MATÍAS DUBAN Y SUS AMISTADES - Capítulo 10
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10: Capítulo 10: Entre miradas 10: Capítulo 10: Entre miradas Matías se despertó con un latido fuerte en las sienes.
Se sentó en la cama despacio y murmuró: —Ay, qué dolor de cabeza… Tengo mucha sed.
Se levantó tambaleando, agarró el celular del piso y vio un mensaje de Milagro: “¿Llegaste bien?”.
No respondió.
Miró la hora: 13:47.
Dejó el celular y fue a la cocina a buscar agua fría.
Bebió de un trago largo, sintiendo cómo el frío le bajaba por la garganta.
Mientras tanto, en la casa de Alondra, Félix despertó en el sofá con la sábana enredada en las piernas.
Abrió la boca y puso cara de asco: —Guácala… Se levantó y fue directo al baño.
Se miró en el espejo, se cepilló los dientes con fuerza para quitarse el sabor a alcohol viejo.
Alondra apareció atrás de él en la puerta.
—¿Estás bien?
Félix se enjuagó la boca y la miró por el espejo.
—¿Por qué no estaría bien?
Alondra cruzó los brazos.
—Estuviste llorando anoche.
Félix frunció el ceño.
—¿Yo lloré anoche?
Qué mentira.
Alondra sonrió un poco triste.
—Como siempre, te olvidás.
Matías salió de la ducha, con el pelo mojado y una remera limpia.
Su mamá lo vio entrar a la cocina y levantó una ceja.
—Parece que te caíste o que estás re mal.
Matías se sentó a la mesa.
—Nada que ver.
Se sentaron a comer en silencio.
Matías picaba la comida sin ganas, con la cabeza en otra parte.
Dos día después, lunes.
Matías se estaba poniendo el uniforme frente al espejo.
Miró a su hermano, que pasaba.
—¿Me llevás?
El hermano asintió.
—Dale, vamos rápido.
Matías se despidió de su mamá con un beso rápido y salió subio en la moto.
En el camino, el auto de Félix pasó por al lado.
Matías miró hacia otro lado, como si no lo hubiera visto.
Félix siguió de largo sin frenar.
Llegaron a la escuela.
Matías entró por el portón y de lejos vio a Virginia.
Corrió hacia ella y la abrazó fuerte.
—hace mucho ya no te veia.
Virginia se rió.
—No exageres, me viste el viernes.
Los dos se rieron.
Justo entraron Fátima, Rumi y Vanessa.
Matías miró a Virginia.
—Nos vemos en el recreo.
Corrió a saludar a Fátima y Rumi con abrazos rápidos.
—Hola, chicas.
Entraron todos al salón juntos, En nel salón, Matías se sentó en su banco y sacó el cuaderno.
Justo entró Elizabeth, que fue a saludar a sus amigas y luego se acercó a Matías.
Él la saludó con un abrazo y ella se sentó casi al lado de él.
Vanessa lo miró de reojo.
—Como que venís medio cansado hoy.
Matías se encogió de hombros.
—Sí, fui a una fiesta el sábado.
Vanessa sonrió pícara.
—Ahh, chico fiestero.
Matías se rió y se acomodó el tapabocas, ajustándolo bien por el calor del salón.
La profe levantó la voz.
—Voy a dictar la tarea, pónganse a escribir.
Toda la clase se calló y copiaron en silencio.
La profe terminó y dijo: —Listo.
Voy a salir a hablar con la directora.
Cuando vuelva, hagan todo y entreguen, por favor.
Matías vio que Vanessa se levantaba.
—¿Adónde vas?
Vanessa susurró: —Al baño.
Se fue con Elizabeth.
Matías se volteó y agarró la cartuchera de Vanessa para usar sus colores.
Las dos amigas de Vanessa lo miraron mal.
—Dejá sus cosas, no toqués sin permiso.
Matías las miró fijo.
—Yo tengo todas mis cosas compartidas con ella.
¿Qué te metés?
Agarró los colores y se volteo.
Entraron Vanessa y Elizabeth.
Matías le contó enseguida a Vanessa lo que pasó.
Ella, como siempre, dijo: —No le hagas caso.
Empezaron a resolver la materia.
Llegó la profe, entregaron todo y sonó la campana del recreo.
Matías se levantó rápido y corrió afuera sin hacerle caso a nadie.
Se fue al fondo del patio, mirando a los colegiales con sus uniformes del lado del colegio.
Corrió para buscar a Félix, cruzó la cancha grande que separaba la escuela del colegio, aunque sabía que no se permitía pasar.
Llegó al lado de las clases de último año, pero no sabía cuál era la de Félix.
Se volteó para volver, con miedo de que lo viera la directora.
Al voltearse, chocó con una chica bajita.
Ella soltó un: —Hay…
Matías enseguida: —Perdón.
La chica se fue corriendo.
Matías se quedó mirando y se rió solo.
De golpe, sintió que alguien le agarraba la mano.
Era Félix.
—No debés estar aquí —dijo Félix, con la voz baja.
Matías lo miró.
—Te estaba buscando.
—¿Qué querés?
—preguntó Félix.
Matías suspiró.
—Nada, solo quería hablarte de lo que paso el sábado, no quería tratarte así.
Félix negó con la cabeza.
—Matías, no pasa nada, pero vete de acá.
Justo llegó la directora.
—¿Qué pasa aquí, Félix?
Félix se volteó rápido.
—Nada, directora.
Vino mi sobrino a que le dé su plata.
La directora miró a Matías.
—¿Así que él es tu sobrino?
¿De qué grado sos?
—Soy de noveno grado —dijo Matías.
La directora sonrió.
—Mira vos, entonces el próximo año te veremos por acá.
Matías sonrió.
—Sí, siempre me llamó la atención…
y la vestimenta del colegio.
La directora asintió.
—Bueno, volvé a tu escuela.
Matías se fue, pero la directora dijo: —Pero no le diste nada.
Félix se rió nervioso.
—Ahhh, me olvidé.
¡Matías!
Matías se volteó.
Félix le dio 10 mil guaraníes.
—Gracias, tío —dijo Matías sonriendo, y se fue corriendo.
La directora miró a Félix.
—Uhh, es carismático.
Félix le respondió con una sonrisa.
—Sí, directora, es un buen chico.
La directora se volteó y se fue, dejando a Félix solo.
Él se quedó mirando a Matías mientras corría de vuelta al lado de la escuela, con una mezcla de alivio y nostalgia en la mirada.
Matías guardó los 10 mil guaraníes en su bolsillo, sacó su propia plata y guardó la de Félix con cuidado, Se fue a comprar algo para tomar en la cantina, pagó y salió.
Justo salía Meylin de octavo grado.
Matías le habló primero.
—Hola.
Ella se acercó sonriendo.
—Siempre estás con el tapabocas.
Matías se rió bajito.
—Sí.
Ella inclinó la cabeza.
—¿No te molesta?
Matías negó.
—Noo.
Ella propuso: —Vamos a caminar.
Matías la miró, caminando a su lado.
—Sigo creyendo que no somos amigos de infancia y me estás mintiendo.
Ella se rió fuerte, una risa contagiosa.
Matías se rió de su risa, pensando: “Qué carismática”.
Ella lo miró.
—¿Cómo no te vas a acordar?
Sonó la campana del recreo terminando.
Se levantaron para ir.
Una chica compañera de ella miró por la ventana del salón de octavo grado, asomada al fondo, y gritó: —Epaaaa, Meylin.
Matías se rió.
Se despidieron con un abrazo rápido y Matías se fue a su clase.
Fátima lo miró mientras pasaba y luego se volteó a mirar a otro chico a su lado.
Matías se sentó en su banco.
La directora entró al salón.
—La profe no va a venir, así que quédense callados y calmados hasta la salida.
Todos se pusieron a hablar entre sí.
Matías se levantó y salió afuera, se sentó en un banco del patio.
Se acercó Elizabeth.
—¿Estás bien?
Matías la miró.
—¿Por qué no estaría?
Salieron sus compañeros y lo miraron, riéndose por algo.
Matías se sintió incómodo, se levantó.
Elizabeth le dijo: —Te diré algo en la salida, así que espérame.
Matías asintió.
—Está bien.
Ella se fue adentro.
Matías miró su cel y vio el grupo de monaguillos.
Un mensaje decía: “Nos invitaron en la Capilla San Miguel, el que quiera ir nos confirme”.
Matías confirmó rápido y chateó a su mejor amiga Pamela: —¿Ustedes también irán a San Miguel?
Pamela respondió: —Que síí.
Matías se emocionó, ya que la vería.
Guardó su cel, entró a la clase a meter su cuaderno y agarró su mochila, porque dentro de minutos sonaba la campana.
Todos empezaron a salir ya afuera.
La directora gritó: —Todo adentro, aún no es la salida.
Faltan 10 minutos.
Nadie quiso entrar más y esperaron los 10 minutos.
Sonó la campana y salieron todos.
Matías se fue a esperar a Elizabeth.
Ella se acercó, tomó su mano y le dio una carta doblada.
—Toma.
Matías la miró.
—No era que me ibas a decir algo.
Ella sonrió.
—El algo está ahí.
Matías sonrió también y le dio un abrazo fuerte.
Elizabeth agarró a su hermano y se fue afuera.
Matías vio salir a Virginia con su amiga Analía y se acercaron.
—Te vi que estabas en el fondo del colegio.
¿Qué hacías ahí, eh?
—le dijo Virginia.
Matías se rió y salieron juntos.
Mientras caminaban, respondió: —Nada, solo fui a ver a un amigo.
Matías vio que no vino su hermano, así que siguió con Virginia.
Analía se despidió porque se iba por otro camino.
Matías y Virginia siguieron caminando en silencio, hasta que ella dijo: —Nunca te quitás el tapabocas.
Matías se rió.
—Me dicen mucho eso.
—¿Y por qué no te lo quitás?
—insistió ella.
Matías suspiró.
—Me siento como inseguro cuando me lo quito.
Ella lo miró fijo.
—Si sos hermoso, Matías.
Él se rió, avergonzado.
Llegaron a la cuadra de Virginia.
Matías la abrazó fuerte.
Ella se fue, y mientras caminaba, Matías se quitó el tapabocas.
De lejos, ella sonrió y se volteó.
Matías siguió solo por el camino, hablando en voz baja para sí mismo: —Maldito tapabocas, quisiera quitármelo en el colegio por el calor que hace a veces.
Llegó a su casa y le dijo a su mamá: —Iré a San Miguel como monaguillo.
La mamá lo miró.
—¿Cómo irán?
Matías respondió: —La madrina Rosita se encarga de llevarnos siempre.
Buscó su túnica, la sacó y le dijo a su mamá: —¿No me la podés planchar?
La mamá asintió.
—Sí.
Matías se quitó el uniforme y llamó a Kevin.
—Kevin, ¿no vas a San Miguel?
Kevin respondió: —No.
Matías dijo: —Está bien.
Cortó, se puso un pantalón y una camisa negra.
La mamá le pasó la túnica planchada en una bolsa.
Matías salió y se fue a la iglesia.
Matías llegó a la iglesia y, apenas vio a Yoselin, corrió a abrazarla.
—Tengo muchas cosas que contarte —dijo, sin soltarla.
—Yo también —respondió ella, sonriendo.
En ese momento, Lucas los interrumpió.
—Vengan acá.
Matías se acercó y miró alrededor.
—¿Solo somos tres?
La madrina respondió: —Se supone que Axel y Katherine iban a venir, me confirmaron… pero ya está pasando la hora y debemos irnos.
Agarren sus cosas y salimos.
Yoselin tomó su mochilita.
Cuando Matías se dio vuelta, vio que desde la capilla salía el grupo del coro .
—¿Ellos también iban?
—preguntó.
—Ni idea.
Pensé que solo venía la señorita Jenni —respondió Yoselin.
Afuera los esperaba un colectivo.
Matías y Yoselin corrieron para subir y se sentaron juntos.
Detrás subieron los del coro, Lucas y la madrina.
—¿Están todos?
—preguntó el conductor.
—Sí —respondió la madrina.
Y el colectivo arrancó.
Matías apoyó la cabeza en el hombro de Yoselin mientras miraba por la ventana.
—¿Qué tal tu colegio?
—preguntó ella.
—Bien… todo reprobado —respondió él riéndose.
Ambos se rieron.
—Estoy emocionado por llegar estará pamela.
—¿Pamela no es tu mejor amiga?
La que siempre mencionás.
—Sí… hace mucho que no la veo.
El colectivo frenó y comenzaron a bajar.
La madrina indicó: —Vamos adentro.
Al entrar, había muchos monaguillos vistiéndose con sus túnicas blancas.
Matías buscaba con la mirada a pamela entre la multitud hasta que, a lo lejos, vio a Micaela.
Le tomó el brazo a Yoselin.
—¡Mirá!
Allá está Micaela… es la amiga de Pamela.
Seguro ella también esta cerca.
—Vestite rápido —le dijo Yoselin, pasándole la túnica.
Matías se la puso.
—Ayudame con el botón del cuello.
Se inclinó un poco para que Yoselin pudiera ajustarlo.
—Listo —dijo ella.
—Quiero ir al baño.
Acompañame.
—Vamos.
—No se tarden —advirtió la madrina.
baño estaba al fondo.
Ya era de noche.
Una luz amarilla iluminaba el árbol cercano y el aire estaba fresco.
Algunos monaguillos conversaban afuera con sus túnicas puestas.
Entonces Matías la vio.
Pamela.
Desde lejos.
Su corazón se aceleró y caminó rápido hacia ella.
Quería abrazarla con fuerza, pero sus compañeros estaban cerca… y sabía que cualquier gesto podía convertirse en chisme.
—Tanto tiempo —dijo, conteniendo la emoción.
Micaela lo miraba con entusiasmo, pero Matías apenas notaba su presencia, por la emoción de volver a ver a Pamela después de tanto tiempo.
—Me voy al baño —dijo Pamela.
Y entró.
Micaela se quedó afuera esperándola para poder entrar después.
Cuando Pamela salió, Micaela entró al baño.
Matías miró a Yoselin.
—¿Vas a entrar al baño?
—No, yo ya quiero ir adentro.
—Esperame, voy al baño y vamos —dijo él.
—No, Mati —respondió Yoselin, y se fue corriendo hacia adentro.
Matías se mordió los labios, algo inquieto, y caminó hacia el baño.
En el camino se cruzó con Pamela.
Ella le sonrió levemente y siguió hacia el salón.
Matías entró al baño.
Se acomodó el cinturón frente al espejo y arregló su cabello, respirando hondo.
Cuando salió, también salía Micaela.
—Hola, Mica —saludó él.
Ella sonrió.
—Hola.
Caminaron despacio.
—Hace un poco de frío, ¿no?
—dijo Micaela.
—Sí… pero es lindo —respondió Matías.
—¿Lindo?
—¿No te da una sensación hermosa?
—dijo él mirando alrededor—.
Está oscuro, la luz arriba de los árboles, el viento moviendo las hojas… es muy lindo.
Matías se dio vuelta mientras hablaba, mirando el árbol iluminado por la luz.
Micaela lo miraba sonriendo.
—Sí… es lindo —dijo ella.
De pronto vio que tenía desabrochado el botón del cuello de la túnica.
—Se te desabrochó el botón del cuello de la túnica.
Matías se tocó el cuello.
—Oh… cierto.
Intentó abrocharlo, pero no podía.
—Dejame —dijo ella.
Se acercó, se puso de puntitas y le acomodó el botón con cuidado.
—Gracias —murmuró él.
Y juntos volvieron adentro.
Al entrar adentro de la iglesia, Pamela vio a Micaela con Matías.
Pamela le llamó rápido a Micaela, con cara enojada.
—Te tardaste mucho —le dijo Pamela.
Micaela se acercó.
—Es que Matías me estaba hablando.
Pamela la miró mal, sin decir nada.
Matías se acercó a Yose y le susurró: —¿Qué hacemos?
¿Servimos o nos sentamos?
Justo vino la madrina encargada de los monaguillos.
Eligió quién iba a subir al altar y quién se quedaba sentado.
Empezó a llamar: —Javier de la Capilla Mi Niño Jesús, José María Raúl de San Miguel, Lucas de Sagrado Corazón de Jesús, Yonathan de María Auxiliadora.
Esos serán.
Los que no servirían se sentarán todos en el frente.
—Una vez comenzado, todos irán en fila de a dos.
Vamos, por favor.
Las madrinas indican a sus monaguillos en su lugar.
Matías se puso con Yose, y al lado estaba Micaela.
Matías le sonrió.
Vino el pastor, se puso bien al final y comenzó la misa.
Subieron al altar, y todos se sentaron en el frente como dijo la madrina.
Matías se sentó con Yose, y Pamela y Micaela estaban atrás.
Matías miró hacia atrás y vio a Pamela, se rió bajito.
Micaela le miraba fijo.
Otros chicos al lado de Micaela hablaban y miraban mucho a Matías cuando se volteaba a mirar a pamela.
El chico dijo: —Qué onda, Mariela.
Qué anda mirando mucho a esa chica, no pone atención a la misa.
La chica Mariela respondió: —Seguro está enamorado de ella.
Pasaron las horas, la misa terminó.
El pastor con los monaguillos bajaron, y todos los monaguillos pasaron al frente, hicieron la reverencia todos juntos.
Se pusieron todo en fila de a dos y se fueron hasta la puerta.
Finalizó la misa.
Matías y todos los monaguillos se fueron a la pieza para quitarse la túnica.
Matías miró lo lindo que era el lugar donde se preparaban los monaguillos de esa iglesia, con las paredes pintadas de blanco.
Yose lo interrumpió.
—Tan curioso, Matías.
Matías sonrió y se abrochó el botón del cuello antes de quitarse la túnica.
—Está muy bonito la capilla.
Yose también se quitó la suya.
Pasaron los dos chicos por el pasillo y entraron en la pieza donde estaba Matías.
El chico miró a Matías y dijo: —Mira vos.
Matías lo miró.
—Mira, ¿qué?
El chico se rió.
—¿De qué capilla son?
Matías respondió: —De Sagrado Corazón de Jesús.
El chico se burló.
—Esa iglesia toda fea.
Yose lo miró fijo.
—Qué dijiste.
La chica al lado del chico intervino.
—Como escuchaste.
Matías le dijo al chico: —Cállate.
El chico respondió: —¿Quién sos vos para callarla?
Lo empujó.
Matías se mordió los labios, mirándolo con enojo, y agarró a Yose del brazo.
—Vamos afuera.
El chico lo empujó al salir.
Matías chocó contra la pared.
Justo todos los monaguillos salían al pasillo.
Matías, sin notarlo, empujó fuerte al chico, y este se cayó entre unos canastos, cayéndose todo.
El chico se levantó y agarró la bolsa de matias.
Matías empujó su bolsa y le agarró del pelo.
Llegó la madrina y gritó: —Suéltalo, chico.
Entró Lucas con su madrina también.
La madrina Rosita le dijo a Matías: —Suéltalo ya.
Matías lo soltó.
La madrina preguntó: —¿Qué pasó?
Matías y Yose dijeron: —Él empezó.
La chica y el chico respondieron: —Ellos fueron.
La madrina de ellos miró mal a Matías.
Él agarró su bolso y salió enojado.
Micaela y Pamela justo entraban.
Matías bajó por la escalera todo enojado y salió afuera.
Yose corrió atrás de Matías y lo abrazó por la espalda.
Matías, de tanto que se enojó, abrazó fuerte a Yose, como si necesitara descargar la bronca.
Todos salieron afuera.
La madrina Rosita salió con Lucas y preguntó: —¿Por qué empujaste al chico?
Yose respondió: —Ellos empezaron.
Dijo feo a nuestra iglesia y empujó a Matías.
Matías se defendió, no sé qué les pasaba.
Rosita los miró seria.
—No vuelvan a hacer eso.
Estamos en una iglesia.
Matías no dijo nada y se fueron al colectivo a sentarse.
Subieron todos del coro junto con Rosita y Lucas.
Matías miró por la ventana, y el chico le sacó el dedo del medio.
Matías abrió la ventana y le gritó: —Métete por el culo, hijo de perra.
Yose le dijo: —Basta.
Se rieron entre ellos.
El chófer arrancó.
Al llegar, Matías bajó con Yose y entraron en la Capilla.
Se sentaron en la orilla del piso, mirando cómo pasaban los del coro.
Matías se levantó y le dijo a la madrina: —Ya me voy.
Yose agregó: —Yo también me voy con Mati.
Rosita asintió.
—Dale, cuídense.
Matías, en el camino hablando con Yose, dijo: —A la próxima que le vea a esos chicos, te juro que le tiro del pelo más fuerte y le tiro de la escalera.
Yose dijo: —Yo te ayudo, agarrále también y le pegamos.
Se rió fuerte.
Llegaron a la cuadra de Yose.
Matías lo abrazó fuerte y le dijo: —Nos vemos el sábado en la reunión de monaguillos.
—Dale —le dijo Yose—.
Y dile a Kevin que venga a la próxima, que se perdió todo.
Matías respondió: —Siii.
Y se fue caminando solo por la calle.
Llegó a su casa y le dijo a su mamá: —Estoy cansado, mami.
Fue un día pesado.
—Eso es bueno —respondió ella con una sonrisa.
Matías hizo una mueca dramática y se fue a su pieza.
Se tiró en la cama mirando el techo.
El día volvió en flashes: la risa de Meylin, la carta de Elizabeth, la mirada de Pamela durante la misa, la pelea, el empujón.
Suspiró.
Se levantó y tocó el rosario de su abuelo que colgaba en la puerta.
Lo sostuvo entre los dedos unos segundos.
En ese momento, su celular vibró.
Notificación: Pamela.
“Llegaste bien?”Matías vio el mensaje.
No respondió.
Dejó el celular a un lado, cerró los ojos y se dio vuelta contra la pared.
Estaba demasiado cansado para pensar en nada más.
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