Mi CEO, mi obsesión - Capítulo 11
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11: Capítulo 11 11: Capítulo 11 “VEN”.
El sonido rítmico y sordo de una gota cayendo me hizo abrir los ojos.
Me encontré con un cielo raso agrietado.
Una mancha de humedad se extendía desde los bordes.
“¿Dónde estoy ahora?” Pensé, incorporándome con trabajo.
Me llevé una mano a la nuca.
Latía.
Como si me hubieran golpeado ahí.
No podía asegurarlo.
Lo que sí estaba vívido en mi mente era el nombre en la tarjeta.
“Sue Moore.
Analista senior”.
Eso no fue lo sorprendente.
Sino dónde ejercía.
El grupo Albatros.
La mayor competencia de HC&Asociados.
La Compañía de Hugo.
Algo comenzaba a encajar.
Todavía difuso.
Y la “presencia invisible” tomaba sentido.
Yo…
era apenas un daño colateral.
O no.
Fue entonces qué traté de levantarme.
Apoyé mis manos con asco del piso húmedo y terroso.
Y me empujé.
Un olor rancio a tierra removida se incrustó en mis dedos.
Hice una mueca y los limpié en mi ropa.
Entonces vi dónde me encontraba.
El cuarto de los espejos.
Ese lugar horrible.
Incomprensible.
Joder.
Alguien me llevó ahí.
Tuve esa certeza.
También la de haber sido golpeada.
Y recién entendí que mi vida corría peligro.
Que podría terminar como Sue.
Pero no.
Porque me hubieran matado ya.
Así que lo que querían de mí, nadie más lo tenía.
Esa era la buena noticia.
La mala: no tenía puta idea de qué se trataba.
Me moví, cuando una de las sábanas que cubrían los espejos se deslizó con un susurro seco.
Espeluznante.
No me atreví a mirar.
Algo en mí gritaba que corriera.
Y eso fue lo que hice cuando el pedazo de cristal bruñido comenzó a crecer.
Cerré la puerta de golpe y esa sensación desapareció.
No me quedé a comprobarlo, y culpé a mi imaginación tratando de lidiar con el estrés.
Cuando regresaba al despacho vi la tarde asomar por las ventanas abiertas.
“Imposible.
No puede haber pasado tanto tiempo”.
Enjugué mi rostro.
Varias veces.
Escéptica, me desvié.
Rumbo a mi habitación.
Ahora me urgía tomar un baño.
Mis manos estaban sucias.
Asquerosas.
Y tenía que pensar.
Recobrarme.
Pero apenas entré, me detuve.
Todo parecía en orden.
No lo estaba.
La cama era un revoltijo y…
El sonido de agua cayendo llegó a mis oídos.
El aroma a cuero y perfume de Hugo me envolvió.
Fruncí el ceño, dando pasos lentos, observando cada detalle.
Agarré el pomo de pastillas con mi nombre sobre la cómoda y me tragué una.
La puerta del baño estaba entreabierta y escuché aún más nítido el fragor del agua.
Una respiración que no era la mía.
Empujé un poco y lo vi.
A través de las cortinas plásticas gruesas.
Su silueta oscurecida.
Imponente.
Inmóvil bajo la regadera.
Olía a vainilla y fresas.
El vapor subía en volutas sensuales contra el techo.
Me quedé ahí pegada a la pared.
Extasiada.
Mis ojos fijos en su sombra.
Mi respiración entrecortada.
Entre mis piernas subiendo algo caliente que me obligó a pegarlas.
Mis bragas se humedecieron cuando mis muslos se apretaron.
Mi centro tembló.
Y tuve que morder mis labios para reprimir un gemido que atravesó mi garganta.
Tragué y me llevé una mano al pecho.
Temiendo que mis latidos enloquecidos se escucharan.
Quería irme.
Y a la vez no.
Tenía dos opciones.
Seguir siendo digna.
O correr a esa ducha y…
—Ven.
Contuve el aliento.
Esa única palabra flotó en el espacio húmedo.
Sacudí la cabeza.
Yo no estaba bien.
Debía tener fiebre.
Mi cabeza hervía.
Me moví apenas, lista para irme.
Cuando se repitió.
—Ven.
Esa vez más firme, densa, urgente.
No sonaba a petición.
Sonaba a orden.
Y supe en ese instante qué haría.
JURASTE QUE LO IMAGINÉ.
Ni siquiera tuve que apartar la cortina.
Él lo hizo.
Y con una sola mano me empujó dentro.
El agua caliente me empapó.
Y yo no podía respirar.
Sentí sus manos firmes rasgando la tela del vestido hasta convertirlo en jirones mojados sobre el piso.
En ese momento lo miré.
Él sonrió.
Amenazador.
Destructivo.
Como un cazador cuando sabe su presa segura.
Una mano agarró mi pelo y me giró con un empujón.
Pegué mis palmas y una mejilla en la pared, jadeando.
Desde atrás, me abrió las piernas con una rodilla y se pegó a mí.
Su polla húmeda y dura se instaló entre mis nalgas y frotó.
Se inclinó hasta mi oído y masculló algo que no alcancé a entender.
Me mordió el cuello.
El hombro.
La nuca.
Apreté los ojos sintiendo un orgasmo bajar por mi espalda y rodear mi pelvis.
Mierda.
¿Tan pronto?
Comencé a temblar.
Hugo rodeó mi garganta y entró en mí de una sola estocada.
Pero se quedó quieto.
Lo sentía pulsando dentro.
Llenándome.
Y gemí fuerte esa vez.
—Muévete…
—mi voz fue una súplica rota.
Intenté empujar mis caderas hacia atrás pero su cuerpo me lo impidió.
Entonces exploté.
Así.
Me deshice contra su cuerpo y mis lágrimas no tardaron.
Mis gemidos ahogados se mezclaron con el ruido del agua.
Cada contracción me empujaba a él.
Que permaneció quieto.
Cuando me detuve, volvió a respirar en mi oído.
Y lo que dijo esa vez sí lo entendí perfecto.
—Esto…
no está pasando…
Isabella…
—Sí…
está —repliqué.
—No —sus manos apretaron mis caderas.
Sus dedos clavados en mi piel como garras—.
No está.
Todo…
sucede en tu cabeza.
—Como sea —gemí—.
Hazlo…
ya.
Sonrió oscuro.
No lo vi, pero pude imaginarlo.
Sus dedos se incrustaron más todavía en mi carne.
Y entonces salió.
Casi.
Me revolví sin éxito.
—¿Qué…
haces…
maldito?
—Volverte loca —murmuró y esa vez succionó mi cuello.
Volvió a deslizarse dentro sin trabajo.
Yo estaba tan lubricada que apenas lo noté.
Entonces aflojó la presión.
Y comenzó a embestirme lento, despiadado.
Yo empujé también.
El chasquido de su sexo y el mío era obsceno.
No me detuve.
Él tampoco.
Yo apretaba.
Él aceleraba con gruñidos.
El ritmo aumentó.
Hasta volverse insostenible.
Sus dedos frotaron mi clítoris en círculos veloces.
Me volví a correr con un grito roto.
Sin censura.
Una mano suya volvió a mi garganta y apretó.
—No es…
real…
—repitió como mantra.
Y salió de mí para correrse fuera.
Chorros contenidos que se mezclaron con el agua y desaparecieron por el desagüe.
Mientras resollaba.
Yo iba a girarme pero me lo impidió.
—Ahora…
—susurró con voz ronca y entrecortada—.
Solo olvídalo.
Juro que lo has imaginado.
¿Está claro?
—No…
—Pues no me pienso retractar.
Entonces me soltó.
Y se hizo un silencio ensordecedor.
El agua seguía cayendo.
Pero yo estaba sola.
—¿Hugo?
—sin respuesta—.
¿En serio?
Golpeé la pared de azulejos grises con los puños cerrados.
Sí había pasado.
Cuando me sentí lista, extendí una mano todavía temblorosa y cerré la llave.
Mi cuerpo mojado seguía caliente.
Trémulo.
Puse mis manos en mi vientre.
—Sí pasó —murmuré—.
Aunque digas que no.
Aunque juraste que lo imaginé.
Su olor, su saliva, sus marcas en mi piel…
eran pruebas de ello.
Un ruido en la habitación me hizo reaccionar.
Y luego su voz.
Sonreí.
Esa sí que era la prueba definitiva.
—¿Isabella?
—Ya salgo —dije, apartando la cortina.
Agarré una toalla y me envolví en ella.
Pero cuando llegué al cuarto me recibió algo más.
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