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Mi CEO, mi obsesión - Capítulo 18

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18: Capítulo 18 18: Capítulo 18 LA CENA.

Mi corazón volvió a su lugar cuando nos recibió un portero común.

Ataviado con exageración.

—Bienvenido, señor Caleius —dijo mientras se inclinaba—.

Su mesa de siempre ya está lista.

Hugo le entregó su sobretodo sin decir una palabra.

Su mano oprimiendo la mía.

Cuando entramos al enorme salón, mi corazón volvió a las andadas.

Parecía normal.

Pero todo en mí gritaba que no lo era.

Luego confirmé que yo tenía razón.

Primero…

había pocos comensales, absortos en sus platos o teléfonos.

El lugar poseía un lujo barroco, inquietante.

Avanzamos por una alfombra crujiente con olor a naftalina.

Las paredes oscuras tenían filas de apliques llamativos y el techo, demasiado bajo —Hugo casi podía rozarlo, por dios—; exhibía lámparas de cristal abigarradas e inmóviles.

Como si el aire no circulara.

No lo hacía.

Contuve la respiración.

Porque olía muy fuerte.

A comida insípida, tabaco…

y algo como cobre.

La atmósfera era pesada.

La luz escasa, de una tonalidad rojiza, como sangre aguada.

El silencio solo era quebrado por nuestros pasos, los cubiertos y el tintineo de las copas.

Nunca por voces.

Y ese era el detalle más espeluznante.

Nadie nos miró.

Esa gente parecía de otro mundo.

Como si estuviera, y a la vez no.

Apreté mi mano dentro de la de Hugo pero no me atreví a preguntar.

El mutismo parecía ser parte de la identidad de ese extraño lugar.

Y aunque yo suelo romper reglas, esa vez no lo hice.

Dejamos atrás mesas vacías, y empecé a preguntarme dónde nos sentaríamos; cuando Hugo se detuvo delante de la larga pared del final, cubierta por un espeso cortinaje oscuro.

Apartó un trozo, y apareció una puerta que cedió cuando colocó su palma encima.

Me empujó dentro con suavidad.

Y finalmente ahí, pude respirar.

Se trataba de un pequeño reservado, acogedor, luminoso.

Completamente distinto a lo que había afuera.

Me apartó una silla y se sentó frente a mí.

Los dos lugares estaban perfectamente preparados.

Con copas impecables y filas de cubiertos resplandecientes.

A un lado de las servilletas había una tableta.

Hugo tomó la suya y me miró.

—Es la carta.

—Ah, claro.

Qué atípico.

Sonrió, viendo la pantalla.

Yo revisé la lista.

No conocía ninguno de esos platos con nombres estrambóticos.

Un camarero entró sigiloso.

Tanto, que me asustó.

Después de saludar a Hugo sirvió vino en las copas y luego dejó la botella.

Todo era demasiado sincronizado.

Correcto.

Sospechoso.

—Veo que vienes mucho aquí —observé, de nuevo tensa—.

Pensé que serías de lugares más…

convencionales.

Me miró divertido.

—¿Qué tiene de malo este lugar?

—Todo —solté y enseguida me arrepentí.

Intenté arreglarlo—.

Te vi en muchos restaurantes.

Todos en la ciudad, del tipo normal.

—Ah, ¿sí?

—apoyó los codos sobre la mesa, y la barbilla de sus manos cruzadas—.

Continúa.

Es interesante.

Chasqueé los labios.

—Deja de burlarte.

Sabes bien que te seguía.

—Aún lo haces.

Reí.

—El sentimiento es mutuo.

Él no ripostó a eso.

Solo se enderezó.

—¿Ya decidiste qué vas a pedir?

Yo solté el aire y la tableta al mismo tiempo.

—No tengo idea de qué se tratan todos esos nombres raros —me quejé.

Esa vez rio él—.

No te burles.

Pide por mí.

Algo de ensalada…

y algún filete jugoso que sepa bien.

—La comida es deliciosa, Isabella —dijo—.

Solo que la mayoría de los comensales prefiere el “Grassie dent–trox”.

—¿Y qué rayos es eso?

—Carne cruda.

Lo dijo con tanta naturalidad que me estremecí.

Aguardé unos segundos para ver si se reía o algo.

No lo hizo.

Reí yo.

Una risa de alguien que quiere gritar y elige fingir.

—¿Cómo que…

carne cruda?

—pude preguntar al fin.

—No sé por qué te sorprende.

Solo le ponen sal y pimienta.

La maceran en un poco de vinagre de arándanos y la sirven cuando lo ha absorbido todo.

—Mierda, Hugo.

Eso…

es aterrador.

Listo.

—¿Ahora tienes prejuicios?

—Creo que se me quitó el apetito.

Él suspiró y chasqueó los dedos.

—No exageres, niña.

El camarero apareció como por arte de magia.

Le dijo al oído algunos de esos nombres.

Pero no el de la carne cruda.

Sentí alivio.

Cuando el empleado se fue, tomó una de mis manos.

—Pedí algo que va a gustarte —dijo—.

Solo debo decirte algo.

No hacen ensaladas, es un sitio de solo carne.

Pero van a buscar para ti —una pausa—.

¿Complacida?

Tragué, y creo que asentí.

—Mientras no sea carne…

sin cocer…

—No.

A mí tampoco me gusta demasiado.

No terminaba de procesarlo, cuando el camarero regresó empujando un carrito.

ALUCINACIONES.

La noche se arregló.

La cena sí resultó deliciosa.

Carne perfectamente cocida.

Y ensalada de col rizada y brócoli.

Mi aprensión casi desapareció.

Casi, porque había un montón de cosas merodeando en mi cabeza.

Sí, esas cosas.

Y cuando tomé mi último bocado, miré a Hugo.

—Más vino, por favor —pedí, y él llenó mi copa.

Era la tercera botella.

También la hora de hacer preguntas.

—Prometiste que me explicarías —así comencé.

No se inmutó.

De hecho, esperaba ese momento.

No pude evitar sonreír.

—Sí, sé que soy predecible —dijo en tono burlón.

—No lo eres —corregí—.

Solo vas por delante y yo soy muy lista.

Levantó su copa.

—Cierto.

Y brindo por eso.

Bebí un sorbo largo.

Y me acomodé para el interrogatorio.

—¿Qué quieres saber?

Lo miré directo a los ojos.

—Una respuesta.

O varias —dije.

—Bien —rellenó su copa con mano firme—.

Vayamos por partes.

—¿Estás metido en algún lío?

Su rostro pareció de piedra.

Pero apretó un segundo su copa.

Fue un gesto mínimo.

Y al mismo tiempo, delator.

—Tú deberías saber eso —gruñó.

Respiré hondo.

—¿No te preocupa que tenga tantos archivos que…

—Tú no me vas a traicionar —me cortó.

Su seguridad me conmovió.

Tenía razón, joder.

Escarbaría en el infierno si me lo pidiera.

—¿Alguien…

te vigila o…

te persigue?

Alzó una ceja.

Su expresión cambió, suavizándose.

—¿Además de ti?

No lo sé.

¿Descubriste algo?

Me revolví.

—Hay alguien merodeando la mansión y…

no soy yo —solté—.

¿Despediste a la seguridad?

También creo que ese alguien manipula las grabaciones y el cuarto de control parece…

abandonado.

Ahí su mirada cambió.

—¿Bajaste?

No supe si fue reproche, sorpresa, o algo más.

—Me pediste que te ayudara a resolver lo de Sue —fue mi defensa, limpia.

Él no se movió—.

También quiero que me digas qué pieza era ella dentro de tus juegos…

—Espera.

Callé de golpe.

El chasquido de su copa sobre la mesa se amplificó.

Y se inclinó hacia adelante.

—Lo justo sería…

una pregunta tú, una pregunta yo —murmuró—.

Porque yo también tengo muchas.

Solté el aire y me recliné de la silla.

Empecé a juguetear con el borde del mantel.

—Adelante —dije entre dientes—.

Pregunta lo que quieras, aunque pienso que lo sabes todo.

—No, Isabella —siseó, y en sus ojos parpadeó un fuego extraño—.

No soy Dios.

Y tú eres…

digamos que difícil.

—¿Soy difícil?

—me enderecé—.

Yo solo soy una idiota obsesionada contigo con una sola idea.

Pero todo se ha complicado…

como si la mansión estuviera encantada y…

—¿Te parece?

—Me parece —mi pecho se agitó.

Silencio.

Entonces soltó una bomba.

—¿Qué tal si eso…

no son más que alucinaciones?

Todo se detuvo.

¿Qué mierda?

Su tono condescendiente me hizo enojar.

—¿Alucinaciones dices?

Él deslizaba un dedo por el borde de su copa.

Su pose distraída.

—Sí, Isabella.

Esas pastillas que tomas…

—Ya córtala…

—gruñí, mi mandíbula tensa—.

Intentas confundirme…

—Sssh —en un instante, su pulgar frotaba el dorso de mi mano—.

Cálmate, no te estoy acusando.

Solo…

amplío el panorama.

Respira —pidió y aflojé los dientes—.

Eso.

Es mi turno.

—Pues pregunta ya…

Yo seguía impaciente.

Sí.

No podía evitarlo.

Hugo humedeció sus labios.

Pero cuando abrió la boca, un tumulto del otro lado nos hizo girar la cabeza hacia la puerta.

Parecían…

susurros ahogados.

Muchos.

Clavé mis uñas en mis palmas, helada.

Eran como putos lamentos.

Hugo se levantó.

—¿Qué está pasando?

—pregunté con voz temblorosa.

—No es nada —dijo y salió.

Me quedé ahí, contando los segundos.

Hasta que ya no pude.

Él no volvía, y…

mi poca paciencia se esfumó.

Decidida, me puse en pie para salir a buscarlo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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