MEGADEATH TOURNAMENT: Novela oficial. - Capítulo 17
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17: Capítulo 17 — Tolerancia cero.
17: Capítulo 17 — Tolerancia cero.
Cuando el atardecer cayó sobre la gran estructura, los gritos que salían de dentro se apagaron poco a poco, como velas que alguien soplaba una por una.
El tiempo parecía detenerse para anunciar a los nuevos reclutas.
Lady Death y su mano derecha The One —antes conocido como Izamu— contemplaban desde las gradas la carnicería: cuerpos rotos, sangre seca, armas abandonadas.
Aún quedaban participantes vivos.
Aún quedaba juego.
Pero lo que no sabían es que algo se acercaba desde la lejanía.
Un grupo de vehículos blindados avanzaba entre el polvo rojo, silenciosos, casi invisibles bajo la luz agonizante.
Desde el aire, un zumbido grave comenzó a cortar el cielo, cada vez más cerca, cada vez más pesado, como el latido de un corazón mecánico.
Una sombra enorme se proyectó sobre los vehículos, oscura, alargada, como si el propio cielo quisiera tragárselos.
En el panel de control de la nave principal —un helicóptero negro sin insignias visibles—, una pequeña luz roja palpitaba con ritmo constante.
Marcaba el lugar exacto del encuentro.
Desde los escombros elevados —restos de peleas que ya olían a muerte vieja—, Korn, Hayley y la Capitana Mia observaban en silencio.
El trío se había posicionado en un punto estratégico: alto, con visión clara, lejos de las gradas de Lady Death y The One.
Su intención era simple y mortal: ganar tiempo, salir sin ser vistos y llegar hasta ella… hasta Morticia.
Pero su plan ya estaba siendo frenado.
Abajo, el combate de su compañero seguía rugiendo de una manera indescriptible.
Relámpagos azules chocando contra katana.
Gritos ahogados.
Sangre que volaba en arcos rojos.
Hayley se quitó la arena del sombrero con un manotazo furioso.
—Maldición… ese cabrón del rubio no se puede detener un segundo —masculló, voz cargada de frustración y algo que parecía preocupación.
Miró a Korn.
—¿Bien, cuál es el nuevo plan, grandote?
Korn apretó los puños.
El Crimson Carapace aún humeaba en sus brazos.
Sus ojos no se apartaban del caos abajo.
—Primero: sobrevivir a lo que sea que le está pasando a John.
Segundo: no dejar que Morticia escape otra vez.
Mia, pistola en mano, entrecerró los ojos hacia las gradas lejanas.
—Y tercero… —susurró— llegar hasta ella antes de que nos vea venir.
—¿Olvidaste a su perro guardián, no?
—dijo Hayley con sarcasmo puro, quitándose la arena del sombrero con un manotazo.
Mia se tocó la frente, como si la verdad le doliera físicamente.
—Demonios… es cierto.
Con The One al frente, llegar a ella va a ser un suicidio.
Hizo una pausa.
Sus ojos brillaron con esa mezcla de locura y cálculo que la caracterizaba.
—Espera… tengo una idea.
Muy arriesgada.
Hayley alzó una ceja.
—¿Oh, en serio?
¿Cuál es?
Mia miró hacia el centro de la arena, donde los relámpagos azules seguían golpeando la katana .
—Hacer que uno de nosotros lo traiga hacia la pelea del rubio.
El silencio cayó como plomo.
Korn y Hayley se quedaron sin palabras.
La propuesta era tan estúpida que rayaba en lo genial.
Traer a The One al caos de John inestable… era suicidio asegurado.
Pero en un momento así, todo valía la pena.
Korn alzó la mirada hacia John.
Sabiendo que no había otra alternativa, se levantó del suelo con un gruñido bajo.
—Iré yo —ordenó con voz serena y desafiante—.
Ustedes esperen mi señal para actuar.
Mia lo tomó del brazo con fuerza.
—¡No!
—exclamó—.
Deja que vaya yo.
No pienso arriesgarme a que te culpen otra vez.
Una tensión breve y afilada cruzó entre ellos.
Sus miradas chocaron como espadas.
Por un segundo, el mundo se redujo a ese silencio cargado.
Pero un aplauso potente los trajo de vuelta a la realidad.
—¡Hey, hey!
¿Qué pasa con ustedes?
—gritó Hayley—.
¡No es tiempo para momentos así!
Se puso de pie de un salto, quitándose la arena de la ropa con rabia.
—¡Se acabó!
—dijo, invocando su Nge-llün con un chasquido seco—.
¡Iré yo de una puta vez!
Black Pentagram se materializó alrededor de ella, sombras y pentagramas negros girando como un vórtice furioso.
—Haré que ese tipo me siga hasta darles la oportunidad —gruñó con frustración—.
Así que no la desperdicien.
Dio un gran salto.
Cayó al costado izquierdo del grupo, el polvo levantándose a su alrededor como humo de pólvora.
Ambos levantarían su mirada con suma paciencia ante su invitada.
Hayley se incorporaría lentamente con una gesto que manifiesta su actitud ante los dos verdugos del torneo.
—Vaya, vaya… ¿ya te vas tan pronto, reina de los muertos?
—dijo Hayley con sarcasmo puro, voz temblando un poco bajo la máscara de confianza—.
¿O tienes miedo de que el rubio te rompa el juguete?
—apuntó a The One con la cabeza.
Morticia soltó una risa melosa, casi un ronroneo, sin moverse un centímetro.
The One, a su lado, solo desenfundó la katana un poco, el acero susurrando muerte.
—Qué valiente, francotiradora —respondió Morticia, ojos brillando con placer sádico—.
Pero tú no eres valiente.
Eres desesperada.
¿Quieres unirte a mis filas?
O prefieres que mi campeón te rompa primero.
Hayley apretó el gatillo.
Una bala rosada silbó hacia Morticia.
The One se movió como sombra.
La katana bloqueó la bala con un chasquido seco, chispas rosadas saltando.
—“¿Te atreves a atacar a mi señora?” —exclamó The One con voz fría y amenazante, un tono que hizo temblar el cuerpo de Hayley como si el frío hubiera entrado en sus huesos.
Pero ya no había marcha atrás.
Hayley apretó el gatillo otra vez.
Múltiples balas cubiertas de su Nge-llün salieron disparadas hacia Morticia, rosadas y letales, silbando como serpientes furiosas.
The One se movió como sombra.
La katana destruyó la mayoría en un chasquido seco, chispas saltando como fuegos artificiales.
Pero tres balas lograron pasar.
Impactaron directo en su cuerpo.
El dolor lo detuvo en seco.
Observó las heridas con meticulosidad fría.
Y entendió: él era el objetivo real.
La ira estalló.
Sin autoridad, sin permiso, manifestó su Nge-llün.
Un aura roja como fuego latente envolvió su cuerpo, quemando el aire a su alrededor.
Hayley sonrió por dentro.
Lo tenía justo donde quería: persiguiéndola.
Pero una interrupción la hizo girar.
Morticia levantó la mano izquierda.
Señal clara: alto.
The One contuvo la ira.
Se detuvo.
Cayó de rodillas ante ella, aura roja apagándose lentamente, como un fuego al que le quitan el oxígeno.
Hayley abrió los ojos de sorpresa y preocupación.
Morticia la miró directo.
Sonriendo.
Y en ese instante, Hayley temió que la hayan descubierto.
—Antes de que suelte mi mano… ¿por qué me atacas?
—dijo Morticia con voz calmada, mirándola directo a los ojos—.
¿Será que te mandaron a asesinarme?
Es mejor que hables… o en cinco segundos la bajo y mueres.
Hayley sintió el frío recorrerle la espina.
Pero ya no había marcha atrás.
—Uff, menos mal que no se dio cuenta —se dijo a sí misma, tragando saliva—.
Vengo a conocer a la famosa Lady Death de la que tanto hablan… y también a su invencible perro guardián.
The One dio un paso al frente.
La katana susurró al salir medio centímetro de la vaina.
—¡Osas llamarme perro!
—gruñó, voz temblando de ira contenida.
Morticia levantó la otra mano.
—The One… sentado —ordenó, tono suave pero afilado como vidrio.
Él obedeció al instante.
Cayó de rodillas, aura roja apagándose lentamente.
Hayley soltó una risa corta, nerviosa pero desafiante.
—Puff, jaja… no me lo creo.
El tipo que casi fue vencido por el otro sujeto… lo tienen dominado como a una perra.
Esas palabras fueron la chispa.
The One liberó su poder sin permiso.
Un aura roja como fuego latente envolvió su cuerpo, quemando el aire a su alrededor.
Morticia, sin embargo, no se inmutó.
Su sonrisa se ensanchó.
Y eso hizo que Hayley se retractara de su sospecha: no venía a cazarla.
Venía a provocarla.
Morticia empezó a bajar uno por uno los dedos de su mano izquierda, en señal clara de ataque inminente.
Hayley sintió la euforia recorrerle las venas.
Sus piernas temblaron de peligro real.
La tensión que rodeaba las gradas llegó hasta Korn y Mia.
Ellos lo sintieron en los huesos: el plan estaba a punto de fracasar.
De pronto, un estruendo los hizo voltear.
Era la pelea de John.
El combate había llegado a un punto crítico.
Sin importar que estuviera fuera de lugar, John recibía ataques sin que el dolor pareciera tocarlo.
Cortes, puñetazos, tajos – todo parecía rebotar en él.
Hasta que Nakano encontró la brecha.
La katana perforó el lado izquierdo del abdomen.
Carne abierta.
Sangre brotando caliente.
Korn no podía creer lo que veía.
John apuñalado.
Cortado.
Y aun así… seguía peleando.
Como si algo en su conciencia ya no fuera totalmente suya.
—¡Qué carajos!
—gritó Mia, ojos abiertos de horror—.
¡Oye, Korn, hay que ayudarlo!
Korn apretó los puños.
El corazón le latía con fuerza.
—No —dijo con voz fuerte, firme—.
Nuestra misión es atrapar a toda costa a Lady Death.
Hayley está haciendo lo posible para darnos una oportunidad.
Señaló el caos abajo.
—He visto a John combatir salvajemente.
Sé que ese puñal no lo hará parar.
Mia lo miró fijamente.
—Sí, pero has visto cómo está tu amigo —dijo, apuntando a la gravedad de las heridas—.
Además… te tengo que decir algo.
Vernant viene en camino.
Korn se quedó helado.
—¿Qué cosa dijiste?
¡¿El comandante Vernant viene hacia aquí?!
—voceó, sorpresa y confusión mezcladas.
La noticia lo golpeó como un bate en la mente.
No entendía por qué Mia se lo había ocultado hasta el último momento.
Pero desde arriba, el cielo se llenó de explosiones y derrumbes.
La causante era Hayley.
Ella llevaba el plan adelante con éxito: The One la perseguía con katana en mano, dejando el camino libre para que el resto actuara.
Solo tenía que llevarlo abajo y notificar a sus compañeros.
Pero la velocidad de él le jugó en contra.
Incluso usando Black Pentagram como método de escape, no pudo superarlo.
Su ingenio fue más rápido: sujetó el revolver y disparó a diferentes partes.
The One bloqueó la mayoría, pero dos balas lograron herirlo en los brazos.
Hayley dio un salto al borde de la grada, hizo un gesto burlesco al supuesto guardia invencible: se meneó el trasero y lo golpeó de manera rebelde.
—¡Vamos, qué esperas, ven con Dubois!
—susurró con una leve sonrisa.
Ante sus ojos, él se aproximó con absurda velocidad.
Ella dio un salto hacia atrás, dejándose caer hacia la arena donde estaban sus colegas.
Korn y Mia la vieron salir disparada, The One persiguiéndola como sombra furiosa.
Antes de llegar a la posición de John, Hayley levantó el pulgar en señal de que está hecho.
—Lo logró —comentó Miia, voz baja pero firme.
—¡Es hora, vamos, Sakura!
—ordenó Korn al saltar junto a Miia—.
¡Terminemos con esto de una vez!
Mientras tanto, The One sujetó a Hayley del cuello.
Estaba listo para matarla.
Pero se dio cuenta de la intención de ella.
La ira explotó.
Molesto, la estranguló con fuerza explosiva.
—Muere, miserable insecto.
Hayley, con la voz casi cortándose, sonrió cínicamente.
—Muérete tú primero, imbécil.
Lo que no sabía era que recibiría una bienvenida por parte de John.
Un letal puño de acero impactó la máscara de The One.
El golpe soltó a Hayley en un instante.
Y antes de que pudiera recuperarse, Nakano atacó por sorpresa.
John miró a Hayley, sangre en los labios, sonriendo apenas.
—¿Hey, vaquera, te encuentras bien?
Ella se levantó tosiendo, pero con esa sonrisa rebelde que nunca perdía.
—Jeje… como siempre, el salvador de los inocentes —dijo sarcásticamente, mirando a John con una mezcla de alivio y burla.
John no contestó.
Solo la miró, sangre en los labios, el brazo prostético aún chisporroteando.
Y entonces, el ataque vino desde dos lados.
The One desde la derecha, katana descendiendo como un rayo negro, aura roja latiendo como fuego que quema el aire.
Nakano desde la izquierda, su hoja silbando como un viento furioso, Megitsune brillando en su rostro como un zorro que huele sangre.
Ambos atacaron al unísono, dos filos que cortaban el mundo en dos, directos al cuello de John.
El estadio contuvo el aliento.
John no se movió.
No retrocedió.
Solo extendió las manos.
El brazo prostético atrapó la katana de The One con un crujido metálico que resonó como trueno.
La mano izquierda —carne y rabia pura— sujetó la hoja de Nakano, el filo mordiendo palma, sangre brotando caliente pero sin soltar.
Los dos filos vibraron.
Chisporrotearon relámpagos azules que saltaron como venas vivas, recorriendo las katanas hacia sus dueños.
The One gruñó.
Nakano abrió los ojos de golpe.
John sonrió.
Una sonrisa que no era suya.
Ya que este combate tendrá su final.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES GoldenPunch “Si te dololio esperar este capitulo, imagina lo que duele escribirlo.
Pero no pararé.
Porque si yo paro, nunca le dare el final que merece esta historia.
Y eso sería peor que cualquier muerte en la arena.
Gracias por seguir leyendo conmigo, aunque no todos les agrada que escriba en español.
Nos vemos en el siguiente corte.
Golden_Punch17”
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