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Mi CEO, mi obsesión - Capítulo 12

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12: Capítulo 12 12: Capítulo 12 ESTA VERSIÓN TUYA NO ME DISGUSTÓ.

Sí, era él.

Pero no el que estuvo conmigo.

Y descubrirlo me afectó apenas.

Hice una mueca al verlo.

Altivo y despeinado.

Como si acabara de llegar de la oficina.

Corbata floja, camisa semiabierta.

Y una mirada sorprendida que me caló de arriba abajo.

—No quería molestar —gruñó.

—¿Perdón?

Me pareció rara esa disculpa.

Hugo jamás se disculpaba.

Él invadía, tomaba, poseía.

—No creas que me excuso —aclaró, como si adivinara mis pensamientos.

Me encogí de hombros.

Lo que más me jodía era su indiferencia.

Yo era hermosa.

Pensé que antes ocurriría algo entre nosotros.

El incidente de antes no contaba.

Aunque fue glorioso.

Me reí cuando me di cuenta de que no sentía miedo, sino rabia.

Como si no fuera lo bastante aterrador que alguien me follara en la ducha.

O algo.

Que tenía su cara, sus manos, su voz.

—¿Qué te hace gracia?

—Olvídalo —caminé hasta el armario.

El agua me corría por la espalda y entre las piernas—.

¿Qué quieres?

No respondió.

El silencio se extendió, solo quebrado por la urgencia de mis manos buscando en los cajones.

Me enderecé con unas bragas en la mano.

Sus ojos se clavaron en la pieza de encaje.

Rosa.

Mínima.

Sonreí.

—¿No fuiste tú quien puso todo esto aquí para mí?

—pregunté, balanceándola frente a él.

No afirmó ni negó.

Solo me miró.

Como se mira a un fantasma.

O a algo que no se puede nombrar.

Sentí un frío golpear mi espalda y me giré.

—Si no vas a decir qué quieres…

sal.

Quiero vestirme.

Sentí sus pasos alejarse.

Mi mano en el nudo de la toalla.

Inmóvil.

Qué rayos…

—Cenemos juntos.

Mi cuerpo se tensó y me di la vuelta veloz.

—¿En serio?

Estaba parado en la puerta.

Llenándola.

Una mano en el marco.

Su mirada midiéndome.

—En serio.

No hay nadie más y el silencio pesa.

Parpadeé dos veces.

Hugo no mostraba vulnerabilidad nunca.

Este…

¿podría ser otro fantasma como el de antes?

Sacudí la cabeza.

—¿Estás bien?

¿Tu novia…

está bien?

Suspiró.

Corto, suave.

—¿Los negocios están bien?

—añadí.

—Nada lo está —su tono fue sombrío y helado—.

Desde que entraste a mi vida nada lo está.

Eso fue un puñetazo invisible.

—¿Me estás culpando de algo?

—mi voz no fue tan firme como quise.

Él sonrió.

Y sí, había cansancio.

Era la segunda vez que lo notaba.

Pero…

¿por qué me dejaba a mí verlo?

¿Por qué se permitía parecer humano ante mis ojos?

Yo estaba obsesionada con el CEO todopoderoso.

Pero esta versión suya…

más humana, no me disgustó.

—A las 9 en el comedor —fue su respuesta y desapareció.

Todavía pude oír sus pasos alejándose por el pasillo.

Sonreí, arrancando la toalla de mi cuerpo.

—Allí estaré —murmuré—.

Esta noche, CEO, tendré algo más que una versión tuya en la ducha.

Porque te voy a seducir.

Y serás mío.

Totalmente.

¿QUIÉN ERES TÚ EN VERDAD?

Mis tacos resonaron sobre el mármol como una sentencia.

Iba a por todas, y caminé con firmeza.

Con una seguridad pocas veces sentida.

Elegí un vestido rojo y corto que dejaba muy poco a la imaginación.

Y decidí no usar ropa interior.

Me maquillé como una depredadora y me bañé de perfume caro.

Cuando entré al comedor, ya él estaba ahí.

Dejó el teléfono sobre la mesa en cuanto me vio.

Y supe por sus ojos que provoqué justo lo que quería.

Me acerqué sin dejar de mirarlo.

Su aroma me calentó como brasas.

Se levantó entonces y apartó una silla a su derecha.

Su cuerpo rozó el mío.

Pero no reaccioné.

La mesa estaba servida con un asado, papas, ensalada…

El olor era delicioso.

—¿Quién lo preparó?

—pregunté recordando a la empleada.

Hugo no respondió.

Se dedicó a servirme una copa de vino.

Rojo.

Fulgurante.

Cuando me miró y bebió de la suya, el líquido se reflejó en sus ojos oscuros.

Insidioso.

Me bebí el mío de un trago.

Él sonrió y volvió a llenar la copa.

—¿Tienes hambre?

Asentí.

—Se ve delicioso.

—Lo está —dijo bajito—.

Tú cocinas muy bien.

Mi pulso se agitó.

—¿Y qué tiene que ver…

—Isabella…

—siseó, con ese encanto tan suyo mientras sus dedos rozaban mi muñeca— es adorable como olvidas las cosas, pero tienes que parar.

Me hizo un guiño y empezó a servir.

Yo no me moví.

Buscando en mi mente.

No recordaba.

¿Acaso estaba perdiendo la memoria?

Había un desfase.

Una grieta en el tiempo.

O magia.

¿Pero para qué preocuparme?

Alguien como Hugo me folló en la ducha.

Seguían apareciendo notas.

Seguía despertando en lugares inexplicables…

Lo que fuera, si él estaba ahí, al diablo.

Cuando deslizó un plato frente a mí con una porción generosa de carne, tomé los cubiertos.

Comimos un rato en silencio.

Las copas se vaciaron y llenaron varias veces.

Cuando Hugo fue a por la tercera botella, mi plato estaba vacío.

Mientras me limpiaba con la servilleta traté de recordar la última vez que comí tan bien.

No pude.

Antes mi vida se trataba de dos cosas: mi trabajo, y Hugo.

Sobre todo Hugo.

Sonreí cuando regresó.

—¿Satisfecha?

—preguntó mirando el plato vacío.

Asentí.

Abrió la botella que hizo un chasquido húmedo y volvió a llenar las copas.

—Qué extraño —murmuró.

—¿Qué?

Deslizó un dedo por el borde de la suya.

—Es como si el mundo afuera hubiera dejado de existir.

Me estremecí.

—¿Te parece?

Se inclinó hacia adelante.

—Me parece.

Es una sensación incomprensible pero agradable.

Mis manos apretaron un trozo de mantel.

—¿Te quedarías en esta burbuja?

Arqueó una ceja.

—¿Quieres decir para siempre?

—O un rato.

Rio.

Esa risa indescifrable, pero cálida.

—No lo sé.

Es probable —respondió—.

La vida no es sencilla.

—No lo es —admití—, y por eso quiero saber qué soy para ti.

Su respuesta llegó al instante.

Como si la pregunta fuera vieja.

—Un juego, Isabella.

Apreté los labios.

—¿Qué si ya no quiero serlo?

—gruñí.

—¿Qué pasa?

—dijo en tono burlón dando un sorbo a su vino—.

No veo nada de la mujer arrogante y segura que pesqué en mi despacho.

Lo fulminé con la mirada.

—Eso es porque necesito respuestas —espeté.

—Yo también.

—Me exaspera cómo actúas.

¿No debías estar devastado por Sue?

Él dejó la copa con calma.

—No —soltó con tono firme y grave—.

El apego es un error, Isabella —silencio—.

Lo que sí quisiera saber es todo lo que pasa por tu cabeza.

Sé que me ocultas cosas.

Me enderecé y pensé en las notas.

Debería haber sabido que él sabía.

—Me desconciertas —admití—.

Y sé quién es Sue.

Volvió a tomar la copa.

—Era de esperarse —dijo cuando la vació—, pero eso no es todo.

—Ese cuarto lleno de espejos…

—comencé a decir y pude ver cómo se tensaba.

Me detuve.

Ahí había una grieta.

—Espero que estés cómoda mientras lo arreglas.

Me volví de golpe al oír esa voz.

No había nadie más que nosotros.

Y el viento silbando en las ventanas.

Miré la elaborada lámpara de cristal sobre la mesa.

Tintineaba.

Como si hubieran soplado en ella.

Miré a Hugo otra vez.

Bebía su vino distraído.

Su mirada clavada en uno de los motivos florales del mantel.

—¿Quién eres tú de verdad, Hugo Caleius?

—solté, sin siquiera pensarlo.

Y se sintió como liberación.

Su boca se curvó apenas lo suficiente para fingir una sonrisa.

—Esa no es la pregunta correcta —susurró sin mover los ojos de su lugar—.

No se trata de mí…

y lo sabes.

Una sensación de vacío me rozó.

Abrí la boca…

Pero en el centro de la mesa su teléfono vibró.

La pantalla se iluminó.

Y tragué en seco.

Había olvidado a esa…

persona.

Era el cuarto personaje en discordia.

Hugo se movió al fin, y tomó el celular.

Cuando vio el nombre, su rostro se volvió pétreo.

Se levantó bruscamente.

Incómodo.

Se alejó con él, pegado al oído.

Yo, no sé por qué…

miré al piso.

Y ahí estaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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