MATÍAS DUBAN Y SUS AMISTADES - Capítulo 11
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- Capítulo 11 - 11 Capítulo 11 El Viento Entre Nosotros
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11: Capítulo 11: El Viento Entre Nosotros 11: Capítulo 11: El Viento Entre Nosotros Matías despertó con unas ganas tremendas de quedarse en la cama, pero vio que eran las 11:50.
Se levantó de un salto, se bañó rápido y salió.
Su mamá le había preparado todo el uniforme.
Se acercó a ella y le dijo: —Gracias, mami.
Mientras su mamá servía la comida, Matías puso la mesa y se sentaron a comer.
La mamá lo miró.
—Cuántas veces te dije que no te pongas el uniforme cuando vas a comer.
Vas a manchar.
Matías respondió: —Ay, mamá, no me mancharé.
La mamá suspiró.
—Ay, este tu hermano no sale de su cuarto.
No sé qué le pasa, cada día más se encierra.
¡Rodrigo!
—gritó.
Rodrigo vino, agarró su comida y lo iba a llevar a su pieza.
La mamá lo miró.
—¿No puedes sentarte a comer con nosotros?
Rodrigo la miró mal y se sentó.
Mientras comían, la mamá dijo: —Estamos teniendo problemas con el trabajo.
Necesito un trabajo bueno para poder mantenernos.
Matías la miró preocupado.
—¿Qué pasó con Osvaldo?
¿Qué te mandaba plata?
Dijo que iba a venir otra vez acá.
La mamá negó con la cabeza.
—Creo que Osvaldo ya me dejó y se fue a quedarse ya allá.
Se levantó, agarró su plato y dijo: —Debo buscar trabajo antes de que nos quedemos sin nada.
Matías se levantó, agarró su plato y lo llevó a la cocina.
Le dijo a su mamá: —Bueno, yo me voy.
Se me hace tarde.
Uhh, son las 12:40.
Matías se fue, agarró su mochila y su tapabocas.
Rodrigo se fue a sacar la moto.
Matías se acercó a su mamá, le dio un beso y salió afuera junto con su hermano.
Se subió y le llevó.
Al llegar a la escuela, Matías se acordó que no leyó la carta de Elizabeth y pensó: “Ay, no.
¿Qué le diré ahora si me pregunta sobre la carta?”.
Se fue a clase.
Estaba Rumi sentada leyendo algo.
Matías se acercó.
—Hola, Rumi.
Rumi levantó la vista y dijo: —Hola, Matías.
Matías preguntó: —¿Qué estás leyendo?
Rumi respondió: —Estoy estudiando para historia.
Matías frunció el ceño.
—¿Por qué estudiás?
Rumi explicó: —Porque tendremos pruebas.
—¿Qué pruebas?
—preguntó Matías.
Rumi dijo: —Es para el viernes.
Matías se relajó.
—Ahh, falta mucho.
Bueno, me voy a sentar.
Se fue a su lugar de siempre.
Vanessa aún no venía.
Se acercó su compañera Luisa y le dijo: —¿Qué tal, chovo?
¿Todo bien?
Se acercó también otro compañero y dijo: —Siempre usás esa tapabocas.
Matías respondió: —Sii.
Luisa insistió: —Quítate, por favor, así te vemos.
Matías se levantó.
—Nooo.
Y se fue afuera.
Luisa se quedó riendo.
Matías se quedó mirando de la nada, pensando en nada, mientras Vanessa estaba atrás diciendo: —Matías, Matías.
Ahí Matías reaccionó.
—Ay, Vanessa.
Le abrazó fuerte.
Ella dijo: —Ay, Mati, basta, suéltame.
Matías dijo: —Nooooo.
Abrazándola fuerte.
Justo llegó Raúl y dijo: —Andamos bien cariñosos.
Matías dijo, mirando a Raúl desde el hombro de Vanessa: —Hola.
Le soltó a Vanessa.
Ella le dijo a Raúl: —Envidioso.
Se rieron y entraron adentro.
Matías miró su celular: eran las 13:02.
Matías miró desde su ventana que el tiempo se estaba poniendo nublado.
Le dijo a Vanessa, que estaba sentada atrás como siempre: —Parece que va a llover fuerte.
Vanessa respondió: —Parece que síí.
Entró la directora y dijo: —La profe no viene hoy, así que quédense callados y calmados.
Se fue.
Matías dijo: —Siii.
Justo vinieron Elizabeth, Fátima y Lucas, y entraron.
Matías pensó: “Ay, no, qué haré, qué le diré”.
Fátima miró a Matías y lo saludó con la mano, se sentó.
Elizabeth se acercó, saludó a Vanessa y a Matías.
Él se levantó a saludarla.
—Hola, Eli.
Vamos afuera, vamos, Vanessa.
Eli preguntó: —¿Y la profe?
Matías dijo: —La profe no viene, vamos afuera.
Salieron y se sentaron en la orilla del piso, donde el aula quedaba un metro más arriba del patio.
Sus piernas colgaban en el aire, balanceándose despacio.
El viento corría suave y levantaba un poco el polvo del suelo.
El cielo estaba completamente nublado, gris claro, pero no se veía triste… solo tranquilo .
Elizabeth lo miraba de reojo.
No decía nada, pero su mirada era insistente.
Sus manos estaban apoyadas a los costados, tensas.
Matías lo notó.
—Ay, Eli… Sin avisar, se recostó hacia atrás y apoyó la cabeza en su regazo.
El movimiento fue torpe pero natural, como si confiara totalmente en ella.
Elizabeth se quedó inmóvil un segundo.
Después, muy despacio, llevó su mano al cabello de él.
Sus dedos comenzaron a moverse con suavidad, peinándolo hacia un lado.
—Me olvidé completamente de leer la carta —dijo Matías mirando el cielo, Te juro que la leo cuando llegue a casa.
Elizabeth soltó el aire.
—Uhhh… por suerte.
Ya me daba vergüenza.
Matías giró la cabeza apenas para mirarla desde abajo.
—¿Es algo importante que deba saber?
Ella bajó la mirada y sus ojos se encontraron.
—No sé… tenés que leerla para saber.
Matías se incorporó de golpe, quedando sentado otra vez a su lado.
—Ay, ¿por qué no me decís acaaaaaaa?
—alargó la palabra mientras le daba un golpecito suave en el brazo.
Elizabeth se rió bajito.
—Porque no.
Él apoyó los brazos detrás de su espalda y miró el cielo.
—No es lindo el cielo nublado con viento fresco… El viento movió su camisa y despeinó un poco a Elizabeth.
Ella lo miró de perfil.
—Sí… es muy lindo… más si estoy con vos.
El comentario quedó flotando en el aire.
Matías no respondió enseguida.
Sus ojos se achinaron un poco, no por el sol, sino por esa sensación rara que le dio escucharla decir eso tan directo.
Giró la cabeza lentamente hacia ella.
Se quedaron mirándose.
El ruido del patio parecía más lejano.
Sus piernas seguían balanceándose, casi sincronizadas.
Matías tragó saliva.
Se levantó despacio.
La miró desde arriba, con una expresión que mezclaba nervios y algo más profundo.
—Voy al baño.
Vanessa, que estaba hablando con sus dos amigas, preguntó: —¿Adónde vas?
Matías dijo: —Al baño.
Se fue, entró y vio la puerta.
Decía: “Matías alto gey”.
Matías se agachó a mirar qué se escribió más abajo: “Mati mati gey”.
Se levantó y salió.
Estaba en la puerta del baño Meylin.
Matías le dijo: —Hola, Meylin.
Ella se rió.
—¿Qué hacías agachado mirando la puerta del baño matias?
Matías volteó a mirar la puerta.
—Estuviste todos estos minutos mirándome.
Meylin explicó: —Es que te vi que venías y como la profe se fue a dirección, quise venir a saludarte, pero entraste al baño y te vi agachado mirando.
Matías se rió.
Vino su profe y dijo: —Meylin, adentro.
Meylin dijo: —Nos vemos en el recreo.
Matías se fue a su aula, revisó su mochila, agarró su plata y miró la hora: eran las 15:00.
Sale corriendo otra vez afuera y se va a la cantina para comprar un Tilly jugo.
Como siempre, estaba lleno de gente: chicos de todos los grados haciendo fila bajo el viento fuerte que movía las hojas de los árboles.
Le atienden a Matías, compra y sale.
Se va al fondo del patio y se sienta solo, mirando cómo se movían los árboles con el viento fuerte, las ramas bailando como si el cielo nublado estuviera por romperse en lluvia.
Félix viene corriendo junto a Matías y le dice: —Hola, Mati.
Matías le grita: —No te escucho por el viento fuerte.
Matías se ríe, viendo cómo se movía el pelo de Félix por el viento.
Félix le dice: —Cuando sea la salida, ven junto a mí.
Quiero darte algo.
Matías responde: —Está bien.
Se levanta y le dice: —¿Qué día me llevarás otra vez a ver a tus amigos?
Félix contesta: —Puede ser este finde.
Matías lo mira fijo.
—No entiendo por qué no estás enojado conmigo por lo que había pasado en esa fiesta.
Félix responde: —Eso no es cuestión de enojarme con vos.
No pasa nada, estábamos todos borrachos.
Fue mi culpa por la pelea, exageré mucho.
Por poco nos agarra la policía, te metí en lío.
Perdóname.
Matías le dice: —No me pidas perdón.
Y voy a la salida juntos a vos.
Ahora me iré a mi salón, nos vemos.
dentro de una hora.
Félix sonríe.
—Está bien, te espero.
Matías se va caminando por el pasillo y choca con una chica.
Se le derrama su Tilly.
Matías dice: —Noo.
Matias se agacha a agarrar rápido la botella y mira a la chica, que se queda mirándolo.
—Ayyy, perdón.
Se levanta y dice: —Está bien, no pasa nada.
Matías la miró bien.
Virginia corre y dice: —¿Qué pasó acá?
Matías responde: —Nada, se me derramó el jugo.
Atiende más —le dice Virginia a la chica.
Matías pregunta: —¿Son amigas?
Virginia asiente.
—Sí, somos amigas.
Matías dice: —Ahhhh.
Virginia le dice: —Bueno, vamos al salón que tenemos que hacer la tarea antes de que venga la profe.
Matías tira la botella en la basura y le dice: —Chau, Virginia.
Se va en frente de su clase y se apoya por la pared, mirando como el cielo se empieza a despejar y salir el sol del atardecer, reflejando en la chapa del tinglado.
El recreo estaba por terminar.
El patio ya no tenía el mismo ruido de antes.
Algunos chicos ya estaban volviendo a las aulas, otros corrían apurados porque faltaban apenas dos minutos.
Rumi salió del salón sin apuro.
Solo quería tomar un poco de aire antes de que sonara la campana.
Y entonces lo vio.
Matías estaba apoyado contra la pared, cerca del borde donde el piso del aula quedaba un poco más alto que el patio.
Tenía una pierna flexionada contra la pared y la cabeza inclinada hacia arriba.
Miraba el cielo.
El atardecer estaba suave, medio nublado, con ese color naranja que aparece justo antes de que todo se vuelva más gris.
Rumi se quedó mirándolo unos segundos.
Después caminó hacia él, despacio.
También levantó la vista para ver qué estaba mirando.
—Mati… ¿qué hacés?
Matías bajó la mirada lentamente.
—Nada… estoy mirando el atardecer.
Su voz sonaba tranquila, pero había algo pensativo en su expresión.
—¿Qué hora es?
Matías sacó el celular del bolsillo.
—15:18.
La luz del celular iluminó un poco sus ojos por debajo del tapabocas.
Rumi dejó de mirar el cielo.
Ahora lo miraba a él.
Se acercó un poco más.
—Te cortaste las pestañas.
Matías frunció el ceño, confundido.
—No… ¿por qué?
Rumi dio medio paso más.
Estaban bastante cerca ahora.
Alzó la mano y, con cuidado, tocó suavemente el lagrimal de él, como si estuviera comprobando algo.
—Podés sacarte el tapabocas.
Matías se tensó apenas.
—Nooo.
Lo dijo rápido, casi automático.
Rumi no retrocedió.
—Dale… hacelo por mí.
Su tono no era fuerte.
Era suave.
Casi curioso.
Matías dudó unos segundos.
Miró alrededor.
El patio estaba casi vacío.
Suspiró.
Se quitó el tapabocas despacio.
El aire fresco le rozó la cara.
Rumi se quedó mirándolo en silencio.
No dijo nada.
Solo lo observó.
Matías sintió esa mirada más de lo que esperaba.
Tragó saliva y volvió a ponerse el tapabocas.
Rumi frunció apenas el ceño.
—No entiendo por qué siempre debés usar tapabocas.
Matías volvió a mirar el cielo un segundo.
—No sé… tal vez pronto me lo quite.
En ese momento, la campana sonó fuerte, marcando el final del recreo.
El sonido rompió el momento.
Rumi bajó la mano.
—Vamos.
Matías asintió.
—Dale.
Caminaron hacia el salón sin hablar.
Entran al salón.
Matías se sienta, mira a Elizabeth que estaba sentada en frente de él y le toca el pelo.
Ella se deja.
Llega la profe y dice: —Abran sus cuadernos.
Tenemos 1 hora de clase y lo que daré es largo, así que a trabajar.
Voy a dictar.
La clase queda en silencio mientras la profe dictaba.
Matías no escuchaba y decía a Elizabeth: —¿Qué dijo?
Elizabeth le volvía a repetir.
Pasaban las horas.
Eran las 16:10.
Matías dice: —Falta 20 minutos para la salida vanessa.
La profe deja de dictar y dice: —Esta tarea es para la siguiente semana, por favor tráiganme resuelto con las preguntas que charlamos.
Lean bien y espero sus respuestas correctas.
Nos vemos para la próxima semana.
Todos empiezan a guardar sus cosas.
Matías, mientras guardaba sus cosas, le decía a Vanessa: —Este día fue muy calmado.
Vanessa le responde: —Es porque vos casi nunca hacés tu tarea.
Matías se ríe y se levanta junto con Vanessa.
También Elizabeth.
Empiezan a salir todos.
Matías iba al lado de Vanessa y Elizabeth al lado de él.
Matías se despide de Vanessa con un abrazo.
Rumi se estaba yendo, Matías corre a decirle: —Nos vemos mañana, Rumi.
Ella dice: —Nos vemos mañana.
Matías, una vez que se estaban yendo todos, corre demasiado rápido al fondo.
Rumi se queda mirando como Matías se fue corriendo rápido y piensa: “¿Por qué se va tan rápido corriendo al fondo?”.
Vuelve a entrar en la escuela y se dirige al fondo.
La ataja Elizabeth y le dice: —¿Adónde vas?
Rumi le dice: —Al fondo.
Matías se fue super apurado, pero como soy curiosa quiero ir a ver.
Elizabeth dice: —Te acompaño.
Rumi responde: —Vamos.
Y se van corriendo al fondo.
Matías llega al fondo y la directora le dice: —Holaa.
Matías, cansado sin aire por correr, le dice: —Hola, directora.
¿Ha visto a Félix?
La directora responde: —Félix está allá al fondo, a punto de subirse a su auto y irse.
Matías corre junto a su auto y le dice: —Acá estoy, como me pediste.
Elizabeth y Rumi, que venían al fondo, buscaban adónde estaba.
Elizabeth dice: —Allá está.
Rumi pregunta: —¿Adónde?
Elizabeth señala: —Nos ves, allá está al lado de ese auto.
Rumi dice: —Ahhh, pero ¿qué hace ahí?
Elizabeth responde: —No sé.
Y se acercan hasta casi adónde están ellos y se esconden al lado de una clase.
Matías le dice a Félix: —¿Qué me ibas a dar o decir o como sea?
Félix agarra un collar de estrella.
Matías le dice: —Es hermoso.
Félix iba a decir algo y Matías dice: —Shhh, cállate.
Félix, mira bien atrás mío.
Me siento bastante observado.
Félix pregunta: —¿Qué?
¿Qué te pasa?
Mira hacia adelante, viendo como dos chicas estaban escondidas al costado de una puerta de clase.
Félix dice: —Es dos chicas escondidas al costado de la tercera clase.
Matías dice: —Bueno, entonces nos vemos mañana.
Le dice a Félix, empujándolo adentro del auto y cerrándole la puerta en la cara.
Se voltea y se acerca a la clase: —Quien sea que me esté siguiendo, salga.
Y salen Rumi y Elizabeth.
—JAJAJAJA —se rió Matías, tranquilo—.
¿No eras que ya te habías ido, Rumi?
¿Y vos, Elizabeth, no ibas a la dirección?
Rumi lo miró fijo.
—Me mató la curiosidad.
¿Por qué saliste corriendo?
¿Y qué hacías con ese chico?
Matías respondió sin dudar, mirándola directo a los ojos: —Es mi tío.
Vine a hablar con él para irme con él después.
Pero como sospechaba que ustedes me estaban siguiendo, le dije que mejor me quedaba.
Así vamos juntos.
Lo dijo con tanta seguridad que parecía verdad.
Rumi sostuvo la mirada unos segundos más.
No dijo nada.
Elizabeth intervino: —Tenemos que salir por la puerta del colegio.
Seguro ya cerraron la otra.
Caminaron los tres hacia la salida.
Algunos alumnos aún estaban afuera, hablando y riéndose.
De repente, un hombre empezó a gritar desde el fondo del camino: —¡Salgan del camino!
¡Se soltaron las vacas!
Los tres se voltearon.
Varias vacas venían corriendo directo hacia ellos.
—¡Corran!
—gritó alguien.
Elizabeth reaccionó rápido y se apartó hacia un costado.
Rumi agarró a Matías del brazo.
—¡Mati, movete!
Pero él se quedó mirando un segundo de más, sorprendido por lo repentino.
Cuando intentó girarse, una de las vacas lo golpeó de costado con fuerza.
El impacto lo empujó contra Rumi, y los dos cayeron al suelo bruscamente.
El golpe fue seco.
Por un segundo, Matías no escuchó nada.
Solo un zumbido agudo en la cabeza, como si el mundo se hubiera apagado.
El suelo le raspó el brazo a rumi cuando cayó.
Sentía el corazón latiéndole en la garganta.
—¡Mati!
—la voz de Elizabeth sonaba lejana.
Intentó incorporarse, pero todo se movía un poco.
Parpadeó fuerte.
Entonces vio a Rumi.
Estaba sentada en el suelo, sosteniéndose el codo.
Su respiración era agitada.
Matías reaccionó de golpe.
Se arrastró hacia ella.
—¿Estás bien?
¿Te duele?
Decime si te duele.
Rumi intentó sonreír.
—Estoy bien… creo.
Pero cuando movió el brazo, hizo una mueca.
Matías sintió una presión rara en el pecho.
No era miedo.
Era culpa.
Si él hubiera reaccionado antes… Mati, sin decir nada más, lo abrazó fuerte.
—Perdón… te empujé… todo pasó muy rápido… Rumi lo abrazó de vuelta, firme.
—No fue tu culpa.
Un hombre llegó corriendo, agitado.
—¿Están bien?
¿Les pasó algo?
Matías ayudó a Rumi a ponerse de pie.
—Sí, estamos bien.
El hombre miró rápido y volvió a correr detrás de las vacas.
Alrededor, varios alumnos observaban.
Algunos murmuraban.
Otros se reían nerviosos.
La vergüenza empezó a sentirse más fuerte que el golpe.
Elizabeth dio un paso adelante.
—Vamos, mejor salgamos de acá.
—Esperá —dijo Matías.
Abrió su mochila con manos todavía temblorosas y sacó un trapo viejo que siempre llevaba.
Elizabeth destapó su botella y vertió un poco de agua sobre la tela.
Matías tomó el brazo de Rumi con cuidado.
—Va a arder un poco.
Rumi apretó los dientes.
Cuando el trapo tocó la herida, su respiración se cortó un segundo.
Pero no se quejó.
—Estoy bien… en serio.
Matías limpió despacio hasta que la sangre dejó de correr.
El trapo quedó manchado de rojo.
Lo miró un instante antes de guardarlo otra vez en la mochila.
Entonces Rumi tomó la mano de Matías.
—Vos también te lastimaste.
Él miró su palma raspada, la piel abierta en una línea fina.
—No es nada.
—Estás sangrando.
—Estoy bien, Rumi.
Ella sostuvo su mirada un segundo más, como queriendo asegurarse.
Después soltó su brazo.
—Me voy por acá.
Nos vemos mañana.
Empezó a caminar.
Matías la miró alejarse.
Algo en su expresión cambió, pero lo cubrió rápido con una sonrisa.
—¡Cuidate de la vaca!
—gritó, riéndose.
Rumi se voltea y se rie.
Elizabeth seguía ahí.
Más callada que antes.
Matías notó que no se había reído.
Vio a su hermano buscándolo con la moto.
Se giró hacia Elizabeth.
—Nos vemos mañana.
Y… te doy mi respuesta de la carta, ¿sí?
Elizabeth asintió.
—Está bien.
Pero su mirada no era tan ligera como antes.
En casa, Matías entró directo a su cuarto.
Tiró la mochila al suelo.
Se arrancó la corbata con un movimiento brusco, como si le faltara el aire.
Se dejó caer en la cama.
Se rió bajo.
Todo había sido un caos.
Cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, vio la carta en nel ropero.
Ahí estaba.
Silenciosa.
Esperando.
Se quedó mirándola más de lo necesario.
Se levantó.
La agarró.
La abrió.
Sus ojos comenzaron a recorrer las líneas.
Su expresión cambió lentamente.
Primero curiosidad.
Luego sorpresa.
Después una sonrisa leve.
Y finalmente… algo más profundo.
Confusión.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES UniverseMismi Algunos miran el clima.
Matías mira lo que el clima le hace sentir.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com