MEGADEATH TOURNAMENT: Novela oficial. - Capítulo 19
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19: Capítulo 19 — Cuentas pendientes.
19: Capítulo 19 — Cuentas pendientes.
El último rayo de luz se apagó como un grito cortado en el horizonte.
La noche cayó pesada sobre Inan Ngüne.
Los Nge-llün que iluminaban el estadio cesaron uno a uno, como velas apagadas por un viento frío.
Los gritos de los portadores se ahogaron en la oscuridad.
Muchos habían perecido.
Algunos sobrevivieron apenas.
Y ahora esperaban el resultado final.
Las hermanas Neferu y Azeneth se resguardaban en las sombras.
Aurelius, el gladiador romano, se recuperaba junto al guerrero azteca Itzatl.
Korn, Mia y Hayley, el trío que combatió contra muchos, sobrevivieron apenas al primer encuentro.
Nakano, la guerrera del Japón feudal, su corazón aún no cesó ante la espada de Izamu; su alma se salvó de milagro.
Y un participante misterioso que había sobrevivido de forma extraña.
Todos ellos, y muchos más, esperaban su santa disolución.
¿Lady Death les ofrecería una solución en este cruel mundo?
¿Recompensas?
¿Suministros?
¿La esperanza de volver a sus eras con vida?
Las respuestas no llegarían hoy.
No de su boca.
En cada esquina del Coliseo, sobre la blanca arena iluminada por la luna, dos sombras se cruzaron de nuevo.
Frente a frente.
Los sobrevivientes, ahora simples espectadores, vieron cómo un par de hombres que alguna vez se trataron como hermanos y familia se preparaban para el combate decisivo.
John Tyler Evans Nixon, el soldado de la Segunda Guerra Mundial.
Izamu No Gund-erken, el exrōnin que vivió hasta convertirse en shogun.
Nadie en su sano juicio se atrevería a interrumpirlos.
Morirían al instante.
De pronto, el primero en moverse fue Izamu.
Dio un paso al frente.
Blandiendo dos espadas —la suya y la robada de Nakano—, caminó con calma y serenidad hacia John.
John apretó los puños.
Chispas azules en forma de rayos se desprendieron del brazo prostético.
Pero notó las katanas.
Sabía que sus puños no le darían ventaja.
Desenfundó por segunda vez su pistola —la que no había usado desde el inicio del torneo.
—Hayley, necesito que me prestes tu arma —dijo con tono calmado y afirmativo.
—¿Mi arma?
Oh, sí, claro, úsala —respondió ella con rapidez, concediéndosela sin molestias—.
¿John, sabes que las balas son casi inútiles en su contra?
—Puede que sea cierto —dijo él, contando las balas en ambas pistolas—.
Pero una bala es más rápida que el filo de una espada.
Y te lo demostraré.
Hayley lo miró fijamente.
—John…
antes de que vayas a morir por su espada…
¿por qué deseas tanto eliminarlo?
John se reincorporó.
Giró hacia ella, ojos llenos de arrepentimiento.
—Ese sujeto alguna vez fue mi ídolo y un hermano que cometió un crimen muy atroz contra quienes lo amaban.
Hayley…
es mi deber parar su locura de sangre —confirmó—.
Si no salgo con vida, prométeme llevarle el dinero y cuidar a Sasha.
Ella lo entenderá.
Hayley entrecerró los ojos.
Miró su espalda llena de cicatrices, marcas de una vida pasada que aún sangraban.
Y sintió respeto profundo por el hombre que alguna vez quiso asesinar.
—Tienes mi palabra —dijo Hayley con voz fuerte y eufórica—.
Ve y cumple con tu deber, soldado.
Y cual estallido azul, John elevó su poder hasta convertirse en un faro andante.
La pistola de Hayley se posicionó en su mano, protegida por Nge-llün de una manera suave y protectora.
Contrarrestando la katana de Nakano, arrebatada a la fuerza y dominada.
—Ven, Izamu —manifestó John, dejando que el poder del páramo lo consumiera hasta un punto casi psicótico—.
Juguemos una vez más.
Te detendré aquí…
en nombre de Marcos, Nayla y el pueblo que me acogió.
Los vengaré.
The One corrió como un toro loco hacia él.
John, en un estado casi igual, respondió de la misma manera.
Sus pasos hicieron temblar el suelo.
Todos contemplaron el poder de estas bestias desatadas.
Y cuando estaban a centímetros, ambos desataron sus armas al mismo tiempo.
La colisión fue similar a la de barcos de guerra, aviones de caza, incluso la de un rey contra un dios.
Un abismal levantamiento de polvo, arena y luces azules.
Dejó a los presentes con miedo, asombro e incluso maravilla.
Pero esa no sería la única pelea que se estaba iniciando.
Desde las gradas, Korn junto a la capitana Mia tenían de frente a la mismísima reina del dolor.
Lady Death.
Sin embargo, un giro inesperado los dejó en una posición difícil: la capitana Miia Sakura había sido infectada por algo cuando realizó el primer ataque hacia Morticia.
Ahora estaba en un estado que casi no podía controlar.
Korn se dio cuenta.
Intentó darle palabras de consuelo.
Pero Mia lo golpeó en la cara con fuerza brutal.
Lo mandó contra la pared de las gradas.
El impacto resonó como hueso contra piedra.
Al reincorporarse, Korn vio los ojos de su compañera: rojo brillante, igual que los de The One…
igual que el psico terrorista de la autopista.
—Maldición…
—gruñó Korn, tocándose la mejilla sangrante—.
No puedo controlar esto…
no sin el apoyo de Mia.
Miró hacia Lady Death.
Y la teoría peligrosa se formó en su mente: “Cuando Mia la atacó de frente…
Lady Death la cortó e inyectó algo que infecta lentamente su cordura.
Si es así…
debo estar preparado”.
Mia temblaba.
Sus puños se abrían y cerraban solos.
Korn tragó saliva.
Justo cuando la tenían…
no midieron las consecuencias.
Y ahora, la verdadera batalla no era contra Morticia.
Era contra ellos mismos.
Lady Death se hizo a un lado con total confianza.
Optó por sentarse en un lugar abierto, como quien observa un espectáculo que ya sabe cómo termina.
—Me quedaría un buen tiempo —dijo con voz melosa—, pero tengo que administrar un torneo de selección.
Así que haré que tu colega te mate por mí.
Levantó la mano izquierda.
Señal clara de orden.
El cuerpo de Mia trató de resistir.
Pero el poder dentro de ella era más fuerte.
La doblegaba poco a poco.
—Ay, cariño…
no puedes hacer nada con mi control de Nge-llün por medio de la sangre —dijo Morticia con descaro, desplegando su dominio.
Mia temblaba.
—Yo…
¡jamás seré una más de tus esclavos!
—gritó, intentando soportar el control.
Morticia carcajeó.
—Jojo, qué fiereza tan indomable y adorable.
Pero soy yo quien te tiene entre las cuerdas.
Así que me obedecerás…
por tu bien.
Aumentó su poder.
La mente de Mia se quebró un poco más.
—Urg…
Korn, noquéame rápido —dijo Mia, acercándose con cautela—.
Antes de que caiga a su merced.
¡Rápido, Korn, hazlo!
Korn la miró fijamente.
—No lo haré, Mia.
—¡No seas bruto, hazlo ya!
—manifestó ella, conteniendo un puño en su dirección—.
Por favor…
no quiero herirte.
Korn soltó una risa baja, casi cómica.
—Bien, si eso quieres.
Primero tienes que arrodillarte y pedirme disculpas por comerte mis papas a escondidas.
La respuesta dejó a ambas desconectadas.
Una petición tan fuera de lugar en una situación de emergencia era un insulto para Mia.
Para Morticia, fue la señal de que había caído en una trampa.
—Vamos, ¿qué esperas, Mia?
—dijo Korn, soltando una sonrisa cómica—.
Hazlo y te noquearé sin dolor.
Mia se sonrojó.
Bajó lentamente al suelo, apretando los puños.
—Tú…
idiota —exclamo con la cara roja—.
¿Cómo se te ocurre pedir eso en este momento?
Es tan vergonzoso.
Inesperadamente, Korn hizo lo mismo.
Se arrodilló hasta estar a la par de Mia.
En voz baja, le susurró algo al oído.
Unas palabras que dejaron a la capitana con una expresión intensa.
Morticia se intrigó.
No oyó lo que dijo.
—Okey, suficiente de tonterías —ordenó con un destello en sus ojos—.
¡ASESÍNALO!
Y como una herida abierta, Mia obedeció.
Sus ojos ya rojos por el control absoluto, manifestó un rápido y letal golpe al mentón de Korn.
Lo elevó a centímetros del suelo de las gradas, para después caer como un gato muerto a pocos metros de Morticia.
Lady Death se alzó de su lugar.
Caminó hasta el cuerpo inmóvil de Korn.
Con un movimiento elegante, liberó una patada fuerte con su zapato de tacón.
Lo hizo voltear y exponer su cara.
—Vaya, vaya…
cayeron dos pájaros en un solo tiro —dijo con voz eufórica, extendiendo su brazo y bajando el dedo índice como instrumento de posesión—.
Serás un perro fiel a las filas de la gran Morticia, autoproclamada reina del dolor.
Pero un estruendo la hizo temblar y fallar el dedo en la frente de Korn.
Como una alarma, Korn abrió los ojos de golpe.
Morticia se asustó por primera vez.
Intentó clavarle el dedo de nuevo, pero uno de los tentáculos de Nge-llün de Korn la atrapó y detuvo la otra mano.
La dejó a merced de él.
Lady Death se dio cuenta de la redada.
Gritó a Mia que lo atacara.
Pero Korn dio un salto con voltereta.
Aterrizó a la espalda de Morticia.
—Guau, jaja…
no creí que fuera a funcionar —dijo Korn con una sonrisa callejera—.
Gracias, Sakura.
—Imposible —dijo Morticia, voz temblando por primera vez—.
Ella está bajo mi control.
Korn sonrió con esa sonrisa callejera que nunca perdía.
—Sí, pues…
antes de que le dieras la orden, yo le ordené que se dejara controlar.
Y con el poder que tú le proporcionaste, me golpeara hasta estar cerca de ti.
Morticia abrió los ojos de golpe.
—Tú…
desgraciado…
maldito mono oscuro.
—Wow, wow, relaja tu boca, blanquita —dijo Korn, tono burlón—.
No olvides que yo ahora tengo el control.
Y lo primero es que liberes a mi compañera…
o haré que mi Nge-llün te apriete hasta que seas tan flaca como ese vestido que usas.
De pronto unos fuertes estruendos y sismos que ocurrían abajo hicieron que Korn casi perdiera el equilibrio.
Giró la cabeza en esa dirección.
Y vio de nuevo a John peleando con el perro guardián de Lady Death, The One.
Y Korn supo que el tiempo se acababa.
Sin embargo, sin que Korn lo notara, debajo de sus pies muchas sombras iguales a sus tentáculos emergieron desde los rincones más profundos.
Como estaba de noche, esas cosas obtuvieron un volumen abismal, negro y viscoso como sangre coagulada.
Él sintió cómo algo frío y húmedo trepaba por ambas piernas, como dedos helados clavándose en la piel.
Bajó la mirada lentamente.
La carne de sus muslos se abrió en cortes finos y profundos.
Sangre caliente brotó, goteando por los tobillos en hilos espesos que olían a hierro y miedo.
—¿Qué diablos es esto?
—gruñó Korn, voz ronca por el dolor.
Morticia carcajeó con cinismo puro.
—Jajaja…
¿en serio crees que eres el único capaz de ampliar su Nge-llün a otras formas?
Déjame mostrarte cómo se atrapa a alguien.
Con fuerza brutal, los tentáculos se apretaron.
La piel de Korn crujió como cuero viejo al romperse.
Carne se desgarró en tiras, sangre salpicando la arena en chorros calientes que humeaban al tocar el suelo frío.
Korn intentó liberar los suyos, pero sintió cómo el aire se le escapaba de la boca en un jadeo ahogado, costillas crujiendo bajo la presión.
Morticia sonrió.
—Oh, en serio, cariño…
tus tentáculos son un cálido abrazo para mí.
Además, no siempre se trata de quién aprieta más…
sino de azotar.
De pronto, más tentáculos oscuros brotaron desde todas partes de las gradas.
Rodearon la espalda de Korn.
Y como una ráfaga de balas, comenzaron a azotarlo con extrema violencia.
El primer golpe fue como un látigo de fuego: la piel de la espalda se abrió en una línea roja profunda, carne expuesta palpitando, sangre brotando en chorros que salpicaron su propia cara.
Los siguientes llegaron sin cesar, cada azote arrancando jirones de carne y tela, desgarrando músculos, exhibiendo la espalda llena de marcas abiertas que ardían como ácido.
Korn soltó un rugido ahogado.
El dolor le nubló la vista.
Sangre caliente corrió por su espalda, empapando los pantalones, goteando en la arena con un sonido sordo y húmedo.
Soltó a Morticia.
Cayó arrodillado a sus espaldas, jadeando, cuerpo temblando de dolor puro.
—Mier…
—gruñó entre dientes, sangre en la boca—.
Nadie me dijo que ella también puede usar el Nge-llün de esa forma.
Morticia ladeó la cabeza.
La sonrisa se volvió más ancha.
—Oh, cariño…
¿duele?
Déjame ayudarte.
Los tentáculos se multiplicaron.
Uno se enroscó alrededor del cuello de Korn.
Otro le atravesó el hombro, no para matarlo, sino para inmovilizarlo.
Sangre brotó en un chorro caliente que salpicó la cara de Morticia.
Ella sacó la lengua y la lamió lentamente.
—Qué rico sabor…
el de alguien que todavía cree que puede ganar.
Korn jadeó.
El dolor le nubló la vista.
Pero sus ojos no se apartaron de ella.
—No…
voy a ganar —gruñó Korn—.
Voy a matarte…
aunque sea lo último que haga.
Las palabras le provocaron un carcajeo.
Morticia realizó un movimiento hipnótico y elegante con la mano.
Manipuló su propia sangre frente a los ojos ya caídos de Korn.
El líquido rojo se movió como un ser vivo, comprimido hasta transformarse en una cuchilla carmesí, afilada y brillante.
—Ahora no te muevas, cariño —dijo con una cara llena de maldad—.
Esto te dolerá un poco.
Acercó la cuchilla lentamente a su pecho, directo al corazón.
La punta rozó la piel, un hilo de sangre fresca brotó.
—Te usaré como una piñata en mis momentos de aburrimiento.
Korn observó cómo la hoja se acercaba poco a poco.
¿Por qué no lo mataba de una vez?
Porque Morticia disfrutaba el sufrimiento.
Y detrás de ella, Mia –ya bajo control total– era consciente de todo.
La impotencia le hizo manifestar una lágrima que rodó por su mejilla.
Korn cerró los ojos en señal de aceptación.
El sudor y el miedo lo invadieron.
Solo un milagro lo salvaría…
—Despídete de los Nero Forte —expresó Morticia al clavar la punta en su pecho.
Pero de pronto, ella sintió una presencia enorme y abismal cerca.
Detuvo la ejecución.
Giró hacia su izquierda.
Un brillo se aproximaba a su cara.
No pudo reaccionar a tiempo.
Se quedó en shock.
El atacante era John.
Con una cara llena de furia y muecas de ira.
El puño se fundió lentamente en su cara.
Aplastándola.
Impulsándola varios metros lejos de los capitanes.
Morticia no vio venir el ataque.
Para ella, fue como si el tiempo se moviera en velocidad lenta.
—A ver si mi puño es lo suficiente para satisfacerte…
loca —dijo John, tronándose los nudillos con un crujido seco—.
¡Demonios, nigga!
Sí que te hizo papilla.
Korn soltó una risa débil y cortante.
—Jeje…
tú…
rubio presumido.
—Epa, ya te tengo, amigo —dijo John, sosteniéndolo con cuidado—.
Te dejaré aquí para que recuperes fuerzas.
En ese momento, la capitana Mia cayó de golpe al suelo.
Un thud sordo que hizo saltar a John.
Al parecer, el efecto de control no la había consumido completamente.
—Ay…
mi cabeza…
¡Korn!
—gritó Mia al verlo—.
Eh, eh…
¡cómo lo siento!
—dijo apenada, abrazándolo con fuerza.
Korn gruñó de dolor.
—Hey…
me alegra que volvieras pero te importaria soltarme.
Mia lo soltó un poco, ojos llenos de culpa y alivio.
John sonrió apenas, con sangre aún goteando de su abdomen.
—Oye, John, ¿cómo le hiciste para vencer a The One?
—preguntó Korn adolorido, voz ronca por la sangre y el cansancio.
John soltó una risa débil, nerviosa.
—A The One…
la verdad es que no lo vencí.
Más bien…
él me dio una ayuda para llegar aquí.
Recordó el último choque.
Ambos dieron lo mejor en cada ataque.
Cortes venían como silbidos letales, balas se movían como ondas de luz hacia la carne del enemigo.
Los participantes quedaron extasiados.
Nunca en sus vidas de renacidos habían visto una pelea así.
Pero las heridas cobraban factura.
En especial para John: múltiples cortes profundos a través de las espadas de The One.
Sangre caliente corría por su abdomen, empapando la camisa.
Sin embargo, John devolvió los cortes.
Combinación de disparos consecutivos y ataques físicos con su Nge-llün.
The One esquivó algunos, pero no todos.
Algunos lo alcanzaron.
Sangre brotó en su costado.
En un salto se alejó para tomar distancia.
John quiso continuar, pero no se detuvo a pensar.
The One cambió su pose a una más occidental y calmada.
Ambas espadas: una abajo, la otra arriba, puntas dirigidas al destino.
Tomó una gran respiración que elevó su poder hasta impregnar las hojas de un rojo carmesí brillante.
Y en voz grave mencionó su técnica: —Niten Ichi-ryū.
Un destello rojo cegó a su contrincante.
Izamu dio un paso al frente.
Blandiendo dos espadas, se dirigió a toda velocidad hacia John.
Las hojas se movieron al ritmo de sus brazos.
Llegaron a atravesar el cuerpo de John, quien al último segundo intentó usar su prótesis como escudo.
Pero de igual forma, las espadas hicieron el resto: una gran cicatriz en forma de X se abrió en su pecho, cortando camiseta y carne, provocando una hemorragia caliente que empapó la tela y goteó en la arena.
John cayó de rodillas.
Un frío le recorrió todo el cuerpo.
The One no paró.
Volvió a cortarlo por la espalda.
La hoja silbó al entrar y salir, dejando un tajo profundo que abrió músculo y hueso.
John se tambaleó.
—De todos los contrincantes con los que he luchado —dijo The One con calma—, ninguno ha podido resistir mi técnica.
John levantó la cabeza.
Sangre brotando de la boca.
—Tú…
crees que este cortecito me hará parar, hermano —respondió, volteando y escupiendo un puñado de sangre—.
Porque apenas estoy calentando.
En una voltereta, John se levantó sin problemas.
La sangre se detuvo en seco.
The One abrió los ojos, sorprendido.
Pero una luz lo hizo mirar en otra dirección.
Desde abajo, en las gradas, vio la pelea de Korn contra Morticia.
—¡Mi señora!
—gritó espantado.
—¡Hey!
—dijo John—.
Enfócate en mí, no en ella.
Le soltó un rápido puñetazo con la prótesis en la cara.
Pero The One giró lentamente, el puño aún en su mejilla.
Exponiendo unos ojos rojos llenos de ira.
Una alerta de peligro recorrió el cuerpo de John.
Instintivamente saltó hacia atrás.
La espada pasó a centímetros de su cuello, el filo silbando como una serpiente.
—Wow…
jeje…
demonios —expresó John con una cara de susto, tocándose el cuello donde un hilo de sangre fresca brotaba—.
Casi me llega a la yugular.
—Bueno, ¿qué pasa contigo?
No te muevas, ¿no ves que te voy a matar?
—replicó Izamu molesto—.
Te dejaré vivir esta vez; hay alguien más que me necesita.
Cambió su tono a uno más relajado.
John, con expresión casi sin reacción, preguntó: —¿Es por esa mujer?
¿No?
¿Te importaría si hablara con ella?
—dijo sarcásticamente, dando un paso atrás y cambiando su posición hacia las gradas.
The One notó la acción drástica en su mirada.
Presintió peligro.
Atacó de nuevo con Niten Ichi-ryū.
Las katanas silbaron, buscando el cuello de John.
Pero John ya había anticipado la reacción.
Sabía que su antiguo hermano quería degollarlo rápido para llegar a Lady Death y Korn.
—Tanta es tu desesperación por ella —manifestó John con una sonrisa cínica—.
Bien… entonces le daré una visita.
Corrió como una bala loca hacia las gradas.
The One sintió la amenaza inmediata a su dueña.
Canalizó su poder hacia los músculos de sus piernas.
Venas grandes e infladas se marcaron bajo la piel.
Con una velocidad que sobrepasó a John, se lanzó hacia la parte inferior de las gradas.
El suelo tembló con cada paso.
Polvo blanco y rojo se levantó como humo de guerra.
Y llegó primero.
Con espadas listas para partirlo en dos, The One esperaba a su rival como un depredador a su presa.
Pero inesperadamente, John se lanzó sobre él.
The One bloqueó el ataque con ambas hojas.
Metal chocó contra metal con un chasquido seco que resonó en la arena.
En ese instante, John levantó la pistola de Hayley.
Disparó directo al hombro derecho de The One.
La bala perforó carne y músculo.
Sangre caliente brotó en un chorro rojo que salpicó la arena.
Una herida profunda con hemorragia.
The One gruñó de furia.
Con las espadas sobre los pies de John, las deslizó con fuerza para cortarlo.
John notó la potencia del movimiento.
Sabía que lo cortaría si no actuaba.
Aprovechó el mismo empuje para impulsarse hacia las gradas, donde Lady Death tenía a Korn contra las cuerdas.
En un arranque de ira, John actuó con precisión.
Dio un salto rápido.
Manifestó un letal puñetazo directo a la cara de Morticia.
El puño se hundió en su mejilla con un crujido sordo de hueso.
La cabeza de Morticia giró violentamente.
Sangre salpicó desde su boca.
Fue impulsada varios metros hacia atrás.
—Y así fue como llegué —dijo John con tono calmado y sereno, mirando a Mia y Korn—.
Pero ahora necesito que ambos se tiren al suelo y finjan estar muertos.
Habló bajo y despacio, como si cada palabra pesara.
—¿Y por qué?
—preguntó Mia, ceja levantada.
—En esta situación ustedes no me sirven para pelear contra ella —explicó John con preocupación—.
Y sabiendo que The One va a aparecer en cualquier momento… es mejor que hagan esto, si quieren vivir.
Korn, aún débil, levantó la vista.
—Oye… espera.
¿Vas a pelear contra ella y The One tú solo?
—Sí —afirmó John, plantando un pie adelante—.
Terminaré esto por mi cuenta.
Además… ya tengo la carta de mi esposa.
Sacó del casco un pequeño papel viejo, arrugado por el tiempo y la guerra.
Lo miró un segundo, ojos llenos de algo que no era ira.
—Solo me falta pagar las cuentas pendientes de Sasha —dijo—.
Y todos nos vamos a celebrar.
De pronto, un ruido de escombros y quejidos se oyó, alertando al soldado.
John hizo una señal rápida con la mano.
Imploró en silencio que los capitanes aceptaran su petición.
Korn y Mia cruzaron miradas.
Temor en los ojos: si el plan fracasa, los castigarán.
Pero sin opción, dieron un leve meneo de cabeza.
Miraron a John.
Y se posicionaron en el suelo como cadáveres ya fallecidos.
—Hey, novato —susurró Mia—.
No dejes que ella te hiera o beba una gota de tu sangre… o te controlará.
John la miró con sobresalto.
—¿Cómo que me controlará?
Y como una predicción, una sombra saltó hacia las gradas.
Era Izamu.
Se detuvo en el borde del mirador, como una gárgola que vigila.
Divisó a lo lejos a Lady Death levantándose con dificultad.
—¡Mi señora!
—gritó al verla en ese estado—.
Deme su mano, haré que pague ese desgraciado —declaró, mirando a John con los cadáveres de los capitanes en el suelo.
John cruzó los brazos en señal de desafío.
Sonrió.
—¿Qué me ves, imbécil?
¿Aún quieres más?
—Alto, The One —dijo Lady Death, limpiándose la sangre de la cara con el dorso de la mano.
La mejilla hinchada sangraba lento.
Sus ojos brillaron con furia contenida.
—¿Pero mi señora, usted está herida?
—exclamó The One, voz temblando de preocupación.
Morticia sonrió.
Una sonrisa psicópata, lenta y fría.
—Oh, cariño, no tienes que preocuparte —le respondió—.
¿Por qué no le damos un pequeño baile a nuestro invitado?
Manifestó su Nge-llün.
Al mismo tiempo, el aura de Izamu se encendió.
Rojo carmesí y negro profundo se fundieron en el aire.
—Perfecto —dijo John, chocando sus puños con un crujido metálico—.
A terminar el trabajo.
Dio el primer paso en dirección a Morticia e Izamu.
La noche se llenó de poder.
Sin embargo desde el cielo algo mas se uniria a esta pelea.
Y el primero en oirla fue Azeneth: —¿Escuchas eso, hermana?
REFLEXIONES DE LOS CREADORES GoldenPunch Hola, debo notificar que la otra semana finalizara la temporada de verano con el capitulo 20.
Asi que esten pendientes al final.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com