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Mi CEO, mi obsesión - Capítulo 13

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13: Capítulo 13 13: Capítulo 13 DEBE ESTAR EMBRUJADA.

Me agaché para coger el colgante de Hugo.

Lo froté entre mis dedos, viéndolo de cerca.

Instintivamente toqué mi cuello.

Vacío.

Respiré aliviada.

Por un segundo tuve la sensación de usar una joya similar.

Me serví otra copa de vino mientras él volvía de su llamada.

Pero no volvió.

Y me quedé dormida reclinada sobre la mesa.

Fue cuando desperté en medio de la oscuridad que supe que no había regresado.

Pensé que quizás tuvo que salir precipitadamente.

Y el asunto de la mujer misteriosa que tenía mi voz volvió a perturbarme.

Me levanté con cuidado, frotando mis manos entre sí para que corriera la sangre.

La mesa había sido recogida.

Solo quedaba sobre ella la botella de vino vacía y una copa volcada, bajo la que se extendía una mancha como sangre que arruinaba el mantel caro.

Podría decir que me sorprendí.

Pero no fue así.

En esos dos o tres días —no podía precisar cuántos, tal vez eran más— lo absurdo se había vuelto hábito.

Y a mí me sentaba lo absurdo.

Después de que mis pupilas se adaptaron a la oscuridad gracias al resplandor nocturno avergonzado que se colaba por una ventana a medio cerrar, traté de ubicar el interruptor.

Fue inútil.

Lo único que conseguí fue notar que la pieza parecía encogerse.

¿O siempre fue así?

También descubrí telarañas en los ángulos del cielo raso.

Lo más extraño de todo no fue eso.

Fue no poder salir.

Di vueltas buscando la puerta.

No existía.

Perpleja, me dejé caer sobre un sillón pegado a la ventana.

Miré a través de ella la noche silenciosa.

Cerrada como un puño.

Inmóvil.

—¿Esta es la realidad o…

alguna especie de trance?

—me pregunté.

Y el sonido de mi propia voz me hizo estremecer.

—¿Dónde estás, Hugo, y por qué juegas conmigo de esta forma?

—murmuré, hundiéndome más en el esponjoso espaldar de cuero marrón que olía fuerte—.

No era esto lo que tenía en mente.

Solo quería que me volvieras tu amante…

solo eso.

Un susurro ahogado dentro de la pieza me alertó.

Mi cuerpo se encogió.

—¿Hay alguien…

ahí?

—pregunté con una voz prestada.

Silencio.

Afuera.

Y dentro.

Concluí que estaba en un sueño y solo debía despertar.

Cuando lo hiciera iría por mi teléfono para anotar todo.

Cada detalle.

Para no olvidarlos.

Para poder armar el rompecabezas.

O encontrar la lógica del tablero.

De cada pieza.

Las notas.

El sexo en la ducha.

El incidente con Sue.

El cuarto de los espejos.

Hugo.

Y cómo empezó todo.

Yo obsesionada.

Él pillándome.

Y luego…

el absurdo.

Lo inexplicable.

Mi mente, presa en una neblina insidiosa.

Algo se movió en mi mano.

Algo frío.

Filoso.

La levanté.

El colgante de Hugo.

Lo había olvidado.

Lo balanceé frente a mis ojos.

Esto…

el anillo duplicado.

Eran pruebas también.

Mis ojos empezaron a cerrarse, pesados.

En mi cabeza se sucedían imágenes locas.

“Esta mansión debe estar embrujada”.

Pensé.

Antes de caer dentro de mí misma.

VE A VER A TU NOVIA.

Me incorporé con un grito ahogado.

Una mano en el pecho.

Crispada.

—Por lo visto, el vino de anoche no te sentó nada bien.

Miré a Hugo.

Demasiado cerca.

Una taza de café humeante en mi nariz.

El aroma se mezcló con el suyo.

Antes de tomarlo miré alrededor.

Sí.

No me había movido.

Seguía en ese sillón.

Por la ventana un amanecer gris.

Niebla rota.

Frío.

—¿Por qué…

no volviste?

Lo miré a los ojos.

Sus pupilas se volvieron miles de puntitos dorados e inquietos.

—Lo hice —respondió—, pero quisiste quedarte.

—No es cierto…

Tomó mi mano y me obligó a sostener la taza.

—Sí lo es.

Pero estabas borracha.

—No lo estaba —esta vez mi voz fue insegura—.

No intentes confundirme.

Se enderezó y metió las manos en los bolsillos de su pantalón.

Desde ahí siguió mirándome.

Implacable.

—Bébete el café.

Tal vez eso te devuelva los recuerdos.

Se dio la vuelta.

—Espera…

Se detuvo.

Yo vacié la taza y me levanté.

Tenía el cuerpo engarrotado.

—Tengo algo…

Fui a buscar su colgante.

Pero él se volvió.

Y lo vi.

En su cuello.

No pude apartar los ojos del destello dorado.

Mientras pensaba en una explicación.

—Lo encontraste —murmuré.

Él se acercó más y puso una mano en mi mejilla.

Estaba helada.

Ambas lo estaban.

—Deberías subir y tomar un baño.

Luego descansa.

—¿Te vas a la oficina?

—Después.

Y en la noche te traeré trabajo.

Confío en que hallarás la salida.

¿La salida?

¿A qué se refería?

Claro…

él quería que yo…

—¿En qué piensas?

Su aliento mentolado con tabaco debajo se mezcló con el mío.

Rocé su clavícula con mis labios.

Se quedó quieto.

—En la ducha…

ayer.

—Isabella —su tono condescendiente mi irritó—.

¿Qué quieres?

Apreté los labios y lo miré.

—No te burles de mí.

Ni vuelvas a hacerme la misma pregunta porque sabes la respuesta.

Rio.

Seco.

Sin ganas.

Pero sí con sarcasmo.

—Es cierto —admitió—.

Es que tu expresión cada vez es imperdible.

Acarició mi barbilla con dedos rasposos.

—No te rindas —susurró cerca de mi oído.

Luego metió los ojos en mi escote exagerado.

Mi pecho ardió.

En mi estómago hubo un revuelo.

—Necesito…

que me folles —exhalé.

Y mi tono fue de urgencia.

Casi desesperado.

Sobre todo cuando cerré mis dedos en el cuello de su saco.

Pasó un tiempo.

Segundos.

O siglos.

No lo sé.

—Es una jugada bastante atrevida—dijo al fin, lamiendo sus labios, una ceja arqueada.

Joder.

Quise abalanzarme sobre él.

El modo en que me miró…

Pero sus siguientes palabras apagaron el puto incendio.

—Ahora debo ir al hospital.

Volveré en la noche…

y lo hablamos.

¿Lo hablamos?

Me dio unas palmaditas en el hombro Y me mordí el labio inferior.

Este deseo no resuelto iba a acabar mal.

—Claro —gruñí—.

Ve a ver a tu novia.

Se apartó como si yo quemara y caminó hacia la puerta que yo juraba que anoche no existía.

Se detuvo en el marco un segundo apenas.

El Hugo juguetón había desaparecido.

En su lugar, uno más medido.

Sombrío.

Indescifrable.

—Está muerta —soltó.

Como si hablara del clima.

Y se marchó.

—Espera…

Mi mano quedó suspendida en el aire.

Luego tapé mi boca con ambas.

Un sonido gutural se abrió paso desde mis tripas.

¿Muerta?

¿Y lo dice así?

Entendí que no debía quedarme ahí, de brazos cruzados.

Y corrí tras él.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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