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Mi CEO, mi obsesión - Capítulo 14

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14: Capítulo 14 14: Capítulo 14 ¿DOSCIENTOS SETENTA DÍAS?

Lo alcancé en el jardín.

—¡Espera!

¡¿Me lo dices con esa frialdad?!

¡¿Y qué harás ahora…

ella tenía familia?!

Hugo se sacudió mi mano del brazo.

Su mirada gélida me atravesó.

—¿Por qué te importa?

—¡¿Bromeas?!

¡Ella dijo que yo…

Su mano aterrizó en mi boca para callarme.

Sin violencia pero firme.

—Cálmate —fue una orden—.

Ya me encargué de todo.

Aflojó la mano, pero en lugar de retirarla, frotó sus dedos contra mis labios que temblaban.

—No intentes fingir que te importa —añadió.

Respiré hondo.

—No lo haré —murmuré—.

Si tú lo has resuelto…

estoy bien.

—Eso.

Me dio unas palmaditas suaves en la mejilla.

Intenté ignorarlo.

Pero no podía entender que de verdad no le afectara.

Como si la muerte fuera apenas un trámite para él.

—Creí que la amabas.

Sabía que eras frío, pero esto me deja sin palabras.

Soltó una carcajada muda.

Su mano haciendo ese gesto en su pelo.

—Me parece genial que me vayas conociendo —comenzó a irse, y se detuvo unos metros más adelante—.

Ah…

—dijo sin volverse y palpó un bolsillo—.

El anillo…

lo tengo.

Gracias por ser su guardiana tanto tiempo.

¿Tanto tiempo?

Me quedé en silencio.

El aire con olor a polvo y polen batió mi pelo.

Tuve que sentarme en un escalón cuando mis piernas se aflojaron.

Solo me levanté cuando organicé mis pensamientos.

Primero fui a por café.

Luego un baño para aclararme.

Y entonces me instalé en el despacho de Hugo con mi teléfono para ordenar archivos y hacer mi lista.

Estuve horas ahí sin dramas ni interrupciones.

Al final tenía todo por escrito.

Me estiré satisfecha en la silla, y pensé en Sue.

Muerta.

Todavía me costaba creerlo.

También en los cabos sueltos: Ella, las notas, mis fantasías.

Tomé el aire con fuerza.

Iba a levantarme cuando un pensamiento me golpeó como un meteorito.

Abrí mi teléfono para comprobar una fecha.

La del día que llegué y ya no volví a irme.

El día que inició eso que Hugo llamaba juego.

Para mí, este era el tercero.

Pero…

Un grito me estalló dentro cuando la tuve.

No.

Era imposible.

El celular cayó de mis manos.

Mis ojos se clavaron desorbitados en la pantalla encendida.

—Es…

¿una broma?

—balbuceé.

Entonces reí.

Una risa seca y forzada pero inevitable.

Confirmé la fecha actual.

También la hora.

Volví atrás.

Una y otra vez.

Debía tratarse de un bucle.

Un error, pliegue, grieta.

Realidad alterada.

Cualquier nombre venía bien.

Porque era imposible que hubieran pasado nueve meses.

Algo así como…

¿doscientos setenta días?

Desde esa noche.

En ese instante mínimo tuve una náusea violenta.

Apenas me dio tiempo de apartarme del escritorio.

Y vomité.

AL FIN.

El teléfono temblaba en mi mano después de haber hecho casi una docena de llamadas.

A mi casero.

Mi hermana.

Conocidos.

Mi dentista.

Mi terapeuta.

Y por último…

A mi jefe.

Nadie respondió.

Como si no existieran.

Timbres que rebotaron de mi oído al vacío.

Ni siquiera llamadas que fueran al buzón de voz.

Y por vez primera desde que empezó…

dudé seriamente de mi cordura.

Esto…

¿Era real?

¿Delirio?

¿O una mezcla de ambos?

Gotas de sudor espeso bañaban mis sienes.

Y el silencio de la mansión me pesó más que nunca.

Como si me abrazara, invasivo.

—Hugo —murmuré.

Quería gritar.

Juro que quería.

Pero ni siquiera podía articular.

Un silbido ronco escapó de mi pecho.

Y ocurrió algo completamente absurdo.

Lloré.

Imágenes rotas y perturbadoras amontonándose en mi mente.

Como una condena.

Y ese sabor a metal que engrosó mi lengua.

Yo no lloraba.

No desde niña.

Y eso fue lo espantoso.

Sentirme vulnerable cuando siempre fui segura y poderosa.

Eso creía sinceramente.

Ahora ni siquiera sabía lo que sentía.

Mientras las lágrimas me quemaban.

Abrí el grifo para lavarme la cara.

“No quiero llorar, joder”, me exigí.

Entonces oí los pasos.

Y la voz.

Esa maldita voz.

—No te queda mucho tiempo.

Necesito esos contratos ya.

Me giré como una ráfaga y se me escapó un grito ahogado.

Hugo estaba ahí, mirándome raro.

—¿Qué te pasa?

—¿Dijiste algo?

Resoplé y enjugué mi cara empapada.

Lágrimas mezcladas con el agua.

Él dio unos pasos.

Su expresión fue de desconcierto.

Casi.

—¿Estás…

llorando?

—luego cambió y pasó a cálculo—.

Mmm…

¿estás cediendo…

—Cállate —gruñí—.

No estoy cediendo nada.

Lloro, sí.

Suelo hacerlo cuando estoy sola —mentí—.

Pero tú…

llegaste demasiado temprano.

Hizo un gesto burlón.

—¿En serio las 9 te parece temprano?

Miré veloz a las ventanas.

La noche se filtraba en oleadas.

Sombras solapadas que susurraban, conspirando.

Tragué con dificultad.

El mundo se detuvo por un largo segundo.

Y entonces me reí.

Claro…

estaba en medio de una puta distopía mental.

Con razón moría de hambre.

—En serio, no te ves bien —su voz me cortó—.

Si necesitas ver a un médico…

—No —aseguré, decidida a recuperar el control por improbable que pareciera—.

Solo…

necesito algo.

Lo miré.

Fue una mirada densa, absorbente…

De esas que marcan.

Y ya no pensaba reprimirme.

—A ti —completé.

—Y yo te necesito a ti.

¿Qué?

Antes que pudiera reaccionar me besaba.

Con una furia que quemaba.

Me empotró contra la encimera, y mientras su boca se comía la mía, sus manos hurgaron lo prohibido.

Gemí contra sus labios y su aliento, clavando mis uñas en su nuca.

Aún me parecía mentira.

—¿Esta vez…

sí está…

pasan…

Su lengua en mi garganta me impidió continuar y me entregué a ese placer que reptaba por mi piel como una hoguera infame y adictiva.

—Sí…

—abrí mis piernas y levanté una, justo por la suya.

En un segundo me subió a la encimera.

Sin que dejara de besarme o tocarme.

Todo alrededor dejó de existir.

Menos mi CEO y su deseo.

El mío, sobredimensionado.

Teniendo al fin escape.

“Al fin”.

Quizás cuando acabara —me aventuré a querer— todo volvería a la normalidad.

Pero en ese momento eso era irrelevante.

Además, ya no tenía cómo saber qué era normal.

Me arqueé hacia atrás cuando sus dedos entraron en mí.

Dejé de pensar, al borde de romperme.

Estaba en medio de ello cuando un aliento distinto calentó mi oído.

Y una mano que no era la suya rodeó mi garganta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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