MATÍAS DUBAN Y SUS AMISTADES - Capítulo 12
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- Capítulo 12 - 12 Capítulo 12 Entre risas y recuerdos
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12: Capítulo 12: Entre risas y recuerdos 12: Capítulo 12: Entre risas y recuerdos El sol del mediodía caía con fuerza sobre la calle mientras Matías caminaba hacia la escuela.
Eran alrededor de las doce y media, casi la una, y el movimiento de la gente hacía que todo se sintiera más ruidoso de lo normal.
Matías avanzaba despacio, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida en el suelo.
No parecía tener apuro por llegar.
Algo en su cabeza no lo dejaba estar tranquilo, aunque intentaba ignorarlo concentrándose en el sonido de sus pasos.
Estaba a punto de llegar; solo faltaba girar una cuadra más para llegar a la escuela.
Antes de la esquina se encontraba una pequeña iglesia que siempre quedaba en su camino.
El lugar estaba tranquilo a esa hora, iluminado por la luz intensa del mediodía.
Mientras avanzaba lento, algo llamó su atención.
Un auto estaba estacionado cerca de la iglesia.
Matías levantó apenas la mirada.
—Ese auto me resulta conocido… —pensó por un instante.
Sin darle demasiada importancia, continuó caminando por la orilla de la iglesia.
A un costado del camino había un árbol grande que proyectaba sombra sobre la vereda.
Matías pasó junto a él sin mirar demasiado alrededor.
—¡BU!
Matías dio un salto hacia atrás, sobresaltado.
—¡Mierda, Félix!
—exclamó llevándose una mano al pecho mientras intentaba recuperar el aire.
Félix salió riéndose desde detrás del árbol, claramente satisfecho con la broma.
—Tenías que ver tu cara —dijo entre risas.
Matías lo miró mal mientras recuperaba el aire.
—Qué risa… —dijo con molestia, sacando su tapaboca del bolsillo y colocándoselo.
Félix seguía sonriendo.
—Te vi doblando en una cuadra, quería asustarte —explicó—.
Así que me quedé acá esperándote… aunque eras re lento, jamás llegabas.
Matías suspiró.
—No quería llegar temprano… o sea, ni siquiera quería venir.
Félix frunció el ceño.
—¿Eso por qué?
Matías desvió la mirada.
—¿Qué te importa?
Mejor me voy.
Se dio la vuelta para seguir caminando, pero Félix lo agarró del hombro antes de que avanzara.
—Eh… ¿qué tal si hoy no vamos a la escuela?
Matías se giró lentamente, dejando aparecer una pequeña sonrisa.
Félix entrecerró los ojos al verlo.
—Con esos ojos achinados que tenés significa que te está gustando la idea.
Matías soltó una leve risa.
—¿Adónde vamos?
—A la casa de Alondra —respondió Félix sin dudar.
Matías asintió.
—Está bien… vamos.
Ambos caminaron hacia el auto.
Matías se subió del lado del acompañante y, ya adentro, se quitó el tapaboca mientras Félix encendía el motor.
El auto arrancó y Matías bajó la ventana, dejando que el aire entrara mientras comenzaban a alejarse.
En ese momento, una chica pasaba por la vereda.
Virginia.
Ella miró hacia el auto justo cuando pasaba, encontrándose con Matías.
Sus miradas se cruzaron por un instante antes de que el vehículo siguiera avanzando.
Virginia se quedó quieta, observando cómo se alejaban.
Matías se rió suavemente.
—¿Quién era ella?
—preguntó Félix mientras conducía.
Matías miró hacia afuera.
—¿Qué te importa?
—Pero qué molesto amaneciste hoy —murmuró Félix antes de arrancar.
El auto avanzó por las calles mientras Matías miraba por la ventana, dejando que el aire le despejara un poco la cabeza.
Ninguno dijo mucho durante el camino.
Minutos después, Félix estacionó frente a la casa de Alondra.
En la vereda, Alondra estaba sentado junto a Milagro, Alex y Sebastián, conversando entre ellos.
Matías bajó del auto junto con Félix y levantó la mano saludando desde lejos a los chicos.
Mientras caminaban hacia ellos, Matías se inclinó un poco hacia Félix.
—¿No que Alex te caía mal?
—preguntó en voz baja.
—Sí, me cae mal —respondió Félix con naturalidad—, pero son amigos de mis amigos.
No me molesta su presencia.
Félix avanzó hacia el grupo sin darle más importancia.
Matías se quedó unos segundos atrás, observándolo.
“Qué puta mierda… entonces que le pasaba la otra vez en la fiesta”, pensó mientras caminaba para alcanzarlos.
Matías se acercó al grupo y saludó a Sebastián con un choque de manos.
Alex estaba a punto de levantarse para saludarlo también cuando, de repente, Milagro se levantó primero y lo abrazó con entusiasmo.
—¡No te veía desde la última vez, lo de la fiesta!
¿Cómo te fue tu día?
—Bien —respondió Matías con una pequeña sonrisa mientras se sentaba a su lado.
Alondra lo miró desde la silla.
—¿Querés tomar jugo?
—No, gracias —contestó Matías.
Sebastián miró al resto.
—Entonces… ¿qué hacemos?
Matías levantó ligeramente la cabeza.
—Yo sé qué podríamos hacer.
Alex lo miró curioso.
—¿Qué cosa?
Matías dudó un segundo antes de empezar a explicar.
—Hay un lugar cerca de mi casa… bueno, un poco lejos, como a ocho o nueve cuadras.
Bajando más abajo hay un bosque y desde arriba te podés tirar al agua.
Yo me tiré como dos veces… aunque me da miedo.
El agua es profunda, como diez o quince metros, y casi no sé nadar.
Una vez casi me ahogo ahí con mis amigos Moisés y Julio… pero el lugar es hermoso.
No sé si quieren ir, si Félix nos quiere llevar.
Todos permanecieron en silencio, atentos a cada palabra que decía.
Matías notó cómo lo miraban y alzó las cejas.
—¿Qué dicen?
—Yo no tengo problema —respondió Félix.
—Esas locuras me encantan —dijo Milagro con emoción—.
¿Entonces vamos todos?
—¿Por qué no?
—agregó Sebastián.
—Vamos —dijo Alex.
Félix sonrió.
—Entonces no se diga más… vámonos.
Todos comenzaron a levantarse.
—¿No se quieren cambiar antes de ir?
—preguntó Alondra—.
Están uniformados, Félix… y vos también, Matías, con el buzo de la escuela.
—No pasa nada, estoy cómodo así —respondió Matías.
—Tengo una remera abajo y el pantalón no importa —añadió Félix—.
Así que vamos.
El grupo caminó hacia el auto.
Matías se subió en el asiento delantero y esperó a que Félix entrara para conducir, pero en su lugar Milagro abrió la puerta del conductor y se sentó allí.
Matías sonrió, sorprendido.
—No sabía que sabías manejar.
Milagro lo miró con una sonrisa confiada.
—Hay muchas cosas que todavía te falta saber de mí.
Encendió el auto y arrancó.
Mientras Milagro conducía, el auto avanzaba entre calles cada vez más tranquilas.
—¿Y cuándo fue la última vez que te tiraste?
—preguntó Sebastián desde atrás—.
Seguro fue hace poco.
Matías miró por la ventana unos segundos antes de responder.
—Bueno… fue cuando tenía ocho, creo.
—¿Ocho?
—dijo Alex sorprendido—.
¿Entonces estás seguro de que todavía se puede bajar o tirarse ahí?
—Sí —respondió Matías—.
Abajo hay una parte donde antes iba a bañarme con mi amigo Julio, o con mi hermano y sus amigos.
Después está la parte de arriba… que es súper alta para saltar.
O sea, salto para mí.
—¿Desde cuándo conocés ese lugar?
—preguntó Félix.
—Desde que tengo memoria.
Iba casi siempre con mi amigo Moisés.
—¿Quién es Moisés?
—dijo Alex.
—Es un amigo mío que adoro bastante.
—¿Y dónde está ahora?
Matías dudó un momento.
—Pues… seguro debe estar por ahí… o por allá… por acá… no sé.
Sebastián intervino: —La otra vez que te escuché hablar de él dijiste que estaba entre la naturaleza —comentó Sebastián—.
Nunca cuentas mucho más sobre él ni qué paso de el.
Matías frunció levemente el ceño.
—¿Por qué les importa tanto saber sobre Moisés?
En ese momento, Milagro frenó suavemente.
—Estamos en la entrada Santa Inés.
¿Entramos acá?
—No —dijo Matías señalando hacia adelante—.
Una cuadra más y doblamos ahí.
El auto avanzó unos metros más.
Entraron en otra cuadra y siguieron derecho hasta que Matías habló otra vez.
—Pará acá.
Milagro estacionó al costado, apagó el motor y todos bajaron detrás de Matías.
—Es aquí —dijo él.
Alondra observó el camino que descendía.
—Tenemos que bajar por acá.
—Es hermosa la cancha —comentó Alex mirando alrededor—.
¿Y si hacemos una carrera para ver quién baja más rápido?
—Estás loco —respondió Matías riéndose—.
La última vez que intentamos bajar rápido casi me rompo la cara.
Todos se quedaron mirando hacia abajo.
La pendiente caía larga y silenciosa.
Matías miró al grupo.
—Entonces… ¿vamos o qué?
—Sí —respondieron casi al mismo tiempo.
Y comenzaron a bajar la calle en pendiente, uno detrás del otro.
Matías llegó primero al final de la bajada.
Milagro miró hacia atrás y vio la pendiente que ahora parecía interminable hacia arriba.
—¿Todo eso tenemos que subir después?… ay no —dijo, llevándose una mano a la frente.
—¡Vamos, corran!
—gritó Matías mientras empezaba a correr hacia el bosque.
Los demás lo siguieron entre risas y pasos apurados.
—Tengan cuidado —advirtió Matías mientras se adentraban entre los árboles.
Al poco tiempo llegaron a la orilla.
Piedras de distintos colores rodeaban el agua, brillando húmedas bajo la luz.
A un costado había una pequeña escalerita cubierta de musgo; los escalones estaban formados por baldosas con pequeñas pelotitas de colores, ahora sucias y verdosas por la humedad.
—Es hermoso… —dijeron varios al mismo tiempo.
Matías observó el lugar con una leve sonrisa.
—Antes había una casa acá.
Solo quedaron los costados… ¿ven esa escalera?
Bajaba hasta el piso, pero ahora todo está cubierto de agua.
Nunca supe si todavía existe abajo.
—¿Y de dónde viene el agua?
—preguntó Alondra.
Matías caminó por el borde y señaló hacia el fondo.
—De esa cueva.
Antes era una sola, pero con el tiempo se formaron dos… una grande y otra más chica al lado.
—Guau —dijo Alex, sorprendido—.
Es increíble.
¿Nunca intentaron entrar?
—Ni loco —respondió Matías riendo—.
Una vez mi vecino me dijo que adentro había oro y que lo cuidaba una serpiente gigante.
—Entonces hay que entrar —bromeó Félix.
—Ya cállate —dijo Alondra, empujándolo suavemente.
Matías comenzó a correr por el borde del lugar, esquivando piedras y raíces.
—¡No corras!
—le gritó Félix desde atrás.
—Se nota que ya está acostumbrado a venir acá —comentó Alex mientras lo seguían.
Todos avanzaron detrás de Matías, adentrándose cada vez más en el bosque.
Las ramas se movían al pasar, y el sonido de las hojas acompañaba sus pasos mientras atravesaban los pequeños espacios entre los árboles.
—No es tan hermoso este lugar… —dijo Matías, sonriendo levemente.
Finalmente llegó al borde que daba hacia abajo.
El agua se extendía profunda y tranquila.
Los demás se acercaron con cuidado para mirar.
—Nah… no era tan alto —dijo Félix, observando hacia abajo.
—Ni loca me tiro desde acá —respondió Alondra—.
Estamos como a siete o diez metros de altura.
Me mato si salto… aparte ni sé nadar.
—¿Ves?
Yo dije —comentó Matías.
—Pero se puede nadar… y se puede saltar —dijo Alex—.
¿Por qué no lo intentamos?
Milagro ya se estaba quitando los zapatos.
Alondra la miró de inmediato.
—No, no y no… ya sé lo que vas a hacer —dijo Alondra.
—En la vida vivimos solo una vez.
Hay que experimentar y disfrutar, Alondra —respondió Milagro.
—Eso es cierto —dijo Alex, quitándose también los zapatos.
—Si ustedes lo hacen… ¿por qué yo no?
—dijo Félix.
—Están locos… —murmuró Matías mientras también se quitaba los zapatos.
—¿En serio se volvieron locos?
—dijo Alondra—.
¿Se van a tirar desde acá?
¿Y si se matan?
—Nadie se va a morir —respondió Alex mientras se sacaba la remera.
Matías lo miró por un momento, distraído.
Félix notó esa mirada y frunció ligeramente el ceño.
Sin decir nada, Félix también se quitó la camisa y la remera.
Milagro se sacó la camisa, quedando solo con un top.
—Bueno… hay que tirarnos —dijo ella con una sonrisa desafiante.
Todos se prepararon para saltar.
Sebastián se quedó atrás, sentándose sobre el pasto.
—Yo los voy a mirar desde acá —dijo mientras se acostaba tranquilamente.
—Qué aguafiestas—respondió Milagro riendo.
Félix, Matías, Milagro y Alex se alinearon al borde.
Alex sonrió emocionado.
—A la cuenta de tres saltamos… uno… dos… ¡tres!
Los cuatro comenzaron a correr.
Pero en el último segundo, Félix se detuvo, arrepintiéndose.
Extendió el brazo y sujetó a Milagro para frenarla.
Milagro perdió el equilibrio y resbaló, bloqueando el paso de Matías.
Matías intentó desviarse, pero terminó chocando contra Alex.
Ambos perdieron el equilibrio.
—¡Ahhh!
—gritó Matías mientras caía, alcanzando a sujetar el brazo de Alex.
Los dos cayeron en el agua, salpicando fuerte.
Matías salió primero, respirando agitado.
Alex también salió del agua, con el cabello sobre la frente.
Matías se rió.
—Tu cara, Alex.
Alex se acercó a Matías, apoyándose en él.
—Te juro que me asusté cuando me agarraste.
—Es que Mila se me puso en el camino.
Mila, desde arriba, dijo: —¿Están bien?
¿No murieron?
Así puedo saltar ahora yo —dijo riendo.
—Salta ya—gritó Alex.
Milagro agarró el brazo de Félix y se tiraron juntos, cayendo en el agua y salpicando a Matías y Alex.
Milagro gritó: —¡Esto es tan divertido!
Matías y Alex se acercaron a la orilla y salieron del agua.
Detrás de ellos, Milagro y Félix nadaron hasta salir también.
—Esto fue muy divertido —dijo Milagro, levantando la mano y dando vueltas.
Félix miró su brazo y dijo: —Lo volviste a hacer.
Matías se quedó mirando, mientras Alex también se acercaba para ver su brazo.
—¿Por qué lo volviste a hacer, Milagro Jennifer?
—No me llames por mi nombre completo —respondió Mila.
—Lo hago porque es lo único que me hace bien… y fue hace mucho eso.
—Pues no se nota que fue hace mucho —le gritó Félix.
Alondra y Sebastián bajaron hasta donde estaban.
—¿Qué pasa?
—preguntó Alondra.
Félix tomó el brazo de Milagro.
—¿Ves?
Alondra se mordió los labios mientras Sebastián observaba en silencio.
Matías se quedó mirando desde atrás, sin entender nada.
—Ya basta, chicos —dijo Milagro.
Subió, tomó su ropa, se vistió y se fue.
Félix y Alex también agarraron sus cosas y comenzaron a ponerse las remeras.
Matías, mientras se ponía los zapatos, le preguntó a Alondra, que estaba junto a Sebastián: —¿Qué pasó?
—Es una larga historia, Matías —respondió Alondra.
Sebastián miró hacia donde se había ido Milagro.
—Déjala… ella siempre quiere estar sola cuando pasa eso —agregó Alondra.
Mientras tanto, Milagro caminaba sola.
—¿Por qué siempre me tiene que retar por eso?
¿Acaso es tan malo?
No sabe cómo calma mi dolor… simplemente me gritan —murmuró para sí misma.
Matías terminó de ponerse los zapatos.
—Iré por ella —dijo, y salió corriendo.
Félix y Alex se acercaron.
—¿Y Matías?
—preguntó Félix.
—Se fue atrás de Milagro —respondió Sebastián.
Matías alcanzó a Milagro, que estaba sentada frente a la cancha.
Se acercó todavía mojado y se sentó a su lado.
Ella lo miró de reojo.
—No me hagas caso… siempre somos así —dijo.
Matías la miró con calma.
—No sé qué te ha pasado realmente para llegar a hacer eso.
Soy una persona comprensiva y, siendo sincero, te diría que no me gusta que hagas eso… pero eso es muy simple para mí.
Para vos debe ser distinto.
Nadie sabe realmente cómo te sentís, pero eso no significa que tengas que lastimarte.
Siempre existen varios caminos, varias cuadras que podés tomar sin llegar a esto, Milagro.
Milagro bajó la mirada.
—No encuentro otro camino… cada vez que me siento mal hago esto, Matías.
Nadie podría comprender cómo realmente me siento a veces.
—Tal vez yo pueda intentar comprenderte —respondió Matías—, pero necesito que me cuentes qué te pasa.
No te conozco hace mucho, pero sos una persona alegre y divertida.
Pensé que no estabas pasando por nada malo.
—Trato de ser alegre siempre… pero lo que me está pasando me está matando.
Matías se levantó y le ofreció la mano para ayudarla a ponerse de pie.
—Podés volver al río y tirarte una y mil veces porque pensás que es lo único que te hace bien… o podemos subir y tomar distintas cuadras, ver a dónde nos llevan.
Nunca debés dejar que te consuma el mismo lugar al que acudís cuando te sentís mal —dijo Matías, tocando suavemente su brazo.
Milagro lo miró.
—Es lo más lindo que me han dicho.
Matías sonrió y ella se rió.
Todo empapado, Matías la abrazó.
—¡Ya basta!
—dijo ella entre risas.
Los chicos llegaron, todos con cara seria.
—Acá nada de serios, estamos disfrutando —dijo Matías, agarrando el brazo de Milagro y Alondra—.
¡Corramos hasta arriba!
Todos comenzaron a correr cuesta arriba.
—¡Carrera!
—gritó Alex, subiendo rápido.
Empezaron a correr fuerte y, al llegar arriba, todos estaban cansados.
Félix fue a abrir el auto y todos subieron, agotados.
Matías se sentó en la parte de atrás con Milagro, Alondra y Alex.
Félix manejaba y Sebastián se acomodó con él.
Matías miró la hora en su celular: eran las 4:45.
—Ya debería estar en casa —dijo.
—¿Qué le vas a decir a tu mamá de por que estás mojado?
—preguntó Sebastián.
—Ya veré cómo me arreglo —respondió Matías.
Félix arrancó y lo llevó hasta la entrada de su calle.
Matías bajó y se apoyó en la ventana del auto.
—Muchas gracias por todo, chicos.
¡Nos vemos!
—dijo.
—Espero verte pronto otra vez —respondió Milagro, pasándole su mochila por la ventana del auto.
Matías se puso la mochila y dijo: —Chau —mientras el auto se alejaba.
Se quedó pensando en Milagro y luego se dirigió a su casa.
Entró y su mamá lo vio.
—¿Por qué estás todo mojado, Matías?
—Estuvimos jugando con nel agua en la escuela —respondió él.
—Anda a cambiarte —le dijo su mamá.
Matías fue a cambiarse y luego se sentó en su cama, todavía recordando todo lo que había pasado.
Unas horas atrás… Matías estaba sentado en su cama con la carta de Elizabeth en la mano.
Al abrirla y leerla por primera vez, su cabeza se llenó de pensamientos: “Nos conocemos hace casi dos meses, pero me he encariñado mucho contigo.
A veces llegaba sin ganas de nada, pero vos me hacías sonreír y me hacías sentir feliz incluso cuando todo estaba mal para mí.” “Cuando estoy cerca tuyo, todo parece más ligero.
No sé cómo explicarlo… pero tus palabras, tu risa, incluso tu manera de mirar las cosas, hacen que mis días sean mejores.
Me das algo que no sabía que necesitaba.” “Sé que es muy pronto y que tal vez no sientas lo mismo, pero tenía que decírtelo.
Me gustás, Matías.
Me gustás mucho.
No sé si querrás intentarlo, pero si estás dispuesto, me encantaría que pudiéramos empezar algo juntos.” Matías se quedó mirando la carta, con la mente llena de alegría, sorpresa y confusión.
“Yo ya sabía que ella se me iba a declarar… pero ¿qué hago?
No estoy seguro de si realmente me gusta ella.
No sabría decirle que sea mi novia… ay, no, esto es muy nuevo para mí.
¿Qué le diré mañana?” —pensó..
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