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MATÍAS DUBAN Y SUS AMISTADES - Capítulo 25

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Capítulo 25: Capítulo 25: Las gotas de agua que llevan recuerdos por siempre

Matías lo miró fijo, sorprendido.

—¿Alan… eres tú? —dijo, con emoción.

Alan lo observó en silencio.

—Matías… ¿qué haces acá?

Hubo un pequeño silencio incómodo.

—Tanto tiempo… —continuó Matías—. No te veía desde la última vez… cuando éramos compañeros en sexto.

Alan desvió la mirada.

—Y eso es algo bueno —respondió seco—.

—¿Sigues enojado conmigo?… ¿Por todo lo que pasó cuando éramos chicos? ¿Y lo de sexto…?

—Aprendí muchas cosas durante este tiempo, Matías… y no quiero hablar de eso. Me voy.

Comenzó a alejarse, ignorándolo.

Matías se dio vuelta rápidamente y lo agarró del brazo.

—Por favor… quédate —dijo—. Hablemos al menos una vez más… antes de que desaparezcas otra vez.

Alan se quedó en silencio al sentir que Matías le tocaba el brazo. Por un momento, algo cambió en su mirada, pero enseguida se apartó.

—¿De qué quieres hablar, Matías?

—Nunca me diste la respuesta de aquel día… —dijo Matías—. Quisiera saber qué fue lo que realmente pasó con Ángel. Y solo contigo puedo hablar de eso… lo sabes.

—Matías, te dejé claro la última vez que hablamos que no quería que vuelvas a tocar ese tema conmigo.

—Pero eres el único que puede escucharme y entenderme.

Alan lo miró unos segundos en silencio.

—Bueno… vamos a sentarnos en algún lado.

Matías lo miró y dejó escapar una pequeña sonrisa.

Alan soltó una leve risa.

—Odio decirlo… pero aún reconozco esa risa que tienes. Vamos entonces.

Mientras caminaban hacia el bosque, el cielo estaba nublado. El viento soplaba fuerte y una leve llovizna caía sobre ellos.

Matías observaba a su alrededor: hojas anaranjadas de otoño volaban por todos lados mientras se acercaban cada vez más al bosque.

Miró a Alan.

—¿Qué pasó con vos durante todo este tiempo? ¿En qué escuela estás ahora?

—Bueno… como sabes, la escuela a la que íbamos antes se cerró y nos mandaron a Santa Inés a todos.

—Yo me cambié a Bertoni.

—¿Tan lejos? —dijo Matías, mirándolo.

—Sí… mi mamá se mudó ahí. Y ahora estaba viniendo por acá porque a siete cuadras está la casa de mi tía… bueno, donde vivíamos antes. Ahora vive ella ahí.

Hubo un pequeño silencio.

—¿Y vos qué tal?

—Yo no me cambié de escuela… estuve en Santa Inés desde aquel día hasta ahora —respondió Matías, mientras entraban en el bosque.

Matías empezó a correr al entrar en el bosque.

—¡Vamos, Alan! ¿No ves que es lindo? ¡Vamos!

Alan salió corriendo detrás de él, subiendo por una pequeña subida.

Al llegar a la cima, Matías se acercó al borde para mirar el arroyo que estaba abajo.

Alan se acercó a su lado.

—Siento que se hizo más pequeño… antes se veía más alto.

—Según creo, tiene como siete metros de altura ahora… antes eran como catorce desde acá hasta allá.

Alan observó el agua.

—Se nota que subió por la lluvia.

—Seguro ahora es más profundo —dijo, mirando hacia abajo.

Matías asintió.

—Sí… tiene como cuatro metros de profundidad, pero cuando llueve mucho puede llegar hasta los siete.

—¿Cómo sabes eso? —preguntó Alan.

—Porque a veces vengo a bañarme acá… y escuché que alguien se ahogó en este lugar. Es peligroso meterse cuando llueve mucho… porque es muy profundo. Dicen que si tocas el fondo, te hundís en la tierra hasta la cintura.

Alan se quedó mirando el arroyo.

—Eso me da escalofríos…

Matías se sentó en el borde.

Alan lo miró unos segundos y luego se sentó a su lado.

—Y… ¿me vas a contar qué aprendiste durante estos meses, Alan? —preguntó Matías.

—Aprendí muchas cosas… —respondió—. A superar lo que nos pasó de chicos. Aunque… siento que todavía tienes la culpa de todo.

Matías miró hacia el arroyo y lanzó una piedra.

—¿Siempre vas a creer que fue mi culpa todo lo que pasamos?

—Éramos chicos, Matías… después de eso nos separamos varios años y cuando y crecí, culpándote.

—Entonces… ¿me odias aún?

—No te odio, Matías… tal vez te dije muchas cosas feas cuando tenía diez años, en sexto.

—Ey, hablando de eso… vos no eras de sexto, eras de quinto. Nuestro curso estaba mezclado, por eso se cerró la escuela por falta de alumnos.

—Sí..

Hubo un pequeño silencio.

—Yo ahora voy en octavo —dijo Alan—. Vos seguro en noveno… ya te vas a graduar pronto.

Matías sonrió levemente, pero enseguida volvió a ponerse serio.

—¿Sabes algo de Ángel?

Alan cambió completamente.

—No lo sé… y no lo quiero saber. Apenas te soporto a vos… de él no quiero saber nada.

—Entonces, ¿por qué estás acá hablando conmigo tan tranquilo? Si no me soportas… y supuestamente no me odiabas.

Alan dudó un momento.

—No sé… tengo un humor raro. A veces odio… a veces no. Supongo que me puse nostálgico al verte… recordé cuando teníamos seis o siete años… éramos inseparables por eso que nos había pasado.

—Entonces… ¿por qué eres así? Yo traté de cuidarte una y mil veces.

—Ya sé, Matías… no sé qué decirte. Deja de tratar de acordarte de ese momento —dijo, medio gritándole, enojado.

Alan se levantó furioso.

Matías lo miró y también se levantó.

—Lamento que seas un hipócrita… doble cara… traicionero… y una mala amistad.

Alan se dio vuelta.

—¿Hipócrita yo, Matías Duban? Tuve que aguantarte durante un año… donde lo que decías no era real.

—No sé qué trauma te dejó ese momento que pasamos, Alan… pero no quieras arrastrarme a esa culpa. Yo no tengo nada que ver.

—¿En serio te importa tanto lo que pienso de vos?

—No me importa… —respondió Matías—. Me duele que me culpes de algo que no fue mi culpa.

—Ahí vamos otra vez… —dijo Alan, empezando a irse.

—¡Alan! —gritó Matías.

—¡Déjame en paz! —respondió Alan, dándose vuelta—. No quiero verte, Duban… ¡déjame en paz!

Su voz se quebró.

De repente, se dejó caer al suelo lleno de barro, quedándose ahí… llorando.

Matías se le quedó mirando.

—Realmente no superaste ese momento… —dijo, llevándose la mano a la remera y apretándola con fuerza.

Alan seguía llorando en el suelo.

Matías se acercó, lo ayudó a levantarse y lo sostuvo apoyándolo en su hombro. Alan lo abrazó fuerte.

—En serio… no sabía que te había afectado tanto, Alan…

—No entiendo cómo puedes seguir normal después de eso, Duban… —dijo, llorando.

Matías le dio unas palmadas en la espalda.

—Ya… deja eso, Alan. No hables… ya no importa.

Pasaron unos minutos. Alan dejó de llorar, se separó y miró su pantalón lleno de barro. Luego miró a Matías, que también estaba sucio.

De repente, empezó a reírse.

Matías lo miró.

—En serio… sí que sigues siendo raro.

Alan se levantó, se secó las lágrimas.

—Bueno… vamos.

—Vamos —respondió Matías.

Empezaron a caminar.

—Odio tanto el mundo… a veces no lo soporto —dijo Alan.

Matías lo miró.

—No digas eso del mundo, Alan. Muchos dicen “mundo de mierda” cuando se sienten mal… o que el mundo se les cae encima. Para mí suena ridículo… y hasta una ofensa. El mundo es hermoso en todos los sentidos… son las personas las que lo arruinan y no ven la belleza que tiene… la que nos mantiene con vida a todos.

Matías miró alrededor.

—Mira… esto. Esto te hace sentir más vivo que nunca.

—Eso es cierto… las personas son las que arruinan el mundo.

Minutos después, llegan a la cuadra donde se habían encontrado.

—Bueno, Duban… fue un gusto y a la vez no verte. Siendo sincero, no quiero volver a verte hasta estar realmente preparado.

Matías lo mira.

—Esperaré ese día… cuando realmente estés listo para hablar de este tema.

Alan asiente.

—Nos vemos ese día, Matías.

Matías lo mira a los ojos.

—Por si nadie te lo dijo… te lo recuerdo yo. Desde que tenía siete años siempre te dije que tus ojos son lo más hermoso que he visto en mi vida, Alan.

Alan sonríe y se va.

Matías se queda mirando cómo se aleja corriendo, dejándolo atrás.

Luego se da vuelta y camina hasta su casa. Al llegar, se queda frente a la puerta, se toca el cuello por una molestia y agarra algo que tenía colgado.

Era una pulsera.

Matías sonríe.

Alan llega a su casa.

—Mami, ya llegué.

—Alan, ¿por qué estás todo sucio? Por dios… anda a cambiarte, que tenemos que irnos enseguida.

Alan entra en el bañó a bañarse.

Mientras se baña, Alan mira su brazo.

—No puede ser… mi pulsera…

Matías sale de bañarse, abre el ropero y saca una caja. Guarda la pulsera dentro y la deja con cuidado.

Luego se tira en la cama.

Agarra su celular y mira la hora: 7:08 de la noche.

En ese momento, Kevin empieza a llamarlo.

Matías atiende.

—¿Qué pasa, Kevin?

—¿No viste en el grupo? A las 8 tenemos misa, ¿vamos?

—Pero el tiempo está feo…

—Por eso mismo, para salir.

—Dale… está bien, déjame prepararme.

—Dale —responde Kevin.

Matías se levanta y prepara su túnica.

Llega la hora y se van juntos a la iglesia.

Matías y Kevin llegan y entran a la pieza de monaguillos. Kevin deja su sombrilla.

Justo en ese momento llega también Yoselin.

Matías se emociona al verla y se abrazan rápidamente.

—¡Tanto tiempo, Matiaaaas!

Kevin los mira.

—Basta, parecen novios.

Entra Lucas junto con la madrina.

—Por favor, chicos, vístanse rápido —dice Lucas.

Todos empiezan a ponerse la túnica blanca, ayudándose entre ellos. Una vez listos, están a punto de salir de la pieza…

De repente, cae un relámpago fuerte y se corta la luz en la iglesia.

Todos se asustan.

Empieza a llover con mucha intensidad, y poco a poco comienza a caer granizo.

Matías prende la linterna de su celular y alumbra a Yoselin. Se miran… y se empiezan a reír.

Todos salen de la pieza y miran hacia el altar. Está oscuro, solo se ven algunas velas encendidas.

Matías observa.

—Por suerte no vino mucha gente…

Había solo unas cinco personas sentadas.

—Igual es temprano —dice Lucas—. La misa empieza dentro de 20 minutos.

—Igual llueve súper fuerte —dice Matías, mirando hacia afuera. El viento hacía entrar el agua, mojándolos.

Un servidor se acerca y cierra la puerta. En ese momento, la chica de liturgia se aproxima.

—El padre no va a venir por la tormenta fuerte… así que se cancela la misa.

Matías mira a Yoselin, se muerde el labio.

—Bueno… vamos a sentarnos a esperar a que pase la tormenta.

Matías se va y se sienta con Yoselin.

—Falta poco para ir al seminario —dice Yoselin.

—Sí… solo tres meses y ya me graduaré de monaguillo —dice Matías.

Lucas se sienta al lado de Matías.

—Me enteré de que podés quedarte un año más… incluso dos, si te dejan.

—¿En serio? Si es así, me quedo más, obviamente.

—Pero las mujeres se gradúan mucho antes que los chicos —dice Lucas.

—Gradúate cuando termine yo —dice Yoselin.

—Claro —dice Matías, riéndose.

En ese momento, cae otro relámpago.

Kevin se acerca.

—Vamos afuera a mirar.

—No pueden salir afuera —dice Lucas.

—¿Y quién me lo va a prohibir? —responde Kevin.

Matías y Kevin se dirigen hacia la puerta grande del costado. Yoselin los sigue.

Salen afuera, bajo el tinglado al costado de la iglesia.

—Es hermoso —dice Yoselin.

—Es más que hermoso —dice Matías, acercándose hacia la campana gigante de la iglesia, mirando cómo cae el agua con fuerza.

El viento empieza a mojarlos.

—Mejor vamos adentro —dice Kevin, corriendo hacia la iglesia.

Matías y Yoselin se ríen al verlo irse.

Matías empieza a girar, moviéndose como si bailara, mientras el agua le moja la túnica.

—No sé cómo puedes moverte tan fácil con esa túnica que casi toca el suelo —dice Yoselin.

Matías se acerca, la toma de la cintura.

—Te enseño… solo sígueme.

Ella se ríe y le agarra del hombro.

Empiezan a moverse, dando vueltas. Matías la gira suavemente y luego la suelta.

Yoselin se voltea y lo hace girar a él, siguiendo el ritmo, mientras el viento empuja el agua hacia ellos.

En un momento, Yoselin pierde el equilibrio y cae en los brazos de Matías. Ambos empiezan a reírse.

—Eso fue divertido —dice ella, acomodándose.

Desde la puerta, Lucas observaba la escena solo y corre a decirle a la madrina.

—A veces pienso que Yoselin y Matías están enamorados…

La madrina le mira.

—¿Será?

Matías y Yoselin corren hacia adentro, riéndose, empapados por la lluvia.

La madrina los ve.

—Ay, ¿por qué mojan sus túnicas?

—Ay… vamos a lavarlas otra vez, madrina—dice Matías.

— ¿Y sí la misa empieza? —dice Lucas.

—El padre no vendrá, Lucas… ya dijeron que se canceló la misa —dice Yoselin.

Lucas lo mira de reojo y se sienta.

Matías y Yoselin se van a la pieza. Matías prende la linterna de su celular y la deja sobre la mesa para alumbrar.

Empieza a quitarse la túnica, aún húmeda y sucia por abajo, pero se le atora en el cuello.

—Espera… —murmura Yoselin

Yoselin se ríe. Se acerca y le desabrocha el botón.

—Gracias —dice Matías.

Ella también comienza a quitarse la suya.

Se ponen sus camperas.

Justo en ese momento, vuelve la luz cuando están saliendo.

—Por fin… —dice Kevin, sentado con su amiga Ramona.

Matías se acerca a Kevin y se sienta. Yoselin se sienta al lado de Matías.

Un servidor abre otra vez la puerta grande.

Algunos que habían venido a la misa ya se estaban yendo.

Matías mira cómo abren sus paraguas y se alejan.

—Bueno, vamos entonces… parece que se calmó un poco la lluvia —dice Kevin.

—Sí, yo también ya me voy —dice Ramona.

Todos recogen sus cosas y salen a la entrada.

Kevin abre su paraguas.

—Nos vemos —dice Matías a la madrina.

Matías se pone debajo del paraguas de Kevin y Yoselin se mete al lado de él.

Empiezan a salir corriendo.

La madrina los mira irse y se ríe.

Van apretados bajo el paraguas para no mojarse.

Matías se enoja y corre debajo de un techo que estaba al lado para cubrirse.

Yoselin se acerca y lo mira. Al mismo tiempo dicen:

—Vamos a mojarnos… ¿qué tanto?

Se miran y se ríen.

Empiezan a correr por la vereda, mojándose.

Kevin va detrás de ellos, intentando no mojarse con su paraguas.

—¡Vamos, mójate! —le dice Yoselin.

—No puedo… tengo las cosas de Matías acá: su celular y las túnicas.

—Eso se puede lavar —dice Matías—. Deja las cosas bajo el paraguas así no se mojan.

—Es que no quiero…

—Ay, bueno… —dice Matías, ya todo mojado.

De repente, pasa un auto a toda velocidad, cruzando un charco y lanzando un enorme chorro de agua sobre los tres.

Matías y Yoselin se dan vuelta a ver a Kevin, completamente empapado… y empiezan a reírse fuerte.

Kevin también se ríe.

—¡Qué pucha!

Se quedan en una cuadra. Yoselin tenía que irse por ahí.

—Nos vemos… —dice Yoselin, algo triste.

—Nos vemos —responde Matías.

Y se separan.

Matías, todo mojado, se acomoda el pelo y arruga su remera para sacarle el agua.

Kevin, bajo el paraguas, temblando, lo mira.

—No sé para qué la arrugas… si te vas a mojar otra vez.

—Porque sí —responde Matías.

Llegan al frente de la casa de Matías.

—Nos vemos mañana —dice Matías, agarrando sus cosas.

—Nos vemos —dice Kevin, yéndose.

Matías se muerde el labio mientras lo ve alejarse… y entra a su casa.

Mientras tanto…

—Alex, ¿qué estás haciendo?

—Déjame solo, Sofía.

—¿Por qué tienes fotos del papá de Alondra?

—No es de tu incumbencia, ¿okey? —dice Alex, tomándola del hombro y llevándola hasta la puerta—. Sería más divertido tener una hermana que no sea metiche.

Le cierra la puerta en la cara.

—Shh… —murmura ella, haciendo un gesto con la boca antes de irse.

Alex mira las fotos. Abre su cajón, las guarda y saca un pendrive.

Se acerca a la ventana. Afuera seguía lloviendo.

Mira el pendrive fijamente.

—Espero verte acá adentro pronto, Matías…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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