MEGADEATH TOURNAMENT: Novela oficial. - Capítulo 16
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16: Capítulo 16 — La danza de las máscaras rotas.
16: Capítulo 16 — La danza de las máscaras rotas.
Tras lo ocurrido, el inesperado trío —Nakano, Itzatl y Aurelius— cesó sus combates en seco.
No fue por cansancio.
No fue por estrategia.
Fue un augurio de alarma y peligro que les recorrió la espina dorsal como un cuchillo frío.
En un acto impredecible, casi instintivo, se cubrieron las espaldas con ferocidad.
Tres guerreros que segundos antes se mataban entre sí, ahora formaban un círculo cerrado, guardias altas, respiraciones entrecortadas, miradas que se cruzaban con desconfianza y miedo compartido.
El miedo se mezclaba con emociones nuevas —duda, incredulidad, algo que se parecía demasiado al respeto forzado— y les dificultaba mantenerse alerta.
Pero no fue suficiente para detener lo que venía.
John atacó.
Un golpe salvaje, inesperado, directo al estómago de Aurelius.
El puño prostético impactó como un martillo divino.
El romano salió despedido hacia atrás, cruzando la arena en un vuelo brutal hasta estrellarse contra la muralla del estadio.
El crujido de piedra y hueso resonó como un trueno seco.
Itzatl abrió los ojos como platos.
—¿Qué fue eso?
Nakano giró la cabeza al instante.
—¡Hey, atento!
—ordenó al azteca, voz cortante como su katana.
Pero su expresión se borró al instante.
Porque vio con horror y sorpresa a John mirándola sin expresiones.
Frente a ella, un miedo desconocido la hizo bajar la guardia: era como estar frente a algo que no tenía alma, un vacío con forma humana que respiraba su propia muerte.
Lo que también la tenía en alerta era que John sostenía del cuello a Itzatl.
El guerrero azteca forcejeaba con furia desesperada: golpeaba, pataleaba, lanzaba tajos con su macuahuitl, pero ninguno de esos ataques hacía mella.
El brazo prostético de John parecía absorberlos, como si el dolor ajeno solo lo alimentara.
John elevó la mirada lentamente.
Una mirada de psicópata sin mérito, sin rabia, sin placer, solo vacío absoluto.
Y en un movimiento violento, estrelló el cuerpo de Itzatl contra el suelo.
El impacto resonó todos los huesos contra el duro y cortante piso noqueando al azteca al instante.
Pero John no paró.
Y con otro brazo, cerro el puño descendiendo una y otra vez, golpes secos, como si estuviera aplastando una mosca que se niega a morir.
Mucha sangre salpicó y los huesos crujieron como hojas secas.
Itzatl quedó casi muerto, un montón de carne jadeante en la arena roja.
Justo antes de que el golpe final cayera, Nakano atacó desde la espalda.
La katana trazó un corte superficial en el hombro del soldado, un tajo limpio que abrió carne y choreando sangre.
John se detuvo.
No por dolor.
Solo por curiosidad.
Giró la cabeza hacia ella, lentamente, con esa misma sonrisa que no pertenecía a un hombre.
—“Este hombre… se comporta de una manera extraña —divagó Nakano en su mente, los ojos entrecerrados mientras estudiaba cada movimiento de John—.
¿Será que se estuvo conteniendo todo este tiempo?” Bajó la katana un milímetro.
No por rendición.
Por cálculo.
—Bien… continuaremos con nuestra pelea —dijo en voz alta, voz fría y cortante.
John soltó una risa baja.
Primero un “jeje…”.
Luego más fuerte.
Jejjeje.
Nakano frunció el ceño.
Una mueca de mal gusto se dibujó en su rostro.
—¿Qué es lo que te da tanta risa, enfermo?
—preguntó, tono fuerte y enfurecido.
John ladeó la cabeza.
En un movimiento nada normal.
—Te lo diría sin problemas… —manifestó con voz baja, casi un susurro—.
Pero creo que tendrás que esperar.
Y entonces señaló con calma su muslo.
Una herida apareció de la nada.
Limpia.
Profunda.
Sangre brotando lenta, como si el corte hubiera estado esperando el momento justo para revelarse.
Nakano abrió los ojos de golpe.
—¿Tú… en qué momento me atacaste?
John no respondió.
Solo sonrió más ancho.
Hasta que sus dientes quedaron al descubierto, manchados de rojo fresco.
Nakano lo notó al instante.
La sangre que escurría de su propia boca… no era de un golpe reciente.
Era de un corte que no había sentido.
Un corte que John había dejado con la boca.
—Parece justo si yo utilizo mi boca como arma —afirmó con un humor bizarro, voz baja y ronca, casi divertida—.
Tú y ese par de imbéciles usando cuchillitos… Bah, me parece lo más injusto del mundo.
Nakano apretó la katana hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
La ira le subió por la garganta como bilis.
—¡Eres un maldito cobarde!
—gritó, el eco rebotando en la arena como un desafío roto.
Pero su grito se apagó rápido.
Porque vio la pistola en la funda de John.
Intacta.
Sin usar.
—¡Hey!
¿Por qué no utilizaste tu pistola contra mí y los demás?
—preguntó con tono potente, mezcla de indignación y confusión.
John miró el arma como si la viera por primera vez.
Una sonrisa torcida se dibujó en su cara.
—¿Oh, este juguete?
—dijo, casi con cariño, acariciando la culata con el dedo—.
Lo olvidé por completo… pero usarlo ahora le quitaría lo divertido a este torneo.
La última palabra salió de su boca y ya no era humana.
Fue un gruñido bajo, gutural, como si algo dentro de su garganta hubiera aprendido a hablar y no le gustara el sonido de las palabras.
Nakano retrocedió medio paso.
Por primera vez en mucho tiempo, su cuerpo le envió una señal clara de peligro.
No era solo instinto de combate.
Era algo más profundo, como si el aire mismo le estuviera susurrando que corriera.
Aquel sujeto no venía con intenciones positivas.
La miraba fijamente, sin parpadear, con una calma que helaba la sangre.
Nakano amplió su percepción.
Desde su Nge-llün invocó a Megitsune: una máscara de zorro blanco con cuencos negros que flotó hasta posarse en su hombro.
El espíritu tenía mente propia: analizaba ataques, descubría debilidades y leía el estado de cualquier usuario del Nge-llün como si fuera un libro abierto.
—Meg… ¿puedes ver el estado de su aura?
—preguntó Nakano en voz baja, sin quitarle la vista de encima—.
Necesito saber cómo matarlo.
La máscara no respondió de inmediato.
Los cuencos negros se dilataron, como ojos que se abren en la oscuridad.
Y entonces habló.
Con un tono que Nakano nunca había oído en ella: terror puro, casi suplicante.
—¡Nakano!
Huye de inmediato de este sujeto.
La guerrera se quedó helada.
—Lo que veo en su interior no es un aura natural —continuó Megitsune, voz temblorosa—.
Es un Nge-llün abismal y oscuro.
Algo que no debería existir en un humano vivo.
Te sugiero… busca otra víctima.
Ignóralo por este momento.
Nakano apretó la empuñadura de la katana hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—¿Qué?
—explotó, tono cargado de desacuerdo y rabia—.
¿Dices que él tiene más poder que yo?
La máscara flotó un poco más cerca de su oreja, como si quisiera protegerla con su cuerpo.
—No es poder, Nakano.
Es vacío.
Y el vacío no se vence con espadas.
Pero Nakano ya no escuchaba.
Sus ojos brillaron con una mezcla de orgullo y furia.
—Entonces… voy a demostrarle al vacío que también puede sangrar.
Y dando el primer paso al frente, Nakano estiró la mano hacia la máscara flotante.
Lentamente, con una reverencia que parecía más ritual que gesto, se la colocó en el rostro.
Un pequeño estallido de energía estalló en el instante en que la máscara tocó su piel.
No fue luz.
Fue un rugido sordo que recorrió la arena como una onda de choque invisible.
El grito de dolor que escapó de su garganta —agudo, crudo, casi animal— hizo vibrar las gradas enteras, como si el estadio mismo sintiera la unión.
The One, desde su posición elevada, escuchó el grito.
Desplazó la mirada con lentitud deliberada.
Y la vio.
Nakano, ahora con Megitsune adherida al rostro.
Los cuencos negros de la máscara brillaban con un fulgor frío, como ojos que acababan de despertar.
El zorro blanco se fundía con su piel, las venas de energía roja y blanca recorriendo su cuello y brazos como raíces vivas.
The One entrecerró los ojos bajo su propia máscara kitsune.
Una sonrisa lenta, casi nostálgica, se dibujó en sus labios.
—Sabía que llegarías hasta aquí, mocosa —susurró con tono grave, profundo, como si hablara con alguien que ya conocía de otra vida—.
A ver si mi hermano te da esa satisfacción que tanto anhelas.
La palabra “hermano” quedó colgando en el aire, pesada, cargada de historia que nadie más entendía.
Y Nakano, con la máscara ya parte de su rostro, giró la cabeza hacia John.
Sus ojos, ahora enmarcados por el zorro blanco, brillaban con una mezcla de dolor y determinación.
—¿Qué estás esperando, mujer?
—dijo John, extendiendo ambos brazos en cruz, la sonrisa descarada cortándole la cara como una navaja—.
Aquí está la presa que tanto deseas.
Nakano lo miró fijamente.
Los ojos entrecerrados, la katana temblando ligeramente en su mano.
—Tú… eres igual de enfermo que The One —habló con tono bajo y firme, cada palabra afilada como el filo que sostenía—.
Comprobemos si eres lo bastante resistente contra mi espada.
Apuntó directo al pecho de John.
Y en un parpadeo, la arena se levantó violentamente del suelo.
Una tormenta de polvo rojo que cegó el estadio.
Sonidos de choques inexplicables resonaron como truenos sin cielo: acero contra metal, carne contra carne, golpes que no se veían pero se sentían en los huesos.
Los participantes restantes oyeron el caos sin entenderlo.
Instinto puro.
Todos buscaron refugio a la vez: detrás de escombros, contra las murallas, como ratas huyendo de un incendio.
Pero ciertas personas lo sabían.
Hayley y Korn elevaron la mirada al mismo tiempo.
Lo que vieron los dejó asombrados, con la boca abierta y el corazón latiendo desbocado.
Su amigo —el soldado durmiente, el rubio roto— estaba danzando.
De una manera indescriptible.
Salvaje.
Inhumana.
Relámpagos azules chocando contra katana.
Puños contra acero.
Sangre volando en arcos rojos.
Cada movimiento era una danza de muerte, donde el orgullo y la rabia se fundían en algo que ya no era humano.
—¡Hey, viste lo mismo!
—exclamó Hayley, voz temblando de incredulidad.
Korn solo pudo asentir, los ojos fijos en la escena.
—Sí… nuestro amigo está danzando junto a esa mujer de una forma muy pero muy… WHAT THE FUCK…
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