MATÍAS DUBAN Y SUS AMISTADES - Capítulo 6
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- Capítulo 6 - 6 Capítulo 6 Cuando todo se mezcla
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6: Capítulo 6: Cuando todo se mezcla 6: Capítulo 6: Cuando todo se mezcla Matías agarró a Kevin de la remera con fuerza y lo estiró hacia atrás.
El auto frenó de golpe, tan cerca que el ruido del motor quedó vibrando en el aire.
—¿Estás bien?
—le dijo, sin soltarlo.
Kevin no respondió.
Seguía mirando el auto.
La ventanilla bajó lentamente.
—¿Qué te pasa?
—dijo Félix desde adentro.
Matías sintió cómo la bronca le subía de golpe.
—¿Estás loco, hijo de puta?
—gritó—.
¡Casi matás a mi amigo!
Félix abrió la puerta del auto, pero Matías se la cerró de un empujón seco, sin pensarlo.
Después agarró a Kevin del brazo y empezó a caminar rápido.
—Vení.
Kevin se dejó llevar, en silencio.
Miró una última vez hacia atrás, todavía confundido.
—¿Quién es ese?
—preguntó mientras caminaban.
—No le hagas caso —dijo Matías, con la voz tensa—.
No vale la pena.
Llegaron a la casa de Kevin.
Matías se sacó la mochila y la tiró al piso sin cuidado.
—Reaccionaste muy mal, Mati —dijo Kevin, todavía nervioso—.
Te pusiste re violento.
—Callate —respondió Matías, sin mirarlo.
Agarró de nuevo su mochila y se fue caminando rápido.
Kevin se quedó parado en la vereda, mirándolo alejarse.
—Uhhh… bueno —murmuró, rascándose la cabeza.
Y entró a su casa.
Al día siguiente.
Matías despertó de golpe.
Miró el celular y abrió los ojos como platos.
—¿¡Qué!?
—murmuró—.
Son las 11:40… Se levantó de un salto y fue directo a la cocina.
—Má, ¿por qué no me levantaste?
¡Llego tardísimo!
—Pensé que hoy te ibas a levantar solo —respondió ella, tranquila.
Matías no dijo nada más.
Fue directo al baño, se bañó a las apuradas, se puso el uniforme, comió casi sin masticar y salió corriendo hacia la escuela.
Cuando llegó al aula, se sentó rápido al lado de Rumi.
—Menos mal que la profe todavía no llegó —dijo agitado—.
¿Vos decís que Elizabeth viene hoy?
—Siempre llega tarde —respondió Rumi—, pero ya va a aparecer.
Matías miró hacia la puerta.
Elizabeth no estaba.
Suspiró.
—Seguro hoy no viene… Sacó el cuaderno y notó que un compañero lo miraba mal.
—¿Qué me mirás, gey?
—le soltó el chico.
Antes de que Matías pudiera responder, Elizabeth entró al aula.
Matías ignoró por completo al compañero, se dio vuelta y la saludó con una sonrisa.
Elizabeth se sentó con ellos y los tres comenzaron a hablar y a hacer las tareas juntos.
Las horas pasaron rápido.
Cuando sonó la campana del recreo, Matías salió al patio y vio a Virginia sentada en el escenario de ladrillos.
Se acercó despacio, con las manos atrás.
—Ay, qué galán —dijo ella, fingiendo sorpresa.
—Gracias, princesa —respondió Matías.
Virginia se rió.
—Ay, basta, Mati.
En ese momento, Matías notó que Elizabeth lo estaba buscando.
—Ya vengo —le dijo a Virginia.
Se acercó a Elizabeth.
—Tengo que decirte algo —dijo ella.
—¿Qué cosa?
—preguntó Matías.
—Mejor… otro día.
Matías le tomó la mano, suave pero decidido.
—Decime ahora.
Elizabeth negó con la cabeza y, jugando con sus dedos, retiró la mano.
Matías se quedó serio, se hizo el enojado y se fue a la cantina.
Compró un jugo Tilly y una galletita salada.
En clase, vio a Rumi escribiendo algo.
Se sentó a su lado y se quedó mirándolo.
Rumi se dio vuelta.
—Mba’epiko… ¿qué te pasa?
—¿Querés comer conmigo?
—preguntó Matías.
Rumi asintió.
Comieron juntos.
—¿Por qué no salís al recreo?
—Porque me aburro.
Estoy bien acá.
Matías miró su cuaderno y vio algo de BTS.
—¿Qué clase de cantante te gusta?
Antes de que Rumi respondiera, entró Luisa con sus amigos.
—Mirá, el chovo de Matías —dijeron, riéndose.
—¿Qué significa eso?
—preguntó Matías.
Se rieron más fuerte.
Confundido, Matías también se rió, dejó la galletita sobre el banco de Rumi y salió del aula.
¿Qué es chovo?
pensó.
Qué raro… Raúl se le acercó.
—¿Qué pasó?
—¿Qué significa chovo?
Raúl se rió.
—¿Cómo no vas a saber eso?
No le explicó nada.
En ese momento llegó Elizabeth.
—¿De qué hablan?
—Nada —dijo Matías—.
Vamos a clase, ya suena la campana.
En el aula, Matías sintió las miradas.
Algunos compañeros se reían.
Se acomodó el tapaboca, incómodo.
Rumi lo miraba desde su banco.
Matías se levantó y fue a sentarse con Vanessa.
—¿Qué te pasa?
—le preguntó ella.
—No sé… me siento raro.
—Será porque nunca te sacás ese tapaboca.
—Ya no es por eso —dijo—.
Pronto me lo voy a sacar.
Las amigas de Vanessa lo miraron y una le dijo: —¿Qué mirás tanto?
Se rieron.
Vanessa las frenó.
—No sean así.
—Qué raras son… —murmuró Matías.
Volvió a sentarse con Rumi y se pusieron a hablar de la tarea.
Rumi le explicó y Elizabeth se rió.
—No es así —dijo, divertida.
Las horas pasaron.
Cuando sonó la campana de salida, Matías agarró la mochila, se despidió de Rumi y Elizabeth y salió rápido.
Vio a Virginia.
—No te vi más en el recreo —le dijo ella.
—Me quedé haciendo tarea.
Se dio vuelta y chocó con una chica pelinegra.
—Epaaa… Ella sonrió y se fue corriendo.
—¡Analia, esperame!
—gritó Virginia.
Matías fue detrás, pero justo llegó su hermano.
Se subió en la moto.
—Arrancá rápido.
Mientras se iban, Virginia saludó.
—¿Son tus novias?
—bromeó el hermano.
—Qué decís… apenas conozco a una.
—No creo —dijo, acelerando.
En casa, Matías se encerró en su pieza y le escribió a Félix: Venime a buscar, necesito salir.
—Ahí voy —respondió Félix.
Le avisó a su mamá que iba a la casa de Kevin y salió.
Esperó en la esquina hasta que Félix llegó.
—Por fin me pedís que te vea —dijo Félix, apenas Matías subió al auto—.
¿Desde cuándo, Matías Dubán?
—No sé… —respondió Matías, mirando por la ventana—.
Me siento raro.
Félix sonrió de costado.
—Yo sé justo a dónde puedo llevarte para que te sientas mejor.
No dijo nada más.
Arrancó.
Minutos después llegaron a una casa muy linda.
Matías bajó del auto mientras Félix se estacionaba.
Se quitó la campera, respiró hondo y miró alrededor.
—Vamos —dijo Félix.
Tocaron el timbre.
La puerta se abrió y apareció una chica de ojos verdes castaños.
Matías se quedó mirándola sin darse cuenta.
—Félix, tanto tiempo —dijo ella sonriendo.
—¿Verdad que sí?
—respondió él—.
Tengo visita.
—Mucho gusto, soy Alondra.
—Mucho gusto —dijo Matías—.
Soy Dubán Matías.
Ella levantó una ceja, divertida.
—Ah… así que vos sos el famoso Dubán.
—¿Famoso?
—preguntó Matías, confundido.
Alondra rió.
—Pasen, pasen.
Entraron a la sala.
Había más chicos adentro.
Alondra empezó a presentarlos: —Él es Sebastián.
—Holaa —saludó él.
—Ella es Milagro.
—Holis.
—Y él es José.
—Helou.
—Y él es Dubán —dijo Alondra señalando a Matías.
Todos lo miraron al mismo tiempo.
—Dubán Matías —repitieron algunos.
—Cállense —dijo Félix.
Matías hizo una mueca y se sentó al lado de Milagro.
Ella se inclinó un poco hacia él y le dijo en voz baja: —Es que Félix nos habló mucho de vos.
—¿Sos gay?
—preguntó Sebastián de golpe.
Matías se incomodó.
—No sé… muchos me dicen gay por cómo me comporto.
—Eso es normal —dijo José—.
A Sebastián le dicen eso todo el tiempo.
Sebastián le tiró una almohada.
—Cerrá el orto.
—¿Nunca te atrajeron los hombres?
—preguntó Alondra.
—¿Qué les preguntan eso?
—saltó Félix.
Matías levantó la mano.
—Dejá, me gustan las preguntas.
Pensó un segundo antes de hablar.
—La verdad… siempre me dio curiosidad descubrir qué soy.
Pero por ahora diría que soy heterosexual, porque creo que me gusta una chica en este momento… o eso pienso.
No sé todavía si me gusta de verdad, la conozco hace poco.
—Uy —dijo José—, creo que Félix no tendrá oportunidad.
Matías se rió.
—Bueno —dijo Alondra—, nosotros somos homosexuales.
—¿En serio?
¿Te gustan las mujeres a vos?
—dijo Matías—.
Bueno, a mí sí… o sea, soy bi dijo Alondra.
—José es heterosexual, creo —agregó ella riéndose—.
—Y Milagro es lesbiana —dijo Alondra.
—Y Félix bisexual —cerró Alondra.
—Ahhh —dijo Matías—.
Está bueno que todos sepan qué les gusta.
—Bueno —dijo Sebastián levantándose—, juguemos a verdad o reto.
Agarró una botella y la puso en el medio.
—Cumplan todo.
Empiezo ya.
La botella giró… giró… y quedó apuntando a Matías.
—¿Verdad o reto?
—preguntaron.
—Reto —dijo Matías sin pensar.
—¡Esooo!
—gritó Milagro—.
¡Yo sé qué reto!
—Matías besa a Félix —dijo Milagro de golpe—, o los encerramos adentro de una pieza durante diez minutos.
Matías se levantó enseguida.
—Prefiero que me encierren en la pieza.
—Uhhh —dijo José, riéndose.
Los empujaron a los dos adentro y cerraron la puerta.
Apenas quedaron solos, Félix se acercó por detrás y le dijo: —¿Tan difícil era darme un beso y ya?
Matías caminó hasta la cama y se sentó.
—Yo guardo mi beso adolescente para alguien especial.
Félix se sentó al lado.
—Ese beso adolescente puedo ser yo.
Matías se levantó enseguida.
—No.
Miró su cel.
Ya iban casi nueve minutos.
No dijo nada más.
Cuando se cumplió el tiempo, la puerta se abrió.
—¿Pasó algo?
—preguntó Sebastián.
—No —dijo Félix, encogiéndose de hombros.
Salieron y volvieron a sentarse todos juntos como si nada hubiera pasado.
Se sentaron todos a hablar un rato más.
El ambiente ya estaba más tranquilo.
—Este sábado va a haber una fiesta en la quinta de mi amigo Alex —dijo Sebastián—.
Si querés, podés ir con nosotros, Mati.
Matías estaba por responder, pero Félix se adelantó.
—No, él no va a ir a esa quinta.
Alondra lo miró y sonrió de costado.
—¿Es porque tenés miedo de que Matías conozca a alguien más?
Esa fiesta va a estar llena de gente bi y heteros curiosos.
—Matías es muy joven para esa fiesta —dijo Félix, serio.
Milagro se metió en la charla.
—¿Cuántos años tenés, Mati?
—Catorce —respondió él.
—Pero yo tengo quince —dijo Milagro—, Alondra diecisiete, José dieciséis y Seba quince.
Lo miró a Félix.
—Y vos diecisiete.
Somos casi de la misma edad.
—No —repitió Félix, cortante.
Se levantó.
—Vamos, Mati.
Te tengo que llevar a tu casa.
Tengo que ir a buscar a mi hermana a lo de una amiga, ya me tengo que ir.
—Está bien —dijo Matías.
—Espero verte este sábado —dijo Sebastián—.
Decile a Félix que te lleve.
—Eso haré —respondió Matías.
—Ojalá vengas más seguido —dijo Alondra—, me caíste bien.
—A nosotros también —dijeron los demás.
—A mí ustedes —contestó Matías, sonriendo.
—Voy a encender el auto, vamos, Mati —dijo Félix desde la puerta.
—Nos vemos, chicos —dijo Matías, dándose vuelta para salir.
Antes de irse, Sebastián le hizo una seña a Milagro.
Mila se acercó, le agarró el brazo, lo giró un poco y le puso una hoja en la mano.
—Shh —dijo, llevándose un dedo a la boca.
Matías la agarró rápido, la guardó en su bolsillo y dijo: —Chau.
—Chau —respondieron todos.
Matías salió afuera y se subió al auto.
Félix arrancó el auto y se fueron.
Mientras avanzaban, Matías rompió el silencio.
—¿Por qué no me querés llevar a la fiesta?
Félix suspiró.
—Hay personas que no me caen bien en esa fiesta.
Alexander elias en especial.
—¿Por qué no te cae bien?
—preguntó Matías.
—Es un chico raro.
Vino de Brasil hace poco y resulta que conocía a casi todos mis amigos.
Ahora quiere hacer una fiesta como si nada.
—¿Vino de Brasil?
—repitió Matías, sorprendido.
—Sí —dijo Félix, girando un poco la cabeza para mirarlo—.
¿Lo conocés o qué?
Matías dudó.
—¿Sabés dónde vive?
—No.
¿Por qué preguntás?
—Creo que hablé con un chico llamado Alex que se mudó hace poco… cerca de la iglesia Capilla Sagrado Corazón de Jesús.
—¿Donde hacés catequesis?
—dijo Félix.
—Si ahí.
Le hablé varias veces, pero no creo que sea el mismo —dijo Matías, inseguro.
—Puta madre… —murmuró Félix.
—¿Qué pasó?
—preguntó Matías.
—Las policías.
—¿Qué?
—dijo Matías, mirando alrededor.
—Somos menores, Matías.
De repente, Félix frenó de golpe y giró por una calle de barro.
El auto avanzó por un camino angosto que terminaba en un bosque.
Matías bajó y miró alrededor.
—Qué hermoso… Félix también bajó.
—Sí, es hermoso.
Y más allá hay una casa abandonada.
—¿Ya fuiste ahí?
—preguntó Matías.
—Varias veces.
Vinimos a explorar con Alondra y otros.
Matías sonrió.
—Vamos a ver.
Félix dudó un segundo.
—Está bien, vamos.
Matías salió corriendo hacia la casa abandonada.
—¡Despacio!
—le gritó Félix desde atrás.
Matías llegó a la casa abandonada y levantó la vista, fascinado.
—Es de dos pisos… es hermosa —dijo, con una sonrisa.
—Acá está la escalera —respondió Félix.
Matías no esperó más y salió corriendo para subir.
Félix fue detrás de él.
Arriba, Matías se encontró con un pasillo largo, sin techo, donde los árboles crecían hacia arriba y dejaban pasar la luz.
Corrió unos pasos más y de repente se quedó quieto.
El piso estaba roto en el medio.
—Tené cuidado —dijo Félix, llegando hasta él.
Matías miró hacia abajo y vio un agujero gigante.
—No podemos pasar al otro lado… Retrocedió despacio y se dio vuelta.
Félix entró en una habitación con una ventana grande.
Se apoyó en el marco y se quedó mirando el paisaje.
Matías se acercó.
—Es hermoso el lugar.
Félix lo miró de reojo.
—Podemos hacer muchas cosas acá… justo ahora.
Y nadie sabría, nadie nos vería.
—¿Cómo que…?
—preguntó Matías.
Félix lo agarró suavemente y se acercó más.
Lo miró directo a los ojos.
Matías no se movió, sostuvo la mirada.
—¿Vas a besarme?
—dijo Félix, muy cerca de su cara.
Matías se puso de puntas para alcanzarlo.
Se acercó aún más, hasta casi tocarle los labios, y susurró: —Si me llevás a la quinta, dejaré que me beses en la fiesta… y tal vez podamos venir a hacer cosas acá.
Félix tragó saliva.
—¿Me estás chantajeando?
—dijo, nervioso.
Matías le tocó el brazo, acariciándolo apenas.
—¿Pensás que estoy bromeando?
Luego se alejó despacio.
—Pensalo.
Matías se dio vuelta y se fue.
Félix se quedó mirándolo mientras bajaba la escalera.
Matías llegó al auto y abrió la puerta.
—Vamos.
—Bueno… —dijo Félix.
Se subieron.
Félix arrancó.
Durante el camino, Matías lo miraba de reojo.
Al final, Félix habló: —Está bien.
Te voy a llevar a la quinta.
Matías se rió.
—La fiesta es de máscaras —agregó Félix—.
¿Tenés alguna?
—No.
—Te consigo una igual para compartir.
—Dale.
Antes de bajar, Matías se inclinó y besó a Félix en la mejilla.
—Gracias —le dijo en voz baja.
Abrió la puerta y, al bajar, lo vio: su hermana acababa de llegar en la moto con sus dos hijos.
Matías cerró la puerta rápido.
Félix arrancó y se fue.
—¿Y ese quién era?
—preguntó su hermana.
—Qué curiosa que sos —respondió Matías.
Cuando ella estaba por contestar, Matías agarró al sobrino más chico de la mano y entró a la casa.
—¡Mamá!
¡Mónica, Yoni vino!
—gritó.
La mamá salió desde el fondo.
Matías aprovechó y se fue directo a su pieza.
Se quitó la ropa para cambiarse, tiró el pantalón al suelo y se puso otro.
Cuando levantó el pantalón que había dejado, cayó una hoja.
Se agachó para agarrarla.
Justo cuando iba a abrirla, entró su sobrino mayor.
—¿No te vas a meter a bañar?
—le preguntó Yonathan.
—Más tarde —dijo Matías.
Guardó la hoja rápido en el bolsillo y se tiró en la cama.
Prendió la tele.
Yonathan se acostó a su lado.
—Hoy fue un día raro —dijo Matías.
—¿Por qué raro?
—preguntó Yoni.
—Me pusieron un apodo raro… me miraban mal… conocí personas nuevas.
—Eso es bueno —respondió su sobrino.
Se quedaron mirando la tele.
En un momento, Matías se quedó dormido.
Yonathan lo notó, se levantó despacio y lo tapó con una manta.
Matías se despertó de golpe.
—No… me quedé dormido —murmuró.
Agarró el celular.
Eran más de las tres de la madrugada.
Intentó levantarse, pero vio los pies de su sobrino apoyados sobre su pierna.
Con cuidado, los apartó despacio para no despertarlo.
Bajó de la cama estirándose y salió de la habitación.
En la cocina bostezó.
Abrió la heladera y sacó una botella de agua.
Mientras tomaba, miró el teléfono… y entonces se acordó de la hoja que le había dado Milagro.
La sacó y la abrió.
Empezó a leer.
Cuando terminó, se quedó mirando la pared por unos segundos… y se rió.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES UniverseMismi Este capítulo será actualizado pronto para mejorar la ortografía, corregir algunos errores y ajustar ciertas escenas.
Gracias por leer.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com