MEGADEATH TOURNAMENT: Novela oficial. - Capítulo 12
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12: Capítulo 12 — Protegiendo al soldado.
12: Capítulo 12 — Protegiendo al soldado.
En la arena dura y asfixiante, aquel hombre que todos consideraban irrompible gateaba como un animal herido.
Cada movimiento era un latigazo: el Nge-llün forzado le quemaba las venas desde dentro, como si el poder oculto de su brazo estuvieran cobrando intereses con fuego.
A escasos centímetros, la carta yacía arrugada, tinta quemada, fragmento de una vida que ya no existía.
John extendió la mano prostética, temblando, chisporroteando plata líquida.
Pero otra mano llegó primero.
Delicada.
Morena.
Con uñas cortas y cicatrices de faraona.
Azeneth se agachó junto a él, recogió la carta con cuidado y se la tendió con una sonrisa dulce, tierna, como si entregara un tesoro perdido.
John alzó la vista.
Y el mundo se detuvo.
En esos ojos dorados vio a Martha.
El mismo rostro.
La misma curva de labios.
El mismo calor que había perdido en 1945.
—¿Martha… eres tú?
—susurró con voz rota, extendiendo los dedos para tocarle la mejilla.
Pero el agotamiento lo traicionó.
El brazo falló.
Las rodillas cedieron.
Se desplomó de bruces en la arena roja, la carta cayendo de nuevo, esta vez sobre su pecho inmóvil.
Azeneth abrió los ojos como platos.
—¡Oye!
¡Oye!
¿Qué te sucede, soldado?
—gritó, la voz quebrándose entre preocupación y pánico.
—¡Hey!
¡Una ayuda por aquí!
Desde el fondo del estadio, Korn y la Capitana Mia oyeron los gritos desesperados de la chica egipcia.
Vieron cómo Azeneth intentaba levantar el cuerpo inerte de John, las manos temblándole, la voz quebrada.
Corrieron.
Hayley, desde su posición elevada, cargó el revolver y abrió fuego: disparos precisos que alejaban a los participantes que olían sangre fácil, como lobos alrededor de un ciervo caído.
Korn llegó primero.
Se arrodilló junto a John, le dio palmadas en la mejilla, le buscó el pulso con dedos que temblaban más de lo que quería admitir.
—Vamos, rubio… no te me mueras ahora —gruñó entre dientes.
Mia llegó un segundo después.
Sus ojos afilados como katana se clavaron en Azeneth.
Y vieron la carta arrugada apretada en la mano de la chica.
—¿Qué haces con esa carta?
—preguntó con voz seca, peligrosa, como si estuviera interrogando a una traidora.
Azeneth dio un brinco.
Las mejillas se le encendieron como fuego.
Los nervios la traicionaron: balbuceó, tartamudeó, miró al suelo.
—He… he… yo pues… —intentó justificar, las palabras tropezando unas con otras—.
Lo ayudé a acercarle su carta y… y él, por un breve momento, trató de tocarme la cara diciendo… “¿Martha… eres tú?” Y después se desplomó.
Lo juro.
Korn levantó la vista, los ojos abiertos como platos.
Mia apretó la mandíbula.
Y por primera vez, nadie supo qué decir.
El silencio cayó pesado, mientras John seguía inconsciente, Lo que ninguno notó, en medio del caos y la preocupación, fue que se habían convertido en un blanco fácil.
Cuatro sombras se deslizaron entre la niebla roja, rodeándolos como lobos que huelen sangre fresca.
Korn fue el primero en sentirlo.
El vello de la nuca se le erizó.
Miró a Azeneth, aún arrodillada junto al cuerpo inconsciente de John.
—Tú —ordenó con voz ronca, sin dejar lugar a discusión—.
Resguarda al rubio.
No lo sueltes.
Azeneth asintió, los ojos abiertos como platos, apretando la carta contra el pecho de John como si fuera un talismán.
Korn y Mia se colocaron espalda con espalda, él con el Crimson Carapace empezando a endurecerse como piedra viva, ella Manifestando su Nge-llün en su ojo izquierdo ante la vista de todos.
Y entonces los vieron.
Cuatro usuarios de Nge-llün emergieron del polvo, rodeándolos en un círculo perfecto.
Sus sonrisas eran maquiavélicas, dientes blancos contra caras manchadas de sangre ajena.
Ojos que brillaban con la misma hambre que un depredador encuentra al ver una presa herida.
No dirían nada.
No hacía falta.
La oportunidad era demasiado jugosa: un grupo distraído, un líder inconsciente, y cuatro contra tres.
No la dejarían pasar.
—Jeje… aprovechemos que el tipo con brazo de chatarra está dormido —rió uno de los cuatro, lamiéndose los labios como un perro oliendo carne fresca.
—No hace falta matarlo todavía —divagó otro con tono burlesco y cínico, girando el cuchillo entre los dedos—.
Divirtámonos primero con estos tres.
Y la nueva pelea estalló.
Korn y Mia se supieron en guardia: él con el Crimson Carapace endureciéndose como piedra viva, ella con Danger line, brillando fría bajo la niebla roja.
Los dos primeros atacantes cargaron, sonrisas maquiavélicas todavía pegadas en la cara.
Azeneth, arrodillada junto al cuerpo inconsciente de John, activó su Nge-llün con un destello dorado.
Se puso en posición como una leona protegiendo a su macho herido, los ojos encendidos, los músculos tensos, lista para desgarrar a cualquiera que se acercara.
Los otros dos atacantes rieron.
Dos contra una.
Fácil.
Pero no contaron con la ayuda que llegó desde las sombras.
Flechas doradas silbaron como serpientes.
Balas rosadas perforaron el aire con precisión quirúrgica.
Los enemigos se giraron, sorprendidos, justo a tiempo para esquivar los proyectiles y retroceder unos metros para ver cómo el cielo caían más ataques dejando el suelo con agujeros humeantes.
Desde atrás, dos figuras emergieron entre el polvo rojo.
Neferu, con su arco aún tenso, y Hayley, con el revolver humeante.
Enemigas mortales un segundo antes.
Aliadas improbables ahora.
Neferu miró a su hermana con una mezcla de incredulidad y reproche.
—Me distraigo un segundo… y ya te encuentro abrazando a este tipo —dijo con voz que intentaba ser dura, pero se quebraba un poco al ver a John inconsciente.
Hayley, recargando con calma, ladeó la cabeza hacia el rubio desplomado entre los brazos de Azeneth.
—Supuse que eras un hombre que no se doblegaba ante nada —comentó con tono serio, pero una sonrisa humorística asomando—.
Y ahora te veo aquí, débil como un cachorro.
Podría matarte en este momento, rubio… pero parece que alguien ya te quiere vivo.
Azeneth apretó más fuerte a John contra su pecho, las mejillas ardiendo, sin saber si defenderlo o esconderse.
—“Pero tranquilo, rubio… hoy te salvo —bufó Hayley, recargando el revolver con un clic seco—.
Mañana ya veremos si sigues mereciéndolo.” Su mirada se clavó en los atacantes que retrocedían, como un lobo que aún no decide si muerde o deja vivir.
Neferu, con su arco todavía tenso, ladeó la cabeza hacia su hermana con una mezcla de incredulidad y reproche.
—“¿Desde cuándo proteges a un hombre que ni conoces, hermana?” Azeneth soltó un breve sonrojo que le subió hasta las orejas.
Bajó la vista hacia John, inconsciente entre sus brazos, y sus dedos rozaron apenas la mejilla del rubio, como si temiera romperlo.
—No lo sé —susurró, con voz temblorosa pero firme—.
Pero siento… algo.
Como si una voz antigua me dijera que lo cuide.
Como si ya lo hubiera perdido una vez.
Una sonrisa pequeña, de aprecio y cariño se manifestó, sin entender del todo, sus ojos dorados se quedaban fijos en el rostro dormido de John.
Neferu apretó los labios.
Hayley soltó un resoplido divertido.
—“Cuidado, princesa… que ese rubio rompe más corazones que huesos” —carcajeó Hayley con una risa seca y afilada, dando un paso al frente de los enemigos, con el revolver ya humeando en su mano—.
Bien, protejamos al soldado.
Hayley y Neferu se colocaron hombro con hombro, una con balas rosadas que silbaban como promesas de muerte, la otra con flechas doradas que cortaban el aire como maldiciones faraónicas.
Los tipos cargaron con sonrisas que se les borraron rápido.
Desde las gradas, Lady Death soltó un bostezo profundo, teatral, como si el estadio entero fuera un teatro aburrido.
The One notó el gesto.
La arena estaba perdiendo su toque sangriento: demasiada defensa, poca carnicería.
Un hecho que a ambos les molestaba como una herida que no sangra.
Clavó la mirada en la otra punta del coliseo.
Un guerrero romano, armadura oxidada y espada, se enfrentaba a un guerrero azteca con macuahuitl brillando obsidiana.
—Mi señora… —dijo con voz baja y segura—.
Ese enfrentamiento de allá… deberíamos verlo.
Lady Death se levantó despacio, el vestido blanco ondeando como una bandera de rendición que nadie acepta.
—Está lejos… Pero bueno, es mejor cambiar de asiento.
Vamos, mi campeón.
Hay mucha sangre que contemplar.
Y ambos se movieron hacia la nueva masacre, dejando atrás a un John inconsciente y a un grupo que, por primera vez, luchaba unido sin saber por qué.
John abrió los ojos despacio.
El mundo era un borrón rojo y dorado.
Sentía el latido de su propio brazo prostético quemándole el corazón por dentro.
Lo primero que vio fue a ella.
Azeneth, arrodillada, sosteniéndolo contra su pecho.
Sus ojos dorados llenos de algo que él no merecía: preocupación.
Por un segundo, el rostro de Azeneth se superpuso al de Martha.
El mismo gesto suave.
La misma forma de mirarlo como si todavía valiera algo.
—Martha… —susurró sin querer, extendiendo los dedos temblorosos hacia su mejilla.
Azeneth se sonrojó hasta las orejas.
Neferu, a su lado, soltó un bufido incrédulo.
—¿Martha?
¿Quién demonios es Martha?
¿Desde cuándo llamas así a mi hermana, soldado?
Hayley, recargando el revolver, soltó una risa seca.
—Vaya, rubio.
Despiertas y lo primero que haces es confundir a la chica con otra.
Qué romántico… y qué patético.
Mia, que observaba todo con ojos entrecerrados, se acercó un paso.
Su mirada se clavó en el brazo prostético de John, que soltaba chispas azules sobre la arena, quemando pequeños agujeros humeantes.
—Ese brazo no es normal —dijo con voz baja, peligrosa— Además ¿porque es el único con esa prótesis en esta arena?
Korn tragó saliva.
Neferu apretó el arco.
Azeneth solo apretó más fuerte a John contra su pecho, como si pudiera protegerlo de la verdad.
John, aún semiinconsciente, apretó la carta contra su pecho.
En su delirio, vio a Martha embarazada… y después a Azeneth con la misma barriga redonda, la misma sonrisa que nunca llegó a ver en vida.
—El niño… —murmuró con voz rota—.
No lo pierdas otra vez… Azeneth se quedó helada.
Neferu: —¿Qué dijo?
Hayley: —Algo sobre un niño… Este rubio está más loco de lo que pensaba.
Korn levantó a John al hombro como un saco.
—Después lo interrogamos.
Ahora hay que sobrevivir.
Desde las gradas nuevas, Lady Death sintió un latido extraño en el plano.
Un pulso que no pertenecía ahí.
Se inclinó hacia The One, susurrando con una sonrisa que no llegaba a los ojos: —Algo cambió… El vigilante nos está viendo.
— dijo al mirar como en el cielo se dibujaba un rostro monstruoso.
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