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MEGADEATH TOURNAMENT: Novela oficial. - Capítulo 15

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  3. Capítulo 15 - 15 Capítulo 15 — El regreso de John
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15: Capítulo 15 — El regreso de John.

15: Capítulo 15 — El regreso de John.

Ante el levantamiento del soldado, el torneo dio un giro de noventa grados.

Ya que el aire, daba un anhelo de derrotar indiscutidas, no obstante algo nuevo se cargaría en arena: Una esperanza podrida.

Y Miedo disfrazado de rabia.

La próxima pelea no sería una revancha.

Sería un espejo roto.

John volvería a luchar, esta vez contra otra leyenda japonesa: Nakano Takeko, la “Onna-musha” que había llegado a Inan Ngüne para demostrar su valía en combate pero hay algo que la caracteriza.

Ella es distinta ante The One… No era Izamu, no llevaba una máscara kitsune y no estaba poseída.

Solo llevaba una katana antigua, una mirada que cortaba más que el acero, y un honor que pesaba como una tumba olvidada.

Su presencia invadiría todo el estadio como un bufé de sashimi.

Porque todos sabían, sin que nadie lo dijera, que esta pelea no era por poder o venganza.

Era por orgullo y sangre.

—“¿De todos los demás participantes… me elegiste a mí como presa?” —exclamó Nakano con voz dictadora, la katana aún vibrando en su mano, los ojos brillando con algo entre desafío y curiosidad.

John soltó una risa seca, casi tosió sangre.

—¿Ya ándale… eres una fan o seguidora de The One?

Nakano ladeó la cabeza.

Una sonrisa burlona se dibujó bajo la máscara rota.

—Ja.

No me compares con él —respondió, voz fría como acero templado—.

Además… yo soy más fuerte que ese miserable impostor.

John parpadeó.

La palabra le golpeó más fuerte que cualquier corte.

¿Impostor?

¿Qué coño me acaba de decir?

—pensó, la duda clavándosele en la sien como un clavo oxidado.

—Okey —dijo en voz alta, enderezándose despacio, el brazo prostético chisporroteando relámpagos azules—.

Dejémoslo así.

Si te venzo usando solo mi brazo derecho… me explicas por qué a The One lo consideras un impostor.

Nakano soltó una risa corta, casi un bufido.

—¿Qué?

¿Y por qué te lo explicaría?

Contemplé tu pelea.

En ti solo hay sed de venganza e ira contra él —refunfuñó, la voz cargada de desprecio—.

Mejor responde tú mi pregunta: ¿por qué te interesa tanto ese sujeto?

¿Acaso… te atrae?

—Uy… ahí sí que te agarró —bromeó Korn desde atrás, voz ronca y una sonrisa que no llegaba a los ojos.

Hayley, recargando el revolver con calma, ladeó la cabeza.

—¿Sí?

Igual me he preguntado yo… ¿qué obsesión tienes con ese sujeto?

—dijo con tono juguetón, pero los ojos brillando con curiosidad afilada.

John sintió que la cara le ardía.

Apretó los puños hasta que el brazo prostético chisporroteó.

—¡¡¡Ya cierren la boca!!!

—gritó, voz quebrada, como una niña avergonzada a la que pillaron en una mentira—.

¡No es lo que están pensando!

Giró hacia Nakano, los ojos inyectados de rabia y vergüenza mezcladas.

—Ahora sí que me enfadaste.

Voy a sacarte esas palabras de la lengua… a la fuerza.

Nakano soltó una risa corta, indiferente, como quien espanta una mosca.

—¿Eso es una amenaza?

Ja… un tanuki borracho da más miedo —objetó, la guerrera con su katana descansando en su hombro como si pesara nada.

Alzó la voz, un grito de pelea que retumbó en el estadio como un tambor de guerra.

—¡¡¡No perdamos más tiempo!

¡Vine a luchar… no a entablar relaciones!

Tal destreza se desprendía de su mirada.

Nakano cargó directo hacia él, un giro rápido que levantó una nube de polvo rojo bajo sus pies.

John quedó cegado por un instante, la guardia expuesta como un idiota.

Pero reaccionó.

Usó ambos brazos como escudo puro, el prostético chisporroteando relámpagos azules al repeler el corte.

La katana vibró contra el metal.

No cedió.

Nakano sonrió.

Una sonrisa provocadora, como si acabara de descubrir un Daruma Otoshi irrompible.

John respondió con puños al aire, ráfagas brutales que partían el sonido.

Ella escapaba con suma facilidad, danzando entre los golpes como un Yokai.

Hasta que vio la brecha perfecta para atacar.

Y teniendo la Katana lista dio un corte limpio y superficial.

La hoja mordió el hombro izquierdo de John.

Dejando la carne abierta y la sangre caliente salpicando la arena.

Una herida letal.

El impacto emocional los dejó a ambos asombrados por un segundo.

John miró la herida.

Nakano miró la sangre en su katana pero ella no contó fue que estaba la zona de ataque.

John, sin perder la chispa, conectó un Uppercut ascendente.

Un golpe poderoso que conecto la débil carne.

El puñetazo metálico impactó bajo la barbilla.

Nakano salió elevada varios centímetros de la arena, el cuerpo girando en el aire.

Aterrizó con un gruñido, su sangre brotaba abundante de la nariz, goteando sobre la máscara rota.

Ambos se miraron.

Y se sonrieron como locos.

—“¿Eso es todo lo que tiene el gaijin?” —“¿Eso es todo lo que tiene la samurái?” Se auto conversaron al mismo tiempo, con voces bajas y un rabia disfrazada de diversión.

Retrocedieron al dar un paso.

Y en ese momento activaron sus Nge-llün.

La pelea subía al siguiente nivel.

Desde atrás, el grupo quiso intervenir: Korn dio un paso, Mia apretó los puños, Hayley recargo y apuntó.

Pero John levantó la mano prostética.

Señal clara: ALTO.

No deseaba que nadie le arruinara su segundo debut.

Mia, entrecerrando los ojos, notó algo anormal: el ojo izquierdo de John donde se manifestaba la energía no brillaba como los de los usuarios normales.

Era distinto.

Demasiado oscuro.

Demasiado profundo.

Como si la forma de su pupila cambiara.

Y su sospecha se clavó en el brazo prostético, ¿Sería esa la fuente de su poder?

¿O algo más oscuro pronto lo poseería?

Las dudas de Mia cesaron al instante.

Desde el otro lado de la arena, el estruendo de la pelea Aurelius vs Itzatl se acercaba como un tren sin frenos.

El terror la invadió, cuando el suelo temblaba violentamente hasta elevar.

La arena roja como si de un oleaje se tratase.

Contempló lo inevitable: dos titanes chocando directo hacia ellos.

—¡Apartaos!

—gritó con voz que cortaba el aire—.

¡Dejad que estos cuarteto colisionen como autos chocones!

Korn abrió la boca para avisar a John, pero un acontecimiento lo cambió todo.

En medio del combate, el ojo izquierdo de John cambió.

La pupila se contrajo, se volvió negra, inhumana, como si algo dentro acabara de abrir los ojos por primera vez.

Korn tragó saliva.

No tuvo otra.

Dejó que la colisión pasara.

Y como un choque de huracanes, todo el polvo y la arena se levantaron de golpe, una pared roja que llegó hasta las gradas.

Morticia (Lady Death) fue cegada por el estruendo, pero antes de que pudiera reaccionar, The One la cubrió con su cuerpo, como si el mundo entero pudiera esperar un segundo.

En ese instante, el cuarteto quedó frente a frente, cuatro figuras en un mini battle royal donde no había reglas ni piedad.

John vs Nakano vs Aurelius vs Itzatl.

Los cuatro se miraron un segundo.

Y la arena pareció contener la respiración.

Morticia, desde las gradas, no podía creerlo.

Soltó una sonrisa de emoción y cinismo puro, una felicidad perturbadora que le hacía temblar el cuerpo.

—Jijiji… quiero saber quién de los cuatro dará el primer golpe —susurró, como una niña esperando el regalo más cruel.

Pero no tuvo que esperar.

Itzatl se lanzó primero, con macuahuitl alzado como un dios vengativo.

Su nuevo objetivo fue John.

La obsidiana rasgó un trozo de su ropa inferior, cortando carne y tela en un tajo limpio.

Nakano, ofendida, vio cómo le quitaban su presa.

Se movió como un relámpago y, con una patada brutal, mandó al azteca volando unos centímetros del soldado.

Pero en la arena no hay aliados.

John aprovechó el hueco.

Un golpe seco en las costillas de Nakano.

Ella sintió el dolor quemarle el costado, un fuego que le robó el aire.

Aurelius, que había contemplado el “cobarde” ataque, se lanzó con velocidad.

Apretó el puño derecho con indignación y acertó de lleno en el rostro de John, mandándolo casi al lado de Itzatl.

Pero no paró ahí.

No.

No.

No.

Los cuatro empezaron a combatir de manera salvaje y épica.

Katana contra macuahuitl.

Puño contra espada gladiadora.

Sangre salpicando.

Gritos ahogados.

Sin embargo, el único en clara desventaja era John.

Sin arma.

Solo contaba con su prótesis para bloquear y atacar, y cada choque le recordaba que el metal no era suficiente.

—“Carajo… es una puta broma este trío —reclamó en su cabeza, mirando con impaciencia a sus contrincantes—.

Me tienen en desventaja con sus juguetitos.” Y lo que no sabía en ese momento era que la desesperación, el miedo, la frustración y la impotencia se estaban convirtiendo en combustible.

El regalo del Páramo fallido empezaba a despertar.

El brazo prostético comenzó a temblar al ritmo de su corazón, cada latido más fuerte, más rápido, como si una dinamita interna estuviera contando los segundos para explotar.

Cegado por la ira, John no percibió el ataque sorpresa.

Itzatl y Nakano atacaron al mismo tiempo: macuahuitl y katana chocando contra el brazo en un ángulo perfecto.

El impacto fue salvaje.

El brazo lo lanzó hacia atrás como un muñeco roto, cruzando la arena hasta estrellarse contra un montón de escombros elevados.

El choque fue tan brusco que le hizo expulsar sangre por primera vez.

Un chorro rojo que salpicó la arena y su propia cara.

John se levantó de rodillas, jadeando, sangre en los labios, el brazo chisporroteando con relámpagos azules que parecían furiosos.

Dirigió su vista al trío.

Y sonrió.

Una sonrisa rota, llena de rabia y algo más oscuro.

—Holy shit… ¿ustedes creen que me matarán así de fácil?

—expresó con regaño, voz ronca—“Apenas estoy comenzando” —masculló John, dejándose poseer por la ira que le hervía en las venas.

De pronto, Nakano, Itzatl y Aurelius frenaron al instante.

Sus combates se detuvieron como si alguien hubiera cortado el aire.

No fue cansancio.

No fue estrategia.

Fue peligro.

Los tres, en un acto tan cuestionable como instintivo, se cubrieron las espaldas juntos.

Guardias altas.

Respiraciones entrecortadas.

Miradas que se cruzaban con desconfianza y miedo compartido.

Aurelius fue el primero en percibir la amenaza.

Sus ojos se abrieron de golpe.

Lanzó un ataque desesperado, pero fue expulsado violentamente del suelo, como si una fuerza invisible lo hubiera aplastado contra la arena.

Nakano e Itzatl abrieron los ojos como platos.

El romano voló por el aire y aterrizó con un crujido seco.

Y entonces lo vieron.

John a regresado.

Pero no era el mismo.

El rostro de John sonreía de una manera aterradora: una sonrisa que no llegaba a los ojos, una sonrisa que parecía pertenecer a algo que ya no era humano.

Lo que más los distinguió, lo que les heló la sangre, fue su ojo izquierdo.

No era una pupila normal.

Era monstruosa.

Opresora.

Negra como un abismo que latía, rodeada de venas azules que pulsaban relámpagos descontrolados.

El estadio se quedó en silencio absoluto.

Hasta la arena roja pareció contener el aliento.

Y John, con esa sonrisa que helaba, dio un paso al frente hacia sus presas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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