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MEGADEATH TOURNAMENT: Novela oficial. - Capítulo 9

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  3. Capítulo 9 - 9 Capítulo 9 — La llegada
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9: Capítulo 9 — La llegada.

9: Capítulo 9 — La llegada.

El motor rugió con dificultad y el vehículo avanzó por el terreno desolado.

La carretera desaparecía entre grietas negras que parecían respiraciones de la misma tierra.

Con cada kilómetro, la atmósfera se volvía más densa.

Al cabo de un rato, una bruma carmesí comenzó a cubrirlo todo.

—¿Qué demonios…?

—murmuró John, inclinándose hacia el parabrisas.

—Esa niebla… no es natural —advirtió Korn—.

Es energía concentrada.

Hayley tragó saliva.

—Es igual a la que vi en mi pesadilla… La voz de Korn se volvió seria.

—Ahí lo tienen.

Señal de que estamos entrando al dominio del torneo.

Lady Death marca su territorio.

John sintió un escalofrío en la columna.

—Genial… un tour por el infierno.

—Bienvenido a Inan Ngüne, rubio —respondió Hayley—.

Aquí nadie duerme tranquilo.

—Tú menos —replicó John, y ella le lanzó una mirada feroz.

A través de la neblina, sombras humanas comenzaron a moverse: Renacidos, armados hasta los dientes, caminaban hacia una gigantesca estructura oscura en el horizonte.

Korn apretó los dientes.

—Preparen sus Nge-llün… Desde aquí todo será una guerra abierta.

El estadio del Mega-Death Tournament se levantaba como un gigante agonizante en medio del páramo.

A primera vista conservaba el diseño de un coloso moderno: enormes paneles metálicos, torres de iluminación y pasarelas elevadas que alguna vez debieron brillar con tecnología de punta.

Pero el tiempo, el caos y la guerra lo habían devorado sin piedad.

Las luces exteriores parpadeaban como si estuvieran a punto de morir, proyectando destellos irregulares que dejaban ver grietas en las paredes, cables expuestos y placas sueltas sostenidas con remaches improvisados.

Antiguas pantallas gigantes, llenas de líneas muertas y manchas estáticas, seguían encendidas por pura terquedad, mostrando fragmentos distorsionados del logo del torneo.

En los accesos principales, puertas automáticas medio funcionales se abrían con chirridos eléctricos, arrastrándose como si pesaran toneladas.

Bajo ellas se acumulaba polvo, arena y manchas oxidadas que parecían sangre muy antigua.

A medida que uno se acercaba, el sonido metálico del viento golpeando los paneles resonaba por todo el recinto, como si el estadio respirara.

Los altavoces instalados en las torres goteaban estática, dejando escapar murmullos y anuncios fallidos, restos de un sistema que hace mucho perdió la cordura.

Aun en ese estado miserable, el estadio conservaba una presencia imponente.

No era solo un coliseo desgastado… era un recordatorio de que en Inan Ngüne hasta las construcciones modernas podían morir… pero seguirían de pie para presenciar más violencia.

—¿Y qué estamos esperando?

—exclamó John—.

Entremos de una vez.

—¡Oye, quieto ahí!

—gruñó Korn, agarrándolo por la ropa—.

No veo a nadie.

¿No se te hace sospechoso?

—¿Qué?

¿No me digas que te acobardaste?

—bufó John—.

Uy, miren al soldadito temblando porque no hay alguien esperándolo.

Déjate de joder, Korn.

Si hubiera guardias, ya todos estaríamos muertos.

Apenas John dio un paso hacia la entrada, una ráfaga de viento helado salió del interior del estadio, arrastrando polvo, papeles quemados y un eco metálico que no pertenecía a ningún ser vivo.

Korn frunció el ceño, tensando los puños.

Hayley tragó saliva sin querer.

—Sí… muy muerto todo —susurró ella—.

Y eso nunca es buena señal en este mundo.

Y cuando los tres alzaron la mirada, comprendieron lo colosal que era el estadio por dentro.

El espacio se extendía como un abismo circular, lo bastante grande para albergar a cincuenta renacidos sin que siquiera se rozaran.

A pesar del silencio inquietante, distinguieron pequeños grupos desperdigados entre las gradas: competidores, curiosos… o futuras víctimas del torneo.

John, Hayley y Korn avanzaron sin temor, atentos a cada detalle, buscando cualquier pista que revelara las intenciones del Mega-Death Tournament.

Desde el otro extremo del estadio, un hombre encapuchado caminaba con paso firme, como si conociera el lugar mejor que nadie… hasta que se detuvo abruptamente al encontrarse con una chica que le bloqueaba el camino.

—¿Eh?… ¿Hola, señor?

—pronunció la chica, un poco sonrojada.

El sujeto se detuvo apenas un segundo.

Con una mirada fría y vacía, reanudó su paso empujándola sin el menor esfuerzo, haciéndola caer al suelo con un chirrido contra el concreto.

Antes de que pudiera incorporarse sola, otra chica apareció y la ayudó a levantarse.

—¿Qué estabas haciendo, Azeneth?

—preguntó con un suspiro cansado.

—Eh… Pues yo solo quería hacer amigos, hermana —respondió Azeneth bajando la mirada.

—No seas tonta.

No venimos aquí a hacer amigos —la reprendió su hermana mayor, cruzándose de brazos.

De pronto, todos los participantes del torneo comenzaron a cruzarse miradas tensas.

Un silencio pesado, mezclado con una vibración desconocida en el aire, anunciaba que una pelea podría estallar en cualquier momento.

Pero entonces, una mano alzada rompió la atmósfera.

—¡Holaaa!

—gritó Korn, saludando con energía al público—.

Ay, qué amargados son.

El incómodo saludo bastó para que varios retrocedieran con desconfianza.

Incluso una mujer entre la multitud se detuvo a observarlo fijamente, como si lo reconociera de algún lugar.

Mientras tanto, John, con una mirada fría y seria, decidió caminar por su cuenta entre los grupos de renacidos.

Hayley, incómoda por el ambiente hostil, no se despegó de él ni un segundo.

—Trata de no seguirme, podrían sospechar —murmuró John con un tono bajo y seco.

—¿Y qué quieres que haga?

¡Si este estadio es… enorme!

—exclamó Hayley, demasiado alto para su gusto.

Pero antes de que él pudiera responder, ambos se quedaron inmóviles al escuchar unos pasos secos resonando desde lo alto de las gradas.

Una figura femenina apareció entre las sombras: una chica vestida con un atuendo de estilo victoriano, aunque con detalles extraños que no pertenecían a ninguna época conocida.

Tomó asiento en la parte superior del graderío con un gesto tranquilo y elegante.

Lo que más llamaba la atención era su cabello, de un gris pálido casi metálico.

Hayley, temblando de sorpresa, la señaló con el dedo.

—¿Será ella… la que estaban buscando?

—Deja de apuntarle —ordenó John, bajándole la mano con un movimiento rápido—.

Es muy posible que sea esa tal Lady Death que busca la organización.

De pronto, los altavoces del estadio emitieron un chirrido agudo acompañado de pequeñas vibraciones que recorrieron toda la estructura.

Una voz masculina, grave y amplificada, comenzó a hablar, imponiéndose sobre el murmullo inquieto de los presentes.

Con un tono solemne y calculado, explicó el verdadero motivo de aquel evento: —“Hijos de Inan Ngüne, la purga ha comenzado.

Solo los fuertes caminarán fuera de este estadio… los débiles alimentarán la tierra.

Este es el Mega-Death Tournament… el altar donde sus pecados serán su mejor arma.” Cuando los altavoces guardaron silencio, la misteriosa chica se puso de pie con una rapidez inquietante.

Alzó la mano y, sin pronunciar palabra, dio la señal.

Las gigantescas puertas del estadio comenzaron a cerrarse con un estruendoso arrastre metálico que hizo vibrar el suelo.

Los participantes se quedaron petrificados, observando cómo el último rayo de luz exterior desaparecía tras el acero oxidado.

En el rostro de la chica se dibujó una sonrisa cínica, casi embriagada de placer.

La señal era clara: la matanza acababa de nacer.

Con un tono fuerte, enérgico y lleno de delirio dictó: —“Sean bienvenidos y bienvenidas a uno de mis proyectos más grandes en toda mi existencia… ¡El MDT!

Y la única regla es… ¡¡¡MATARSE ENTRE TODOS!!!” Tan pronto la misteriosa chica pronunció aquella señal, John, Korn y Hayley la reconocieron de inmediato.

Tres voces distintas, un mismo estremecimiento: —¡¡¡Ella es Lady Death!!!

En cuestión de segundos, el estadio se iluminó con los Nge-llün de los participantes, desatando un mar de colores violentos y auras asesinas.

La atmósfera se volvió densa, cargada de una amenaza palpable; cada respiración sabía a peligro.

Las clasificatorias estaban por comenzar.

Desde lo alto, Lady Death inició el conteo con una voz que atravesó cada rincón del coliseo: —Uno… Dos… Tres.

El estallido fue instantáneo.

Una oleada de niebla roja detonó en la zona donde se encontraba el trío, envolviéndolos en un torbellino que anunciaba el inicio del gran espectáculo.

—Por un carajo… cof, cof — ¡No puedo ver nada!

—exclamó John, tosiendo—.

¿De dónde demonios proviene esta humareda?

El trío no tuvo alternativa más que manifestar sus Nge-llün para protegerse.

Pero entre la densa niebla, John y Hayley notaron algo inquietante: Korn había desaparecido.

—¿Y dónde diablos se metió Korn?

—refunfuñó Hayley, tensando los hombros.

—Maldita sea… —John tragó aire con dificultad—.

Siento cómo esta niebla me está quitando el aliento… —Oye, rubio… —susurró Hayley—.

Se acerca una presencia.

Ambos vieron una silueta abrirse paso entre la bruma, avanzando a alta velocidad.

—¿Debe ser Korn?

—preguntó ella, con una mezcla de esperanza y duda.

—¿Eh?… ¡Espera, ese no es él… es el enemigo!

—gritó John en el instante en que un participante emergió de la niebla y lo embistió con una fuerza brutal.

Tras recibir el golpe, John rueda por el suelo, activa su Nge-llün y libera un destello azul.

Con un movimiento brutal y preciso, atrapa el brazo del atacante.

—Ya tuve suficiente de sorpresas por hoy… Su pierna se electrifica y con el impulso da un potente puñetazo en pleno abdomen del enemigo, enviándolo varios metros hacia atrás.

Mientras Hayley salta hacia un lado, saca su pistola y dispara a la silueta que aún lucha con John.

—¡Muérete de una vez, desgraciado!

Las balas perforan la niebla, obligando al enemigo a retroceder.

No obstante volverá a contraatacarlo.

Korn, desde otra parte del estadio, trataba de llamar la atención de John a lo lejos: —¡Oye, John!

¿Me escuchas?

—gritó entre las chispas que estallaban frente a él—.

Maldita sea… parece que estoy en graves problemas.

Frente a él se alzaba un enorme romano acorazado, una mole metálica que lo superaba por varios cuerpos.

Korn no tuvo otra alternativa más que activar su Crimson Carapace.

Con un impulso ágil dio un salto hacia adelante, lanzándose contra el gigante de metal corroído, dispuesto a demostrar todo su repertorio de combate.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES GoldenPunch “Bueno, bueno… ahora sí se armó el desastre.

Les prometo que nadie —ni siquiera yo— salió ileso escribiendo este capítulo.

John está furioso, Hayley está traumada y Korn solo quiere cinco minutos de paz.

Y esto recién comienza.

Gracias por seguir esta locura.

Agárrense, porque el torneo no perdona.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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