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Mi CEO, mi obsesión - Capítulo 20

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20: Capítulo 20 20: Capítulo 20 UN MOMENTO FUERA DE CONTEXTO.

—Veo que estás muy bien acompañado —dijo la mujer, sin dejar de mirarme a mí—.

Tú sí que no pierdes tiempo, eh?

Hugo se tensó.

Yo también, pero distinto.

—¿Podrías dejar de verme?

—gruñí.

—Isabella —la voz de Hugo hizo una brecha en la hostilidad—.

Espera en el coche.

Lo miré desafiante.

—¿Quién es esta?

—pregunté, y de verdad me creí que tenía algún derecho.

Los ojos de Hugo no me dejaron espacio.

Puse los míos en blanco y empecé a irme.

Ella no se movió.

Cuando llegué a la limusina me recosté.

No me perdí un detalle de la supuesta charla.

Esa mujer parecía estar reclamando algo gordo.

Hugo impasible, pero solo en apariencia.

Pasaron como diez minutos y ella se alejó, furiosa.

Él se quedó unos segundos en el mismo lugar, y entonces empezó a caminar hacia mí.

Me mordí la lengua.

Porque quería preguntar, reclamarle.

Pero sabía que sería peor.

Cuando llegó abrió la puerta sin mirarme y entramos en silencio.

No dijimos una palabra durante el viaje.

Yo, tensa.

Él, con un aire mínimo de vulnerabilidad imposible.

Hasta que el coche se detuvo en medio de una oscuridad apenas rota por las estrellas.

Bajé la ventanilla y un soplo de aire frío me pegó.

Olía a salitre y recuerdos.

—¿Qué hacemos aquí?

—pregunté.

Y él me miró por primera vez.

—Dije que te llevaría a un lugar.

Su voz vibró.

Sonreí.

Al menos no lo olvidó.

—¿Es la costa?

Quería con todas mis fuerzas olvidar el incidente con aquella mujer.

—Es la costa —respondió, y una leve sonrisa asomó en sus comisuras—.

Bajemos.

Mis tacos se hundieron en la arena blanda y me los saqué.

La textura rasposa y fría en la planta de mis pies fue reconfortante.

El sonido acompasado del oleaje también, y aspiré hondo.

Casi parecía normal.

Sentí una laxitud extrañamente cálida.

La mano de Hugo tomó la mía y caminamos en dirección al mar.

La escena parecía sacada de contexto.

Era tan…

no solo normal, sino cotidiana.

Irreal.

—¿Está todo bien?

—inquirí en un susurro cuando nos detuvimos.

Él suspiró y giró a verme.

Su mano apretó la mía.

—Esto parece fuera de lugar, ¿no?

Asentí mientras tragaba varias veces.

—Como si nos hubiéramos metido en un cuento de fantasía.

Él rio entonces.

Su risa pequeña se perdió en la inmensidad.

Hubo un corto silencio después.

—Sí —dijo al fin—.

La vida es una mierda.

Ese fue el momento perfecto para preguntar.

El Hugo seguro y prepotente no existía en esa fracción de segundo.

—¿Quién era esa mujer?

Un relámpago inesperado quebró la negrura.

—Es la hermana de Sue —fue la respuesta.

Me estremecí, soltándome de su agarre—.

Quería respuestas.

Quedé en silencio y juro que le creí.

—Ah —solté después, casi inconsciente—.

Como yo.

—Respuestas diferentes, Isabella.

Apreté los labios.

Mi nombre en su boca siempre sabía a regaño.

—Bien —suspiré—.

Prefiero dejarlo para otro momento, como la realidad.

De verdad quería disfrutar esta grieta.

Él empezó a desvestirse.

Despacio.

Deliberado.

Mirando en algún punto del mar invisible.

—¿Te vas a…

meter?

—pregunté, confundida.

—No.

Me agarró de imprevisto.

En un segundo yo estaba en la arena.

Él encima.

Su torso desnudo palpitante.

Perfecto y deseable.

Su entrepierna oprimiendo entre mis muslos.

Y una erección que crecía.

Quedé sin aliento.

Ese maldito cosquilleo en mi estómago.

En mi sexo.

—Como bien has dicho —murmuró contra mi oído—.

Dejemos la mierda para la vida real.

Besó mi cuello y todo mi cuerpo tembló.

—¿Me deseas?

—Mucho.

Empezó a desvestirme.

Su lengua hurgó cada pedazo de mí.

Me corrí solo con eso.

Cuando metió la cara entre mis piernas, mis ojos se clavaron en el firmamento.

Mis dedos en la arena.

Y me perdí.

De verdad me perdí.

DE VUELTA AL MUNDO REAL.

Reímos durante el camino de regreso.

Pero ni bien entramos a la mansión, todo cambió.

El mundo real nos golpeó de frente.

Como si se burlara.

En algún lugar un reloj dio las tres de la mañana.

Y Hugo desapareció.

Lo busqué, confundida.

O no.

Estaba acostumbrada a los desplantes de ese lugar.

Me dirigí arriba con calma.

Ignorando los crujidos y susurros de las sombras, cerrándose como puños a mi alrededor.

La puerta de mi habitación estaba abierta.

Una brisa que venía de ningún lado la movía.

Me detuve.

Con la imagen de los espejos y toda la sangre en mi cabeza.

Mierda.

El chirrido de la puerta me puso los pelos de punta y corrí a sujetarla.

Dejé de respirar cuando miré dentro.

Estaba revuelto.

Como si hubieran estado buscando algo.

Y en la pared…

“Huye”.

Escrito con prisa, letras rojas y grandes.

¿Sangre?

Entré en pánico.

Mis piernas se aflojaron.

Algo se movió entre las sombras a mi derecha.

Y no tuve opción.

Entré y tranqué la puerta desde dentro.

Me quedé ahí pegada largos segundos.

Escuchando.

Nada.

—Idiota —gruñí, casi inaudible—.

Deberías estar acostumbrada.

Todo es falso.

Nadie te quiere hacer daño.

Está…

en tu puta y enferma mente.

Crují los dientes y giré.

Me llené de valor y caminé despacio hasta la pared pintada.

Me detuve a pocos pasos.

Sí que parecía sangre.

Solo tenía que extender la mano.

No me atreví.

Pateé el piso.

¿En qué momento comenzó esta mierda?

Una respiración en mi nuca me hizo volver de golpe.

La cama crujió.

Como si hubiera un cuerpo en ella.

Entonces los vi.

El anillo de Sue.

El colgante de Hugo.

Su celular.

Miré mi mano enguatada.

Mi anillo estaba ahí.

Reí bajo y roto.

Hugo se llevó aquel.

Este era solo una copia.

Una jugarreta.

Sin pensarlo más agarré el teléfono.

En cuanto lo tuve vibró.

Una llamada.

“Ella”.

Otra vez.

Y me convencí de que esta era mi oportunidad.

Respondí.

—¿Quién mierda eres tú?

Silencio.

—¡Responde, joder!

Sollozos.

Me ericé.

Reconocía esos sollozos.

Esa voz.

El móvil tembló contra mi oído pero no lo solté.

—¿Quién eres, ella?

—pregunté otra vez, más suave.

—¿No me reconoces?

El mundo se detuvo.

—No…

esto es…

una maldita broma.

Un jadeo se me escapó.

—Solo…

tienes que parar.

Mi tono delató una angustia que yo no quería sentir.

Fría.

Densa.

—Tienes que ir a ese día, cuando empezó todo.

Mientras no lo hagas estamos en peligro.

—Fue hace cinco días —murmuré, sin nada de certeza.

—No.

Solo te quedaste atrapada…

—¡Déjame en paz!

¡¿Por qué…

—mi voz se quebró volviéndose un suspiro— lo haces…

—Solo nos ayudo.

Sálvate, Isabella.

Una pausa eterna y densa, como un abismo.

—Sálvanos.

—No…

—Ella…

soy yo.

Y yo…

—temblé.

No—.

Soy tú.

Lancé el teléfono contra la pared.

Iba a gritar.

Cuando tocaron a la puerta.

Pero igual grité.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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