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MATÍAS DUBAN Y SUS AMISTADES - Capítulo 22

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  3. Capítulo 22 - 22 Capítulo 22 Hojas que ya no vuelven
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22: Capítulo 22: Hojas que ya no vuelven 22: Capítulo 22: Hojas que ya no vuelven Rumi sintió una mano en su hombro y gritó con todas sus fuerzas.

Sin mirar quién era, lanzó un puñetazo.

—¡Ayy, Rumiildaaaa!

—gritó Matías, llevándose las manos a la cara mientras retrocedía.

Rumi, aún viendo borroso, reconoció su voz.

—¡Matías!

—dijo, acercándose rápido y abrazándolo—.

Perdón… pensé que era el pombero… estaba muy asustada.

—No pasa nada… —respondió él, quejándose—.

Vamos… Fátima llegó corriendo desde atrás, alumbrando con la linterna del celular.

—Chicos, vamos —dijo.

Los tres empezaron a caminar juntos hasta salir del bosque.

Al llegar, la profesora los vio enseguida.

—¿Qué hacían ahí?

Pensamos que se habían perdido.

Ya está oscuro, chicos.

—Se me perdió una cosa… —dijo Matías—.

Nos quedamos buscando y perdimos el camino.

—Está bien, pero tengan más cuidado.

Vayan preparándose para la fogata.

Matías miró a Rumi de una forma extraña.

Rumi lo notó.

—¿Qué te pasa?

En ese momento, Rouxan pasó cerca con su amiga Férmina.

Matías se dio vuelta para mirarlas, y Rouxan se acercó.

—¿Por qué estás sangrando?

Una fina línea de sangre bajaba desde su nariz, pasando por sus labios hasta deslizarse por la mandíbula.

Matías se tocó el tapaboca.

—Ay… no, me está sangrando… —dijo Matías, mirando a los demás sin atreverse a quitarse el tapaboca.

Rouxan miró bien la situación, se acercó y lo agarró del brazo.

—Vamos a mi carpa.

Matías hizo una seña a Fátima y a Rumi para que lo siguieran.

Rouxan, sin soltarle el brazo, empezó a llevarlo junto con Férmina hasta la carpa.

Matías caminaba en silencio, con la otra mano apoyada sobre el tapaboca.

Entraron.

Rumi y Fátima llegaron detrás y se quedaron en la entrada.

—Podés quitártelo… —dijo Rouxan—.

Nadie te va a ver, solo nosotros.

Matías miró de reojo a los cuatro.

Luego bajó la mano lentamente.

La tenía llena de sangre.

—Esto es mi culpa… —dijo Rumi desde la puerta.

—No… —respondió Matías, agarrando el papel que le pasó Férmina—.

Es mi culpa por no avisarte que estaba al lado tuyo.

Se quitó el tapaboca.

Tenía la nariz y parte de la boca cubiertas de sangre.

Rouxan tomó un trapo, pero Matías la detuvo.

—Ese trapo es blanco… lo vas a manchar.

Siempre veo que lo llevás a la escuela.

—No pasa nada —dijo ella, sin dudar, y empezó a limpiarle la cara con cuidado.

Matías la miraba en silencio, más tranquilo.

Luego, Rouxan tomó un algodón con alcohol y lo acercó a su nariz.

—Shh… —dijo Matías por el dolor.

—Ponete esto adentro de la nariz, así deja de sangrar, ¿sí?

—Está bien… —dijo Matías, colocándose el algodón en la nariz.

Miró su tapaboca junto al trapo y suspiró.

—No tengo más tapaboca ahora… no sé qué haré… —dijo, doblando el trapo blanco con el tapaboca.

Rouxan se dio vuelta y sacó uno.

—Usá este.

Es nuevo… solo lo usé una vez, si querés.

Matías la miró.

—Está bien… muchas gracias por todo.

Salieron de la carpa.

Los cuatro quedaron afuera.

Férmina miraba a Matías tímidamente.

—Y gracias rou por el tapaboca —dijo él, poniéndoselo.

Rouxan le alcanzó el trapo manchado con su tapaboca.

Matías lo miró, luego la miró a ella, sonrió levemente y se fue alejando con Rumi y Fátima hacia su carpa.

Férmina se apoyó en Rouxan.

—Es un chico muy interesante.

—Me cae bien —respondió Rouxan.

Matías se acercó a su carpa, entró y se quitó la campera.

Rumi entró detrás de él e hizo lo mismo.

—Me voy a cambiar también.

Nos vemos en la fogata —dijo Fátima.

—Nos vemos —respondieron.

Rumi miró a Matías.

—Me siento muy mal por pegarte… perdón.

—No pasa nada —dijo él, poniéndose otra campera y los guantes.

Rumi hizo lo mismo.

Salieron de la carpa.

Matías levantó la vista al cielo.

—Qué lindo… las estrellas… Empezaron a caminar hacia el pozo donde harían la fogata.

El aire frío se notaba en su respiración.

Rumi se acercó y le agarró del brazo.

Matías la miró, le sostuvo el brazo con más firmeza y dijo: —Lo más triste de mirar el cielo… es saber que algunas estrellas brillan con toda su fuerza solo para avisarnos que ya se han ido.

Rumi lo miró.

—Pero quizás lo más hermoso es que, aunque ya no estén, se negaron a dejarnos a oscuras… y eligieron seguir siendo nuestra guía.

Matías la miró.

—Eso es cierto… Se acercaron al pozo.

Fátima estaba sentada sola en un tronco.

Matías miró a Rumi.

—Vamos a sentarnos con Fátima.

Se acercaron y se sentaron.

Fátima se movió un poco y Matías quedó en el medio.

—Hace un re frío… —dijo Matías.

—Sii… —respondió Fátima.

Todos estaban sentados cuando la profesora se acercó.

La profe María, de guaraní, empezó a hablar: —Es lindo verlos a todos reunidos… y gracias a su profe que me invitó, y también a la profe Mariela.

Mientras hablaba, comenzó a tirar nafta sobre las ramas y troncos dentro del pozo.

Las luces que estaban al lado se apagaron, dejando todo en completa oscuridad.

Todos quedaron en silencio, esperando.

—Bueno… presencien esta hermosura de luz —dijo, encendiendo un fósforo.

Lo lanzó.

En un instante, una gran fogata se encendió, iluminando todo el lugar y haciendo llegar el calor a todos.

Fátima sacó de su mochilita, que tenía al lado, unos malvaviscos.

—¿Quieren?

—dijo.

Matías y Rumi dijeron que sí y agarraron.

El profesor también andaba repartiendo a los otros.

Fátima les pasó unas ramas que tenía preparadas para los tres.

—Venías preparada —dijo Matías.

—Obvio que sí —respondió ella.

—¿Y Lucas?

—preguntó Rumi.

—Está allá con Raúl —dijo Fátima.

—Es raro que no estés hablando con él Mati —dijo Rumi.

—Hablamos un rato cuando vos te fuiste con Fati y te perdiste —dijo Matías—.

Igual estuve todo el día con ustedes —agregó, poniendo su malvavisco en la rama.

Los tres acercaron los malvaviscos al fuego.

Matías se quedó mirando las llamas, concentrado.

—Ese fuego arde con tanta fuerza… que parece querer gritarle a la noche… pero cada chispa que se eleva… es solo una parte de él que se apaga para siempre.

—Hoy viniste con ganas de decir muchas frases —dijo Fátima a Matías.

Matías sonrió levemente, mirando el fuego.

—Es que la naturaleza es tan hermosa… este lugar es tan lindo… —dijo—.

A veces pienso en todo lo que todavía no conocemos… y me gusta.

Me hace sentir que estar vivo vale la pena, en un mundo tan grande, lleno de cosas por descubrir.

—Eso es cierto… y que nadie te diga lo contrario.

Amo escucharte, cómo ves el mundo —le dice Rumi a Matías.

La fogata se empezaba a apagar mientras todos hablaban entre sí.

Matías miraba cómo las llamas perdían fuerza, y las luces a los costados, entre los árboles, comenzaban a encenderse.

—Ya vengo —dice, levantándose.

Se aleja caminando hacia uno de los árboles iluminados.

Rumi lo miraba mientras se alejaba, aún hablando con Fátima.

Matías se adentra un poco más, observando las luces.

Se acerca y toca el tronco del árbol, sintiendo su textura.

Una sensación de nostalgia lo invade.

—Si tan solo estuvieran aquí conmigo… Ángel, Moisés, Alan… —murmura, agachándose y tomando una hoja anaranjada del suelo.

Se queda en silencio unos segundos, mirando la hoja entre sus dedos.

—¿Por qué el tiempo tiene que pasar tan rápido…?

—dice en voz baja—.

Las hojas hace días eran pequeñas… y ahora están en el suelo, entre miles más… dejando atrás lo que alguna vez lo fue todo.

El viento sopla suavemente.

La hoja se escapa de su mano y vuela, perdiéndose entre las demás hojas caídas.

Matías mira cómo la hoja vuela y luego regresa junto a Rumi y Fátima.

La profesora habla: —Bueno, chicos, cada uno en sus carpas.

Si van a estar afuera, los quiero cerca, los estaré mirando.

Ahora son las 10 de la noche, pueden estar afuera hasta las 11, y después todos adentro.

Ya es nuestro último día aquí, pero mañana tendremos un día largo otra vez, así que descansen para disfrutarlo.

Todos empiezan a irse a sus campamentos, mientras otros se acercan al río.

Matías y Rumi van a su carpa, se quitan la campera, y Matías se acuesta.

—Me siento cansado… —Lo sé —dice Rumi.

Fátima se saca las zapatillas y entra con ellos, sentándose al lado de Rumi.

Matías saca unas cartas.

—¿Saben jugar al Uno?

—Sí —responden ellas.

Empiezan a jugar y a hablar.

Las horas pasan.

Fátima mira el celular.

—Ya son las 00:20… voy a ver qué hace Lucas, que no vino a buscarme.

—Está bien —dice Matías.

Matías y Rumi se acuestan y se miran entre sí.

—¿No es hora de quitarte el tapaboca?

—dice Rumi.

—Cierto —responde Matías.

Se lo saca, lo deja al lado, se levanta un momento, se quita el algodón de la nariz y lo tira afuera.

Luego vuelve y se acuesta, mirando a Rumi.

—¿Te da miedo el pombero?

—pregunta Matías.

—Sí… me da mucho miedo.

Y no hables de eso, que me da más miedo todavía.

—A mí también… pero me gusta hablar de eso.

Dicen que siempre anda donde hay más bosque… y especialmente si le chiflás y decís su nombre… —Ya, callate —dice Rumi.

En ese momento, Fátima aparece de golpe en la entrada.

—Chicos… Matías y Rumi se asustan y gritan.

Fátima se ríe.

—¿Qué les pasa?

—Es que Matías estaba hablando del pombero… a mí me da miedo —dice Rumi.

—Ay, a mí también —dice Fátima—.

No hablen de eso.

Fátima se acuesta junto a ellos.

—Justo, somos tres —dice Matías.

—¿Y Lucas?

¿Qué pasó con él?

—pregunta.

—Está hablando con Raúl.

Le dije que iba a venir a quedarme con ustedes, ya que me aburre estar con él —responde Fátima.

—Bueno, está bien —dice Matías.

Agarra su frazada de Hombre Araña y, mientras cierra la primera capa de la mosquitera de la carpa, la pasa por encima de Fátima y Rumi para cubrirlas.

Luego cierra bien y se acuesta.

—Bueno, listo… ¿no tienen frío?

Si quieren, nos ponemos otra arriba.

—Está bien así —dicen ellas.

—Esta frazada me la regaló mi hermana cuando tenía 9 años, cuando estaba en el hospital… hasta ahora la tengo.

La amo tanto —dice Matías.

—Es lindo —responde Fátima.

Ambos miran a Rumi, que ya se había quedado dormida.

—¿Tan rápido?

—dice Fátima, riéndose junto a Matías.

—Bueno… entonces, ¿qué tal la pasaste?

—le pregunta Matías, bostezando.

—Pues bien… fue súper divertido, en especial estando con ustedes —responde ella—.

¿Y vos?

Seguro que sí, como vi, la pasaste súper bien.

Matías no responde.

Fátima levanta un poco la cabeza y lo mira.

Ya estaba completamente dormido.

Ella sonríe y se acomoda para dormir también.

Pasan las horas.

Todos estaban dormidos en silencio.

Solo se escuchaba el ruido de los árboles moviéndose con el viento y las hojas volando.

Matías se despierta.

Ve la pierna de Rumi sobre la suya y su mano en su cintura.

Con cuidado, aparta su mano y su pierna sin despertarla.

Se mueve despacio, abre la carpa y sale.

El ruido despierta a Fátima, que sale detrás de él.

—¿Qué hacés, Matías?

Él se asusta un poco.

—Shh… me dio sed… y no tengo más sueño —susurra.

Mira hacia el río.

El sol estaba saliendo.

Matías revisa su celular.

—Son las 6:40… Luego la mira.

—¿Me acompañás al baño?

Quiero cepillarme y tomar agua.

—Claro.

Van juntos.

Había baños de hombres y mujeres.

Matías mira ambos.

—Bueno… son lo mismo.

Vamos juntos.

Entran juntos en nel baño de mujeres, se cepillan y se lavan la cara.

Salen.

—Voy a ir a sentarme un rato a mirar el agua —dice Matías, señalando el pequeño muelle que daba al río.

—Vamos —responde Fátima.

Corren hasta llegar y se sientan en el borde.

—Es hermoso… —dice Matías.

—Sí… es hermoso —responde Fátima.

Ella lo mira y empieza a sacarse un collar.

Matías la observa.

—¿Sabés qué me sorprende de vos?

—dice Fátima.

—¿Qué cosa?

—Que ahora tengas la confianza de quitarte el tapaboca frente a mí… Hace unos meses atrás éramos solo conocidos, y ahora estamos acá, sentados juntos viendo el río.

—Lo sé… —dice Matías—.

Yo todavía no supero ese día en que me dijiste “hola, chico de ojos lindos”.

Me sorprendió mucho… no nos conocíamos.

Fátima sonríe.

—¿Sabías que fuiste el primer chico que abracé cuando me mudé en la tardé?

Matías la mira.

—¿En serio?

Ella le pasa el collar.

—Quiero regalarte esto.

—¿En serio?

—dice Matías, tomándolo—.

Es hermoso… casi nadie me regala collares.

Sos una de las primeras personas en hacerlo después de mucho tiempo.

Ella sonríe.

—¿Me lo ponés?

Se da la vuelta.

Fátima se lo coloca.

—Listo.

Matías se voltea rápido para verlo.

—Cuidado… —dice Fátima—.

Creo que no lo ajusté bien.

Si se cae al río, se va al fondo.

—Entonces iría al fondo por él —dice Matías, sonriendo.

—No valdría la pena… Matías la mira.

—Me lo regalaste vos… es importante.

¿Quién no iría al fondo por algo importante?

Fátima sonríe, mirándolo.

—Está bien —dice ella—.

Vamos a la carpa, hace mucho frío.

—Dale —responde él.

Empiezan a caminar hablando, mientras el sol subía.

El último día pasó más rápido de lo que esperaban.

Entre actividades y despedidas, el campamento llegaba a su fin.

Todos comenzaban a preparar sus cosas para regresar.

Matías se pone la mochila en la espalda.

—Rumi, vamos afuera.

Fátima corre hacia ellos.

—Bueno, vamos juntos.

Salen y se dirigen al colectivo.

Suben y se sientan en sus lugares.

Fátima, que estaba atrás, se levanta un poco.

—Fue súper divertido hoy… ojalá haya más cosas así más adelante.

—Sí… ojalá —dice Matías.

El colectivo comienza a arrancar.

Matías mira por la ventana.

El sol empezaba a bajar en el atardecer.

Rumi, comiendo galletitas, lo mira.

—¿Y ese collar?

—Me lo regaló Fátima.

—Qué bonito —dice Rumi, tocándolo.

—¿Verdad que sí?

—responde él.

Pasan los minutos y llegan frente a la escuela.

Todos bajan del colectivo y entran.

La profesora los mira.

—Bueno, este es el fin del campamento, chicos.

Espero que lo hayan disfrutado.

Nos vemos el lunes… vayan con cuidado a sus casas.

Todos empiezan a salir.

Matías, Rumi y Fátima salen juntos.

Los tres se abrazan fuerte.

—Nos vemos el lunes —dicen Matías y Rumi.

Lucas se acerca.

—Nos vemos, chicos.

Vamos, Fati.

Fátima asiente y empieza a irse.

Matías mira a Rumi.

—Vamos, te acompaño unas cuadras.

Rumi sonríe.

—Dale.

Le agarra del brazo y empiezan a caminar juntos.

Al llegar a unas cuadras antes de su casa, Matías se detiene.

—Bueno… acá nos despedimos.

Rumi lo abraza fuerte.

—Gracias por acompañarme… nos vemos, mi Mati.

Se separan.

Rumi sigue derecho.

Matías se queda un segundo y luego camina en dirección contraria.

6 días antes del campamento.

30 de abril.

—Pues me vas a conocer más de lo que te imaginás —dice Alex, mirando fijamente a Matías, que baja por la escalera.

Matías baja por la escalera, mira raro a Alondra y se sienta.

Alex también baja, sin dejar de mirarlo.

Matías mira a Félix.

—¿Me llevás a casa?

Me acordé que hoy tengo iglesia.

—Está bien —responde él.

Matías se despide y se van en el auto.

Alex lo observa desde la ventana.

Matías, desde el auto, mira hacia atrás.

—Ese Alex tiene algo raro… algo oculta —murmura—.

Y yo voy a saber qué es.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES UniverseMismi Gracias por leer.

Si te gustó, dejá tu comentario y tu piedra de poder, me ayuda mucho.

¡Nos vemos en el próximo capítulo!

♡

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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