Mi CEO, mi obsesión - Capítulo 16
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
16: Capítulo 16 16: Capítulo 16 EL “BUG”.
—Esto tiene que parar…
en serio —masculló Hugo pegado a la pared.
Yo fingí no escuchar.
Pero estaba segura de quién se trataba.
Él regresó con el ceño fruncido.
La mandíbula tensa.
Y apagó el teléfono.
Seguimos caminando en silencio.
No dijo nada.
Yo no pregunté.
Desayunamos entre monosílabos.
El aire en la cocina enrarecido.
Entonces, él rompió el mutismo.
—Esta noche iremos a cenar.
Casi me atraganto con el jugo.
—¿Quieres decir…
fuera?
Asintió.
—Fuera, Isabella.
¿Por qué te sorprende?
Ni que fuera la primera vez.
Espera.
Ahí estaba.
Era una especie de bug entre tiempo y espacio.
Como si yo flotara entre dos realidades.
O él fuera dos personas distintas.
De pronto jugábamos.
Y de pronto teníamos historia.
Me estremecí al recordar la noche.
Uno me follaba.
Otro tenía mi cuello en su poder.
—Claro que es la primera vez —murmuré con cansancio.
Él no ripostó.
Apenas sonrió mientras masticaba su tocino.
—Aprovecha bien este día.
Y usa el vestido negro.
—¿El vestido negro?
—El vestido negro —repitió.
“Ok, Isabella.
Esto es de locos”.
—Claro.
Él terminó de desayunar y se levantó.
—Vendré a recogerte a las 8 en punto.
No te retrases.
Se alejó.
Yo no lo detuve.
Seguía con la cabeza vuelta un caos.
Rumiando.
Tratando de encontrar la punta de la madeja.
Lo iba a averiguar todo.
Si Hugo quería hacerme daño.
Si el dueño de la voz era real.
Si Sue era su cómplice y por eso la mataron.
Si el sujeto de los zapatos negros de esa mañana era otro jugador.
Me levanté y dejé todo como estaba.
Tomé mi baño y fui a por las notas.
Me metí al despacho pero no me quedé.
Solo tomé el ordenador y lo sincronicé con mi nube.
Lo que sea que ellos creían que yo tenía lo pensaba descubrir.
No había nada más que mis archivos viejos.
Pero estaba segura de que algo se escapaba.
¡La seguridad!
“Claro, idiota”.
Esa noche él amenazó con llamarlos.
¿Por qué no habían aparecido?
Mierda.
Qué idiota fui.
El viejo cuarto en el sótano.
Donde se controlaban las cámaras.
Debía estar lleno de grabaciones.
Yo lo descubrí en una de mis incursiones.
Pero no pude espiar.
Uno de esos sujetos apareció y tuve que irme.
¿Tal vez alguien seguía allí?
Hugo nunca bajaba.
Solo recibía los informes.
Me levanté para ir.
Mi boca sabía a metal.
Y tenía un presentimiento.
EL CUARTO ABANDONADO.
El lugar olía a polvo y moho.
El aire pesaba, compacto.
Ventanas minúsculas y opresivas con barrotes permanecían selladas.
La garganta me picó cuando respiré.
Tosí un par de veces.
Las paredes desconchadas con rastros de humedad estaban atestadas de monitores.
Los conté.
Dieciocho.
Una silla giratoria estaba sola en medio del espacio Un escritorio con pulgadas de polvo encima.
Algunas carpetas.
Y una consola vieja.
Daba la impresión de ser un lugar abandonado.
Como si hiciera meses que nadie ponía un pie ahí.
Mi piel se erizó por un frío repentino que reptó por mi espalda.
Di la vuelta, sintiendo “esa” presencia.
Corrí a asegurar la puerta de metal.
Por si acaso.
Una extraña desazón hacía presa en mí.
Sí, lo admito.
Había demasiado silencio.
Y siendo honesta, el lugar era espeluznante.
Asfixiante.
Me acerqué indecisa al puesto del operario.
Necesitaba un código de catorce letras y números para acceder.
Me quedé en pie, mordisqueando mis labios.
“Piensa, Isabella”.
No fue necesario.
Porque de pronto, la pantalla en la mesa parpadeó.
Retrocedí asustada, tropezando con la maldita silla que chirrió.
Diablos.
Encima de un fondo azul desvaído, aparecieron las cámaras en fila.
Iconos pulsantes y negros.
Desafiantes.
O mejor…
amenazantes.
Tuve que reír.
Una risa que acabó en una tos seca.
Arrastré la silla y puse mi palma en el ratón.
Qué asco.
Estaba húmedo.
Mi mano tembló.
Y deslicé el cursor hacia el primer icono.
Luego otro.
Y otro.
Y otro.
Así, hasta abrirlos todos.
Las pantallas se encendieron con un chasquido.
Desplegando imágenes de diferentes locaciones de la mansión.
El aire se volvió más denso.
Casi irrespirable.
Las miré una a una.
Tres de la verja.
Cuatro de la entrada frontal, diferentes ángulos.
Una del jardín, panorámica.
Otra de la entrada lateral.
Dos de la cocina.
Una del despacho.
Algunos corredores.
Y…
Contuve la respiración.
Una de mi habitación, enfocada en la cama.
Y la última…
Del cuarto de los espejos.
Mi cuerpo comenzó a temblar sin mi permiso.
Algo se agarró de mi cuello.
Y un miedo frío e irracional engarrotó mis miembros.
Ahí debía estar todo documentado.
Mi entrada de ese día.
El desconocido.
El ataque a Sue.
Tragué.
Una bola pegajosa se incrustó en mi garganta.
Mierda, mierda, mierda.
Había terabytes de grabaciones.
Sequé el sudor de mi frente.
“Contrólate ahora.
Solo ve a esa noche.
Cuatro días atrás…
cuando llegaste y ya no te fuiste”.
Lo hice despacio.
Con la espantosa certeza de que iba a descubrir algo absurdo.
Algo que iba a cambiarlo todo.
¿Doscientos setenta días…
o solo cuatro?
Clic.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com