Mi CEO, mi obsesión - Capítulo 3
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
3: Capítulo 3 3: Capítulo 3 NO ME MIENTAS.
No pude evitar sonreír.
¿En serio?
Era una pregunta cuya respuesta ya tenía.
—Eso lo sabes.
Se encorvó un poco y su aliento calentó mi oído.
—Aun así quiero oírlo —murmuró.
Se enderezó.
Yo no me atreví a mirarlo.
Aún.
—Por ti —dije.
—Ah, no mientas.
Entraste, pero no fuiste a mi alcoba.
Viniste aquí.
Fisgoneaste.
Bebiste mi whisky…
Respiré hondo.
Sí hice eso, ¿y qué?
La razón seguía siendo él.
Y sí fui a su alcoba.
¿De verdad no lo sabía o me estaba probando?
Me deslicé del escritorio y una de las copas cayó al suelo con un chasquido seco.
No se rompió.
Miré la otra.
Tenía una marca difusa de labial que antes no vi.
Me senté en su sillón.
De frente a él.
Crucé y descrucé las piernas un par de veces.
Lo miré.
—No tengo una respuesta para eso —admití—.
Pero sí fue por ti.
Entornó los ojos, como si me estuviera leyendo.
Pero no dejé que se instalara el silencio.
—¿Por qué me dejaste?
Se inclinó hacia adelante y su maldito olor estaba ahí.
Sin cambio.
Apreté los puños contra mis muslos.
—Tú también tienes esa respuesta.
—¿Desde cuándo sabes mi nombre?
Sonrió y miró mis manos.
—¿Por qué los guantes?
—Porque siento frío, y me gustan.
—Extraño —murmuró—.
Tal pareciera que solo evitas dejar tus huellas.
Sentí mis mejillas arder.
No serviría de nada mentir.
—También —confesé—.
¿Siempre me viste entrar?
¿Por qué hoy decidiste enfrentarme?
¿Es porque te hartaste?
Se levantó.
Se acercó hasta rozar mis rodillas.
—Es porque ya sé todo cuanto necesitaba saber.
—Entonces…
¿se acabó?
Se encogió de hombros y caminó hasta un estante con copas y botellas.
—¿Quieres que acabe?
Enmudecí.
Regresó con dos vasos y me dio uno.
—Bebe.
Y responde.
Obedecí.
No dejó de mirarme hasta que me acabé la última gota.
—Sabes beber —observó.
Su tono fue de admiración.
—Como un hombre —gruñí.
—Entonces, Isabella…
¿quieres que acabe?
Me puse en pie rápido y perdí el equilibrio.
Él me sostuvo.
Apenas un segundo su brazo rodeó mi talle.
Fue breve, pero suficiente.
Se apartó por más whisky.
Mientras yo seguía sintiendo su contacto quemarme.
—No —dije.
Mi voz sonó como una sentencia en medio del tintineo del cristal—.
No quiero.
Se volvió a mí.
Pero no sonreía.
Y lanzó la pregunta más peligrosa de todas.
—¿Hasta dónde estarías dispuesta a llegar?
Hizo una pausa deliberada, estratégica.
Mientras mi mente trabajaba a mil buscando una respuesta.
—Y sobre todo…
—añadió entonces— ¿qué pasa si gano yo?
Abrí la boca en el mismo instante que su teléfono vibró.
Rompiendo la tensión.
Vi en sus ojos molestia cuando lo sacó de su bolsillo.
Pero miró la pantalla y fue peor.
Sus músculos faciales se endurecieron.
Y salió sin mirarme.
Cuando lo hizo respiré.
También me recargué.
Porque iba a necesitar de toda mi astucia.
Debí quedarme esperando.
Pero no lo hice.
Caminé hacia la puerta semiabierta.
Él seguía en el corredor.
Teniendo una charla difícil de la que oí retazos.
“Videos…
cheques…
contrato…
despido”.
No me moví cuando volteó y me descubrió.
Pero no hubo enojo en sus ojos.
Había algo más oscuro y peligroso de lo que quise entonces admitir.
—Nos vemos en un rato en la oficina —fue lo último que dijo antes de cortar.
Sus ojos seguían clavados en mí.
Yo, inmóvil en la puerta.
Calculando.
—¿Era importante?
—pregunté.
—Depende.
Esa sola palabra me alertó.
Por el tono que fue dicha.
—No me mientas.
—No lo hago.
Silencio.
No pasó nada en largos segundos.
Hasta que él se movió, pero no en mi dirección.
—Vete ahora —dijo alejándose—.
Mañana cambiaré otra vez el código de acceso así que tendrás trabajo que hacer.
El pasillo se lo tragó.
Yo solo pude sonreír.
Había hecho apenas una jugada.
Incompleta.
Así que el juego ni siquiera había empezado.
Me devolví y me serví más whisky.
Y esta vez… no fue para esperar.
Porque yo no pensaba salir de ahí esa noche.
NO ERA SU VOZ.
Caminé descalza por los pasillos oscuros que parecían estirarse a mi paso.
El roce frío del piso en mis pies era…
Sensual.
Ya había caminado por ahí.
Pero nunca con esa intención.
Siempre escabulléndome.
Ahora lo hacía con libertad.
Ya no era un crimen.
Y pretendía disfrutarlo.
Porque el dueño me dio permiso.
Él.
Hugo.
Mi Hugo.
Mi CEO convertido en mi pecado.
Reí a carcajadas.
Los muros pintados me devolvieron un eco distinto.
Oscuro.
Desafinado.
Con la botella casi vacía en la mano descubrí habitaciones empolvadas.
Con olor a humedad y olvido.
Con doseles y muebles envejeciendo en silencio.
Resignados.
Acaricié paredes agrietadas y rugosas.
Testigos de historias que ansiaba conocer.
Y repetir.
Casi ebria, entré en la última de todas.
Me detuve de golpe en el medio de aquel espacio.
Vacío.
Y a la vez lleno.
Pero opresivo.
Con una atmósfera…
única.
Era una habitación forrada de espejos.
Manchados.
Fracturados.
Que casi podían respirar.
Y en cada uno de ellos…
Una versión mía diferente.
Me acerqué riendo a uno de ellos donde me veía deforme.
Apoyé mi mano en la superficie.
Y un monstruo de ojos rojos me sonrió.
La aparté como si quemara.
Me alejé, tambaleante.
Con un sabor acre en la garganta que se mezcló con el del whisky.
Llevé una mano a mi cuello.
Y la botella se resbaló de la otra.
Fue un chasquido ensordecedor.
En medio del silencio.
Turbio.
Inquietante…
Volví a mirar al espejo.
El monstruo seguía allí.
Vestido como yo.
Me estremecí y me agaché a recoger los trozos de cristal.
—Joder…
Maldije cuando me corté.
Mi guante tenía una abertura de donde manaba sangre.
—Maldita…
mierda.
Solté una risa rota, que se quebró como vidrio.
Y decidí salir de allí cuando un aire gélido me azotó la nuca.
Antes de salir volteé.
Porque escuché mi nombre.
Regresé dando tumbos al despacho.
Juro que no tenía miedo.
No supe cuánto tiempo pasó.
Yo seguía tirada en el sofá pegado a la pared junto a la puerta.
No recordaba haber llegado.
Pero allí estaba, hundida en el cuero frío.
Volví a escuchar mi nombre.
Lento.
Rasposo.
Saboreado.
Y entreabrí los ojos.
—Hugo —balbuceé apenas.
Él se quedó ahí.
Si es que era real.
Murmuró algo.
Sonreí.
O hice una mueca.
Me sentía la cara grande.
Demasiado.
Y entonces vi una sombra escurrirse detrás suyo.
Pero no podía moverme.
Estaba ebria.
Eso quise creer.
Me dolía el corte en la mano.
La sangre había secado en el borde roto.
Volví a oír a Hugo.
Esta vez más íntimo.
Pegado a mi oído.
—Pobrecilla…
ese guante está arruinado —susurró—.
Siempre rompes cosas…
Intenté decir algo.
—Sssh…
yo me voy a encargar de todo.
Mis ojos se cerraron.
Pesados.
Lo último que escuché fue un murmullo.
Dos voces entremezcladas.
Una última frase.
—Ya todo está listo.
Y no fue la voz de Hugo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com