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MEGADEATH TOURNAMENT: Novela oficial. - Capítulo 6

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  3. Capítulo 6 - 6 Capítulo 6 — El Comienzo del Juicio
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6: Capítulo 6 — El Comienzo del Juicio.

6: Capítulo 6 — El Comienzo del Juicio.

El viento árido arrastraba polvo y ceniza sobre la carretera rota.

Después del enfrentamiento, los tres caminaban en silencio hacia la base más cercana de los Nero Forte.

El sol pálido se reflejaba en las ruinas, y cada paso resonaba como un eco en medio de la desolación.

La base de Nero Forte se alzaba entre colinas erosionadas y torres oxidadas.

Antiguas estructuras militares, remendadas con planchas metálicas y restos de vehículos destruidos, formaban un laberinto de corredores estrechos.

Los muros estaban marcados con impactos, grafitis de antiguos batallones y símbolos tribales.

El sonido de motores viejos, radios distorsionadas y pasos metálicos llenaban el aire.

No era un refugio… era una trinchera suspendida entre la vida y la muerte.

Cuando por fin llegaron al complejo, Korn frunció el ceño.

La entrada estaba casi vacía; solo quedaban unos pocos centinelas, mientras el resto de las fuerzas parecían haberse movilizado hacia el frente.

Las torres de vigilancia parpadeaban con luces rojas intermitentes, y el ambiente olía a tensión y metal quemado.

—Parece que llegamos en mal momento —murmuró John, bajando el arma.

Apenas cruzaron el portón, las miras de varios fusiles se alinearon sobre ellos.

—¡Identifíquense ahora mismo!

—rugió un soldado desde una garita.

Korn levantó las manos con calma.

—Tranquilos, soy el Primer oficial, Kornelius Jefferson, escuadrón DELTA.

Ellos están conmigo.

El silencio posterior fue más cortante que cualquier disparo.

Los soldados bajaron las armas, aunque sin borrar la desconfianza de sus miradas.

—Capitán o no, no tenía órdenes de regresar… —replicó uno de ellos.

John notó las miradas hostiles, y Hayley solo soltó una risa irónica.

—Bonita bienvenida —susurró—.

¿Así saludan a sus héroes?

—Je… Bonita bienvenida, sí —dice Korn sin mirarla—.

Aunque para ellos, esto es casi cariño.

—Oficial Kornelius Jefferson… —dijo el recepcionista con voz seca—.

Abandonó su unidad sin autorización, trajo a un civil y a una prisionera.

Korn alzó una ceja.

—Sí, pero traje al hombre que necesitamos y una asesina con descuento, ¿eso vale puntos?

—Ya veo… ¿Entonces no le molestará si llevamos a la asesina a la cámara de juicio?

De inmediato, dos soldados tomaron a Hayley por los brazos, intentando arrastrarla hacia el interior de la base.

Sin embargo, John, notando el trato brusco, los detuvo al posar una mano sobre sus hombros.

—Hey, muchachos… esa no es la forma de tratar a una dama.

—dijo con calma antes de soltar una potente descarga de su Nge-llün.

Los soldados cayeron al suelo convulsionando, y Hayley también recibió parte del impacto.

—¡Ay, coño!…

una disculpa, Hayley —balbuceó John con una sonrisa torpe, llevándose la mano a la cabeza en señal de arrepentimiento.

Los demás soldados reaccionaron y trataron de llevarse a John a juicio; sin embargo, Korn dio un paso al frente y, con una mirada intimidante, gritó: —¡YA BASTA!

—ordenó—.

A estos dos me los llevaré yo mismo; y ustedes, ubíquense.

Los soldados se replegaron.

Tomaron a Hayley y la arrojaron a una celda subterránea de luces parpadeantes.

Korn se quedó en la entrada del calabozo, mientras John observaba con culpa desde las sombras.

—No se preocupen, chicos —dijo Hayley, burlona—.

Ya sobreviví a peores prisiones que esta.

Korn la ignoró y se quedó mirando el sello de Nero Forte estampado en la pared.

—Te quedarás aquí, mientras llevo al gringo a hablar con mi comandante —dijo en voz alta—.

Intentaré hacer una excepción por tu comportamiento.

En cuanto se alejaron, Korn divagó por los muros de la base con un aire de melancolía.

—Este lugar… está más vacío de lo que recordaba.

Algo grande se avecina —murmuró.

El silencio lo dijo todo.

Afuera, las alarmas comenzaron a sonar.

—Oye, Korn… ¿por qué le dijiste al tipo que yo era “especial” para ustedes?

—preguntó John, deteniéndose y clavándole una mirada dudosa—.

Dime la verdad… ¿qué diablos está pasando?

—Lo noté cuando lo mencione —respondió Korn al volverse, mostrando una expresión de disgusto—, pero te juro, John, no es lo que piensas.

En ese instante, una voz salió por un altavoz arcaico: les ordenaba a Korn y a John dirigirse al despacho del comandante, un lugar abarrotado de mapas, cables y pantallas rotas.

—Antes de que entres, John, por ningún motivo te comportes de manera inadecuada ante el jefe de la base.

¿Está claro?

—advirtió Korn.

—Uy, qué delicado —respondió John con sorna.

El cerrojo de la perrilla accionó la entrada a la sala.

Un silencio pesado, y una gran aura que provenía del jefe hicieron que el instinto de John se tensara.

Frente a ellos, un tipo los observaba desde detrás de una montaña de papeles sobre su escritorio.

El comandante los miró en silencio.

—Kornelius Jefferson… y su acompañante eléctrico —dijo con ironía—.

John levantó la mano.

—Presente.

Y sí, el carro explotó.

No pregunten cómo, pero me deben dinero para repararlo.

Korn apretó los dientes por las palabras de John.

—John, ¡qué te dije sobre tu comportamiento!

—bufó—.

Mi superior, con todo respeto… si no fuera por nosotros, ese terrorista estaría rezando sobre nuestros cadáveres.

El comandante entrelazó los dedos y sonrió con un tono suave, casi juguetón.

—Ja ja… entonces demuéstrenlo.

Su próxima misión…que comienza ahora.

—¿Disculpe, cómo?

—preguntó John y Korn, incrédulos.

—He recibido un informe de parte de Miia.

Se trata de un evento de nivel S.

—respondió el comandante, serio.

—¿Miia?

¿Quién es esa?

—bufó John.

—Tú guarda silencio, —ordenó Korn seco—.

Por favor, comandante, prosiga.

El comandante se incorporó, una sonrisa clavada en el rostro, y divagó: —Mantener el orden en medio del caos es complicado… y peor cuando grupos de desconocidos no cooperan para traer paz a este nuevo mundo.

Solo buscan poder para doblegar a los más débiles.

—Hizo una pausa, midiendo a los presentes—.

Para contrarrestar a esos monstruos necesitamos gente con poder equivalente; gente como tú, John.

—lo señaló con el dedo.

—¿Yo?

—balbuceó John.

—Sí, tú, John… —asintió el comandante—.

Esto también te corresponde a ti.

—Mire… para empezar, no tengo idea de cuál es su nombre.

Además, los asuntos que ocurren fuera de esta base son cosa de ustedes.

Yo solo vine a cooperar en algo mediano y rápido, para poder pagar los daños del local de mi amiga —señaló John con firmeza.

La respuesta dejó al comandante en silencio.

No recordaba haber visto a alguien con principios tan… particulares.

Korn, por su parte, apenas lograba contener la ira y la molestia ante la falta de respeto de John hacia su superior.

Sin embargo, una carcajada del jefe rompió la tensión, dejando perplejos a ambos.

—De acuerdo, de acuerdo —río el comandante, dejando ver una sonrisa de aceptación—.

Verás, no puedo darte mi nombre por cuestiones de seguridad, pero… ¿te bastaría con saber mi apellido?

La propuesta no despejó del todo las dudas de John, aunque terminó aceptándola con evidente desinterés.

—Bien, al menos así sabré un poco más de usted —reconoció, extendiendo su mano prostética.

—A partir de hoy, serás parte de nuestros refuerzos, John —exclamó el comandante, estrechando su prótesis con respeto—.

Y para darte un voto de confianza… mi apellido es Vernant.

—Que quede claro, Vernant: solo trabajaré con ustedes hasta que el local de mi amiga sea reconstruido —habló con un tono firme y seco—.

Y también he de mencionar que me deben un nuevo auto —divagó con un tono juguetón, soltando una sonrisa cínica.

El jefe, al notar la confianza de John para aceptar sus operaciones, mencionó a Korn sobre la llegada de la asesina ilegal que se encontraba en las celdas del subsuelo.

Mientras, en los pasillos, una ampolleta parpadeaba en medio del silencio de las celdas.

Una aburrida y frustrada Hayley esperaba el veredicto y la promesa de ser liberada sin castigo.

—Mierda… creo que esta vez no me saldré con la mía —murmuró, mirando el techo con una sensación de culpa que la invadía poco a poco.

Mientras seguía mirando el techo, escuchó pasos acercarse.

Una sombra se proyectó en el suelo de la celda: era Korn.

—Pensé que ya te habías olvidado de mí —bromeó Hayley con voz cansada.

Korn no respondió enseguida.

Solo la observó desde el otro lado de los barrotes, como si analizara algo más que su rostro.

—No me olvido de los que sobreviven —respondió al fin—.

Pero todavía no decido si mereces seguir haciéndolo.

De pronto, unos pasos metálicos resonaron por el pasillo, y una mano tomó la puerta, abriéndola con un chirrido.

Era John, que apareció con un plato en la mano.

—Hora de comer, criminal del mes —dijo con sarcasmo, lanzándole el plato con un sándwich aplastado.

—¿Qué es esto, comida o castigo?

—replicó Hayley con ironía.

—Depende.

Si no cooperas, la próxima viene sin cerveza —respondió John, sonriendo de medio lado.

—¿Entonces esta será mi última cena?

—preguntó al ver que su veredicto estaba a punto de concretarse, mostrando una mirada cargada de tristeza.

—En efecto, hoy comienza tu castigo —comentó Korn, con una mirada fría y asesina.

Un sentimiento de miedo e incomodidad recorrió el cuerpo de Hayley.

Al alzar la vista, contempló los rostros inexpresivos de John y Korn, mirándola con superioridad.

Antes de que pudiera reaccionar, la tomaron por la fuerza; Korn usó su Nge-llün para cubrirle la boca, impidiéndole gritar.

Ella no comprendía nada.

— “¿Pero me prometieron que me liberarían?…

¿ayudé con el terrorista?

¿Qué más quieren que les pruebe?” reacciono siendo presa del pánico y la injusticia.

Hayley comenzó a patalear con furia, pero John y Korn la inmovilizaron con fuerza, arrastrándola por el pasillo frío y seco.

Aunque la trataban como a un objeto sin valor, su espíritu indomable se resistía a ser quebrado.

John, al notar su tenacidad, comprendió que no se rendiría fácilmente.

Con un movimiento rápido y seco, la golpeó en el cuello, dejándola inconsciente.

Mientras su cuerpo caía, un fragmento de su pasado emergió en su mente: un recuerdo doloroso… tan vívido que una lágrima se deslizó por su mejilla dormida.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES GoldenPunch “Un acto puede costar caro en el futuro” Disfruten del cap 6, que prometi 🙂

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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