

solo un instante—

Leo sintió que algo…

le devolvía la mirada.

El murmullo del aula era el habitual.

Plumas deslizándose.

Sillas crujiendo.

Voces apagadas que se filtraban entre explicaciones históricas y explicaciones que a nadie le importaban realmente.

Excepto a Leo.

O al menos… eso debería estar haciendo.

Pero no.

Leo no estaba mirando el pizarrón.

Estaba mirando a ellos.

Otra vez.

Su mirada se deslizaba, casi mecánicamente, hacia el mismo grupo.

Dark.

Xia.

Airi.

Minho.

Won-ho.

Kimberly.

Siempre juntos.

Siempre… distintos.

—Leo.

No respondió.

—Leo.

Parpadeó.

—¡LEO!

El golpe seco del libro contra el escritorio lo hizo saltar.

—¿Sí, profesor Adermat?

El aula soltó algunas risas.

El profesor lo observaba con esa expresión que no era enojo… sino algo peor: decepción académica.

—¿Podrías decirnos qué acabo de explicar?

Leo guardó silencio unos segundos.

Miró el pizarrón.

Luego… volvió a mirar al grupo.

—…Que no debo distraerme.

Un par de alumnos rieron.

Adermat suspiró.

—Exacto. Y sin embargo, aquí estamos.

Leo se encogió de hombros con una sonrisa ligera.

—Estoy practicando la coherencia, profesor.

Más risas.

—Fuera de mi clase en cinco segundos si vuelves a hacerlo.

—Anotado.

Pero no dejó de mirar.

No podía.

Porque justo en ese momento…

Xia giró ligeramente la cabeza.

No lo miró directamente.

Pero Leo sintió algo extraño.

Como si hubiera sido… detectado.

Hora del almuerzo

El caos normal del comedor llenaba el ambiente.

Bandejas.

Risas.

Gritos.

Y en medio de todo eso…

Ellos.

Leo estaba dos mesas atrás.

Demasiado cerca para ser casual.

Demasiado lejos para ser evidente.

O eso creía.

—¿Otra vez? —murmuró una voz a su lado.

Leo giró.

Sasha.

Cabello oscuro corto hasta el cuello, mirada color miel afilada, expresión de “ya te descubrí”.

—¿Otra vez qué? —respondió él, fingiendo inocencia.

—Eso.

Señaló con la mirada.

—Tu obsesión rara.

Leo sonrió.

—No es obsesión.

—Ajá.

—Es… curiosidad bien fundamentada.

Sasha levantó una ceja.

—Claro. Y yo soy una sacerdotisa.

Leo ignoró el comentario.

—¿Nunca te ha parecido raro ese grupo?

Ella miró por unos segundos.

Xia hablando.

Kimberly riendo.

Won-ho haciendo algún comentario estúpido.

Minho comiendo demasiado rápido.

Airi en silencio.

Y Dark…

quieto.

—…A veces —admitió —.

Leo sonrió, como si hubiera ganado algo.

—¿Ves?

—Pero raro tipo “son antisociales raros”, no “están en un culto secreto o algo así”.

—No, no, no —negó Leo—. No es ese tipo de raro.

Se inclinó un poco hacia ella.

Bajó la voz.

—Es… como si no pertenecieran aquí.

Sasha lo miró ahora con más atención.

—Eso suena más a problema tuyo que de ellos.

—¿Y si no?

Silencio.

Leo apoyó el codo en la mesa.

—Los he visto después de clases.

—¿Siguiéndolos?

—Observando.

—Es lo mismo.

—No lo es.

Sasha suspiró.

—¿Y qué descubriste, detective Allen?

Leo dudó unos segundos.

Eso era raro en él.

—…Una noche pasé por la escuela.

—¿Y?

—Las luces estaban apagadas.

—Normal.

—Pero ellos estaban dentro.

Sasha frunció el ceño.

—¿Seguro?

—No solo eso.

La mirada de Leo cambió.

Menos broma.

Más… certeza.

—No estaban solos.

Silencio otra vez.

El ruido del comedor parecía más lejano.

—¿Entonces? —preguntó ella.

Leo sonrió de lado.

Esa sonrisa suya… la peligrosa.

—Estoy investigando.

—Claro que lo estás.

—Y ahora…

La miró directamente.

—Tú también.

Sasha cruzó los brazos.

—Ni siquiera he aceptado.

—Pero no te fuiste.

Punto.

Silencio.

Sasha rodó los ojos.

—Odio que tengas razón.

Leo sonrió más amplio.

—Entonces estamos de acuerdo.

—No. Estamos en “voy a ver qué haces antes de decidir si esto es una estupidez”.

—Perfecto. Eso cuenta como equipo.

—No somos equipo.

—Equipo provisional.

—No.

—Equipo en negación.

—Cállate.

Ambos guardaron silencio.

Pero los dos miraron… al mismo lugar.

El grupo.

Y en ese instante—

Airi levantó la mirada.

Directamente hacia ellos.

No por accidente.

No por curiosidad.

Sino como si supiera.

Como si… siempre hubiera sabido.

Sasha se tensó.

—…Leo.

—Sí.

—Creo que…

—Sí.

—Ya nos vieron.

Leo sonrió.

Pero esta vez no era divertido.

Era emoción pura.

—Perfecto.

Sasha lo miró.

—¿Perfecto?

—Sí.

Se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando.

—Ahora esto se puso interesante.

La salida de la escuela era un río humano.

Voces.

Risas.

Pasos apresurados.

Y entre todo eso…

Ellos.

Leo caminaba unos metros detrás, con las manos en los bolsillos, aparentando total normalidad.

A su lado, Sasha.

A diferencia de él, ella no fingía.

Ella estaba incómoda.

—Esto ya es acoso —murmuró.

—Esto es investigación de campo.

—Eso diría alguien que va directo a una orden de restricción.

Leo sonrió sin mirarla.

—Relájate, mantenemos distancia.

—Estamos a diez metros.

—Quince.

—Leo.

—Doce.

Sasha suspiró.

Pero no se fue.

Eso ya decía suficiente.

Frente a ellos, el grupo avanzaba.

Kimberly hablaba animadamente con Won-ho.

Minho se reía de algo que claramente no era tan gracioso.

Airi caminaba en silencio, mirando el entorno como si… midiera algo invisible.

Xia iba ligeramente detrás.

Y Dark…

simplemente caminaba.

Callado.

Aislado.

Como si no perteneciera ni siquiera a su propio grupo.

Sasha entrecerró los ojos.

—Hay algo raro.

Leo levantó una ceja.

—¿Hasta ahora?

—No. Me refiero a otra cosa.

Lo miró de reojo.

—Ellos cuatro.

Señaló sutilmente a Minho, Won-ho, Airi y Xia.

—No parecen de aquí.

Leo sonrió levemente.

—Te tardaste.

—No es normal —continuó ella—. No es solo cómo hablan o se mueven… es como si reaccionaran distinto al entorno.

Leo asintió, ahora más serio.

—Como si estuvieran acostumbrados a otra… lógica.

Sasha lo miró.

—Eso suena peor cuando lo dices así.

—Porque lo es.

Hubo un pequeño silencio.

Sasha volvió a mirar al grupo.

Y entonces…

su mirada se detuvo.

En Dark.

Su expresión cambió apenas.

Algo más suave.

Más… distraído.

—Pero hay algo que rompe todo eso.

Leo ladeó la cabeza.

—¿Qué?

Sasha dudó.

Y eso, en ella, era raro.

—Dark.

Leo sonrió de lado.

—Sabía que ibas a decir eso.

—No, espera —frunció el ceño—. No es lo que crees.

—Claro.

—Estoy hablando en serio.

Se cruzó de brazos, como si eso la protegiera de lo que estaba a punto de admitir.

—¿De verdad no te parece… raro?

—¿Qué cosa?

Sasha lo miró directamente.

—Su apariencia.

Leo parpadeó.

—…¿Ah?

—Es demasiado… —buscó la palabra— limpio.

—¿Limpio?

—No en el sentido literal —chasqueó la lengua—. Es como… no sé.

Volvió a mirar a Dark.

Él caminaba ajeno, con esa expresión melancólica, casi distante del mundo.

—Parece… —murmuró— algo que no debería estar aquí.

Leo la observó con atención ahora.

Sasha raramente hablaba así.

—¿Algo como qué?

Ella soltó el aire.

—Como algo… bello de una forma que incomoda.

Silencio.

Leo sonrió lentamente.

—¿Estás diciendo que te gusta?

—No.

—Suena a que sí.

—No es eso.

—Totalmente es eso.

Sasha lo golpeó en el brazo.

—Cállate.

Leo rió en voz baja.

—Entonces, ¿qué es?

Ella dudó… y luego dijo, más bajo:

—Es como si su apariencia hiciera que ignores todo lo raro.

Leo dejó de sonreír.

Eso…

era importante.

—¿Estás diciendo que… te distrae?

Sasha no respondió de inmediato.

Solo murmuró:

—Sí… demasiado.

Leo volvió a mirar al grupo.

A Dark.

Luego a los otros cuatro.

—Eso lo hace más sospechoso.

—Lo sé.

—Mucho más.

—Lo sé.

Silencio otra vez.

El aire se sentía… distinto.

Más denso.

Leo habló más bajo.

—Entonces tenemos cuatro que parecen de otro mundo…

—Y uno que parece—

——algo diseñado para que no hagas preguntas.

Sasha lo miró.

—Eso no me gusta.

—A mí me encanta.

—Claro que sí.

En ese instante—

Xia se detuvo.

No por completo.

Solo lo suficiente.

Su cabeza giró apenas por encima del hombro.

Lento.

Preciso.

Natural… pero no humano.

Sus ojos—

por un segundo—

no fueron marrones.

Un rojo profundo emergió bajo la superficie.

Como sangre diluida en café.

Una mirada…

que…

Evaluaba.

Leo sintió que el aire desaparecía.

Sasha dejó de respirar.

No era imaginación.

No era paranoia.

Era…

instinto.

Puro.

Primordial.

—…Leo —susurró Sasha—.

—Sí.

—Nos vio.

—Sí.

—Eso no fue normal.

—No.

Xia sostuvo la mirada apenas un segundo más.

Pero en ese segundo…

hubo algo.

Un cálculo.

Un peso invisible.

Como si sus vidas hubieran sido puestas en una balanza.

Y luego—

simplemente—

volvió a mirar al frente.

Y siguió caminando.

Como si nada.

Dentro de Xia

Silencio.

Orden.

Patrones.

Dos variables nuevas.

No registradas.

No irrelevantes.

Observación constante.

Seguimiento torpe.

Curiosidad creciente.

Riesgo bajo.

Potencial… incierto.

Un pulso.

Más rápido.

No propio.

Externo.

Interesante.

…

Eliminar.

La opción más eficiente.

Cortar el problema antes de que crezca.

Dos movimientos.

Dos errores menos en el tablero.

Silencio absoluto.

Sin consecuencias.

…

Pero.

Otro pensamiento.

Más lento.

Más… humano.

¿Y si no?

Curiosidad.

Caos.

Imprevisibilidad.

Variables que no controla.

Variables que… Dark tolera.

…

“¿Y si sirven?”

La idea no era emocional.

Era estratégica.

Pero había algo más debajo.

Algo que Xia no nombraba.

Ni aceptaba.

…

Observación continua.

Decisión postergada.

Conclusión:

No eliminar. Aún.

Leo soltó el aire de golpe.

—…¿Qué fue eso?

Sasha no respondió de inmediato.

—No lo sé.

Pausa.

—Pero si estabas dudando…

Lo miró, completamente seria.

—Ya no deberías.

Leo tragó saliva.

Y luego—

sonrió.

Pero ahora…

no era una sonrisa despreocupada.

Era la de alguien que acababa de cruzar una línea.

—Perfecto.

Sasha lo miró como si estuviera loco.

—¿Perfecto?

—Sí.

Sus ojos brillaban.

—Ahora sí estamos en algo real.

Sasha negó con la cabeza.

—Nos van a matar.

Leo se encogió de hombros.

—Probablemente.

Silencio.

—…¿Y aún así quieres seguir?

Leo no dudó.

—Más que nunca.

Sasha lo miró unos segundos.

Luego suspiró.

—Odio admitirlo…

Pero sonrió levemente.

—yo también.

*

Suspiré.

El aire entró… pero no llenó nada.

Seguí caminando.

Lejos de ellos.

Lejos del ruido.

Lejos de esa ilusión barata de normalidad que intentábamos sostener.

Desde fuera… todo parecía estar bien.

Risas.

Bromas.

Rutina.

Pero eso era mentira.

Una mentira frágil.

Won-ho no reía igual.

Minho evitaba mirar a los demás.

Sus egos… no estaban heridos.

Estaban rotos.

Y yo…

yo fui testigo.

No.

Peor.

Fui parte del problema.

Cerré los ojos por un instante.

Gael.

Otra vez.

Siempre vuelve.

No su rostro…

sino ese momento.

Ese instante en el que todo se desmoronó y yo…

no servi nada.

Porque soy débil.

Esa es la diferencia que más duele.

Apreté los dientes.

—Soy un inútil…

Las palabras salieron sin resistencia.

Como si siempre hubieran estado ahí.

Esperando.

—No sirvo para esto.

Seguí caminando, pero mis pasos se volvieron más lentos.

Más pesados.

—En el combate… no fui más que un estorbo.

Como siempre.

—Y lo peor es que…

Solté una risa baja.

Vacía.

—…eso no va a cambiar.

Porque no sé cómo cambiarlo.

Porque no entiendo nada de este mundo.

Porque todos parecen ir un paso adelante…

y yo sigo atrapado en el mismo punto.

Levanté la mirada.

El cielo estaba gris.

Inmóvil.

Indiferente.

—Habrá más.

Más como él.

Más fuertes.

Más rápidos.

Más… inevitables.

Tragué saliva.

—Y cuando lleguen…

¿Qué voy a hacer?

¿Esperar a que alguien más actúe?

¿Esperar a que alguien más muera por mí?

El silencio respondió.

Como siempre.

…

Mis dedos se cerraron lentamente.

—No.

Esa palabra salió más firme.

Más viva.

—No quiero eso.

No quiero seguir siendo una carga.

No quiero que tengan que protegerme.

No quiero…

ser el motivo por el que alguien más cae.

Mi respiración se volvió irregular.

—Quiero ser fuerte.

Pero no como ellos.

No como los héroes.

No como los santos.

Negué con la cabeza.

—No me interesa salvar el mundo por justicia.

No me interesa ser alguien “correcto”.

Mis ojos se entrecerraron.

—Solo quiero…

Una pausa.

Pequeña.

Pero honesta.

—…proteger lo que tengo.

A ellos.

Kim.

Alya.

Xia.

Airi.

Minho.

Won-ho.

Incluso este mundo…

aunque no lo entienda.

Aunque no lo quiera.

—Si tengo que romperme para hacerlo… lo haré.

Mis uñas se clavaron en la piel.

—Si tengo que morir… lo aceptaré.

Pero no así.

No siendo débil.

No siendo inútil.

…

El viento sopló.

Frío.

Vacío.

—Entonces… ¿cómo?

Esa es la pregunta.

La única que importa.

¿Cómo dejo de ser esto?

¿Cómo dejo de ser… nada?

Recordé las palabras.

Sendero.

Ascender.

Poder.

Todo suena simple cuando otros lo dicen.

Pero para mí…

es un laberinto sin salida.

—¿Cómo se sube…?

Susurré.

—¿Cómo se llega a la cima… cuando ni siquiera sabes dónde empieza?

Mis ojos se clavaron en el suelo.

—¿Y si no hay cima para mí?

Esa idea…

no era nueva.

Pero hoy…

dolía más.

—¿Y si mi destino no es subir…?

Mi voz bajó aún más.

—¿Y si mi destino es caer?

Silencio.

Pesado.

Denso.

Inevitable.

…

Mi pecho dolió.

—No.

Negué lentamente.

—No voy a aceptar eso.

Aunque todo apunte a ello.

Aunque cada paso me lleve en esa dirección.

—No voy a aceptar un destino que no elegí.

Mis ojos se endurecieron.

Por primera vez en mucho tiempo…

había algo más que vacío.

Había resistencia.

—Si existe un camino…

lo voy a encontrar.

Aunque tenga que arrastrarme.

Aunque tenga que romper cada parte de mí.

—Voy a aprender a usar este poder.

Lo que sea que sea.

Lo que sea que soy.

—No para convertirme en algo grande.

No para ser recordado.

No para ser salvador.

Una pausa.

—Sino para que ellos… puedan seguir existiendo.

Mi respiración se estabilizó poco a poco.

Pero el peso no desapareció.

Nunca lo hace.

…

—Porque si no puedo protegerlos…

Cerré los ojos.

Y esta vez…

no huí del pensamiento.

—Entonces no tengo razón para existir.

El silencio no respondió.

Pero no hacía falta.

Yo ya conocía la respuesta.

…

Abrí los ojos.

Y seguí caminando.

El parque estaba… demasiado tranquilo.

El tipo de tranquilidad que no encaja con lo que llevas dentro.

El césped estaba húmedo, las hojas apenas se movían con el viento, y el cielo… tenía ese azul limpio que parece burlarse de todo lo que no está bien.

Yo estaba sentado en una banca.

Sin hacer nada.

Como siempre.

Kim estaba tirada en el pasto, mirando las nubes con esa energía absurda que siempre tiene, como si el mundo no estuviera rompiéndose poco a poco.

Won-ho y Minho discutían por algo irrelevante.

Airi estaba en su teléfono.

Y Xia…

Xia no estaba “conviviendo”.

Estaba observando.

Como siempre.

Calculando.

Midiendo.

Esperando.

…

—Oigan…

La voz de Airi rompió el equilibrio artificial del momento.

No levanté la mirada.

—Encontré algo.

Eso fue suficiente.

El ambiente cambió.

No de golpe.

Pero sí lo suficiente para que todos dejaran de fingir.

—¿Qué pasa? —preguntó Kim, incorporándose.

Airi frunció el ceño, deslizando su dedo por la pantalla.

—En la ciudad vecina… Artlem.

Mi atención se activó sin que lo quisiera.

—Han desaparecido varios barcos.

Silencio.

—¿Barcos? —dijo Minho—. ¿Como… naufragios?

Airi negó.

—No. Desaparecidos.

—¿Tormentas? —añadió Won-ho.

—No hay registros de mal clima.

Eso…

ya no sonaba normal.

Airi levantó la mirada.

—Y no son barcos cualquiera.

Pausa.

—Son de empresarios. Gente con dinero. Influencia.

Won-ho dejó de reír.

Minho dejó de hablar.

Kim dejó de moverse.

Yo…

dejé de ignorar.

…

—Titiriteros… —murmuró Xia.

No fue una suposición.

Fue una conclusión.

Directa.

Fría.

Segura.

—Tiene sentido —continuó—. Recursos, poder, control… son objetivos lógicos.

—Pero… —Minho dudó— eso ya es otro nivel, ¿no?

—Siempre lo ha sido —respondió Xia sin mirarlo.

Silencio.

Pesado.

Real.

…

—No deberíamos ir.

Lo dije sin pensar.

Todos me miraron.

—Dark… —empezó Kim.

Negué levemente.

—No.

Mi voz fue más firme de lo normal.

—No es como antes.

Miré a Xia.

—Esto no es un bosque.

No es una escuela.

No es algo pequeño.

—Esto es… grande.

Peligroso.

Desconocido.

Airi asintió.

—Estoy de acuerdo.

—¿Qué? —Won-ho la miró sorprendido.

—No tenemos información suficiente.

—No tenemos apoyo.

—Y claramente… no estamos listos.

Minho dudó.

Se notaba.

—Yo… creo que… tienen razón.

Eso dejó a Kim y Won-ho en minoría.

O eso parecía.

…

—Yo sí quiero ir.

Kim se levantó.

Determinada.

—No podemos quedarnos sin hacer nada.

—Si esto es obra de los titiriteros, alguien tiene que detenerlos.

Won-ho sonrió levemente.

—Por fin alguien con sentido.

—No podemos seguir reaccionando —añadió—. Tenemos que adelantarnos.

…

Todos miraron a Xia.

Porque al final…

la decisión siempre pasa por ella.

Xia levantó la vista.

Sus ojos…

por un segundo…

no eran completamente humanos.

Ese leve tono rojizo.

Ese brillo…

que no debería estar ahí.

—Vamos a ir.

Silencio.

—Pero no como creen.

Se puso de pie.

—Esto no es una misión improvisada.

—Es una intervención calculada.

Sus palabras eran precisas.

Casi quirúrgicas.

—Profesor Adermat está ocupado.

—Miriam también.

—Eso significa que no habrá interferencias.

—Ni supervisión.

Pausa.

—Ventaja.

Fruncí el ceño.

—Eso no es una ventaja.

Ella me miró.

Directamente.

—Para mí, sí.

Silencio.

Incómodo.

…

—Tengo rutas, horarios, puntos de entrada y salida.

—Transporte público.

—Bajo perfil.

—Observación primero. Intervención solo si es necesario.

—Y solo si yo lo autorizo.

Kim cruzó los brazos.

—¿Y si algo sale mal?

Xia no dudó.

—No saldrá mal.

Eso…

no fue confianza.

Fue convicción.

Y eso es peor.

…

—No deberíamos hacerlo… —murmuré.

Pero mi voz ya no tenía peso.

Ya habían decidido.

Siempre lo hacen.

Y yo…

solo sigo.

…

—Entonces está decidido —dijo Won-ho.

—Vamos a Artlem.

Minho suspiró.

—Esto es una mala idea…

—Las mejores lo son —respondió Kim con una sonrisa.

Airi guardó su teléfono.

—Voy a preparar lo necesario.

Xia simplemente asintió.

Como si todo ya hubiera pasado en su cabeza.

Como si esto…

ya estuviera escrito.

…

Miré al cielo.

El azul seguía ahí.

Intacto.

Indiferente.

—Alya…

Ella no estaba.

En su trabajo.

Lejos.

Segura.

O eso quería creer.

…

—Vámonos.

Nos levantamos.

Uno por uno.

Como si nada.

Como si esto fuera normal.

Como si no estuviéramos caminando directo hacia algo que no entendemos.

…

Pero no estábamos solos.

No realmente.

A unos metros.

Ocultos entre la gente.

Dos sombras nos seguían.

Leo.

Y Sasha.

Curiosos.

Inquietos.

Demasiado cerca de algo que no deberían ver.

Demasiado tarde para dar la vuelta.

…

Y en algún lugar…

más allá de nuestra percepción…

algo más…

ya sabía que íbamos en camino.

El autobús avanzaba con un rugido constante, como una bestia cansada arrastrándose sobre el asfalto mojado.

El cielo ahora estaba cubierto por nubes densas, pesadas… demasiado bajas.

Como si observaran.

Me senté junto a la ventana.

El vidrio estaba frío.

Demasiado frío.

Apoyé la frente en él por un instante… y cerré los ojos.

El reflejo que vi no era completamente mío.

Pero no dije nada.

—Esto tardará como cinco horas —murmuró Airi, revisando su teléfono—. Si el tráfico no empeora.

—No empeorará —respondió Xia sin levantar la vista—. Ya revisé tres rutas alternas.

Siempre igual.

Siempre calculando.

Siempre controlando.

Won-ho estaba en silencio.

Eso ya era extraño.

Minho miraba por la ventana del otro lado, pero su mirada no estaba en el paisaje… estaba en algo más profundo.

Algo que ninguno quería nombrar.

Kim rompió el silencio.

—Oigan… ¿no creen que esto es demasiado?

Nadie respondió de inmediato.

El autobús vibró al pasar por un bache.

—Quiero decir… —continuó—. Barcos desapareciendo… empresarios… ¿no suena exactamente como lo de antes?

—Porque lo es —dijo Xia con calma.

Demasiada calma.

—Patrones repetitivos. Selección de objetivos con alto valor económico. Desapariciones sin rastro físico…

Hizo una pausa.

—Es un titiritero.

El aire se volvió más pesado.

—Entonces no deberíamos ir —dijo Minho finalmente, sin mirar a nadie.

Fue la primera vez que habló en todo el trayecto.

—Aún no estamos listos.

Silencio.

—Nunca lo estaremos —respondió Xia.

Directa.

Fría.

—Y si seguimos esperando, solo habrá más cadáveres.

—O nosotros seremos los siguientes —murmuró Airi.

Yo no dije nada.

Solo apreté ligeramente mis manos.

«Si no soy más fuerte… ellos morirán».

El autobús siguió avanzando.

Pero algo… estaba mal.

El paisaje afuera comenzó a repetirse.

Un árbol.

Una señal.

Un poste de luz.

De nuevo.

Y otra vez.

Y otra vez.

Parpadeé.

Y todo volvió a la normalidad.

—…Dark.

Levanté la mirada.

Kim me estaba observando.

—¿Estás bien?

Asentí.

—Sí… solo estoy cansado.

Mentí.

En la parte trasera del autobús…

Dos sombras se movían entre los asientos.

Leo estaba agachado, escondido detrás de uno de los respaldos, tratando de no hacer ruido.

Sasha estaba a su lado, claramente arrepentida.

—Esto fue una pésima idea —susurró ella—. ¿Por qué los seguimos hasta un autobús interurbano?

Leo sonrió.

Ese brillo en sus ojos no era normal.

—Porque algo grande está pasando.

Se asomó apenas.

Observó al grupo.

—Míralos… no hablan como estudiantes normales.

—Nunca lo han hecho —respondió Sasha en voz baja—. Pero esto ya es otro nivel.

Leo entrecerró los ojos.

—No… esto es mejor.

El autobús frenó levemente.

Ambos se tensaron.

Xia levantó la mirada.

No hacia ellos directamente…

Pero cerca.

Demasiado cerca.

—…Tenemos compañía.

Su voz fue casi un susurro.

Pero todos en el grupo la escucharon.

Leo dejó de respirar.

Sasha apretó su brazo con fuerza.

—Dos presencias —continuó Xia—. Ritmo cardíaco elevado… respiración contenida…

Giró ligeramente la cabeza.

Sus ojos…

Por un instante…

No eran completamente humanos.

—Curiosidad. Miedo.

Y algo más.

Sonrió apenas.

—No son una amenaza.

—¿Entonces? —preguntó Won-ho, tensando los hombros.

—Aún no.

Ese “aún”…

Pesó más que cualquier otra palabra.

Leo retrocedió lentamente.

Su corazón latía con fuerza.

Pero no por miedo.

Por emoción.

—¿Escuchaste eso? —susurró—. Nos detectaron…

Sasha lo miró, horrorizada.

—¡Eso no es emocionante, Leo!

Pero él…

Sonreía.

—Esto es real.

En ese momento, el autobús atravesó un túnel.

La oscuridad los envolvió por completo.

Y por un segundo…

Todos los reflejos en las ventanas…

Se movieron fuera de sincronía.

Cuando salieron del túnel…

El cielo había cambiado.

Más oscuro.

Más pesado.

Más cercano.

Xia cerró los ojos por un instante.

Y susurró, apenas audible:

—Ya comenzó.

Yo no entendía qué.

Pero lo sentí.

Como si el mundo…

Se hubiera encogido un poco más.

El autobús se detuvo con un suspiro mecánico.

Las puertas se abrieron lentamente…

Y Artlem nos dio la bienvenida.

Bajé primero.

Y lo que vi…

No parecía real.

La ciudad se alzaba como un espejismo imposible entre el concreto y la luz.

Edificios de cristal negro y metal pulido se elevaban hacia el cielo como agujas infinitas, reflejando un firmamento que ya no parecía natural. Sus superficies no eran estáticas… se movían, cambiaban, proyectaban imágenes que respiraban como si la ciudad tuviera vida propia.

Pantallas gigantes cubrían fachadas enteras.

No mostraban anuncios comunes.

Mostraban sueños.

Fragmentos de mundos imposibles.

Criaturas que no deberían existir.

Paisajes que parecían recuerdos robados de otros universos.

Sobre nosotros…

Drones.

Decenas.

Cientos.

Volaban en patrones perfectos, como un enjambre coreografiado, proyectando anuncios en el aire mismo.

Hologramas flotaban en el cielo.

No eran simples imágenes.

Eran estructuras de luz tridimensional.

Una mujer hecha de neón caminaba entre las nubes, sus pasos desvaneciéndose en partículas brillantes.

Un océano suspendido sobre la ciudad dejaba caer peces de luz que se deshacían antes de tocar el suelo.

—…Esto no es una ciudad —murmuró Kim, girando sobre sí misma—. Es un espectáculo.

—Es una ilusión bien financiada —corrigió Xia.

Sus ojos recorrían cada detalle.

Analizando.

Midiendo.

—Tecnología de proyección avanzada. Redes de drones sincronizadas. Superficies reflectantes con respuesta dinámica…

Hizo una pausa.

—Pero hay algo más.

El aire era distinto.

Más limpio.

Más ligero.

Pero también…

Más vacío.

Amberlath respiraba historia.

Artlem respiraba perfección.

Y eso la hacía…

Antinatural.

—Se siente raro… —dijo Airi en voz baja—. Como si todo esto fuera… demasiado perfecto.

—Porque lo es —respondió Minho.

Su voz era seca.

—Nada real es así.

Won-ho tronó los nudillos.

—No me gusta.

Yo no podía dejar de mirar.

Las luces.

Los colores.

El cielo artificial.

Todo era hermoso.

Exageradamente hermoso.

Y aun así…

Sentí un escalofrío.

(Esto no está vivo…)

(Esto está siendo mostrado.)

Una pantalla gigantesca cambió de imagen justo frente a nosotros.

Por un segundo…

Solo un segundo…

La imagen falló.

Y en lugar de un anuncio…

Apareció algo más.

Oscuridad.

Profunda.

Y dentro de ella…

Algo que se retorcía.

Parpadeé.

Y desapareció.

—¿Lo viste? —susurré.

—Sí —respondió Xia inmediatamente.

No preguntó qué.

Sabía.

—Interferencia —dijo, pero su tono no era convincente—. O algo intentando ocultarse.

El grupo guardó silencio.

Detrás de nosotros…

Leo y Sasha también bajaron del autobús.

Pero su reacción era distinta.

—Esto es… increíble —susurró Leo, con los ojos brillando como un niño frente a un milagro—. Es como si el mundo hubiera avanzado sin decirnos.

Sasha, en cambio, se abrazó a sí misma.

—No… esto no está bien.

Miró al cielo.

A los drones.

A las luces.

—Es demasiado.

Leo sonrió.

—Eso es lo mejor.

Pero entonces…

Un dron descendió ligeramente.

Demasiado cerca.

Se detuvo justo sobre ellos.

Y por un instante…

Su luz parpadeó.

Como si…

Los estuviera observando.

Sasha dio un paso atrás.

—Leo…

El dron se elevó de nuevo.

Y se perdió entre los demás.

—…Nos vio —susurró ella.

Leo no respondió.

Pero por primera vez…

Su sonrisa se desvaneció un poco.

Más adelante, Xia se detuvo en seco.

—No se separen.

—¿Ya empezamos? —preguntó Won-ho.

Xia miró la ciudad.

Luego el cielo.

Luego… el suelo.

—No.

Pausa.

—Ya estamos dentro.

El viento sopló entre los edificios.

Pero no sonó como viento.

Sonó…

Como un eco.

Lejano.

Repetido.

Como si la ciudad misma…

Recordara algo que no quería olvidar.

Y en algún lugar, más allá de la luz, del neón y de la perfección…

Algo doblaba el espacio.

Esperando.

El contraste con la ciudad fue inmediato.

Después de caminar entre luces imposibles y cielos artificiales…

El auto llegó como algo extrañamente normal.

Un auto gris.

Limpio, pero usado.

Sin neón.

Sin hologramas.

Solo… real.

—Ese es —dijo kim, mirando su teléfono.

El auto se detuvo frente a ellos.

La ventana del conductor bajó lentamente.

—¿Kimberly?

—¡Sí! —respondió Kim con su energía habitual—. Somos nosotros.

El conductor sonrió.

Tenía unos treinta años, barba ligera, mirada cansada pero amable.

—Súbanse.

Uno por uno entraron.

Yo fui el último.

Antes de cerrar la puerta… miré el reflejo en el vidrio.

Por un segundo…

El reflejo sonrió antes que yo.

Parpadeé.

Y desapareció.

—Soy Rigo —dijo el conductor mientras arrancaba—. ¿Van al puerto, verdad?

—Sí —respondió Kim—. Muchas gracias por aceptar el viaje.

—No hay problema —rió suavemente—. Mientras paguen, yo los llevo hasta donde sea.

El auto avanzó.

Y por primera vez desde que llegamos a Artlem…

El ruido se volvió humano.

No drones.

No ecos.

Solo motor.

Asfalto.

Respiración.

—¿Son turistas? —preguntó Rigo mirando por el retrovisor.

Kim dudó un segundo.

—Más o menos. Venimos de Amberlath.

Rigo levantó las cejas.

—¿Amberlath? Vaya… eso sí es cambio.

—¿A qué te refieres? —preguntó Won-ho.

—Allá todo es más… tranquilo, ¿no? —respondió Rigo—. Más antiguo. Aquí todo va demasiado rápido.

—Sí… —murmuró Airi—. Se siente.

Rigo soltó una pequeña risa.

—Artlem es bonita… pero no es para todos.

Pausa.

—A veces siento que esta ciudad… no descansa nunca.

—¿Eso es malo? —preguntó Kim.

Rigo no respondió de inmediato.

Miró el camino.

Luego el espejo.

—Depende —dijo finalmente—. Si algo nunca descansa… tampoco deja de observar.

Silencio.

Xia levantó ligeramente la mirada.

—¿A qué te refieres? —preguntó, con tono neutral.

Rigo sonrió.

Pero no completamente.

—Nada raro. Solo… cosas que uno siente manejando de noche.

El auto giró por una avenida más estrecha.

Las luces comenzaron a disminuir.

Menos neón.

Más sombra.

—¿Van por trabajo o escuela? —preguntó Rigo, cambiando el tema.

—Escuela —respondió Kim rápidamente—. Un proyecto.

—¿Sobre qué?

—Eh…

Kim dudó.

—Sobre… logística marítima —intervino Airi con naturalidad—. Rutas comerciales y eso.

Rigo asintió.

—Tiene sentido. Últimamente el puerto ha estado… raro.

Todos se tensaron ligeramente.

—¿Raro cómo? —preguntó Minho.

Rigo frunció el ceño.

—Barcos que no llegan.

—Señales que se pierden.

—Gente que… simplemente deja de contestar.

El auto siguió avanzando.

El ambiente cambió.

—Pero eso seguro ya lo saben —añadió Rigo—. Ha estado en las noticias.

—Sí… algo escuchamos —dijo Kim.

Rigo miró por el retrovisor.

Sus ojos se detuvieron un segundo en mi.

—Tengan cuidado.

Esa vez no sonó como advertencia casual.

—El mar aquí no siempre se comporta como debería.

El silencio volvió.

Más pesado.

En la parte trasera…

Leo y Sasha estaban agachados en el último asiento.

Aprovecharon el momento en que el grupo subió para colarse.

—Esto ya es demasiado —susurró Sasha—. Nos subimos a un auto con ellos… ¿qué sigue?

Leo estaba mirando por la ventana.

Pero no el exterior.

El reflejo.

—¿Te has dado cuenta? —susurró—. Todo aquí… se siente como si estuviera actuando.

—¿Actuando?

—Sí… como si la ciudad fuera un escenario.

Sasha frunció el ceño.

—Leo…

—Y nosotros no somos parte del guion.

El auto pasó bajo un puente.

Por un instante…

Todo quedó en sombra.

Y en esa oscuridad…

El retrovisor…

No reflejaba a Rigo.

Reflejaba algo más.

Algo que no tenía rostro.

La luz regresó.

Todo volvió a la normalidad.

—Ya casi llegamos —dijo Rigo.

El puerto comenzaba a verse a lo lejos.

Grúas gigantes.

Contenedores apilados como bloques.

Luces intermitentes.

Pero algo estaba mal.

El sonido del mar…

No coincidía.

Llegaba tarde.

Como un eco.

Xia cerró los ojos un instante.

—…Espacio alterado —susurró.

Yo apreté los puños.

«Ya empezó».

Rigo estacionó el auto.

—Listo —dijo—. El puerto de Artlem.

Antes de que bajaran, se giró ligeramente.

—En serio… tengan cuidado.

Sonrió.

Pero sus ojos…

No lo hicieron.

Y por un instante…

Parecía que quería decir algo más.

Pero no lo hizo.

Bajamos.

El aire del puerto era frío.

Salado.

Pesado.

Y en algún lugar…

Entre contenedores y estructuras metálicas…

Algo respiraba.

El puerto no estaba en silencio.

Pero tampoco estaba… en sincronía.

El sonido del mar llegaba tarde.

Las cadenas de los contenedores rechinaban… dos veces.

El viento soplaba…

Y luego repetía su propio susurro.

—…¿Lo escuchan? —murmuró Kim.

—Sí —respondió Xia—. No es eco.

Pausa.

—Es repetición.

Caminamos entre contenedores oxidados.

Las luces eran escasas.

Intermitentes.

Hasta que lo encontramos.

El almacén.

Viejo.

Demasiado viejo para una ciudad como Artlem.

Las paredes estaban corroídas, el metal doblado… como si hubiera sido olvidado a propósito.

—Aquí —dijo Xia.

La puerta estaba entreabierta.

Y el clima…

Cambió.

El aire se volvió húmedo.

Pesado.

Caliente.

Entramos.

El primer sonido fue…

Lluvia.

Pero no llovía.

El golpeteo era claro.

Rítmico.

Constante.

Lámina.

—…Eso es lluvia en techo de lámina —susurró Airi, confundida.

El olor llegó después.

Leña.

Humo.

Algo cocinándose.

Un hogar.

Pero no uno nuestro.

—¿Qué es esto…? —murmuró Won-ho.

Y entonces…

Las voces.

Cantos lejanos.

Desafinados.

Melancólicos.

Un ritmo extraño.

Pero… humano.

Airi abrió los ojos con sorpresa.

—Ese acento…

Pausa.

—Lo he escuchado antes… en la Tierra.

Silencio.

—Colombia… —susurró—. Es colombiano.

El espacio… se contrajo.

Los pasillos del almacén ya no parecían rectos.

Las distancias no coincidían.

Un paso se sentía como dos.

O como ninguno.

—No se separen —dijo Xia, tensa—. Esto no es ilusión…

Pausa.

—Es espacio doblado.

Un crujido.

Todos miramos hacia arriba.

Sobre una viga…

Había alguien.

Una figura femenina.

Sentada.

Observándonos.

No sabíamos desde cuándo estaba ahí.

El canto se detuvo.

Silencio.

Y entonces…

Saltó.

El impacto fue seco.

Pero imposible.

Cayó desde varios metros…

Y aterrizó de pie.

Sin esfuerzo.

Enderezó su postura lentamente.

Su abrigo negro se movió con el aire inexistente.

Largo.

Pesado.

Elegante.

El cuello alto ocultaba parte de su rostro.

Pero no la máscara.

Un círculo rosa brillante en el ojo izquierdo.

Y rodeándolo…

Un número dos dorado.

Su cabeza se inclinó ligeramente.

Como si nos estudiara.

Cuando habló…

Nadie entendió.

—¿Y ustedes qué hacen en mi casa, ah?

Su voz tenía un ritmo distinto.

Melódico.

Extraño.

Kim frunció el ceño.

—¿Qué dijo?

—No lo sé… —respondió Won-ho.

Airi dio un paso adelante.

—Es español…

La chica sonrió levemente bajo la máscara.

—Ah… por fin alguien que entiende.

Su mirada se fijó en Airi.

—Bonita, ¿sí? No pensé encontrar gente culta por acá.

Airi dudó.

—Eres… colombiana.

La sonrisa se amplió.

—Ay, qué ternura.

Pausa.

—Sí, mija. De donde la lluvia sí cae… no como esta imitación barata.

El sonido de la lluvia en lámina se intensificó.

Más fuerte.

Más rápido.

Más… emocional.

—¿Quién eres? —preguntó Xia, directa.

La chica ladeó la cabeza.

—¿Yo?

Pequeña risa. Ahora hablando en el idioma de aquí.

—Soy Valery Cabrera.

Pausa.

—El segundo hilo.

El aire se tensó.

—Titiriteros —murmuró Minho.

Valery dio un pequeño giro.

Su abrigo se movió como si el espacio lo arrastrara.

—Iluminada del sendero del espacio… nivel 2.5.

Se llevó una mano a la cabeza.

Por un segundo…

Su postura cambió.

Una leve mueca.

Dolor.

—…Mierda.

Susurró.

El sonido de la lluvia se distorsionó.

Se repitió mal.

Como si el ritmo se hubiera roto.

Valery apretó los ojos bajo la máscara.

—Siempre pasa cuando me emociono mucho…

Rió levemente.

Pero no había humor.

—El espacio se pone… caprichoso.

El aire vibró.

Por un instante…

Detrás de ella…

Apareció algo.

Una habitación.

Pequeña.

Oscura.

Demasiada gente.

Desapareció.

Valery respiró hondo.

—Donde yo crecí… el espacio no era un lujo.

Pausa.

—Era algo que se peleaba.

Dio un paso hacia ellos.

Y el suelo…

Se acercó.

Literalmente.

La distancia se redujo sin moverse.

—Diez personas en un cuarto.

Sonrió.

—Aquí…

Abrió los brazos.

—Todo es tan grande.

Tan vacío.

Su mirada se volvió más oscura.

—No me gusta.

El espacio se contrajo de nuevo.

Más.

Más íntimo.

Más asfixiante.

—Prefiero esto…

Susurró.

—Pequeño.

Cercano.

—Como un hogar.

Los cantos regresaron.

Más fuertes.

Más cercanos.

Pero ahora…

Sonaban tristes.

Valery inclinó la cabeza.

—Y ustedes…

Pausa.

—Van a quedarse conmigo un ratito.

Xia dio un paso al frente.

—No.

Valery rió.

—Ay, tan seria…

Su mirada se fijó en Xia.

Y por un instante…

El mundo se detuvo.

—Tú no sientes casi nada, ¿cierto?

Silencio.

Xia no respondió.

Valery sonrió más.

—Eso me gusta.

Se llevó la mano al pecho.

—Vamos a ver cuánto tardas en romperte.

El espacio…

Se cerró.

*

El aire dentro del almacén se volvió denso.

No pesado… íntimo.

Como si el espacio mismo se hubiera encogido para obligarlos a respirar el mismo recuerdo.

Minho frunció el ceño, mirando a Valery con desconfianza.

—Oye… —murmuró, inclinándose un poco hacia Airi sin apartar la vista de la chica—. ¿Cómo sabes que está hablando español?

Airi no respondió de inmediato. Sus ojos seguían fijos en Valery, analizando cada gesto, cada pausa, cada respiración.

—Porque… —dijo finalmente, en voz baja— tuve una amiga mexicana en internet.

Minho arqueó una ceja.

—¿En serio?

Airi asintió levemente, como si ese recuerdo doliera más de lo que quería admitir.

—Durante dos años hablamos casi todos los días. Ella me enseñó español… y yo le enseñé japonés.

Su voz se volvió más suave, más distante.

—Prometimos que algún día nos veríamos.

Un pequeño silencio.

—Pero entonces empezó la Tercera Guerra Mundial.

Nadie dijo nada.

El sonido de una gota cayendo en algún lugar del almacén pareció más fuerte de lo normal.

—Nunca volvimos a hablar.

El silencio se quebró… pero no por ellos.

Valery ladeó la cabeza.

Había dejado de sonreír.

Sus dedos temblaron ligeramente.

No por miedo.

Por saturación.

—Qué bonito… —susurró, aunque su tono no era cálido—. Promesas que no caben en el mundo.

Sus ojos… ese ojo izquierdo con el círculo rosa brillante… comenzó a palpitar con una luz tenue.

—El espacio… siempre se queda corto para las cosas importantes.

Xia entrecerró los ojos.

Algo cambió.

Valery no estaba mirando al grupo.

Estaba sintiendo.

Percibiendo.

Como si escuchara algo que ellos no podían oír.

Un latido.

Otro.

Otro más.

Y entonces…

Giró lentamente la cabeza.

Sus ojos se clavaron directamente en Xia.

Sonrió.

—Tú…

Xia se tensó.

—Tienes algo muy ruidoso aquí dentro.

Valery llevó dos dedos a su sien.

—Algo que late fuerte… muy fuerte…

Su mirada descendió lentamente…

Hasta detenerse en Dark.

Y por primera vez…

su expresión cambió.

No era burla.

No era crueldad.

Era…

fascinación pura.

—Ah… —susurró, casi sin aire.

Dio un paso adelante.

Luego otro.

—No te culpo.

Su voz se suavizó, casi como una confesión.

—Es realmente hermoso.

El mundo pareció detenerse un segundo.

Pero no para todos.

Xia dio un paso al frente.

Su aura cambió.

Fría.

Cortante.

Peligrosa.

—No lo mires así.

Su voz fue baja.

Pero cargada de algo mucho más oscuro que enojo.

Valery parpadeó.

Y luego sonrió más ampliamente.

—Oh…

Inclinó ligeramente la cabeza, divertida.

—Ahora entiendo.

El ojo rosa brilló con más intensidad.

—Qué emoción tan… posesiva.

El aire vibró.

—Qué emoción tan… deliciosa.

Xia apretó los puños.

Sus ojos…

por un instante…

mezclaron el marrón con un rojo profundo.

—Deja de hablar.

—¿O qué? —respondió Valery con suavidad, casi juguetona—. ¿Vas a romper el espacio por celos?

Un latido.

Otro.

Otro.

Valery cerró los ojos.

Respiró hondo.

Demasiado hondo.

Cuando los abrió…

ya no eran los mismos.

—Distorsión.

La palabra cayó como una piedra en un lago invisible.

Y el mundo…

se quebró.

El sonido llegó primero.

Gotas de lluvia golpeando lámina.

Leña crepitando.

Una radio vieja sonando vallenato desafinado.

El olor vino después.

Humo.

Tierra mojada.

Humedad encerrada.

El espacio se dobló.

Las paredes del almacén se alejaron… y al mismo tiempo se acercaron.

Los pasillos se repitieron.

Las puertas aparecieron donde no existían.

—¿Qué…? —murmuró Kim.

—No se muevan —dijo Xia de inmediato, su voz ahora completamente táctica—. Ya estamos dentro.

Won-ho miró a su alrededor, confundido.

—¿Dentro de qué?

Valery extendió los brazos lentamente.

Su sonrisa ahora era… melancólica.

—De mi casa.

Un eco repitió la palabra.

Casa… casa… casa…

—Aquí el espacio no es infinito… —continuó, mientras caminaba sin moverse realmente—. Aquí es pequeño… íntimo…

Las sombras se comprimieron.

El aire se volvió más cálido.

Más cercano.

Más… asfixiante.

—Como un cuarto que compartir.

Los sonidos comenzaron a repetirse en bucle.

La lluvia.

La radio.

Las voces.

Una risa infantil.

Un golpe seco.

Un susurro.

Otra vez.

Y otra.

Y otra.

Dark sintió que su pecho se apretaba.

No por el espacio.

Por la emoción.

—Cuidado… —murmuró Xia.

Pero ya era tarde.

El bucle había comenzado.

Y en algún lugar, entre esos ecos…

Valery tembló levemente.

Llevó una mano a su cabeza.

Por un segundo…

su sonrisa se quebró.

—…

Dolor.

Pero volvió a sonreír.

Porque eso también…

era parte del juego.

El mundo dejó de ser lineal.

El sonido fue lo primero en romperse.

Un golpe… luego otro… luego el mismo golpe repitiéndose sin origen ni final.

Tac… tac… tac… tac…

Como si el tiempo estuviera atrapado en una herida abierta.

El aire se volvió denso, viscoso. Cada paso que daban parecía arrastrar no solo su cuerpo, sino recuerdos que no les pertenecían.

El olor a madera húmeda se transformó en algo más.

Cartón mojado.

Humo de leña.

Una canción mal entonada…

—¿Escuchan eso?… —susurró Kim.

Pero no era una pregunta.

Era miedo.

Los bucles se cierran

Dark parpadeó.

Y Xia ya no estaba a su derecha.

Airi tampoco.

El espacio se dobló como papel.

El almacén se multiplicó en pasillos imposibles, cada uno repitiéndose con ligeras diferencias… como si alguien estuviera recordando mal el mismo lugar.

—No… esto no es una ilusión —murmuró Dark, sintiendo cómo su pulso se aceleraba—. Esto es… lo mismo de aquella ves .

Entonces lo sintió.

Algo observando.

No desde afuera.

Desde dentro del espacio mismo.

El latido cambió.

No era el del espacio.

Era el suyo.

Rápido.

Irregular.

Desesperado.

Dark se llevó una mano al pecho.

Luego a la cabeza.

El mundo giró.

—N-no…

Sus piernas fallaron.

Cayó de rodillas.

Luego al suelo.

El aire no entraba bien.

Su respiración se volvió errática.

Cortada.

Dolorosa.

—¡Dark! —la voz de Kim se distorsionó, como si viniera desde muy lejos.

Pero ya era tarde.

Los bucles no solo estaban afuera.

También estaban dentro de él.

La sangre apareció primero.

En sus manos.

Caliente.

Espesa.

Miró hacia abajo.

No era suya.

Era de ellos.

Alya.

Sus dedos temblaron.

Podía sentirla.

Su calor apagándose.

Su cuerpo… rompiéndose entre sus brazos.

—No… no… no…

Xia.

Fría.

Inerte.

Sus ojos abiertos… pero vacíos.

Won-ho. Minho. Airi. Kim.

Uno tras otro.

Una y otra vez.

Muriendo.

Pero no solo muriendo.

Matándose entre ellos.

Sus rostros deformados por el miedo.

Por los susurros.

Por la locura.

—¡DETENTE…!

Pero no se detenía.

Nunca se detenía.

El eco regresó.

Tac… tac… tac…

Y entonces lo entendió.

No era Valery.

Era peor.

—…El santuario…

El aire se volvió más frío.

Más antiguo.

Más… sagrado.

El Santuario de Matusalén.

Los bucles.

Los susurros.

Las entidades.

Recordó sus voces.

Susurrando.

Siempre susurrando.

“Míralos…”

“Mátalos…”

“Ellos te matarán primero…”

“Ya lo hicieron…”

Sus manos temblaban más.

Recordó.

La primera vez.

La traición.

El golpe.

El dolor.

El fuego en su cuerpo.

La risa.

La de alguien en quien confiaba.

Luego otra vez.

Y otra.

Y otra.

Morir.

Volver.

Morir.

Volver.

Siempre distinto.

Siempre igual.

—¡NO FUE REAL…!

Pero lo fue.

Porque el dolor…

Nunca se fue.

Su cuerpo se arqueó en el suelo.

Sus uñas se clavaron en el concreto.

—¡YO LOS VI MORIR…!

Su voz se quebró.

—¡YO LOS MATÉ…!

Silencio.

El peor de todos.

Sus manos…

Seguían cubiertas de sangre.

Y entonces…

La peor imagen.

Alya.

Sonriendo.

Antes de que todo terminara.

Antes de que él…

—…No…

Su respiración se rompió.

—…otra vez no…

Los susurros regresaron.

Más cerca.

Más claros.

“Este es tu destino…”

“Repetir…”

“Hasta que no quede nada…”

El espacio a su alrededor se distorsionó aún más.

Como si respondiera a su colapso.

Porque Valery no solo deformaba el espacio.

Se alimentaba del caos emocional.

Y Dark…

Era un abismo abierto.

En la distancia…

Xia lo sintió.

Y por primera vez…

su expresión cambió.

No era cálculo.

Era preocupación.

—…Dark.

Porque si él caía ahí…

El bucle no se rompería.

Se volvería eterno.

Y esta vez…

No habría salida.

El espacio se había quebrado…

Y cada uno cayó en su propia versión del mundo.

Con Minho y Won-ho

El suelo se partió bajo sus pies…

Y cuando se estabilizó…

Ya no estaban en el almacén.

Un pasillo.

Oscuro.

Estrecho.

Repetido hasta el infinito.

—…Genial —murmuró Minho, apretando los dientes—. Otro maldito juego mental.

Won-ho no respondió.

Sus puños estaban cerrados con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron.

—Esto es… —dijo Minho—. Es manipulación sensorial. Espacio doblado, percepción alterada…

—No me importa lo que sea.

La voz de Won-ho fue baja.

Pero cargada.

—La voy a destrozar.

Dio un paso adelante.

El pasillo se repitió.

Otro paso.

El mismo lugar.

Golpeó la pared.

El impacto resonó…

Y se repitió.

Y se repitió.

Y se repitió.

—¡MALDITA SEA!

El eco devolvió su propia ira amplificada.

Minho lo sujetó del brazo.

—¡Cálmate! ¡Eso es lo que quiere!

Won-ho respiraba con fuerza.

—Nos está provocando… —continuó Minho, más tenso de lo que quería admitir—. Está alimentándose de esto.

Silencio.

—…Entonces deja de pensar —murmuró Won-ho.

Y sonrió.

Pero no era una sonrisa tranquila.

Era peligrosa.

En Kim y Airi

El mundo de ellas era distinto.

Un cuarto pequeño.

Demasiado pequeño.

Las paredes… se acercaban.

El calor aumentaba.

—No me gusta esto… —susurró Kim.

El aire era pesado.

Difícil de respirar.

—Es compresión espacial —dijo Airi, mirando todo con rapidez—. Está reduciendo el entorno… imitando—

Se detuvo.

—Un espacio compartido…

Kim no esperó.

—¡Entonces lo romperé!

Sus manos se encendieron.

Llamas.

Brillantes.

Intensas.

Golpeó la pared con fuego.

El impacto iluminó todo el cuarto…

Pero la llama no se expandió.

Se dobló.

Se repitió.

Se encerró sobre sí misma.

Como si el espacio la negara.

—¿Qué…?

Las llamas regresaron hacia ella.

Kim retrocedió, apagándolas con esfuerzo.

—¡Esto no tiene sentido!

—Sí lo tiene —respondió Airi, aunque su voz temblaba ligeramente—. Aquí las reglas no son físicas… son emocionales.

Kim la miró.

—¿Qué significa eso?

Airi respiró hondo.

—Que mientras más intentes forzar una salida…

Pausa.

—Más fuerte se cierra.

El cuarto crujió.

Se hizo más pequeño.

Kim apretó los dientes.

—Entonces dime qué hacer.

Airi cerró los ojos un segundo.

—Pensar… no como nosotros.

Pero Leo y Sasha…

Ellos no estaban preparados.

Nunca lo estuvieron.

Corrían.

Pero el suelo se repetía.

Una y otra vez.

—¡Estamos atrapados! —gritó Sasha, golpeando el aire—. ¡Esto no es normal!

—¡No, no, no… esto es increíble! —respondió Leo, con los ojos brillando—. ¡Esto es literalmente imposible! ¡Estamos dentro de un sistema cerrado de—

—¡LEO!

El grito lo cortó.

—¡NOS VAMOS A MORIR!

Silencio.

Leo la miró.

Y por primera vez…

Su emoción cambió.

No era curiosidad.

Era miedo real.

—…No —susurró.

El espacio a su alrededor se distorsionó.

Por un segundo…

Vio algo.

No el almacén.

Un cuarto.

Pequeño.

Demasiada gente.

Una radio vieja.

Una niña cantando mal.

Parpadeó.

Volvió al bucle.

—…Esto no es solo espacio —dijo, más serio—. Son recuerdos.

Sasha temblaba.

—No quiero estar aquí…

El bucle se cerró más.

—…pero esto es real —continuó Leo—. Esto es lo más real que he sentido en mi vida.

Sasha lo miró como si estuviera loco.

—¿Qué te pasa?

Leo sonrió.

Pero había algo roto en esa sonrisa.

—Por primera vez… importa si sobrevivimos.

Convergencia — el colapso emocional

En todos los fragmentos…

Algo era constante.

El latido.

Rápido.

Irregular.

Ansioso.

El de Valery.

Y ahora…

El de Dark.

Porque mientras ellos luchaban…

Él se estaba rompiendo.

Y el espacio…

Respondía.

Xia lo entendió.

—No es solo un ataque…

Susurró.

—Es un ecosistema.

Alzó la mirada.

—Y si Dark cae…

Cerró los ojos.

—Todos caemos con él.

Y ahí…

Tomó el control.

En otro fragmento del espacio…

El mundo no estaba roto.

Estaba respirando mal.

Xia cerró los ojos.

El caos no era silencio…

era un rugido constante.

Voces superpuestas.

Recuerdos que no eran suyos.

Sensaciones que intentaban infiltrarse en su mente como agujas.

Pero ella no reaccionó.

No como los demás.

No luchó.

No analizó.

No calculó.

Por primera vez en mucho tiempo…

Se permitió dejar de ser Xia Jing.

Y simplemente…

escuchó.

Un latido.

…Uno.

…Dos.

…Tres.

El espacio vibraba con él.

No era metáfora.

Era literal.

Cada distorsión…

Cada repetición…

Cada grieta en la realidad…

seguía ese ritmo.

Sus ojos se abrieron lentamente.

Ya no había confusión en ellos.

Solo certeza.

—No es aleatorio… —susurró.

Observó los bucles colapsar y expandirse como pulmones enfermos.

—Es rítmico.

Una pausa.

Su mirada se endureció.

—Es emocional.

En algún punto imposible del espacio…

Valery sonrió.

—Interesante…

Xia dio un paso al frente.

El mundo se deformó, pero esta vez no la arrastró.

—Ella no controla el espacio…

Otro paso.

—Controla lo que lo deforma.

Sus ojos brillaron.

—El sentimiento.

Apareció entre fragmentos, como si cortara la realidad con su propia presencia.

—¡NO LUCHEN CONTRA EL ESPACIO!

Su voz no solo se escuchó.

Se sintió.

Atravesó los bucles.

Rompió patrones.

Forzó atención.

Todos giraron.

O al menos… sintieron que lo hacían.

—¡El patrón no es visual… es emocional!

Silencio.

Un silencio incómodo.

Inestable.

—¡Dark! —continuó, sin dudar—

—¡Tu oscuridad no es solo poder ofensivo… es disonancia!

Dark tembló.

No por miedo.

Por reconocimiento.

—¿Disonancia…?

—¡Sí! —su voz se quebró ligeramente, algo raro en ella—

—¡Ella crea textura emocional… recuerdos… calor… nostalgia…!

Sus ojos se clavaron en él.

—¡Tú eres lo opuesto!

Un latido.

—¡Eres ruptura!

Y entonces…

pasó algo que nadie esperaba.

Ni siquiera ella.

Xia dudó.

Por primera vez… en mucho tiempo.

No había cálculo suficiente.

No había probabilidad segura.

No había certeza.

Solo… fe.

—Confío en ti.

Silencio absoluto.

Incluso el espacio pareció detenerse.

Dark la miró.

Confundido.

No por las palabras.

Sino por quién las dijo.

Xia desvió ligeramente la mirada.

Casi imperceptible.

Pero suficiente.

—No me hagas repetirlo.

🌑 LA RESPUESTA DE DARK

Dark cerró los ojos.

Y dejó de resistirse.

Sintió todo.

El miedo.

La culpa.

El odio hacia sí mismo.

El vacío que lo consumía.

No lo contuvo.

No lo ordenó.

No lo entendió.

Lo liberó.

No como ataque.

Sino como presencia.

Una niebla negra emergió de él.

Densa.

Pesada.

Fría.

Antinatural.

El mundo reaccionó.

No con violencia.

Con rechazo.

Los recuerdos de Valery comenzaron a fallar.

La lluvia sobre cartón…

se volvió interferencia.

La canción…

se fragmentó en estática.

El calor…

murió.

—¿Qué estás haciendo…? —susurró Valery.

Por primera vez…

insegura.

⚡ EL GOLPE FINAL

Xia no dudó.

—¡Airi! ¡El sonido!

Airi, temblando, reaccionó.

Sus manos casi no respondían.

Pero lo hizo.

Sacó su teléfono.

Reprodujo el archivo.

Ruido blanco.

Sin historia.

Sin emoción.

Sin pasado.

Sin significado.

El contraste fue brutal.

Los bucles gritaron.

Literalmente.

El espacio se desgarró como si fuera carne.

💥 COLAPSO

Todo se rompió.

No en silencio.

En un estallido seco.

Como vidrio bajo presión.

Leo y Sasha cayeron al suelo.

El aire volvió de golpe.

El mundo… regresó.

—¡¿QUÉ DEMONIOS FUE ESO?! —gritó Sasha, jadeando, con el corazón desbocado.

Leo…

no estaba asustado.

Estaba sonriendo.

Pero no de felicidad.

De algo más peligroso.

—…Esto es real…

Sus ojos brillaban.

—Todo esto…

—ES REAL.

🩸 XIA — LA CONFESIÓN

El mundo se estabilizó…

apenas.

Xia miró a Dark.

Y esta vez…

no había cálculo.

No había estrategia.

No había distancia.

Solo… cansancio.

—A veces… —dijo en voz baja—

—envidio tu caos.

Dark frunció el ceño.

—¿Qué?

Ella sostuvo su mirada.

Sin máscaras.

—Al menos tú sientes algo.

Pausa.

Una pequeña.

Pero pesada.

—Yo solo… calculo.

Silencio.

Y por primera vez…

Xia no parecía peligrosa.

Parecía…

vacía.

Antes de que cualquiera pudiera reaccionar…

Xia nos detuvo.

No con palabras.

Con presencia.

El aire cambió a su alrededor, como si el mundo mismo entendiera que no debíamos intervenir.

—No se muevan —dijo, apenas en un susurro.

Y entonces…

Desapareció.

No fue velocidad normal.

Fue algo más.

Un destello.

Un error en la percepción.

En el siguiente instante ya estaba frente a Valery.

Sus ojos brillaban.

Plateado… y azul.

Los emblemas del Sendero del Pensador y el Volador giraban en sus pupilas como engranajes divinos.

Valery sonrió.

Cerró los ojos.

—Distorsión.

El espacio se abrió.

Un portal.

Xia fue devuelta hacia nosotros en un parpadeo.

Pero en pleno giro—

—¡No!

Liberó una onda de viento.

Valery abrió otro portal.

La onda cambió de dirección.

Regresó.

Directo a Xia.

Pero Xia ya lo había previsto.

Con un movimiento mínimo, casi invisible, la deshizo con otra ráfaga… y sin detenerse—

Un torbellino.

Violento.

Preciso.

Letal.

Valery lo redirigió otra vez.

El portal se abrió…

…justo frente a nosotros.

—¡¿QUÉ DEMONIOS—?! —gritó Won ho.

—¡CUIDADO! —Minho reaccionó tarde.

El viento descendió como una guillotina invisible.

Pero Xia…

Ya estaba ahí.

Apareció entre nosotros y el ataque y, en el mismo movimiento, lanzó otra onda que atravesó el portal abierto—

Impacto directo.

Valery recibió el golpe en el pecho.

Su cuerpo se arqueó.

Pero antes de caer—

Portal.

Desapareció.

Y reapareció sobre la viga.

Xia ya estaba saltando.

No dudó.

No pensó.

Actuó.

Puño derecho.

Directo al rostro—

Portal.

Xia se estrelló contra una pared.

El sonido fue seco.

Brutal.

Pero no terminó ahí.

Otro portal.

El suelo desapareció bajo sus pies—

Cayó.

Diez metros.

Atravesó el techo.

—¡XIA! —gritó Kim.

—… —Airi apretó los dientes, analizando.

Pero antes de impactar completamente—

Portal.

Xia fue devuelta.

Justo sobre nosotros.

Aterrizó de pie.

Respiración agitada.

Sonrisa leve.

—Ya entendí…

Y se lanzó otra vez.

Esta vez…

El aire gritó.

Decenas de cuchillas de viento surgieron a su alrededor, disparándose desde todos los ángulos.

Valery abrió portales en cadena.

Desviando.

Redirigiendo.

Fragmentando el ataque.

Pero Xia no estaba apuntando a ella.

—¿Eh…? —murmuró Won ho.

Xia señaló hacia abajo.

Un segundo después—

CRACK.

La viga colapsó.

Valery perdió el equilibrio.

—Ahora.

Un torbellino ascendente la golpeó de lleno.

Su cuerpo salió disparado contra una pared metálica.

El impacto resonó en todo el almacén.

Un eco pesado.

Doloroso.

Valery cayó de rodillas.

Pero alzó la mirada…

Y Xia ya estaba frente a ella.

Puño.

Portal.

Xia apareció—

—¡DETRÁS DE NOSOTROS!

—¡AGÁCHENSE! —grité.

Pero no fue suficiente.

Xia lanzó una cuchilla de viento—

Demasiado cerca.

Demasiado rápida.

Pasó entre Leo y Sasha.

Ocultos tras un contenedor.

A centímetros.

El aire cortó.

La pared detrás de ellos se partió como si fuera papel.

Un silencio mortal.

Sasha tragó saliva.

—…Nos iba a partir en dos…

Leo sonrió.

Pero no era diversión.

Era adrenalina pura.

—…Está peleando en otro nivel…

El combate continuó.

Golpes.

Portales.

Desplazamientos imposibles.

Xia atacaba.

Valery desaparecía.

Reaparecía.

Redirigía.

El espacio mismo era su arma.

Pero Xia…

La estaba leyendo.

Cuando Valery ascendió usando portales—

Xia la siguió.

Ambas colisionaron en el aire.

Puño contra rostro.

Impacto simultáneo.

El aire explotó.

Valery intentó reposicionarse—

Portal—

Apareció sobre Xia.

Pero Xia reaccionó primero.

Torbellino ascendente.

La expulsó.

Valery respondió lanzando objetos desde múltiples portales—

Madera.

Metal.

Fragmentos.

Todo convertido en proyectiles.

Xia los destruyó.

Uno por uno.

Sin desperdiciar movimiento.

Sin dudar.

Sus ojos brillaban con una intensidad inhumana.

Y entonces…

Se detuvo.

Por un instante.

Visualizó.

Calculó.

—Ahí estás…

Levantó la mano.

Una esfera de aire comprimido se formó.

Pequeña.

Pero inestable.

Peligrosa.

La lanzó.

Impacto.

Costillas.

Valery gritó.

Otra.

Pierna izquierda.

Otra.

Rodilla.

Y entonces—

Bombardeo.

Explosiones de aire.

Secas.

Violentas.

Cada impacto hundía más el cuerpo de Valery.

Sangre.

Tela desgarrada.

El sonido del viento estallando contra carne.

Una y otra vez.

Una iluminada de nivel superior…

Siendo destruida.

Porque esto no era fuerza.

Era dominio.

Era comprensión.

Era sincronía con el sendero.

Valery estaba perdiendo.

Y lo sabía.

La última bala salió disparada.

Pero esta vez—

Portal.

La redirigió.

Directo a Xia.

Desde atrás.

—¡XIA! —gritó Kim.

Pero Xia…

Desapareció en el último segundo.

La bala cruzó…

Y volvió.

Valery abrió otro portal—

Demasiado tarde.

—No…

La explosión se dirigía hacia nosotros.

—¡Kim! —grité.

Fuego.

Una onda ardiente interceptó—

Pero fue devorada.

Por mi oscuridad.

La niebla emergió.

Fría.

Densa.

Silenciosa.

Consumió el impacto.

Desintegró la energía.

Y por un instante…

Todo se detuvo.

Xia cayó de rodillas.

Respiración rota.

Cuerpo temblando.

Valery apareció frente a ella.

Sin previo aviso—

PATADA.

Directo al rostro.

Xia salió disparada.

Rodó por el suelo.

Sangre.

Pero no solo por el golpe.

—…ugh…

Vomito.

Oscuro.

Espeso.

Su cuerpo estaba colapsando.

Sobrecarga.

Valery respiraba con dificultad.

Nos miró.

Luego a mí.

Sonrió.

Débil.

—Él… te está esperando…

Su voz era apenas un susurro.

—Te quiere… con nosotros…

Abrió un portal.

Su brazo colgaba… roto.

Antes de desaparecer…

Vomito sangre.

Y cayó dentro de la oscuridad.

Silencio.

Corrí hacia Xia.

Ella golpeó el suelo con furia.

—¡MALDITA SEA!

La abracé.

Con fuerza.

—Ya… ya está…

Su cuerpo temblaba.

Pero poco a poco…

Se calmó.

Porque incluso rota…

Incluso al límite…

Xia seguía siendo nuestra mejor arma.

Y lo sabíamos.

El metal crujía.

No por el combate…

Sino por lo que había quedado después.

El almacén parecía un cadáver: vigas torcidas, paredes abiertas como heridas, el aire aún vibrando con ecos de lo que casi nos mata.

Xia respiraba con dificultad frente a mí. Su cuerpo temblaba apenas, como si en cualquier momento fuera a romperse desde dentro.

Yo no dije nada.

Solo la sostuve.

Porque entendía demasiado bien ese estado.

—…Vámonos —murmuró Minho, mirando alrededor—. Este lugar ya no es seguro.

Nadie discutió.

Comenzamos a caminar hacia la salida entre restos de metal, madera y sombras deformadas que aún parecían observarnos desde ángulos imposibles.

Pero entonces…

Won ho se detuvo en seco.

—…Oigan.

El silencio cayó como una losa.

Seguí su mirada.

Y ahí los vi.

Dos figuras… ocultas tras un contenedor volcado.

Inmóviles.

Temblando.

Sasha… y Leo.

Por un segundo, nadie respiró.

Ellos nos miraban como si hubieran visto algo que ningún humano debería ver.

Y nosotros…

Sabíamos exactamente qué habían visto.

—

El momento se rompió cuando Sasha levantó las manos de golpe.

—¡ESPEREN! ¡NO NOS MATEN!

Kim parpadeó.

—…¿Qué?

Leo dio un paso al frente, aunque claramente no quería hacerlo.

—No sabíamos que… que… ustedes eran… eso…

—¿Eso? —gruñó Minho.

—¡ESO! —repitió Sasha, señalando todo alrededor—. ¡Portales! ¡Explosiones! ¡Casi nos parten en dos con… lo que sea que fue eso!

En ese instante…

Todos recordamos la cuchilla de viento.

La que casi los corta.

Xia desvió la mirada.

Kim se rascó la cabeza.

Yo…

Suspiré.

—…Nos vieron todo —dije en voz baja.

Nadie lo negó.

—

El silencio se volvió incómodo.

Pesado.

Inevitable.

Hasta que Xia dio un paso al frente.

—Supongo… que ya no tiene sentido ocultarlo.

Minho cerró los ojos un segundo.

Airi asintió.

Won ho cruzó los brazos.

Kim simplemente sonrió, como si ya lo hubiera aceptado desde antes.

Y entonces…

Se los dijimos.

—

—Somos… iluminados.

Leo frunció el ceño.

—¿Qué… significa eso?

Xia respondió, con esa calma quirúrgica que tenía incluso después de una pelea así:

—Humanos que evolucionan mediante algo llamado… núcleos de realidad.

Airi levantó ligeramente la mano.

—Luminari Core… o LC.

Minho continuó:

—Todos los humanos tienen uno… pero solo algunos despiertan.

Won ho sonrió levemente.

—Y cuando lo haces… obtienes poder.

Sasha tragó saliva.

—¿Qué tipo de poder…?

Silencio.

Entonces Kim respondió, encogiéndose de hombros:

—El tipo de poder… que te hace parecer un dios.

—

No era una exageración.

Y ellos lo sabían.

Porque lo habían visto.

—

Leo soltó una risa nerviosa.

—Genial… genial… entonces casi muero… por dioses adolescentes…

—No somos dioses —corrigió Xia—. Solo… estamos en proceso.

—Eso no ayuda —respondió Sasha.

—

Pero aún faltaba algo.

Lo más importante.

Xia respiró hondo.

Y esta vez…

Su voz fue más seria.

Más real.

—No somos de este mundo.

Silencio.

—Venimos de… la Tierra.

—

Eso sí los rompió.

—¿QUÉ? —Sasha casi gritó.

Airi dio un paso al frente.

—Japón.

Xia:

—China.

Minho:

—Corea.

Won ho dudó un segundo.

—…También.

Leo se quedó completamente en blanco.

—Esto… esto ya es demasiado…

—

Y entonces pasó.

El quiebre.

Pero no de miedo.

Sino de emoción.

—

—¡¿ESO SIGNIFICA QUE EXISTE MÁS DE UN MUNDO?! —Sasha ahora brillaba—

—¡¿Y GUERRAS GLOBALES?!

—¡¿Y TECNOLOGÍA DIFERENTE?!

—¡¿Y CULTURAS?!

—…Sí —respondió Airi, confundida.

Leo la miró.

—…Quiero hacer mil preguntas.

—Haz fila —murmuró Kim.

—

Y entonces…

De la nada.

Como si el universo decidiera romper la tensión a propósito…

Sasha me miró.

Directo.

Sin filtro.

—Oye… ¿y tú estás soltero?

—

Silencio.

—

Kim abrió los ojos.

—…Ah.

Luego sonrió.

Esa sonrisa peligrosa.

—Por suerte no está Alya aquí…

—

Xia levantó la cabeza lentamente.

Minho reaccionó más rápido.

La sujetó del brazo.

—No lo hagas.

—No voy a hacer nada —respondió ella, aunque claramente sí iba a hacerlo.

—No te creo.

—

Sasha no entendía nada.

—¿Qué dije?

—

Yo… simplemente cerré los ojos.

—Esto va a terminar mal…

—

Leo empezó a reír.

Kim también.

Won ho se unió.

Airi intentó mantenerse seria… y falló.

Minho seguía deteniendo a Xia.

Y Sasha…

seguía sin entender absolutamente nada.

—

Y por primera vez desde que todo comenzó…

Reímos.

De verdad.

—

Salimos del almacén entre risas, golpes suaves, miradas cruzadas y preguntas sin responder.

El aire frío de Artlem nos recibió.

Como si nada hubiera pasado.

Como si el mundo no estuviera rompiéndose lentamente bajo nuestros pies.

—

Pero yo lo sabía.

Lo sentía.

—

Esto…

apenas estaba comenzando.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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