Mi CEO, mi obsesión - Capítulo 19
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19: Capítulo 19 19: Capítulo 19 EL EPISODIO.
El sonido cristalino del piano fue lo primero que oí.
Notas cortas, rápidas.
Luego tintineo de cristal.
La misma luz roja.
La misma gente silenciosa.
El mismo olor.
Sin embargo, Hugo no estaba.
Hubo un silencio denso unos segundos.
El piano se detuvo con una nota desafinada.
Entonces…
el tumulto de antes creció.
Como si emergiera de las esquinas.
Invisible.
Comencé a sudar, y mi cartera temblaba en mi mano.
¿Nadie me veía?
¿De dónde salían esos lamentos?
Angustiosos, inhumanos, absurdos.
Quise dar un paso, pero algo me lo impidió.
—Hu…
gooo —susurré, con voz estrangulada.
Y fue entonces que lo vi.
No a Hugo.
Al menos no enseguida.
Las paredes…
Todas…
Cubiertas de espejos.
Como aquel cuarto en la mansión.
No estaban ahí antes.
Y un miedo visceral comenzó a crecer en mi estómago.
Dentro de los espejos…
Tragué pesado, sudando a mares.
Dentro de los malditos espejos…
Cuando miré…
Ocurría una carnicería.
Asquerosa.
Ignorada por todos.
Quise gritar, pero unas garras invisibles me apretaron la garganta.
Los comensales, replicados detrás de los reflejos, gruñían; mientras devoraban algo.
O a alguien.
Más lamentos.
Y ellos…
disputándose un cuerpo.
Todavía con vida.
Sentí que iba a enloquecer cuando vi a Hugo en uno de los espejos.
Me miraba como un depredador.
Recto, al acecho.
Eso no era lo espantoso.
Su boca…
su camisa blanca…
Estaban manchadas de sangre.
Mi cuerpo se sacudió.
El salón seguía quieto.
Pero en los espejos ocurría el infierno.
Quise correr.
Un camarero indolente me pasó por al lado sin mirarme.
El pianista volvió a tocar.
Y cuando volví a mirar, ya había silencio.
Pero el cuerpo mutilado seguía ahí, del otro lado, sobre un charco de sangre negra.
Me llevé las manos a la boca.
Justo al borde de un ataque.
El cadáver…
El resto de los espejos desapareció, tragados por las paredes oscuras.
Y solo quedó uno.
Ese.
Retrocedí.
Apenas.
El cadáver…
Todo empezó a darme vueltas, y se me antojó caer en medio de un torbellino que me succionaba sin piedad.
El cadáver…
Me sentí perdida.
El aire se volvió metal en mis pulmones y ya no pude respirar.
El puto cadáver…
¡Era yo…
joder!
Entonces, solo entonces…
se abrió mi garganta y grité.
Un grito que creció.
Roto.
Interminable.
Con toda las fuerzas de mis pulmones.
Y perdí el sentido.
¿QUÉ ME PASÓ?
Volví a gritar, forcejeando.
—Tranquila.
Abrí los ojos.
Hugo me tenía.
Seguíamos en el reservado.
—Quiero irme…
—grité.
Él me sostuvo más fuerte.
—Todo está bien —murmuró.
Esa ocasión lo miré.
No había sangre.
Era solo él.
Su piel, su olor, sus ojos desconcertados.
Hundí el rostro en su pecho y empecé a llorar.
Feo, sollozos descontrolados.
Hipo, mocos.
Mis manos aferradas al borde de su saco.
—Creo…
que estoy…
enloqueciendo —dije, entre balbuceos rotos.
—Tienes que calmarte y decirme por qué gritaste.
—Demorabas…
Silencio.
Poco después me incorporé y él me extendió un pañuelo.
—Te has arruinado el maquillaje —murmuró con una medio sonrisa.
Después de limpiarme la cara, respiré.
De verdad.
Sintiendo mi cordura regresar.
De a poco.
—¿Mejor?
Asentí.
—Yo…
fui a buscarte —comencé a decir, en un intento de entender lo sucedido—.
Esos sonidos…
tú fuiste y…
Me detuve de golpe.
Él dijo antes que yo sufría alucinaciones.
Pero no era posible.
Apreté los labios y cerré mis manos en puños.
Recién entonces noté que tenía guantes puestos.
No dije nada.
No quería parecer más loca.
La voz de Hugo me devolvió al presente.
Serena.
Dosificada.
—Un cliente sufrió un ataque —explicó—.
Salí a investigar.
Demoré porque me quedé ayudando.
—Pasó mucho tiempo —musité.
Mi mente insistía en el horror contra mi voluntad.
—Apenas diez minutos, pero eres impaciente, Isabella.
Nunca te quedas quieta.
Lo miré.
Imposible que fuera una actuación.
De serlo, era demasiado brillante.
—¿Qué me pasó?
—pregunté al fin, temerosa.
—Gritaste como una loca y perdiste el sentido.
Yo estaba de vuelta y te encontré en los brazos de un camarero —hizo una pausa, y sonrió—.
Alguien comentó que esta era una noche rara.
Dos incidentes, creo que ya es mucho.
Entrelacé mis manos en mi regazo.
Mierda.
Sí que tenía alucinaciones.
No había ninguna posibilidad de que fuera real ese episodio.
—¿Ya podemos irnos?
Incluso así me aterraba tener que volver a ese salón.
—Claro —Hugo se levantó—.
Si te sientes mejor, podemos.
Extendió su mano.
Demoré en tomarla pero al fin lo hice, y él me levantó sin ningún esfuerzo.
Me pegó a su cuerpo, rodeando mi cintura.
—Tengo…
creo que estoy muy estresada —dije.
Su mano sujetó mi barbilla y levantó mi rostro.
—Sí.
—¿No quieres saber…
por qué…
—Ya no —susurró, sus labios rozaron mi oreja—.
Ahora estás bien.
—No…
no lo estoy.
—Lo estarás.
Solo necesitas aire fresco y dejar de ser tan sensitiva —puso su boca en mi pelo—.
Piensas demasiado.
Deberías dedicarte a escribir.
Al fin pude sonreír.
Pequeño, pero suficiente.
—Tal vez deba volver al trabajo.
—Ahora trabajas para mí.
Pensé en el interrogatorio fallido y las dudas que persistían y no fueron resueltas.
—Necesito unos días —suspiré—, mi cerebro es…
fértil en demasía.
Tengo que bajarle un poco a la intensidad.
—Estoy de acuerdo.
Me besó.
Fue un beso lento, casi tierno, atípico en él, y a la vez delicioso.
Hubo algo raro en el sabor de su boca…
Pero lo ignoré.
Cuando me soltó, sus pupilas saltaban.
—Vamos, voy a llevarte a un sitio que te va a gustar.
Me arrastró con él.
Mi perplejidad aumentó cuando salimos al salón.
Y fue la confirmación de que algo estaba muy mal conmigo.
De que mi maldito cerebro me jugaba muy malas pasadas.
Pero no abrí la boca mientras recorríamos el pasillo y Hugo era saludado por muchos.
—¿Cómo está señor Caleius?
—¿Hugo?
Qué sorpresa, de saber que estabas aquí esta noche te habría invitado a un trago.
No era para nada el salón tenebroso y opresivo.
Sino uno luminoso.
Lleno de vida, risas, charlas.
Antes de salir, escuché el piano.
Obligándome a dudar.
Eran las mismas notas.
Quise girar, pero ya la puerta de cristal se había cerrado en mis espaldas con un chasquido.
Hugo iba a decirme algo.
Cuando una mujer apareció ante nosotros.
—Qué sorpresa —dijo.
La miré, y era demasiado guapa.
Miré a Hugo, y me soltó la mano de inmediato.
Entonces ella me miró.
Directo.
Frontal.
Y cuando nuestros ojos colisionaron, supe que un nuevo problema venía en camino.
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