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MEGADEATH TOURNAMENT: Novela oficial. - Capítulo 10

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  3. Capítulo 10 - 10 Capítulo 10 — Los elegidos del Cielo
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10: Capítulo 10 — Los elegidos del Cielo.

10: Capítulo 10 — Los elegidos del Cielo.

El estadio deslumbraba con caos y gritos.

La arena entera se levantaba en remolinos salvajes, mezclándose con la densa niebla roja que cubría la visión como un sudario vivo.

Los participantes, impulsados por miedo, furia o ambición, liberaban sus Nge-llüns en estallidos luminosos que teñían el coliseo de colores violentos.

En lo alto, entre la neblina suspendida, Lady Death observaba la masacre como si fuese un espectáculo divino.

Su sonrisa nunca temblaba; en cambio, sus ojos—dos abismos fríos—se clavaron de pronto en uno de los combatientes, como si hubiese encontrado lo que realmente buscaba.

En el centro del campo, John continuaba repeliendo a los enemigos que lo rodeaban, sus movimientos eléctricos iluminando la niebla como relámpagos atrapados.

Cada golpe era seco, certero, brutal.

Su prótesis azul chisporroteaba, dirigiendo descargas que derribaban a cualquiera que se acercara demasiado.

A su espalda, desde una plataforma improvisada entre los escombros, Hayley actuaba como su francotiradora personal.

Su puntería era quirúrgica; cada vez que John quedaba expuesto, un disparo rosado atravesaba la niebla y abría paso entre los adversarios.

Una combinación letal, casi sincronizada, como si hubiesen peleado toda su vida juntos.

—No está mal para la asesina Dubois —replicó John con un tono suave y orgulloso.

Antes de que Hayley pudiera devolver el comentario, el suelo comenzó a temblar bajo sus pies.

Un estruendo seco, seguido de pisadas gigantes que retumbaban como martillazos, los obligó a voltear en la misma dirección.

Una sombra enorme irrumpió entre la niebla roja.

Avanzaba a toda velocidad, arrastrando consigo fragmentos de arena y metal oxidado.

En su cima, aferrado con uñas y dientes, venía Korn, tratando de mantener el equilibrio mientras machacaba la coraza del coloso con su Crimson Carapace, cada golpe dejando marcas humeantes en el acero podrido.

—¡Hey, es Korn!

—exclamó Hayley.

—¡¡¡Quítense del camino!!!

—rugió Korn, mientras el gigante corroído embestía como una bestia descontrolada.

El gigante corroído soltó un bramido metálico cuando Korn, aferrado a su espalda como un depredador rabioso, hundió su puño reforzado por el Crimson Carapace justo entre las placas oxidadas.

El impacto resonó como un trueno hueco; astillas de hierro y polvo rojizo estallaron hacia los costados.

—¡Maldita chatarra de la antigüedad!

¡Quédate quieto!

—rugió Korn, mientras su aura carmesí se comprimía y endurecía alrededor de sus brazos, volviéndolos casi como martillos de piedra viviente.

El coloso reaccionó agitándose con violencia.

Se estrelló contra una de las columnas del estadio, partiéndola en dos.

Korn salió disparado por el aire, solo para recuperar su postura en un giro brutal, clavando los talones en la arena y dejando un surco profundo mientras frenaba.

Hayley, desde su posición elevada, soltó un silbido incrédulo.

—¿Pero qué demonios es ese monstruo?

Parece un puto tanque con piernas… John, todavía esquivando a un par de participantes que querían atravesarlo, ladeó la mirada hacia Korn.

—Si Korn no puede bajarlo rápido, estamos jodidos —gruñó.

El gigante se abalanzó nuevamente, alzando un brazo oxidado del tamaño de un tronco.

La articulación crujió como huesos rotos antes de caer como un martillo sobre Korn.

¡BOOM!

Una nube de arena se levantó por el impacto, pero justo en el centro un destello rojo rompió la polvareda: Korn había bloqueado el golpe usando su Crimson Carapace, que ahora cubría todo su antebrazo como una muralla viva.

—¡¿Eso es todo lo que tienes?!

—espetó Korn con una sonrisa desafiante.

John chasqueó la lengua.

—Ese idiota se está emocionando.

Hayley cargó su revolver y apuntó.

—Pues más le vale emocionarse, porque si ese gigante lo pisa de nuevo, lo van a tener que recoger con pala.

El gigante retrocedió, preparando un segundo ataque, pero Korn ya no pensaba dejarlo respirar.

En un impulso feroz, se lanzó como un proyectil carmesí.

—¡¡¡DOMINATION!!!

—rugió, su aura envolviendo su cuerpo como una avalancha de piedras vivientes.

La colisión entre Korn y el titan oxidado sacudió todo el estadio.

John y Hayley se acercaron con rapidez y preocupación; sin embargo, entre la humareda del suelo una silueta comenzó a levantarse con dificultad.

Era Korn, quien avanzaba tosiendo.

—Demonios… juré que no lo abatiría —declaró mientras se sacudía el polvo de la ropa—.

¡Hey, chicos!

¿En dónde estaban?

—Lo mismo me pregunto —reclamó John con los brazos cruzados.

Pero, justo cuando el trío volvía a reunirse, un sujeto apareció de la nada y, manifestando su Nge-llün, atacó a Hayley por sorpresa, separándola del equipo.

John y Korn, al presenciar el ataque, se pusieron en guardia.

Sin embargo, una ráfaga de flechas doradas acribilló al agresor.

Asombrados por la inesperada ayuda, ambos se apresuraron a correr hacia Hayley… pero olvidaron algo esencial: proteger su retaguardia.

Desde otro extremo de la arena, una chica luchaba contra un asesino encadenado.

Él se relamía los labios, oliendo sangre.

—Tú, mujer… anhelas tanto morir por mí —gruñó con un tono sexista, como si saboreara cada palabra.

Ella no retrocedió.

Levantó su katana, la punta teñida de polvo y plasma.

—El único que va a morir aquí… serás tú.

Su aura estalló.

El despertar de sus Nge-llüns hizo vibrar el aire como si se rasgara una barrera invisible.

El asesino respondió sacudiendo las cadenas, provocando un estruendo metálico que marcó el inicio del choque.

Los dos colisionaron una y otra vez.

El lugar se llenó de chispazos, estelas luminosas y el sonido húmedo de cortes que rozaban carne.

La chica era rápida, con movimientos de espada limpios, casi elegantes; él, un bruto que mezclaba sadismo con fuerza descomunal, buscando desgarrarla antes que derrotarla.

En medio del intercambio, algo cambió.

Un antifaz de zorro apareció dibujado sobre el rostro de ella, hecho de pura energía ondulante.

Sus bordes fluorescentes se movían como si respiraran.

El asesino palideció.

Aquella máscara le recordó demasiado a la de The One.

Preso del temor, transmutó su aura en cadenas negras corroídas.

Estas serpientes metálicas surgieron del suelo como tentáculos, atrapando a la chica de brazos, cintura y piernas.

Con una risotada enfermiza, el tipo la levantó y la azotó contra el suelo.

El impacto provocó un estallido de sangre que empapó las piedras.

—¡JAJAJA!

¡Qué deliciosa fragilidad!

—gritó él.

Pero no terminó.

La blandió como un arma viviente, estrellándola contra dos luchadores cercanos; se escucharon huesos rompiéndose, gritos ahogados y la carne desgarrándose contra los eslabones de las cadenas.

La chica escupió sangre.

Y entonces el antifaz brilló aún más.

El dolor la alimentaba.

La ira la templaba como acero.

Con un rugido apenas humano, estalló sus Nge-llüns.

Una onda de energía rasgó las cadenas hasta que se partieron como papel oxidado.

El asesino dio un paso atrás, sin poder creerlo.

Ella avanzó.

Sus movimientos dejaron estelas de luz roja y blanca, como la danza de un espíritu demoníaco.

Su katana se curvó con el golpe de energía y ella cortó.

Primero el pecho.

Luego el brazo.

Luego la pierna.

Todo en un parpadeo.

El tipo cayó de rodillas, temblando, intentando contener sus órganos que empezaron a asomar por la herida abierta.

Ella acercó su rostro, cubierta de sangre fresca.

—Megitsune… devora.

Y lo cortó en múltiples partes de un solo movimiento, limpio y certero, como si rebanara un rollo de sushi.

Los demás luchadores retrocedieron al ver el cadáver destrozado, con los órganos esparcidos y el charco de sangre expandiéndose sobre el suelo seco de la arena.

Un escalofrío colectivo recorrió a los presentes: nadie quería ser el siguiente en enfrentarse a esa chica.

La guerrera proveniente de Nippon exhaló lentamente, limpiando la hoja de su katana con un movimiento casi ceremonial.

Su respiración se estabilizó; sus ojos, sin embargo, brillaban con hambre.

La pelea no había terminado.

Apenas había abierto el apetito.

Giró la cabeza, buscando el próximo festín.

Y entonces lo vio.

En el fondo del estadio, un hombre con una prótesis metálica en el brazo derecho se enfrentaba a una mujer huinca.

Cada choque generaba un estallido de chispas; la arena vibraba con cada impacto.

El estilo del hombre era seco, contundente.

Brutal.

Ella lo analizó con interés… casi con deseo.

Una sonrisa lenta se dibujó bajo su antifaz de zorro.

—Oh… ese hombre del brazo falso —susurró con una dulzura inquietante— será mi siguiente oponente.

En medio del combate John continuaba peleando con la mujer huinca, pero su insistencia ya le estaba rompiendo la paciencia.

Ella atacaba sin parar, casi desesperada, y cada golpe hacía que la expresión de él se volviera más dura y molesta.

Cansado de la situación, John aprovechó un descuido y la tomó del atuendo con fuerza brutal.

Un tirón seco bastó para desgarrar la tela, dejándola vulnerable.

La mujer se sobresaltó, cubriéndose instintivamente, pero John no le dio espacio para reaccionar.

Su mano metálica le sujetó la cara con violencia, obligándola a mirarlo.

En los ojos de ella apareció un terror puro.

En los de John, una sonrisa cínica, fría, llena de desprecio.

—No te confundas —susurró John con una calma perturbadora—.

Aquí no hay reglas… y yo tampoco tengo límite.

Con un rugido, descargó una ráfaga de golpes certeros al torso de la mujer.

Cada impacto hundía la piel, quebraba hueso, expulsaba aire y sangre.

Para cuando terminó, la luchadora cayó de rodillas, sin aliento, derrotada.

Finalmente dejó de resistirse, John la agarró por el brazo y la lanzó lejos como si fuera un objeto roto, dejando su cuerpo desplomarse sobre la arena manchada.

—Joder… —escupió mientras se limpiaba la sangre del puño—.

Nunca pensé desatar mi locura así, pero en este lugar no existe “la barrera de género”, ni excusas… solo sobrevivientes y cadáveres.

Tan pronto terminó, John alzó la vista y finalmente pudo contemplar todo el campo de batalla.

La arena entera era un infierno: un campo minado de cuerpos, cráteres y estallidos de Nge-llün que iluminaban el polvo rojo suspendido en el aire.

A lo lejos alcanzó a ver a Korn y Hayley, ambos luchando por sobrevivir entre ráfagas de ataques y explosiones.

Entonces ocurrió.

Un dolor punzante comenzó a abrirse camino en su cabeza, como si algo le estuviera arañando desde dentro.

Un escalofrío atravesó su columna.

Era un “déjà vu”… un eco de su vida pasada que regresaba sin permiso.

—No… otra vez… —murmuró con los dientes apretados.

Se llevó ambas manos a la cabeza, intentando contener ese latigazo de memoria que lo estaba desgarrando por dentro.

Su visión se nubló.

Sus rodillas temblaron.

Y sin darse cuenta, John quedó completamente expuesto, vulnerable, en medio del caos del torneo.

—¿Eh?… “¿qué diablos le ocurre?” —pensó Korn al ver a John completamente inmóvil en medio de la arena.

—¡Hey, Korn!

¿Sabes por qué el rubio se quedó quieto?

—gritó Hayley desde otra zona del torneo.

Para ambos, aquello era inquietante.

John jamás se detenía así, y mucho menos en pleno combate; quedarse quieto era prácticamente suicida.

Lo que ninguno de los dos sabía… era que John sí estaba consciente de todo, atrapado en un dolor que lo estaba consumiendo desde dentro.

Mientras tanto, en otra parte del estadio, Azeneth luchaba desesperadamente contra un participante mucho más fuerte que ella.

El tipo la dominó por un instante, levantándola del suelo.

Pero antes de que pudiera rematarla, una lanza egipcia hecha de un Nge-llün dorado atravesó el torso del atacante.

Neferu, su hermana mayor, emergió detrás del cadáver aún temblante.

—¡Hey, Neferu, pudimos con uno!

—gritó Azeneth emocionada.

—¡No te distraigas!

—respondió Neferu con tono firme pero suave—.

En cualquier momento un ataque podría separarnos.

Y sus palabras se cumplieron de inmediato.

Azeneth bajó la guardia por un segundo.

Solo uno.

Suficiente para que otro participante la tomara por la espalda y la arrastrara a la fuerza, alejándola de su hermana entre gritos y el polvo rojo del estadio.

Los gritos de Azeneth llegarían hasta John.

Ese sonido desencadena un flash en su mente: un recuerdo enterrado, una voz del pasado que suplica “Por favor… no me lastimes más.” La gota que derrama el vaso.

Hayley intenta acercarse a él, sacudirlo, despertarlo.

—¡John, despierta, carajo!

¡Te necesitamos!

Pero él no oye nada.

El dolor en su cabeza se fortalece, retumba, se expande… hasta que estalla.

Su Nge-llün azul explota como un trueno contenido demasiado tiempo.

Una onda de choque barre la arena.

Varios participantes salen despedidos, incluida Hayley, que cae rodando por el suelo con un quejido.

John recupera el control de golpe, jadeante, con los ojos temblando entre rabia y miedo.

—No otra vez… no dejaré que se repita… Hayley, mareada y adolorida, logra levantarse a medias.

—¿Oye… qué diablos fue eso?

—reclama con la voz temblorosa.

Pero John apenas la escucha.

Fija su mirada en la chica arrastrada por el enemigo.

—No sé quién es… pero no voy a dejar que la maten.

—dice con un tono tan profundo que no parece su voz.

Y se lanza.

Da un salto; sus piernas lo impulsan como un proyectil.

Avanza entre los combatientes sin detenerse, los atraviesa como si fueran sombras débiles.

El captor ya tiene a Azeneth sujeta del cuello, listo para partirla en dos.

Pero se detiene.

Escucha un zumbido detrás de él.

El suelo vibra bajo sus pies.

Gira la cabeza… Y lo último que ve es el abismal puño metálico de John, cargado con un estallido azul.

—Ride… Lightning.

El impacto lo lanza desde las gradas con una fuerza monstruosa.

Su cuerpo vuela como un muñeco de trapo… directo hacia Lady Death.

Pero jamás llega a tocarla.

Antes de manchar su vestido, el cuerpo del participante es rebanado en decenas de cortes invisibles, su sangre suspendida en el aire por un instante.

El responsable aparece un segundo después, limpiando su espada sin emoción.

The One.

El espadachín volteó la mirada hacia el soldado americano; sus ojos se afilaron como cuchillas.

—Golpeas como alguien que ya ha muerto antes… Interesante.

Mi señora, pido permiso para enfrentarme a él.

Lady Death soltó una risilla traviesa, apoyando el mentón en su mano.

—Jo, jo… espera unos veinte minutos y podrás jugar todo lo que quieras con el chico.

John ignoró el intercambio y cargó a la participante herida con sorprendente delicadeza, llevándola hasta un área menos caótica de la arena.

Neferu llegó corriendo en cuanto vio a su hermana.

—¿Oye, niña, puedes oírme?

—preguntó John, dándole unas palmadas suaves en la mejilla para traerla de vuelta.

Azeneth abrió los ojos de golpe; el instinto de combate la consumió.

Sin pensar, lanzó un puñetazo directo a la cara de John.

Él atrapó el golpe con una sola mano, sin siquiera inmutarse.

—Ya me tienen harto —gruñó, apretando sus dedos alrededor del puño de ella—.

Cada vez que despierto a alguien, ¿tan difícil es decir “gracias por salvarme”, niña?

Azeneth lo observó de pies a cabeza, y una mezcla torpe de admiración y nervios la golpeó como una ola.

Su corazón latía acelerado, casi infantil, al ver la complexión firme y musculosa de John.

Él, por su parte, notó la presencia de Neferu: la hermana mayor lo miraba con una desconfianza punzante, como si pudiera leer cada una de sus intenciones.

John levantó las manos lentamente y comenzó a retirarse sin movimientos bruscos, dejando espacio entre él y las hermanas.

—¡Oye, espera un segundo!

—exclamó Azeneth aún arrodillada—.

¿Cómo te llamas?

John se detuvo y giró medio perfil, indiferente.

—Mm… John Evans, niña —respondió, saludando con un gesto flojo de la mano antes de darse media vuelta.

—¡Te lo agradezco mucho, John!

—gritó Azeneth con una sonrisa encendida y las mejillas rojas como fuego.

Neferu, con una mezcla de duda y molestia, clavó la mirada en su hermana.

Entonces, en un tono infantil pero cargado de nervios, preguntó: —¡Hey!

No me digas que… ¿te gustó ese tipo del brazo raro?

La pregunta cayó como un latigazo.

Azeneth dio un brinco, roja como un fruto maduro, negando con torpeza mientras ocultaba su rostro.

Mientras tanto, John regresaba con su grupo.

Korn apareció a su lado, exhausto y con varios raspones, lanzándole comentarios heroicos y exagerados sobre cómo él “casi había derrotado al gigante romano él solito”.

John, harto de escuchar tanta basura junta, le dio un pequeño golpe en el hombro herido.

—¡Agh!

¡Carajo, John!

— bufó Korn— ¡Era solo una broma!

Ambos terminaron tirados en el suelo, cubiertos de polvo, tratando de recuperar el aire y pensando en cómo demonios iban a salir vivos de ahí… y cómo conseguirían las pruebas que Nero Forte necesitaba.

Durante unos segundos, la arena pareció tranquila.

La clase de paz falsa que engaña incluso a los más veteranos.

Pero la calma nunca dura en Inan Ngüne.

Desde lo alto de la arena, The One ya no podía contenerse.

Impaciente, desenvainó su espada mientras observaba a Lady Death, ansioso como un animal encadenado.

—Mi señora… —dijo con un tono casi suplicante— déjeme jugar con él.

Solo cinco minutos.

Lady Death ladeó la cabeza.

Una sonrisa peligrosa se dibujó en su rostro antes de chasquear los dedos.

—Qué impaciente eres… —ronroneó—.

Aunque lo admito, ese tipo despertó mi curiosidad.

Tienes cinco minutos para analizarlo y medirlo en combate.

Luego su mirada se volvió filosa: —Pero NO lo mates aún.

¿Quedó claro?

Justo cuando John y Korn estaban conversando, un silencio antinatural se extendió sobre la arena.

Los participantes dejaron de moverse al sentir un aura aplastante descender desde lo alto.

Entonces, The One cayó desde las gradas con tal fuerza que el suelo se fracturó bajo sus pies.

John y él cruzaron miradas por primera vez, y en ese instante se desató una intención asesina palpable.

Su aura era tan aterradora como dominante: algunos participantes intentaron atacarlo, otros retrocedieron para analizarlo, y unos cuantos imbéciles aprovecharon la confusión para intentar matarlo sin más… una decisión fatal.

Sin mover un solo pie de su lugar, The One rebanó a cualquiera que se acercara, cortando cuerpos como si fueran guiñapos.

Él no estaba allí para ellos.

Él había venido por alguien en especial.

John Tyler Evans Nixon.

Uno de los enfrentamientos más esperados estaba a punto de comenzar.

La pregunta que pendía en el aire como una sentencia era inevitable: ¿Podría John resistir lo suficiente ante el colosal poder de The One?

Fin del Volumen 1.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES GoldenPunch Gracias por llegar hasta aquí.

Inan Ngüne no es un mundo fácil de recorrer, y si ustedes han llegado al final de este primer volumen, significa que lograron sobrevivir junto a John, Korn, Hayley… y al caos que los rodea.

Este es solo el comienzo.

El Megadeth Tournament acaba de abrir sus puertas, Lady Death observa desde su trono con la misma sonrisa que desarma a los valientes, y The One acaba de fijar su mirada en un solo hombre.

Un soldado renacido.

Un pecador.

Un asesino… O tal vez algo mucho peor.

En el Volumen 2, las máscaras caerán.

Los ángeles y los monstruos dejarán de esconderse.

Y cada personaje deberá enfrentar aquello que más teme: su propio pecado.

Gracias por leer, por acompañar este caos, y por esperar lo que viene.

Nos vemos en el siguiente renacer.

—Golden_Punch.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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