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Mi CEO, mi obsesión - Capítulo 15

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15: Capítulo 15 15: Capítulo 15 ¿ESTA VEZ SÍ FUE DE VERDAD?

Di un grito cuando miré atrás en medio de mi orgasmo.

Era el rostro de Hugo.

Abrí los ojos y había desaparecido.

Él embistiéndome.

Él apretando mi cuello.

Los gemidos.

La encimera…

Todo.

Me pasé la mano por la cara.

Como siempre, no recordaba nada después de aquella mano y Hugo replicado.

Mierda.

Fue entonces que reparé en donde estaba.

Su habitación.

Desnuda entre sábanas revueltas.

Oliendo a sexo y a él.

Sucedió, era evidente.

Lo odioso era no recordar el resto.

Ni cómo llegué ahí.

Me levanté por inercia y busqué mi ropa en vano.

La luz de la mañana se colaba entre las rendijas de las ventanas cerradas.

Tuve que echar mano de una camiseta que había en un sillón.

Antes de usarla, aspiré profundamente el tejido grueso y suave.

Estaba usada y el olor a su piel me encantó.

Me llegaba casi a las rodillas y eso me hizo reír.

Mi CEO era un gigante.

Salí de la habitación en dirección a la mía.

Pero me detuve a medio camino.

Voces.

Murmullos lejanos pero reales.

Sin pensarlo fui a investigar.

Corrí en puntillas de pie con el corazón disparado.

Cuando llegué a la escalinata me incliné sobre la balaustrada.

Solo podía ver las piernas desnudas de Hugo.

Sus pies en chanclas.

Y un par de zapatos negros.

De esos caros y brillantes como espejos.

Puntas cuadradas.

¿Podría ser el dueño de la voz?

Afilé el oído.

—Solo esperamos tu orden —dijo.

Spoiler: no era la voz.

—Hasta que tenga en mi poder esos archivos —dijo entonces Hugo—.

Debo obtenerlos sin que sospeche nada.

Sabe demasiado.

Me tapé la boca y salí corriendo de allí.

¿Se refería a mí?

Tenía que descubrir de qué archivos hablaban todos.

El asunto ya me estaba haciendo enfurecer.

O preocupar.

Mientras me vestía, la puerta de mi cuarto se abrió.

Me quedé quieta.

Hugo apareció con su sonrisa estrella.

—¿Desayunamos?

Aunque si quieres…

podemos quedarnos en la cama —ronroneó.

Mis ojos y boca se abrieron.

¿Estaba siendo cercano y cariñoso?

¿O era apenas parte de su estrategia?

Me acerqué decidida.

Lo miré seria desde abajo con los brazos cruzados.

—¿Quieres algo de mí y esa es la razón por la que empezó esto?

—pregunté, sin filtros.

Mi confusión aumentó cuando me miró con una inocencia que no pude desmontar.

—Está claro que quiero algo de ti —dijo con seguridad—.

Pero creo que no hablamos de lo mismo.

Arqueó una ceja.

Obviamente, yo esperaba que dijera algo.

No sucedió.

Resoplé impaciente.

—¿Qué rayos pasó anoche?

Esta vez sus ojos brillaron.

Y apareció en sus labios esa curva peligrosa que apuntaba a mi corazón.

—Lo que tanto querías desde la primera vez que te metiste aquí —murmuró, clavado en mis ojos—.

¿Por qué siempre haces preguntas raras?

Extendió una mano y quise apartarme pero no pude moverme.

Sus dedos fríos se posaron en mi clavícula.

Y rodearon mi cuello.

Lentos.

Deliberados.

Mi nuca se erizó.

Su poder de seducción era impecable.

Altísimo.

Se acercó a mi oído, asiendo mi cara.

Olía a jabón caro y café.

—Si quieres…

podemos repetirlo.

Ahora.

Para que ya no vuelvas a olvidarlo.

Reí bajo.

Histérica.

Ese hombre era capaz de llevarme a un infierno construido por él mismo.

Donde pecar era una utopía.

Sin pensar me pegué a su boca, saboreándola.

Cuando lo solté mis labios latían.

—Entonces…

¿esta vez sí fue de verdad?

—Lo fue.

No hubo otra.

No quise profundizar en ello.

—¿Recuerdas la noche que me atrapaste?

—asintió despacio—.

Te amenacé con algo…

Esperé.

Una reacción, mínima.

No la tuve.

—¿Recuerdas eso?

Fue cuando dijiste que llamarías a seguridad?

Siguió un silencio como losa.

Más pesado.

Y supe que acababa de abrir un portal a algo que todavía era incapaz de comprender.

DIJISTE QUE NO HABÍA REGLAS.

—Creo que llevas tanto tiempo aquí metida que te estás inventando historias —dijo tras largos segundos.

Su tono cambió.

Ahora parecía casi clínico.

Pero yo insistí.

—Me gustaría saber, ahora que hemos tenido intimidad…

qué quieres de mí.

—Creo que eso ya quedó claro.

—No.

Yo me escurría aquí dentro porque estaba obsesionada contigo y eso me llevaba al límite —solté—.

Pero tú ya estabas un paso…

o pasos, por delante.

Nunca me habías mirado.

Hasta esa noche.

¿Por qué?

Se apartó un poco.

Una grieta de incomodidad apareció en él.

—¿Por qué qué, Isabella?

—su tono fue de fastidio.

—Por qué me dejaste quedar.

Es claro que quieres algo.

Y han pasado cosas extrañas…

—titubeé—.

Cosas de las quisiera tener explicación.

Esa mujer que te llama, Sue, las…

Iba a decir las notas, luego la voz, luego los espejos malignos…

y más, pero me cortó.

—Solo estás paranoica —volvió a acercarse y sonrió.

Pero su mirada era fría—.

Te propongo bajar y desayunar.

Cuando regrese de la oficina podremos hablar con calma.

—No seas condescendiente conmigo —gruñí.

—No lo soy.

Pero eres demasiado impresionable.

Te creí más dura y eso fue lo que me hizo meter de cabeza al juego.

Di un respingo.

Eso…

¿Era un reproche?

Entonces me rendí.

Mis hombros se hundieron.

—Ok.

Si quieres seguir jugando duro…

—Yo solo quiero que me ayudes a descubrir qué pasó con Sue —dijo bajito—.

Considéralo un bonus mientras jugamos.

Se dio la vuelta y le agarré una mano.

—¿Te gusto?

Fue una pregunta estúpida.

Sin cálculo.

—Olvídalo.

—Me gustas.

Lo miré y a la par, mi corazón rugía como un tren a gran velocidad.

—Perdona…

si no entiendo muy bien…

pero Sue…

ayer…

No dije más.

—Es más complicado que eso.

—Es…

¿una relación?

Sus ojos se oscurecieron de golpe.

—No.

Es un juego, Isabella.

Un J.

U.

E.

G.

O —deletreó—.

Entre adultos que entienden que la vida no es tan sencilla como eso.

Me hizo un guiño.

Yo tragué.

—¿Alguien gana al final?

No respondió.

Es decir, lo hizo.

Con una sonrisa que me dejó K.O.

Desgraciado.

Se la devolví.

—Gracias por la claridad —suspiré—.

Estoy lista para seguir moviendo mis piezas.

Pero necesito más información.

Supe de inmediato que sabía cuando puso la mano en el picaporte.

No hubo necesidad de que me mirara.

—Que sea de ambos lados.

Porque tú también tienes secretos.

Los tenía, claro que sí.

—Hecho —acepté.

—También tengo un par de reglas que me gustaría actualizar —dijo, ya en el corredor, y yo a su lado.

—Dijiste que no había reglas.

—Ahora las hay.

Fruncí el ceño.

Y el repentino timbre de un teléfono flotó en el espacio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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