MATÍAS DUBAN Y SUS AMISTADES - Capítulo 13
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- Capítulo 13 - 13 Capítulo 13 Caminos que se cruzan
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13: Capítulo 13: Caminos que se cruzan 13: Capítulo 13: Caminos que se cruzan Matías estaba sentado debajo del árbol del fondo de su casa, ya uniformado.
Eran las 12:09 y esperaba a que su hermano saliera para llevarlo a la escuela.
Mientras tanto, chateaba con su mejor amiga, Pamela.
—Contame bien qué había pasado la otra vez que te fuiste así todo furioso —escribió ella.
—Es que esos monaguillos no sé qué les pasaba, estaban locos —respondió Matías.
En ese momento, su hermano salió.
—¡Vamos, Matías!
Te llevo.
Antes de levantarse, Matías escribió rápido: —Te hablo después de venir de la escuela.
—Bueno —contestó Pamela.
Matías agarró su mochila.
—Ya me voy, mami —dijo, y salió corriendo para subirse a la moto.
Mientras avanzaban por la calle, el viento le daba en la cara… y de pronto recordó la carta.
—Ay, no… —murmuró para sí mismo.
Al llegar a la escuela, su hermano lo dejó en la entrada.
Matías bajó, respiró hondo y se quedó quieto un segundo antes de entrar.
De repente, sintió unos brazos rodeándole la cintura desde atrás.
Su cuerpo se tensó y volteó la cabeza para ver quién era.
Era Virginia.
Ella lo abrazaba por detrás, riéndose.
Al darse cuenta de que era ella, Matías llevó su mano hacia el brazo que lo rodeaba y lo sostuvo suavemente.
—Me asustaste —dijo.
Virginia seguía abrazándolo mientras caminaban hacia adentro.
—¿Por qué no viniste ayer?
Matías suspiró levemente.
—Salí con unos amigos.
—Ahhh… y yo que te estaba buscando —respondió ella.
En ese momento llegó Analía.
—Hola, Matías —saludó.
—Hola —respondió él.
Virginia entonces lo soltó de la cintura —Bueno, nos vemos en el recreo —dijo Matías, empezando a caminar hacia atrás.
—Espero que sí —respondió Virginia, sonriendo.
—Claro que sí —dijo él antes de darse vuelta y dirigirse a su clase.
Virginia le sonrió a Matías antes de que él se diera vuelta.
Matías entró en su salón.
Mientras tanto, Virginia caminó hacia el suyo junto a Analía.
—Siempre anda con su tapaboca —comentó Analía mientras avanzaban por el pasillo.
—Sí, siempre anda así —respondió Virginia.
—¿Ya le viste la cara?
Virginia negó con la cabeza.
—No… pero hoy le voy a decir que se lo quite.
Quiero verle la cara completa.
Y ambas entraron en su salón.
Matías se acercó y se sentó al lado de Vanessa.
—Hace un poco de calor —comentó.
—Sí —respondió Vanessa.
Los alumnos comenzaron a entrar, y poco después entró el profesor de Matemáticas.
—Ay no… hoy tocaba Matemáticas.
La odio tanto —le susurró Matías a Vanessa.
Luego miró por la ventana.
—Se ve que Elizabeth no va a venir.
—Sabés que siempre viene tarde —dijo Vanessa.
—Lo sé, Vane.
Matías miró su celular.
Eran las 13:10.
El profesor comenzó a hablar: —Abran sus cuadernos.
Vamos a hacer un ejercicio en la pizarra.
Matías sacó su cuaderno, lo abrió y empezó a escribir el nombre de la materia.
En ese momento.
Elizabeth entró.
Matías no se dio cuenta porque estaba escribiendo.
Ella se acercó a él y, con una sonrisa alegre, dijo: —Holaaa.
Matías se quedó helado un instante.
Levantó la mirada.
—Hola… —respondió nervioso.
Elizabeth, como siempre sonriente, fue a sentarse dos sillas más adelante.
Raúl se volteó a mirar y se rió, como si supiera algo.
Matías sonrió nervioso.
—Acá están las tareas.
Copien, y cuando terminen resolvemos todo juntos —dijo el profesor.
Todos comenzaron a copiar.
Mientras escribía, Matías empezó a molestar a Raúl, tocándole el pelo con la punta del lápiz.
Raúl se dio vuelta y le tiró un borrador.
—¡Basta, chicos!
—dijo Vanessa.
—¿Se enojó mi amorcito?
—respondió Raúl con una sonrisa burlona.
Vanessa lo miró mal y siguió escribiendo.
Una vez que todos copiaron, Matías miró hacia un costado.
Su compañero lo estaba mirando serio, y él desvió la mirada.
—Vamos a resolver —indicó el profesor.
Entre varios empezaron a participar para resolver el ejercicio en la pizarra.
Matías no entendía casi nada, así que dejó de prestar atención.
Cuando terminaron, comenzaron a pasar a entregar.
Matías se quedó copiando lo que habían resuelto y, al finalizar, se levantó para entregar su cuaderno.
Pero el profesor estaba hablando con unas chicas y no le hacía caso.
Al ver que lo ignoraba, Matías se molestó y volvió a su banco.
Profesor de mierda, pensó.
En ese momento sonó la campana del recreo.
Matías agarró su celular, se levantó y salió.
En el pasillo se encontró con Rumi.
—¿Vamos a comprar?
—Bueno —respondió ella.
Fueron a comprar un Tilly y una galletita salada.
Después se sentaron en la orilla del piso, en una parte que estaba un metro y medio más alta, y comenzaron a comer juntos.
—Me acuerdo que yo era compañero de tu prima Cinthia.
Me caía tan mal su mamá —comentó Matías.
Rumi se rió.
Justo cuando iba a responder, Elizabeth se acercó y se sentó con ellos.
Matías se quedó callado.
Rumi rompió el silencio.
—¿Hiciste toda la tarea de Matemáticas?
—Sí —respondió Elizabeth.
En ese momento, Matías vio a Virginia a lo lejos.
—Ya vengo, espérenme —dijo, levantándose.
Y se fue corriendo hacia ella.
Rumi lo miró de reojo.
—Te dije que iba a estar acá, que nos veríamos en el recreo —dijo Matías al llegar.
—Vamos a sentarnos —respondió Virginia.
Se fueron a sentar un poco más apartados.
Después de unos segundos, Virginia lo miró fijo.
—¿Por qué no te quitás el tapaboca?
—Por ahora no… más adelante —respondió Matías.
—Hacelo por mí.
—Es que me da vergüenza.
Te prometo que otro día me lo voy a quitar, pero ahora no quiero.
Virginia suspiró.
—Está bien… pero prometelo.
—Te prometo —dijo Matías.
En ese momento, Raúl pasó cerca mirándolos de reojo.
Matías lo siguió con la mirada.
—A veces pienso que ustedes fueron algo antes.
Virginia lo miró seria.
—Yo y él jamás.
—¿Seguro?
—preguntó Matías.
—Sí, ay Mati… —respondió ella.
—Contame algo de vos, Mati… no sé, tu primer amor, tu primer beso.
Matías la miró y sonrió un poco.
—A ver… te cuento cómo fue mi primer beso.
Virginia se acercó un poco más y apoyó su brazo sobre el muslo de Matías.
De pronto sintió algo duro bajo la tela y se sobresaltó.
Matías se rió fuerte.
—¿Qué es eso?
—preguntó ella, confundida.
—Es mi hueso —respondió él, todavía riéndose.
—¿Pero por qué está así?
No entiendo.
Matías bajó un poco la mirada y explicó con calma.
—Me rompí la pierna cuando tenía nueve años.
Me operaron y me pusieron una placa, pero se rompió.
Mi pierna no se curó del todo bien… y quedó así.
Tengo dos cicatrices en el muslo.
Te las mostraría, pero con el pantalón no se puede.
Virginia lo miraba con atención.
—¿Y cómo te la rompiste?
—Me caí en un pozo como de trece metros.
Es raro… porque cuando caí no me pasó nada al principio.
Pero después un tronco cayó justo entre mis piernas.
Yo las tenía separadas, y el tronco cayó en el medio, apretando fuerte y girando mi pie, lo que terminó rompiéndome la pierna.
Virginia abrió los ojos.
—Eso tuvo que doler.
—La adrenalina no me hizo sentir nada por varios minutos… pero después… bueno, mejor ni te lo imagines.
—¿Pero habrá solución para que quede bien?
—preguntó Virginia.
—Claro.
Si me vuelvo a operar algún día.
Me están haciendo estudios y todo, pero no quiero operarme este año —respondió Matías.
De pronto, Matías se levantó de donde estaba sentado y le mostró su pie.
—¿Ves?
Tengo un pie más pequeño que el otro.
Virginia lo miró con atención.
—Sí… con razón a veces caminás medio raro.
—Sí —dijo él, riéndose.
Ambos se rieron y Matías volvió a sentarse.
—Ahora contame algo sobre vos, Virginia.
Ella bajó la mirada.
—Te contaría mil cosas de mí… Tu forma de explicar las cosas me dan ganas de contarte muchas.
Matías le tocó la mano suavemente.
—Sabés que podés contarme cualquier cosa que quieras.
Virginia lo miró y sonrió un poco.
—La próxima te cuento muchas cosas mías, te lo prometo… como vos me prometiste sacarte el tapaboca.
—Entonces es un trato —dijo Matías.
—Un trato —respondió Virginia, dándole el meñique.
Se levantaron los dos.
Matías miró el collar de Virginia, un trébol que brillaba bajo la luz del sol.
—Matías… alguien de la escuela te busca —dijo ella.
—¿Matías?
Él se quedó congelado mirando el colgante.
—Matías… Virginia tomó el rostro de Matías con sus manos.
—¿Estás bien?
Matías reaccionó.
—Lo siento… —¿Qué pasó?
—Sí… ¿qué pasó?
—repitió él, confundido.
—Ese chico de allá te busca.
Matías se giró y vio que era Félix.
—Hablaré con él.
Nos vemos después.
—Está bien —dijo Virginia, y se fue hacia su aula.
Matías se acercó a Félix.
—¿Qué querés?
—Nada, solo pasaba y te vi.
—Ah, bueno.
Matías se dio la vuelta y comenzó a alejarse.
—¿Ni siquiera vas a despedirte?
Matías le sacó el dedo del medio y caminó hacia el aula.
Félix se rió.
—Qué estúpido… Matías llegó cuando sonó el timbre.
Luisa, Jessica y otros compañeros estaban bloqueando la entrada.
Matías bajó la cabeza.
—Permiso.
—Mirá, chovo —dijo Jessica riéndose.
—Denle espacio primero a las chicas —agregó su compañero.
Matías entró rápido y fue a su banco.
Ellas se quedaron riendo.
Apretó su hoja con fuerza hasta arrugarla.
Se acercó a Elizabeth.
—¿Estás bien?
Su ojo cambió de enojo a alegre.
—Todo bien.
Elizabeth se sentó en la silla delante de la de Raúl.
En ese momento, Raúl entró riendo.
—Salí de mi asiento —le dijo Raúl a Elizabeth.
—¿Y si no quiero, qué?
—respondió ella.
—Vas a querer—insistió Raúl.
Elizabeth se levantó sin discutir más.
Matías se rió de la situación.
Elizabeth le lanzó una mirada sonriente antes de irse a su asiento.
En ese momento entró la profesora de Guaraní.
—Saquen sus cuadernos de Guaraní, por favor.
—Ay no, no puede ser… odio Guaraní —murmuró Matías mientras sacaba su cuaderno.
La profesora empezó a hablar en guaraní, explicando lo que debían hacer, y escribió en la pizarra.
Matías se dejó caer sobre la mesa de su banco.
—Qué aburrido… Las horas pasaron.
Todos copiaron, entregaron y finalmente sonó la campana de salida.
Matías guardó sus cosas solo, se levantó y salió directo afuera.
Mientras los demás también salían, Elizabeth fue hacia él.
Se quedaron bajo el tinglado de la escuela.
Elizabeth lo miró, como esperando algo.
Matías no dijo nada.
—¿Vas a venir mañana?
—preguntó ella.
—Vos siempre faltás, Eli.
La pregunta verdadera es si vos vas a venir mañana.
—Obvio que sí.
Elizabeth lo abrazó fuerte.
—Te amo, Mati —dijo, acariciándole el pelo.
Luego se fue.
Matías se quedó mirándola mientras se alejaba.
Es tan buena… tan linda.
Me encantan sus ojos.
Pero algo me detiene de decirle que sea mi pareja o de responderle su carta.
¿Qué se supone que le diga?
La estuve ignorando casi todo el día y está esperando una respuesta… Me siento tan mal.
Mañana le tengo que responder… ¿o no?
Ay, no sé… Suspiró y salió corriendo fuera de la escuela.
Miró alrededor.
Su hermano no estaba.
—Ay no… qué pucha.
Decidió irse por otro camino.
Corría mirando hacia abajo cuando chocó fuerte contra alguien.
Era Virginia, que venía con su hermanita.
Matías no alcanzó a frenar y chocaron fuerte, cayendo los dos al suelo.
—¡Ay!
—dijo Virginia al caer.
La hermanita de Virginia se quedó mirando sorprendida.
Matías se levantó rápido del suelo.
—Perdón, ay no… —dijo, agitado.
Se acercó enseguida y le extendió la mano para ayudarla a levantarse.
—¿Estás bien?
Virginia tomó su mano y se levantó, sacudiéndose un poco la ropa mientras su hermanita seguía mirándolos en silencio.
—¿Estás bien?
—Estoy bien —respondió ella, sacudiéndose el polvo de la ropa.
Matías la ayudó a limpiarse.
—¿Adónde tan deprisa?
—preguntó Virginia.
—Nada… no estaba apurado.
A veces corro rápido cuando quiero llegar a casa y no miro el camino.
Miró a la niña.
—¿Ella es tu hermanita?
—Sí, es mi hermanita pequeña.
—Qué linda, se parece un poco a vos —dijo Matías mirando a la hermanita de Virginia.
—En realidad se parece más a mi hermana mayor —respondió Virginia.
—Ah… yo la veo un poco parecida a vos.
—Vamos —dijo Virginia.
—Vamos —respondió Matías.
Mientras caminaban por el camino, Virginia volvió a hablar.
—¿Te acordás de que querías que te cuente cosas… y vos te ibas a quitar la tapaboca?
—Sí, ¿por qué?
—preguntó Matías.
—Es porque… De repente, un auto pasó a toda velocidad por la calle, justo cuando Virginia estaba a punto de terminar la frase.
Matías reaccionó rápido: tomó la mano de la hermanita de Virginia y la empujó hacia atrás para apartarla del camino.
Con el otro brazo agarró también a Virginia y la tiró hacia él.
Virginia, por el impulso, terminó agarrándose de la cintura de Matías.
Matías miró el auto que se alejaba… y se dio cuenta de que era el auto de Félix.
Su expresión cambió enseguida a enojo.
En ese mismo momento pasó también el transporte escolar de Elizabeth.
Desde adentro, Elizabeth miró la escena de reojo.
Matías no se dio cuenta.
—Te juro que voy a quemar ese auto —dijo Matías, todavía enojado.
Virginia lo miró mientras soltaba su cintura.
—¿Qué le pasaba a ese auto para venir así de rápido?
—No sé… está loco —respondió Matías.
Luego siguieron caminando hasta la cuadra de Virginia.
—Nos vemos mañana, Mati —dijo Virginia.
—Nos vemos mañana —respondió Matías.
Virginia comenzó a alejarse.
Matías se quedó mirándola mientras ella se iba, despidiéndose con la mano.
Después Matías se dio la vuelta y siguió caminando.
Mientras avanzaba por la calle, vio el auto de Félix estacionado en una cuadra.
Matías cambió de dirección y fue directo hacia el auto.
Félix estaba adentro.
Matías miró por la ventana.
Félix no se había dado cuenta; estaba comiendo un chocolate.
Entonces Matías golpeó fuerte la ventana.
Félix giró la cabeza, lo vio y abrió la puerta para salir.
—Ah, Mati… ¿no querés un poco de chocolate?
—dijo Félix.
Matías, enojado, se quitó el tapaboca de golpe y lo tiró al suelo.
Luego agarró el chocolate y se lo tiró al pecho.
—¡No es la primera vez que hacés eso!
¿Qué pasa si nos chocás, hijo de puta?
¡Dejá de hacer eso!
—dijo, empujándolo en el pecho.
Félix le agarró la mano para detenerlo.
—Calmate, Matías, no te alteres así.
Sabés que no te voy a chocar… es una costumbre mía para molestarte.
—Odio que me molestes.
No vuelvas a hacer eso —dijo Matías.
Se agachó rápido, recogió su tapaboca del suelo y empezó a irse.
Félix lo miró, mordiéndose el labio, y salió corriendo detrás de él.
Matías caminaba rápido, todavía enojado.
Félix corrió y lo agarró del brazo de golpe.
—Perdón, Matías.
Mi intención jamás fue hacerte sentir mal.
Matías, que miraba hacia abajo, levantó la mirada.
No dijo nada.
Su expresión cambió un poco, pasando del enojo a la confusión.
Se soltó el brazo.
—Volvé a tu auto… —dijo finalmente—.
Ya me voy.
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