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MEGADEATH TOURNAMENT: Novela oficial. - Capítulo 14

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  3. Capítulo 14 - 14 Capítulo 14 — El puño que despertó al trueno
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14: Capítulo 14 — El puño que despertó al trueno.

14: Capítulo 14 — El puño que despertó al trueno.

Ante el suelo árido y duro de la arena, yacía aquel que acababa de alzar su puño contra la ejecutora.

El brazo prostético todavía sostenía la katana, el metal chisporroteando con relámpagos azules que parecían contener la rabia de un trueno.

Todos los presentes se quedaron helados.

El estadio entero, olvidó cómo gritar por un segundo.

Solo el silencio de la incredulidad.

Asombrados e Incrédulos por el regreso del soldado durmiente.

En especial sus conocidos: Korn abrió la boca sin que saliera sonido, los ojos inyectados de alivio y emoción contenida.

Mia apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos y con una sonrisa torcida asomando.

Hayley soltó el revolver un instante, sus los ojos abiertos como si viera un fantasma que acababa de morder la muerte.

Neferu miró a su hermana, como indicándole que lo soltara de inmediato al sujeto y Azeneth… solo apretó más fuerte la mano de John, mientras lágrimas de felicidad rodaban por sus mejillas morenas.

Porque su retorno no era solo un despertar.

Era una oportunidad.

La oportunidad de sobrevivir en este salvaje y cruel Mega torneo de la muerte.

—Oye, niña… —dijo con voz grave, viril y ronca —.

¿Quieres que pulverice a esta bastarda ahora mismo?

Azeneth sintió el impacto de esa voz como un trueno bajo la piel.

Los nervios la traicionaron y sus mejillas le ardieron.

Se cubrió la cara con las manos, incapaz de mirarlo directamente.

Solo pudo asentirle.

Con un meneo tímido de cabeza, pero claro como un sí gritado.

John entendió.

Y mostrando una sonrisa que no era amable.

Clavo su atención a la atacante.

El brazo prostético chisporroteó con relámpagos azules.

Y con un impulso al frente.

Libero una patada ascendente, seca, brutal, directa a la cara de la nipona.

El impacto sonó como un trueno en la carne.

La guerrera salió volando hacia atrás, como un balón de rugby pateado por un dios enfurecido, su cráneo retumbando y visión nublada.

Aterrizó varios metros más allá, rodando por la arena y una mano en la mejilla que ya empezaba a hincharse.

Un frío profundo le recorrió la cabeza, como si el invierno japonés hubiera entrado en sus huesos.

—¡Pero qué fuerza!

—declaró con voz temblorosa, con los ojos abiertos de incredulidad—.

Es como si el dios Raijin mismo lo estuviera apoyando.

Ya tenía claro que este hombre sería un verdadero reto para ella.

Desde el suelo, John desplegó la mano prostética en señal de ayuda, los dedos metálicos aún humeando.

Azeneth dudó un segundo.

Cruzó miradas con él.

Y algo se rompió dentro.

Una sensación profunda, confusa, como si en su alma inocente despertara una atracción química, feroz y visceral: una necesidad brutal de aferrarse a su pecho, dejar que esa energía masculina —dura, rota, peligrosa— apaciguara el caos de sus nervios, transformando el pavor en un anhelo que le quemaba la piel desde dentro.

Las mejillas le ardieron como si las hubiera tocado el sol del desierto.

—Gracias… —murmuró, voz temblorosa, casi un suspiro que no quería salir.

John la ayudó a ponerse de pie.

Para después bajar su mano el hombro de ella.

—Bien —dijo con voz baja, ronca—.

Vuelve con tu hermana.

Más adelante… combatiré contigo.

Se dio media vuelta lenta, como quien deja una promesa colgando en el aire.

Azeneth se quedó ahí, con el hombro todavía quemando donde él la había tocado y su corazón latía más fuerte que cualquier Nge-llün.

Neferu, que había estado atenta a cada movimiento, corrió hacia ella con el khopesh aún en la mano.

—¡Oye, oye!

—gritó, agachándose a su lado—.

¡Tierra llamando a Azeneth!

¿Qué te pasa, niña?

¿Estás herida?

Azeneth no respondió de inmediato.

Sus mejillas ardían y los ojos perdidos en el cielo, como si allí arriba estuviera escrito algo que solo ella podía leer.

—Hermana… creo que me enamoré —susurró, voz temblorosa y euforia mezclada con miedo, como si acabara de descubrir un secreto que quema.

Neferu se quedó helada.

Giró la cabeza despacio hacia la posición de John, que iba a caminando hacia la dirección de la guerrera y viendo como su brazo prostético chisporroteaba pequeños relámpagos azules.

—¿Tú… qué?

—preguntó, voz quebrada por la incredulidad—.

¿Tienes que estar bromeando?

Azeneth no contestó.

Solo sonrió.

Una sonrisa pequeña, tonta, de las que duelen porque nacen en el peor momento posible.

Y Neferu supo, con un nudo en la garganta, que su hermana acababa de caer en el único abismo más profundo que Inan Ngüne: el amor en un lugar donde nadie sobrevive con el corazón intacto.

Sin embargo, en I-N esos sentimientos eran efímeros.

Un latido fugaz en medio del caos.

Un suspiro que la arena roja se tragaba antes de que terminara de salir.

Porque aquí la emoción de las peleas, el éxtasis de la sangre caliente en las manos, el subidón de cada Nge-llün chocando contra otro… era lo único que parecía real.

Todos los participantes decían que luchaban por poder.

Por riquezas.

Por libertad.

Mentira.

El verdadero anhelo, el que nadie se atrevía a pronunciar en voz alta, era más simple.

Más cruel.

Regresar a la vida.

Volver a casa.

Abrazar a alguien que ya no existía.

Oler el pan recién hecho.

Sentir el sol de verdad en la piel, no este cielo falso que sangraba rojo.

Cada golpe, cada corte, cada grito era solo un intento desesperado de recordar que alguna vez estuvieron vivos.

Y Lady Death lo sabía.

Lo sabía mejor que nadie.

Por eso sonreía desde las gradas, por eso aplaudía cada muerte como quien aplaude una obra maestra.

Porque este torneo no era un juego.

No era un castigo.

Era una trampa.

Una herramienta gigantesca, hecha de sangre, arena y promesas rotas, para atraer a algo abismal.

Algo que ya latía debajo de sus pies.

Algo que se alimentaba de cada alma que se negaba a aceptar que ya estaba muerta.

Y cuando ese algo despertara del todo… ni el poder, ni las riquezas, ni la libertad servirían de nada.

Porque el verdadero premio nunca fue volver a casa.

Era que la casa nunca te hubiera dejado ir.

Mientras la verdad pasaba como viento entre los Renacidos —un susurro que nadie quería oír—, The One observaba desde las gradas opuestas.

Sus ojos, ocultos tras la máscara kitsune, se clavaron en John.

El soldado durmiente había despertado.

El puño había rugido.

Y algo dentro de The One —algo que ya no era Izamu— se agitó.

Un impacto de satisfacción.

De emoción.

De euforia pura.

Como si viera a un viejo amigo volver a romperse los huesos por una causa que ya había perdido.

Pero tomó el control al instante.

La máscara contuvo la sonrisa.

La katana descansó en su vaina.

Su enfoque cambió.

No era momento de jugar con juguetes rotos.

Era momento de reclutar.

Clavó la mirada en la otra punta del coliseo.

Un guerrero romano —armadura oxidada, gladius corto— contra un guerrero azteca —macuahuitl de obsidiana brillando, plumas manchadas de sangre vieja.

Su enfrentamiento era tenaz.

Estoico.

El romano avanzaba como muro, bloqueando golpes que habrían partido árboles.

El azteca danzaba alrededor, cortando carne con precisión ritual.

Sangre romana salpicaba la arena.

Sangre azteca teñía las plumas.

Ninguno gritaba.

Ninguno retrocedía.

Solo acero contra obsidiana.

Honor contra honor.

The One sonrió bajo la máscara.

Dos candidatos perfectos para las filas de Lady Death.

—Peleas bien!

—comentó el azteca, sangre en los labios—.

¡¡¡Pero no bastará para doblegarme!!!

El romano esquivó el corte con un giro preciso y le propinó una patada seca en las costillas.

—Un buen guerrero nunca debe atacar con todas sus fuerzas —respondió con voz calma, como quien recita una lección antigua.

El azteca escupió sangre, los ojos brillando de furia.

—Miserable… ese fue un ataque deshonorable.

Yo te mostraré cómo es un ataque de verdad.

Apretando los dientes hasta que le crujieron, el azteca se hizo un corte profundo en el pecho con su macuahuitl.

La sangre brotó y el arma absorbió cada gota como tierra seca.

De pronto, el macuahuitl brilló como una antorcha viva, llamas verdes y negras danzando en los bordes de obsidiana.

Su Nge-llün estalló: resistencia, potencia, furia ancestral concentradas en un solo gesto.

—Haber si esquivas esto… ¡¡¡Quetzal Cult!!!

—gritó a todo pulmón, la voz resonando como un tambor de guerra.

El romano abrió los ojos como platos.

Una línea blanca, cegadora, se lanzó desde el macuahuitl como un hacha en picada, cortando la arena en dos, levantando una nube de polvo rojo y segando a participantes desprevenidos en su camino: cuerpos partidos, gritos ahogados, sangre salpicando como lluvia.

El suelo se abrió en una grieta humeante.

Y la línea siguió directa hacia el pecho del romano.

El estruendo fue brutal, como si una gran piedra hubiera caído del cielo y partido la tierra en dos.

El azteca soltó una sonrisa de victoria, los dientes manchados de sangre, los ojos brillando con fuego pagano.

—Ja ja ja… haber si tu Dios tiene misericordia —escupió, voz ronca por el esfuerzo.

Desde lo lejos, entre el polvo rojo que aún flotaba como niebla de guerra, una figura se alzó.

El romano.

Heridas abiertas.

Armadura rota.

Pero de pie.

Los ojos llenos de una ira que no era humana.

Era divina.

—¿Quién te crees tú —gruñó, voz temblando de furia sagrada— que puedes manchar la gloria de Dios?

Dio un paso al frente.

La arena crujió bajo sus sandalias.

—¡Yo, Aurelius Maximus, te daré el castigo por tus blasfemias!

El azteca apretó el macuahuitl.

Un murmullo bajo escapó de sus labios: —Su poder es inmenso… Gran Dios Quetzalcóatl, bríndame tu fuerza.

Y ambos combatientes desplegaron sus mejores técnicas: Nge-llün chocando como paganos y cristianos, sangre salpicando la arena como ofrenda a dioses que ya no escuchaban.

Desde las gradas, The One observaba en silencio, los ojos fijos, la máscara inmóvil.

Interesado.

Desde el otro lado del torneo, un enfrentamiento inusual tocaba la puerta.

John, ya de pie, el brazo chisporroteando relámpagos azules, miró a Nakano con ojos que ya no pedían permiso.

—¿Con que tú también quieres probar mi puño?

—gruñó, voz baja y peligrosa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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