Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

MEGADEATH TOURNAMENT: Novela oficial. - Capítulo 11

  1. Inicio
  2. MEGADEATH TOURNAMENT: Novela oficial.
  3. Capítulo 11 - 11 MDT — Volumen 2
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

11: MDT — Volumen 2.

11: MDT — Volumen 2.

Capítulo 11 — Hermanos.

Dentro de la arena, el polvo rojo se arrastraba sobre charcos de sangre aún caliente.

Los cuerpos sin vida comenzaban a deshacerse en cenizas grises, como si Inan Ngüne los reclamara de vuelta al olvido.

The One mantenía la mirada clavada en John.

Lentamente alzó la cabeza y dejó escapar una sonrisa maliciosa que helaba la sangre.

El antifaz de kitsune le cubría desde los ojos hasta la nariz, dejando solo visible esa curva cruel de los labios.

Frente a él, Korn se plantó firme, con los puños cerrados, listo para enfrentarse al campeón de Lady Death.

De pronto, la mano prostética de John se cerró como una trampa de acero alrededor del antebrazo de Korn y, con un tirón brutal y sin aviso, lo lanzó varios metros atrás.

Korn rodó por la arena y se incorporó con un gruñido, listo para saltar de nuevo.

John se puso de pie despacio.

El brazo azul chisporroteaba con relámpagos que parecían latidos de odio puro.

Sus ojos, fijos en The One, ardían con algo que ya no era ira… era algo mucho más viejo y podrido.

—Esta pelea es mía, Korn —ordenó con voz baja, casi un susurro que retumbó más que cualquier grito—.

Tú no tocas a este hijo de perra.

Yo lo mato.

Korn tragó saliva.

Hasta él sintió el frío que salía de esas palabras.

Y en el silencio que siguió, hasta la arena pareció contener la respiración.

Ambos avanzaron despacio, como si cada paso les costara un recuerdo.

El polvo rojo se arremolinaba alrededor de sus botas, pero ni John ni Izamu apartaron la mirada.

Cuando quedaron a un palmo de distancia, el estadio entero pareció apagarse: ni gritos, ni Nge-llüns, ni latidos.

Solo dos hombres que alguna vez se llamaron hermanos.

John apretó los dientes hasta que le crujieron.

La ira que llevaba siglos pudriéndose dentro de él estalló en un solo movimiento: el brazo prostético salió disparado como un rayo azul directo a la máscara de kitsune, con toda la fuerza de un hombre que ya no tiene nada que perder.

El puño iba a matarlo.

Pero no llegó.

El Uno lo detuvo con la palma abierta.

Un bloqueo perfecto, sin esfuerzo.

El metal chocó contra carne y se quedó ahí, temblando, inmovilizado.

John abrió los ojos de golpe.

Y entonces sentí el infierno.

Un golpe seco, brutal, en pleno pecho.

The One había atacado primero, antes de que John ni siquiera moviera el brazo.

El aire abandonó sus pulmones.

Sus costillas crujieron.

Cayó de rodillas escupiendo sangre, mientras el brazo azul chisporroteaba como si estuviera llorando.

Izamu lo miró desde arriba, la máscara sin una sola grieta, la sonrisa todavía dibujada debajo.

—Eres muy imbécil para confiarte en tu propia fuerza, hermano —susurró con voz que ya no era suya.

El estadio volvió a rugir.

Como si la atención de dirigiera a una sola la pelea.

Hayley abrió la boca sin que saliera sonido.

Korn soltó un “¿qué carajos…?” que se perdió en el viento.

Porque de un solo golpe, de un solo golpe seco, The One había puesto a John de rodillas.

Pero aquello no era más que el saludo.

John alzó la cabeza despacio.

La sangre le corría por la comisura de la boca.

Y sonrió.

Una sonrisa torcida, sucia, de quien ya no tiene nada que perder.

Y entonces bajó el brazo metálico como un martillo pilón… directo a las canicas de The One.

¡CRACK!

El impacto fue tan seco que hasta la arena pareció encogerse.

Un golpe bajo, sin honor, sin piedad.

El tipo de golpe que solo da alguien que ya murió una vez.

The One se dobló un milímetro.

Solo un milímetro.

Después se enderezó.

Lentamente.

Sin un solo gemido.

Como si en vez de huevos llevara dos bolas de acero forjadas en el mismo infierno.

John abrió los ojos como platos.

La sonrisa se le congeló.

Mientras el campeón se agachó hasta quedar cara a cara con él, y con voz tranquila, casi cariñosa, susurró: —¿Eso era todo, soldado?

Porque yo ni siquiera lo sentí.

Y le devolvió el favor con un rodillazo al hígado que levantó a John medio metro del suelo.

Hayley soltó un “¡No jodas!” desde atrás de un escombro.

Korn se llevó las manos a la cabeza.

Estando aún en el aire, con el cuerpo maltrecho y la sangre goteando de la boca, John cerró los ojos un segundo.

Y los abrió convertidos en dos tormentas azules.

El brazo prostético estalló en relámpagos blancos.

Y un trueno seco retumbó dentro del estadio.

El cielo de Inan Ngüne se partió en dos.

Una luz cegadora, eléctrica, rabiosa, inundó todo como si el mismísimo infierno hubiera decidido reclamar su deuda.

“El Ride Lightning – Despertar total” El suelo se agrietó.

Los participantes cayeron de rodillas sin saber por qué.

Algunos vomitaron.

Otros lloraron.

Pero The One… simplemente sonrió bajo la máscara.

Y de un solo paso al frente.

Nada más.

Manifestó su Nge-llün que se expandió como mar rojo.

El aire se volvió denso.

Y el propio tiempo pareció detenerse.

“Shogun’s Gaze” No fue un grito.

Fue una técnica de Izamu, para doblegar a los débiles hecha para someterlos a una presión.

Todos, absolutamente todos, sintieron que un dios los miraba desde arriba y los encontraba indignos.

Korn intentó dar un paso y sus piernas temblaron.

Hayley levantó el revolver… y el cañón apuntó al suelo por sí solo.

The One habló con voz helada, sin alzar la voz, pero cada palabra cayó como una losa: —Tengo tres minutos.

Solo tres.

Ustedes no intervengan.

Quiero… disfrutarlo.

Y el estadio entero entendió que no era una pelea.

Era una ejecución con entrada libre.

Frente a frente, una vez más.

El aire entre ellos se cargó de presión, como si el propio infierno contuviera la respiración.

John no esperó más.

El brazo prostético chisporroteó con relámpagos azules que parecían tener vida propia, y se lanzó como una bala humana.

El puñetazo salió con todo el peso del odio: directo al estómago de The One, con fuerza suficiente para partir una columna.

El impacto resonó como un trueno seco.

The One retrocedió varios metros, los pies arrastrando surcos profundos en la arena roja, hasta estrellarse contra las gradas con un crujido de piedra rota.

Pero la sorpresa fue.

Que el puño no tocó carne.

Tocó acero.

La katana de Izamu ya estaba ahí, desenvainada en un movimiento que el ojo humano apenas registró, recibiendo el golpe de lleno en la hoja.

El metal azul chocó contra el acero antiguo.

Chispas rojas y plata saltaron como sangre fría.

The One se enderezó despacio.

La máscara kitsune no mostró ni una grieta.

Solo una sonrisa lenta, casi paternal, se dibujó debajo.

Ahora sí.

Ahora iba a pelear en serio.

Y el estadio entero sintió que el verdadero terror acababa de empezar.

—“Bien… ahora te toca a ti sangrar” —susurró The One, la voz fría como acero helado, mientras la katana salía de su vaina con un siseo que cortó el aire.

Sin previo aviso, el campeón desapareció y reapareció frente a John como una flecha de fuego negro, la hoja descendiendo en un arco perfecto directo al cuello.

John reaccionó por puro instinto: se agachó en el último segundo, el filo rozándole el pelo y dejando un olor a ozono quemado.

Lo que no vio venir fue la masacre detrás de él.

El tajo siguió su trayectoria, cortando el aire… y a diez participantes que estaban en la línea de fuego.

Sus cabezas rodaron y los cuerpos se partieron en dos.

Sangre salpicó la arena como lluvia roja.

John se incorporó despacio, los ojos abiertos de par en par.

—De un solo tajo mató a diez… Esto no es bueno.

El brazo prostético chisporroteó más fuerte, como si ya oliera la muerte que se acercaba.

Y The One solo sonrió bajo la máscara, esperando el siguiente movimiento.

Desde las gradas Lady death soltaría una sonrisa juguetona, que se oiría por toda la arena.

Desde lo alto de las gradas, Morticia soltó una carcajada que resonó como campanadas en un funeral.

—Jajaja… ¡así se hace, cariño!

—animó con voz melosa, aplaudiendo lenta y teatralmente mientras la sangre de los diez caídos salpicaba por todas partes—.

Qué espectáculo tan delicioso.

Abajo, Hayley y Neferu no perdieron tiempo.

Hayley levantó su revolver y disparó una ráfaga precisa.

Neferu tensó su arco dorado y soltó una flecha que silbó como un lamento egipcio.

Los proyectiles volaron directos a la cabeza de Lady Death.

Pero la katana de The One fue más rápida.

Un solo movimiento, casi perezoso.

La hoja cortó el aire en un arco invisible.

Chispas rosadas y doradas estallaron a medio camino.

Las balas se partieron en dos.

La flecha se quebró como hueso seco.

Los restos cayeron inertes a los pies de Lady Death, que ni siquiera parpadeó.

Solo sonrió más ancho.

Y The One, sin mirar atrás, siguió avanzando hacia John como si el mundo entero fuera solo un telón de fondo para su duelo.

El rugido de John retumbó como un trueno animal, tomando por sorpresa incluso a The One.

Cada puñetazo salía cargado de relámpagos azules, golpes que podrían partir cráneos.

Pero la katana los interceptaba uno a uno: bloqueos perfectos, casi perezosos, que hacían saltar chispas roja y azules como sangre fría.

El estadio entero contuvo la respiración.

Era un enfrentamiento de bestias: hombre contra leyenda, rabia americana contra honor japonés olvidado.

Korn, hipnotizado por el duelo, no vio venir la estocada.

Una extensión invisible de la katana se proyectó como un látigo de sombra, directa a su garganta.

—Oh no… —fue lo único que alcanzó a balbucear.

El filo ya rozaba su piel cuando una mano lo agarró por el cuello de la camisa y lo jaló con fuerza brutal hacia atrás.

Korn rodó por la arena, tosiendo, y cuando levantó la vista, sus ojos se abrieron como platos.

Frente a él, con el cabello verde Phantom ondeando y la mirada afilada como una katana yakuza, estaba ella.

—Ca… ¡Capitana Mia!

¡¡¡¿Qué demonios hace usted aquí?!!!

Mia sonrió de medio lado, limpiando la sangre de su propia cara con un movimiento casual.

—Salvándote el culo, como siempre —respondió con voz ronca—.

Y parece que llegué justo a tiempo.

Korn miró a Mia con los ojos entrecerrados, todavía jadeando por el susto.

—Creí que Vernant te había mandado a patrullar Old-Paranoid —dijo, voz ronca—.

¿Cambió de planes o qué diablos pasa?

Mia se limpió una gota de sangre de la comisura de los labios con el dorso de la mano.

Su expresión era seca, casi aburrida, como si estuviera hablando del clima.

—Hubo un cambio.

Me llegó un aviso: ella está reclutando Renacidos inestables para sus filas.

Pensé que era el momento perfecto para cortarle las alas.

Pero al ver contra qué nos enfrentamos… —ladeó la cabeza hacia Lady Death y The One— capturarla va a ser más difícil de lo que Vernant cree.

Hizo una pausa, observando la pelea a lo lejos.

El rubio con el brazo chispeante seguía intercambiando golpes con el shogun enmascarado.

—Oye… ese rubio que está bailando con The One, ¿es tu amigo?

Korn soltó un bufido tosco, casi una risa amarga.

—¿Tal vez?

Él es el que Vernant me ordenó integrar al equipo para detener a los terroristas.

A cambio… le prometí una mano con su hogar que yo mismo ayudé a destruir.

—Joder, espero que le cumplas esa promesa, o sino el siguiente objetivo que va a destruir será su cabeza— Volteo al señalar el devastador puño de John conta el pavimento.

Mientras Mia y Korn hablaban, un impacto seco retumbó como un trueno en el estadio.

Todos giraron la cabeza al mismo tiempo.

Era John.

Su puño metálico acababa de conectar de lleno en el mentón de The One.

Un uppercut brutal, cargado con todo el odio de dos vidas.

El campeón salió disparado hacia arriba, elevado varios metros por el aire, directo hacia las gradas donde Lady Death observaba con su sonrisa eterna.

Por primera vez, esa sonrisa vaciló.

Lady Death se quedó inmóvil, sin expresión, mirando al rubio como un gato que acaba de descubrir un ratón que muerde.

Abajo, John jadeaba y el brazo chisporroteando plata y azul, los ojos inyectados de una rabia que ya no era adulta.

—¡¡¡Devuélveme la carta, Izamu!!!

—gritó con voz rota, como un niño haciendo escándalo en medio de un funeral—.

¡¡¡Era lo único que me quedaba de ella!!!

El estadio se quedó en silencio.

Hasta los Nge-llün parecieron apagarse un segundo.

The One, aún en el aire, giró el cuerpo con gracia felina y aterrizó de pie junto a Lady Death, limpiándose una gota de sangre de la comisura de la boca.

Y sonriendo bajo la máscara.

—Interesante… un juguete que muerde —pronunció Lady Death con voz suave, casi ronroneante, pero cargada de un cinismo que helaba la sangre.

Extendió el brazo frontal a The One.

Una señal sutil, pero clara como un veredicto: los cinco minutos se habían cumplido.

El Uno ascendió con la cabeza, se enderezó con esa calma de depredador saciado, y se quedó inmóvil.

Ya había medido a su próxima presa.

Su sede de pelea solo había aumentado.

John, sin embargo, pagó el precio de su rabia.

El Nge-llün al 45 % lo había quemado desde dentro.

Un dolor pulsante, profundo, como si los relámpagos que lo habían impulsado ahora se volvieran contra él, electrizando cada nervio, cada músculo, cada recuerdo.

Intentó levantarse.

Intentó cargar otra vez.

Pero sus rodillas cedieron.

Se desplomó sobre la arena dura, jadeando, el brazo prostético temblando como si estuviera a punto de romperse.

Y entonces lo vio.

El Uno, con un movimiento lento y deliberado, sacó algo de la túnica.

La carta de Marta.

La dejó caer.

Cayó despacio, como un cadáver que se rinde al fin, aterrizando a centímetros de la mano inerte de John.

La tinta quemada todavía legible: “Te espero en casa con nuestro hijo…” Y el estadio entero, por primera vez en su historia sangrienta, quedó en un silencio que dolía más que cualquier grito.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo