MEGADEATH TOURNAMENT: Novela oficial. - Capítulo 13
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- Capítulo 13 - 13 Capítulo 13 — Latido de cenizas prohibidas
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13: Capítulo 13 — Latido de cenizas prohibidas.
13: Capítulo 13 — Latido de cenizas prohibidas.
Habían pasado noventa minutos desde que el torneo empezó a devorar almas.
Noventa minutos de sangre, sudor y Nge-llün quemando el aire.
La alianza improvisada —el trío original con las hermanas egipcias— les había dado ventaja: los participantes restantes caían más rápido, como si el destino mismo hubiera decidido que era hora de limpiar la mesa.
Pero en medio de la matanza, John seguía inconsciente entre los brazos de Azeneth.
La joven lo sostenía con fuerza, como si temiera que la arena roja se lo tragara vivo.
Y entonces sucedió.
Los ojos de John se abrieron… pero no vieron la arena.
No vieron a Azeneth, ni a Korn, ni a Hayley cubriendo con balas rosadas.
Vio el “páramo fallido” Un lugar que no era sueño ni memoria, sino algo peor: el eco de lo que fuiste cuando todavía creías que podías salvar algo.
John estaba de pie en un campo de batalla que conocía demasiado bien: trincheras rotas, tanques oxidados, alambradas como venas abiertas.
El mismo lugar donde murió la primera vez.
El mismo olor a pólvora y carne quemada.
Pero esta vez era distinto.
Entre los escombros, surgía vida.
Hierba verde rompiendo el concreto.
Flores rojas brotando de casquillos vacíos.
Un árbol pequeño, retorcido pero vivo, creciendo desde el cañón de un tanque abandonado.
John dio un paso.
Y su brazo prostético, emitió un chipoteo cuando tocó el suelo.
Y sintió un latido.
No suyo.
No de nadie que estuviera muerto.
Un latido nuevo.
Prohibido.
Como si la tierra misma acabara de recordar que alguna vez fue fértil.
John sonrió sin querer.
Y por un segundo, creyó que podía salvar algo después de todo.
Hasta que el páramo empezó a sangrar.
No desde el cielo.
Desde la tierra misma.
La hierba verde que acababa de nacer se retorció, se ennegreció, y se hundió de nuevo en el suelo como si nunca hubiera existido.
El campo de batalla volvió a su estado original: trincheras rotas, tanques oxidados, alambradas como venas abiertas.
El olor a pólvora y carne quemada regresó más fuerte que nunca.
John dio un paso atrás.
Y entonces lo vio.
Del suelo, justo donde había tocado con el brazo prostético, brotó algo.
Un brazo.
No humano.
Demasiado largo.
Demasiado negro.
Con dedos que terminaban en cuatro garras.
Se movió lento, aterrador, como una serpiente despertando de un sueño milenario.
John se quedó paralizado.
El brazo se alzó.
Se retorció.
Y explotó hacia arriba como un géiser de carne, salpicando sangre roja y negra directo a la cara de John.
Se limpió los ojos con el dorso de la mano prostética.
Y cuando pudo ver de nuevo… Ahí estaba.
La misma sombra que había visto en su pesadilla, aquella mañana en el bar de Sasha, contemplo de pies hasta la cabeza.
Alto como dos metros, sin rostro pero con ojos que no eran ojos, sino una mirara que recordaría a las de una araña.
John tragó saliva.
La voz le salió temblando, casi rota, como la de un niño que encuentra al monstruo bajo la cama.
—¿Eres… tú?
La sombra no respondió.
Solo extendió su mano.
Una mano negra, larga, con garras en forma de curva, como si el vacío mismo hubiera aprendido a tener dedos.
Y el brazo de John respondió por instinto.
El prostético chisporroteó con relámpagos azules y plata, como si reconociera a su verdadero dueño.
John, sin pensar, sin querer, extendió la mano metálica y la tomó.
El contacto fue frío.
Demasiado frío.
Un jalón pequeño, casi delicado, lo levantó del suelo como si no pesara nada.
Y de pronto estuvo de frente.
El miedo le recorrió el cuerpo como veneno líquido: empezó en la punta de los dedos, subió por el brazo prostético, se metió en el pecho, le apretó la garganta.
No era miedo a morir.
Era miedo a entender.
La sombra habló.
No con boca.
Con una voz profunda que resonó dentro de los huesos de John, como si el páramo mismo estuviera hablando.
—“Tu redención está cerca Soldado.” —“¿Mi redención?” —John soltó una risa rota, temblorosa, que sonó más a llanto—.
¿Q-qué coño eres tú?
Se levantó tambaleante, los ojos abiertos como platos, la incredulidad golpeándole el pecho más fuerte que cualquier puñetazo.
—No… no puedes ser real —balbuceó, retrocediendo un paso—.
Esto es otra alucinación del brazo, ¿verdad?
Como las de Martha… Dime que no eres… Pero antes de que la última palabra saliera, la mano negra se movió.
Rápida.
Sin esfuerzo.
Lo tomó del cuello con dedos que no eran dedos, solo vacío que apretaba.
Y lo azotó contra el suelo como si John fuera un trapo sucio olvidado en el rincón.
El impacto fue seco.
Sus huesos crujiendo.
El polvo levantándose como una nube de seca.
John jadeó, el aire escapando de sus pulmones como si nunca fuera a volver.
La sombra se agachó sobre él.
La voz resonó dentro de su cráneo, profunda, antigua, como si el páramo entero estuviera hablando.
—“Soy aquel que está por encima del entendimiento.
Aquel que llegó al nivel del Alfa y Omega.
Soy tu pacto, tu salvador y tu verdugo.
¿No me reconoces, soldado?
Yo te di el brazo que te mantiene vivo… o lo que tú llamas vida.
Así que no se te ocurra faltarme el respeto.” John sintió el poder colosal.
No era fuerza.
Era peso.
El peso de algo que existía antes de que existiera el miedo.
Y entendió, con un terror que le heló la sangre, que esto no era alucinación.
Esto era peor.
La sombra lo levantó gentilmente del suelo, como quien levanta a un niño que se cayó jugando.
Lo puso de pie.
Y dejó la mano en su hombro.
Un toque que no quemaba.
Que no apretaba.
Pero que pesaba más que cualquier cadena.
John miró esa mano.
Y miró el brazo prostético que chisporroteaba, respondiendo al toque como un perro a su amo.
Y supo, con un nudo en la garganta que no lo iba matar.
Lo quería ayudar.
De una manera distinta.
—“Te daré un pequeño adelanto, humano —comentó el ente con una risa que no tenía eco—.
Trata de no caer inconsciente esta vez.” Levantó su cabeza.
Y de la nada, la sombra abrió una boca.
No era boca humana.
Era un corte vertical en el vacío, con dos colmillos prominentes que brillaban como obsidiana viva.
Más insecto que bestia.
Más hambre que rostro.
El pánico atravesó el cuerpo quieto y frío de John como un clavo helado en la columna.
Quiso gritar.
Quiso golpear.
Quiso correr.
Pero su cuerpo no respondía.
El brazo prostético colgaba inerte, como si hasta él reconociera el destino.
Solo pudo mirar, con los ojos abiertos de par en par, mientras los colmillos se acercaban.
Y se clavaron.
No en la carne.
En algo más profundo.
Un grito salió de su garganta, un grito de dolor y desesperación que invadió todo el páramo, haciendo temblar las trincheras rotas, los tanques oxidados y el cielo enfermo.
—¿Por qué… haces esto?
—exhaló John, la voz temblando de miedo puro, lágrimas mezcladas con sangre en las comisuras.
El ente soltó los colmillos.
Y la herida no paraba de sangrar.
—“Agradéceme después, humano —respondió la voz profunda, resonando dentro de sus huesos—.
Vuelve a pelear.” Y abrió más la mandíbula.
El vacío se convirtió en vórtice negro, girando como un pozo sin fondo.
John retrocedió, o intentó.
—¡¡¡Espera!
¡Espera!
—gritó, la voz quebrada—.
¡¡¡Quien o que eres realmente!!!
La sombra se rió.
Un sonido que no era risa, sino el eco de algo que nunca tuvo garganta.
—“Mi nombre… je je… pronto lo descubrirás.” Y el vórtice lo devoró.
Trayendo la conciencia de vuelta a su cuerpo, John sintió primero el peso de la arena roja en la espalda, luego el calor de unos brazos que lo sostenían como si fuera algo precioso.
El vórtice lo había escupido de nuevo al infierno real.
Abrió los ojos con un jadeo ahogado.
El mundo era un borrón de polvo y gritos.
El pecho le ardía con un latido que no era suyo.
El brazo prostético palpitaba como si acabara de nacer.
Y ahí estaba ella: Azeneth, arrodillada, sosteniéndolo contra su pecho, liberando lágrimas que rodaban por sus mejillas morenas.
Los demás —Korn, Mia, Hayley, Neferu— formaban un círculo protector, una alianza forzada que acababa de salvarle la vida contra los participantes restantes.
Pero en medio de esa matanza, el ataque llegó por sorpresa.
Como cual destello negro.
Korn y Mia cayeron al suelo como perros maltratados, con la sangre salpicando la arena y unos gruñidos de dolor escapando de sus gargantas.
La responsable emergió de la niebla roja: la guerrera nipona, con la katana aún humeante, sus ojos fijos en su presa verdadera.
John.
Brava fue su sorpresa al verlo inconsciente, acurrucado en los brazos de una joven egipcia que lo arrastraba lejos del caos como si fuera un tesoro que no pensaba soltar.
Azeneth sintió la amenaza antes de verla.
Apretó más fuerte a John y retrocedió, los ojos dorados brillando con algo nuevo: miedo convertido en instinto protectora.
La nipona sonrió con frialdad.
Desenvainó de nuevo y cargó como una flecha en llamas.
Neferu apareció de la nada y manifestando un khopesh dorado bloqueo la katana con un choque que hizo saltar chispas.
El impacto las separó un segundo.
—Corre, hermana —gruñó sin mirar atrás.
Hayley, desde lo alto, abrió fuego: balas rosadas silbando como avispas furiosas, forzando a la nipona a retroceder.
Korn, aún en el suelo, activó su Nge-llün con un rugido de dolor.
Cuerdas negras con bordes rojos brotaron de sus manos y se enredaron en el brazo armado de la guerrera, deteniendo su próximo ataque a centímetros.
—No creas que con un meneo de tu cuchillo, me vas a abatirme tan fácil —sonrió Korn, sangre en los dientes, sosteniendo la katana con fuerza que no debería tener—.
¡¡¡Mia, qué coño esperas!
¡Atácale!!!
Mia surgió como un fantasma yakuza.
Un golpe seco, brutal, directo a la cara.
—¡¡¡Cómete esto, perra!!!
—gritó.
El puñetazo conectó.
La nipona salió volando como bala perdida… directo hacia Azeneth y John.
Mia abrió los ojos.
—Ay, no… La guerrera aterrizó a centímetros, una sonrisa maquiavélica pintada en la cara.
Azeneth invocó una daga dorada y la lanzó al cuello de la nipona.
Inútil.
Ella ladeó la cabeza y esquivó con gracia mortal.
—Admiro tu valor, pequeña —dijo con tono de autoridad—.
Pero no expongas tu vida y honor por este miserable hombre.
Las palabras se clavaron en la mente confusa de Azeneth.
Por un segundo, dudó.
Y su mano tembló.
Iba a soltarlo.
Pero algo la detuvo.
Un presentimiento.
Una sensación que no era suya.
Bajó la vista a John.
Y cambió.
Miedo se convirtió en furia.
—¡No te lo voy a entregar!
—gritó, voz quebrada pero firme, como un guardián custodiando su trofeo—.
¡¡¡Este hombre lo asesino, yo misma!!!
La respuesta desafiante encendió la ira de la nipona.
Alzó la katana con ambas manos.
—Jeje… ¡¡¡Pues entonces se irán los dos conmigo!!!
La hoja descendió.
Azeneth cerró los ojos.
Una lágrima caliente cayó sobre la cara de John.
Y la gota fue el detonante.
El brazo prostético reaccionó con rapidez ilógica.
Alzándose de una manera automática, los dedos metálicos cerrándose alrededor del borde afilado de la katana a centímetros del cuello de Azeneth.
La hoja se detuvo.
Y Azeneth abrió los ojos lentamente.
Para bajar la vista.
Y vio la mano prostética sosteniendo la muerte como si fuera un juguete roto.
Desde abajo, una voz pequeña, ronca, llena de dolor y rabia: —No… toques… a la chica.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES GoldenPunch La sombra con colmillos… ya saben quién es.
No diré su nombre todavía.
Pero si prestaron atención al brazo chisporroteando plata… ya tienen una pista que quema.
J
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