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Mi CEO, mi obsesión - Capítulo 17

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17: Capítulo 17 17: Capítulo 17 SI ESTO ERA PARTE DEL JUEGO YA NO ME GUSTABA.

Después de revisar casi todas las cámaras de esa noche, solo vi la inquietante silueta de un hombre de espaldas.

Vistiendo un sobretodo castaño y largo.

Moviéndose entre las sombras de la mansión.

En los pasillos, la cocina, el despacho.

Ese debía ser el dueño de la voz.

¿Pero cómo podía estar aquí sin que Hugo lo supiera?

“Sí lo sabe, tonta.

¿O no los recuerdas hablando en el despacho la noche que te emborrachaste?” Claro.

Sí lo sabe.

Tampoco es el único.

O…

Una sospecha me atravesó.

¿Podría ser un fantasma?

“Vamos, loca…

eso lo que da es risa”.

Torcí la boca.

Y respiré hondo.

Porque eso no era lo peor, sino esto: No había evidencias de mi entrada.

Ni de mi presencia allí.

Solo una, bastante espeluznante.

Mi coche.

Aparcado al otro lado de la calle, inmóvil.

Como si llevara semanas abandonado.

Tampoco llovía esa noche.

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal.

Mordí mis uñas, forzando una explicación.

Pero no había ninguna.

Mis ojos se deslizaron entonces hacia la última cámara.

Era la única que no revisé.

El nefasto cuarto de los espejos.

Lo pensé bastante, pero al fin entré.

Me quedé estática.

Los ojos fijos en el video.

Yo.

Por fin.

Sin embargo…

no tenía sentido.

Estaba de bruces.

Abrazando el piso.

No había sonido.

Pero mi cuerpo se sacudía.

Eso significaba llanto.

¿Qué demonios?

Me levanté al ver los espejos crecer, acortando la distancia entre ellos y yo.

Cerrando el círculo.

Sentí tanto miedo que salí corriendo de allí.

Ese maldito cuarto era una trampa.

Y ese video tenía que estar manipulado.

Sí, porque eso era imposible.

Mientras regresaba arriba no miré atrás.

A pesar de sentir pasos y la puerta pesada de metal cerrarse con un crujido amplificado después que abandoné la estancia.

Por primera vez pensé que esta no era la realidad.

Que me hallaba presa en mi propia mente.

Me encerré en mi habitación con mi teléfono.

Le marqué a Hugo.

No respondió.

Entonces llamé a su asistente.

—Necesito…

hablar con el CEO —pedí tartamudeando, después de su saludo.

—Lo siento, pero el señor Jefferson está en una reunión de accionistas y…

La corté.

Su voz era tan amable que me dio náuseas.

Pero esa no fue la razón.

—Espere —casi grité—.

¿De qué señor Jefferson habla?

¡Yo pregunto por…

El tono de desconexión me golpeó el oído.

—¡Mierda!

Lancé el celular sobre la cama.

En mi pecho un remolino.

Mezcla de furia y miedo.

A lo inexplicable.

A lo irracional.

Si era parte del juego, ya no me estaba gustando.

Yo solo quería follar con Hugo.

Ser su juguete, su perra.

No contaba con misterios, ni muerte, ni más actores.

Me sacudí la cabeza y empecé a dar vueltas.

“Tienes que calmarte, Isabella.

Claro que tiene explicación.

Todo es un montaje porque a él le resulta divertido.

En la cena seguro te explicará”.

La cena.

Miré la hora.

Sí, porque el tiempo allí solía esfumarse sin más.

Eran las 3 p.m.

Y en lugar de espantarme tuve un ataque de risa.

Caí sobre la cama sin poder parar.

Las 3 de la tarde.

Hora del tráfico demoníaco, pensé y reí más fuerte.

La conclusión a la que llegué fue que dentro de esos muros el tiempo se expandía.

O simplemente no existía.

Seguí riendo hasta que tuve ganas de vomitar.

Hundí la cara en la almohada y me quedé inmóvil.

ESE LUGAR.

A las 7.50 bajé las escaleras.

Espalda recta.

Autoestima al límite.

Totalmente recuperada de los acontecimientos absurdos del día.

Fresca, olorosa, segura.

Solo me quedaba un regusto amargo.

Y toneladas de curiosidad.

Usaba el vestido negro que Hugo pidió.

Ajustado, corte sirena, y un escote profundo en V.

Me sentía irresistible.

Y lo estaba.

La puerta se abrió desde fuera, una ráfaga de aire me envolvió.

Olía a tierra, esencia cara y a algo dulzón.

Apreté el abrigo doblado entre mis manos.

Ahí fue cuando lo vi.

Hugo me sonrió desde la izquierda.

Aún sujetando la puerta.

Más alto que nunca.

Su aroma me embriagó y me hizo olvidar lo que no encajaba.

Porque esto…

era lo único que deseaba.

—Estás…

impresionante —dijo, y su voz ronca y moldulada fue música en mis oídos.

—Tú también lo estás —respondí segura.

Le sonreí.

Extendió un brazo y me aferré a él con fuerza.

Me condujo por el camino de piedra, rumbo a una limusina negra flamante que esperaba en la verja.

¿En serio?

Lo miré de soslayo.

Si este hombre era también un sádico que quería aterrorizarme, no me importó.

De él quería todo.

Hasta su oscuridad.

Rememoré el sexo, y de repente me di cuenta de que no lo había visto acabar.

En la ducha lo oí.

Pero esa vez no fue real.

Para mí sí, joder.

En ese justo instante se me ocurrió algo absurdo e hilarante.

Inquietante al mismo tiempo.

Y me estremecí.

No tuve tiempo de rumiarlo.

Pues llegamos al coche, donde un chofer engalanado me hizo una reverencia.

Respondí con torpeza y en menos de un minuto estábamos instalados en el confortable y lujoso interior.

Tapizado con el mismo cuero que tanto me gustaba oler.

Hugo se sentó frente a mí.

Sus rodillas rozaban las mías.

Y su mirada no se apartó de mi cara ni un segundo.

Llegó a ponerme nerviosa como una adolescente.

Ese hombre estaba de puta madre.

Y me sentía muy afortunada por tener al fin su atención.

La ciudad rodó muda a ambos lados.

Con sus transeúntes apurados.

El tráfico de sus avenidas.

Las luces vibrantes de los rascacielos arrogantes.

—¿Es lejos?

—pregunté al rato, rompiendo el silencio.

—Lo suficiente para no tener encuentros indeseables.

Fruncí el ceño.

¿A qué se refería?

Pero no indagué.

Me daba igual, de verdad.

Si él estaba en el tablero, el resto era irrelevante.

Al cabo de media hora el coche se detuvo.

Él salió primero y me extendió su mano enguatada.

Cuando estuve fuera, miré a mi alrededor.

Era un lugar silencioso.

Con una arboleda detrás y al frente, una construcción de estilo brutalista, muy iluminada.

Con un camino de lajas bordeado por rosales impresionantes hasta su entrada.

Eran rosas negras.

—¿Es aquí?

—¿No te gusta?

—Aún no lo sé —sonreí.

—Te gustará…

ah —soltó mi mano y buscó en el interior de su saco—.

Un regalo.

Me extendió una caja pequeña con bordes dorados.

—¿Qué es?

—Ábrela.

Lo hice.

Contenía tres pares de guantes negros perfectamente alineados.

—Sé que te sientes incompleta sin ellos.

Apreté la caja contra mi pecho.

—Gracias.

—Ahora sí podemos entrar.

Entrelazó sus dedos con los míos y tomamos el camino.

Tuve tentación de tomar una rosa pero no me atreví.

Mientras el lugar se acercaba, tuve una extraña sensación.

No de peligro.

De algo más…

incomprensible.

Ese sitio parecía respirar.

Espiar.

Nos detuvimos frente a una puerta de cristal con cortinas dentro.

—¿Lista?

Miré a Hugo, y tragué.

—Claro…

—dije tratando de sonar firme— y no entiendo el misterio.

Sus ojos se oscurecieron cuando sonrió.

—Muy pronto lo entenderás.

Su voz rebotó entre las columnas del soportal.

Y entonces, se abrió la puerta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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