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Mi CEO, mi obsesión - Capítulo 10

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10: Capítulo 10 10: Capítulo 10 SI ME ECHAS, VOLVERÉ A ENTRAR.

Cuando Hugo regresó al coche ya no parecía el mismo.

Su arrogancia seguía intacta.

Pero un cansancio inesperado persitía en su mirada.

En sus hombros, un tin caídos y tensos.

Aguardé sus palabras con el corazón apretado.

Me había pedido quedarme ahí mientras él lo resolvía.

Que Sue me culpara de atacarla no tenía ningún sentido.

Él lo admitió, perplejo.

Y en sus ojos destelló incredulidad hacia la mujer con quien pensaba casarse.

Yo no paré de frotar mis manos.

Dentro del coche, en el aparcamiento del hospital.

En tanto él subió a discutirlo con los médicos y los agentes que nos pidieron personarnos esa misma mañana.

¿Por qué Sue me culparía?

¿Celos?

¿El anillo duplicado?

¿Delirio?

Lo peor no era eso.

Era esa inquietud que me daba vueltas.

Esa sensación de que algo estaba terriblemente mal, y mientras más trataba de verlo, más se oscurecía.

Como saber que la respuesta se hallaba tras una pared insalvable de niebla compacta.

Y cuando Hugo entró al coche y aflojó su corbata, un suspiro pequeño pero innegable, me puso en alerta.

Me miró antes de decir cualquier palabra.

Mis ojos se clavaron en el anillo en mi anular.

Otra vez ahí.

Y no sabía si era el mío o el de ella.

Fue su voz la que nos sacó del silencio.

Un silencio que ya ese espacio no podría sostener.

—Le dije a la policía que era imposible que lo hicieras tú —dijo, con una voz que no era la suya—.

Que estábamos juntos.

Por ahora tienes coartada, Isabella —una pausa—.

Pero están juntando pruebas.

No había nadie más en la escena del crimen, ni evidencias de ello.

Me mordí el labio inferior y pensé en la persona que dejó esa nota.

Abrí la boca pero solo tomé una bocanada de aire que luego expulsé.

Si le decía antes de averiguar qué pasaba perdería la mínima ventaja que creía tener.

—Bien —murmuré entonces—.

Gracias por hacer eso.

Ahora regrésame a tu casa.

Él no prendió el motor.

Giró más su cuerpo hacia mí.

—Será mejor que te vayas a la tuya.

Tengo que ir a la Compañía.

Y esto…

—un gesto imperceptible de confusión tensó sus labios— ya empieza a salirse de control.

—Hugo —lo fulminé con la mirada —.

No me voy a ir, y si me echas, sabes que volveré a entrar sin cansarme —apreté los puños—.

Me necesitas.

Voy a llegar al fondo de esto.

¿Me oyes?

Intenté tocarlo pero se enderezó.

Clavando sus ojos al frente.

Aferrado al volante que casi protestó bajo su empuje.

Miré su perfil.

Seguía rígido.

Pero ya no por mí.

Creí que explotaría, pero…

—Entonces hazlo, Isabella.

Sé que puedes.

Sonreí.

Apenas.

No por alegría, sino por certeza.

Él me dijo la noche que me atrapó en su despacho: “Ni lo pienses”.

Y yo le iba a demostrar que no haría falta rogarle.

Ni meterme desnuda a su cama.

Lo pondría a comer de mi mano.

Porque yo no deseaba nada más.

El zumbido del motor aplacó la tormenta en mi cabeza.

No dijimos una palabra mientras el coche tragaba kilómetros moviéndose por las calles de la ciudad neblinosa y atestada.

Cerré los ojos y empecé a tararear.

Para abstraerme del ruido fuera.

Del movimiento.

El único lugar que me hacía funcionar ahora era su mansión.

Como si me alimentara.

Ese lugar y yo teníamos algo.

Indefinible, innombrable.

Pero real.

¿ME ESTOY VOLVIENDO LOCA?

Cuando entré al despacho de Hugo, supe que algo había cambiado.

No en la forma.

Sino en el silencio que me recibió.

Uno a punto de desbordar.

Él se fue a trabajar.

Como si nada pasara.

Juré que era ahí donde estaban las piezas faltantes.

Yo tenía poder sobre muchas cosas, pero otras se me escapaban.

Y había preguntas que no tenían respuestas.

Todas vitales.

1.

¿Por qué Hugo me conocía y sabía lo que yo hacía?

2.

¿Por qué me dejó entrar y quedarme?

3.

¿Quién quería destruirlo?

4.

¿Él lo sabía?

Una cosa estaba clara: Sí sabía.

Mucho más de lo que aparentaba.

No por gusto era tan poderoso.

Pero sus razones me eran ocultas.

No quise ver que tal vez yo era una de esas piezas, inútil en un tablero que me superaba.

Una que aunque no faltaba, sí estaba lejos de encajar.

O de hacer algún movimiento.

Y esa conclusión me llevó a la pregunta cuya respuesta era la más importante para mi ego: 5.

¿Por qué no usaba mi cuerpo también?

Lamí mis labios que me supieron a óxido.

Fui a por whisky.

Aunque era temprano mi cuerpo lo pedía.

O mi cabeza.

Daba igual.

Me senté con un vaso lleno frente al ordenador.

Usé mi código secreto de la Compañía.

El que me permitía acceder a archivos clasificados.

Era limitado, pero yo sabía cómo corromperlo.

Y estirarlo.

Lo que hubiera detrás lo iba a descubrir.

No supe cuánto tiempo estuve ahí.

Solo que me desplomé frente a una carpeta secreta con imágenes comprometedoras.

Había nombres, y rostros que vi en la Compañía.

No me desplomé por eso.

Mis ojos ya no veían.

Y el whisky hizo su trabajo.

Una voz me hizo salir de la oscuridad.

—Si llega ahí tendremos que matarla —sentenció, luego una pregunta—.

¿Lo sabes, no?

Una respiración pesada fue respuesta.

Era la misma voz de antes.

Siempre lo era.

Un portazo.

Crujido de papeles.

Y abrí los ojos.

Me incorporé en la silla.

No me sentía el cuerpo.

Miré a mi alrededor y estaba sola.

Mierda.

¿Acaso me estaba volviendo loca?

El monitor parpadeaba frente a mí.

Con ese tono azulado y opaco.

Intenté ponerme en pie.

Mis miembros engarrotados dolían.

El silbido repentino de una ráfaga entrando en la pieza me asustó.

Las cortinas crepitaron.

Y fue en ese justo instante que la vi.

Primero una tarjeta de presentación con bordes dorados al pie del sofá.

Y después…

otra nota.

En el borde del escritorio.

Expuesta, sujeta con un pisapapel.

La pluma con que fue escrita seguía a su lado, sin cerrar.

“Tienes setenta y dos horas antes de que la policía tome cartas en el asunto.

Ellos aún no saben, pero yo sí”.

Tuve que sostenerme.

La caligrafía era exquisita.

Más personal y urgente que la anterior.

Eso suponía una grieta No en mí.

En el remitente.

Quien fuera.

La tomé y la puse en mi sostén.

Luego me giré y levanté del piso la tarjeta de presentación.

Cuando vi el nombre en ella…

Todo volvió a ponerse negro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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