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Mi CEO, mi obsesión - Capítulo 21

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21: Capítulo 21 21: Capítulo 21 ¡¿QUÉ?!

Seguía en la cama mientras la neblina del amanecer resplandecía opaca en el cuarto.

Detrás de mí, Hugo.

Se quedó el resto de la noche y lo agradecí.

Aún estaba aturdida.

Era un cúmulo de eventos demasiado reales.

Y aterradores.

Ya no podía seguirlos ignorando.

O me había vuelto loca…

O todo se trataba de una trama muy bien pensada.

Pero era imposible.

Muchas cosas lo eran.

Tal vez no.

El caso es que yo no creía en fantasmas.

Empecé a incorporarme despacio.

Hugo se movió pero siguió dormido.

En cuanto estuve sentada, mis ojos buscaron la pared pintada.

Di un respingo.

Por todos los demonios del infierno…

Había desaparecido.

Bien, eso no tenía sentido.

Pero no me afectó tanto como yo hablándome desde otro tiempo o lugar.

Me negué a creerlo.

Seguro clonaron mi voz.

Eso.

Vi a Hugo hablar con ella.

Enojarse.

Tensarse.

Y yo estaba a su lado.

Puta mierda macabra.

Me deslicé en la cama para ir al baño.

Una mano me sujetó por el brazo.

Hugo.

—¿Dónde vas?

—preguntó sin abrir los ojos.

—Al baño.

¿No vas a trabajar?

—Hoy es domingo…

Isabella.

¿Lo era?

Justo ahí me di cuenta que había perdido la noción del tiempo.

Regresé del baño largo rato después.

Él seguía en la cama.

Despierto.

—Sabes…

he estado pensando en mi gato —dije y ni siquiera supe por qué—.

Debería ir por él.

—Lo abandonaste.

—No.

Hugo se incorporó.

Me miró fijo.

—Isabella…

en serio a veces me preocupas.

Me estremecí.

La forma en que lo dijo.

—Yo me preocupo también —admití bajo—.

Tengo hambre.

Él me alcanzó en la puerta.

—No seas evasiva —dijo, y me rodeó las espaldas.

—¿Quién es el señor Jefferson?

Sus músculos se tensaron contra mí.

—No sé —respondió.

No quise insistir, aunque mentía.

—Bajemos a desayunar —dije en cambio—.

Luego retomaremos la charla que anoche dejamos inconclusa.

—¿Qué charla?

Chasqueé los labios y me giré.

—Lo sabes muy bien.

Él se pinzó el entrecejo.

—No, Isabella —murmuró con cansancio—.

Anoche estuve hasta tarde en una junta bastante jodida, así que no…

no sé.

Abrí la boca, no hallé palabras.

—¿Qué dices?

—gruñí—.

Anoche…

La vibración de un teléfono me cortó.

Era el suyo.

—Joder —masculló viendo la pantalla.

—¿Quién?

—pregunté por instinto.

¿Ella…

yo?

Respondió, y abandonó la habitación.

Me devolví e inspeccioné la pared arruinada con el graffiti.

Olía a pintura fresca.

Pero no había señales del mensaje.

Imposible que la pintaran con tan poco margen de tiempo.

Froté mis dedos en la superficie.

Limpios.

Resoplé y di unas vueltas.

Cada día se engrosaba mi lista de rarezas inexplicables.

Y para colmo, anoche no estuvimos en ese restaurante ni tuve aquella visión perturbadora ni follamos en la playa.

Decidí contarle a Hugo todo ese mismo día.

Sin excepciones.

Luego iría a mi departamento.

Tal vez todo se ordenara.

Ya no soportaba este lío.

Yo no lo pedí.

Cuando puse la mano en el picaporte di un salto.

Abrí los ojos.

Seguía acostada.

¿Quéee?

ESE NO ERA MI CEO.

Me levanté con un grito roto.

¿Lo de antes fue un sueño?

Imposible.

Sudaba.

Mi corazón latía fuerte.

Pero no le di tanta importancia.

Fui a la alcoba de Hugo y no estaba.

Entonces bajé a la cocina.

Había un desayuno todavía caliente sobre la mesa y café medio frío.

El olor a quemado flotaba sobre la encimera y los extractores.

Quise seguir pero las tripas me sonaron.

Y apreté mi estómago con una mano.

Tenía hambre.

Así que me lo acabé todo.

Luego seguí hasta el despacho.

Me detuve delante de la puerta cuando escuché voces dentro.

Pegué el oído a la madera fría y no entendí lo que decían.

Pero sí identifiqué dos voces.

Además de la de Hugo.

Nada sospechoso.

Parecía una reunión.

No quise molestar y me alejé.

Estuve casi tres horas en el jardín hasta que vi dos hombres salir.

Me oculté tras unos arbustos para no ser vista.

Traspasaron la verja con un aire de misterio inquietante.

No parecían clientes ni accionistas.

Cuando desaparecieron volví a la mansión.

Encontré a Hugo en medio de un montón de papeles.

Ni siquiera me miró.

Caminé hasta él y acabé sentada en la esquina del escritorio.

—¿Qué quieres, Isabella?

—gruñó sin levantar la vista.

—¿Necesitas ayuda?

—Por supuesto que no.

—¿No dormiste?

—Muy poco.

—¿Quiénes son los hombres que acaban de salir?

En esa ocasión se enderezó y dio un golpe en la mesa.

Un vaso con whisky saltó conmigo.

—Si estás aburrida ve a dar una vuelta —espetó.

—No.

Quiero que hablemos —dije con firmeza.

No respondió de inmediato.

Solo alisó su cabello brillante y por fin me miró.

—Necesito que vuelvas al trabajo —soltó.

Esa petición me sorprendió.

—Dijiste que…

—hice silencio.

—¿Qué dije?

—Anoche…

—mordí mi labio inferior—.

Olvídalo.

Ya ni sé qué es real o no.

Suspiró.

Entonces giró su ordenador hacia mí.

—Necesito que encuentres algo y luego…

—una pausa— que me envíes todo lo que tienes de mí.

—Claro, pero…

no recuerdo dónde lo puse.

—¿Cómo que no recuerdas?

—apretó la mandíbula.

Los músculos de su cuello se marcaron, tensos.

Tragué.

—Debo tener algún dispositivo en casa o…

De pronto estaba entre mis piernas, apretando mis muñecas.

—No pienses que me vas a joder —dijo entre dientes—.

Te seguí el juego demasiado tiempo.

Ni creas que lo hice porque eres especial.

Me sacudí con violencia.

—Eres un imbécil.

Sea cuál sea el lío en que estés, no me culpes.

Se apartó y dio unas vueltas.

—No estoy en ningún lío.

Me basto para resolver mis cosas, pero tú —me señaló— estás de acá para allá como un fantasma.

Me pones nervioso.

Me bajé del escritorio.

—Si no fueras un maldito bipolar resolveríamos esto.

Yo tengo la culpa, porque me confundí desde el principio —caminé hasta la puerta, furiosa—.

¿Sabes qué?

—giré a mirarlo—.

Que te den.

Me largo hoy mismo de acá.

No vales la pena mi cordura.

Azoté la puerta y corrí por el pasillo.

Pero me siguió y me aventó contra una pared, inmovilizándome con sus cuerpo y sus manos.

Forcejeé pero fue inútil.

Se inclinó sobre mí y su aliento entre metal, tabaco y whisky me golpeó el rostro.

—No te equivoques —murmuró, amenazante—.

Tú sales de aquí cuando yo quiera, perra.

Desde que te dejé quedar muchas cosas se fueron a la mierda, y no te irás así de fácil, dejando este reguero de mierda.

Las lágrimas se amontonaron en mis ojos.

Aunque quise reprimirlas, salieron.

Me repetí mil veces que ese no era mi CEO.

Era la primera vez que lo veía así.

Fuera de sus cabales.

Pero no sentí miedo.

Solo rabia.

—Te odio —susurré.

Pegó su boca a la mía con violencia.

Fue una guerra de poderes.

Entre jadeos, luchando por el control.

Acabé mordiéndolo.

Se apartó.

Y me miró, ya sin enojo.

Con cálculo.

Mientras lamía la sangre en su labio.

Comenzó a reír y me soltó.

—Te odio —repetí, más firme.

—Regresa al despacho ahora y haz lo que te ordené.

—No.

Volvió a reír.

—¿Sabes qué?

—dijo después—.

Voy a esperar a que te calmes.

—Me iré de aquí.

—Ni lo sueñes.

—¿Quién eres tú, eh?

—le grité furibunda—.

No eres el hombre que deseo.

Me miró un rato.

De verdad.

El silencio se estiró como un chicle.

Hasta que lo rompió.

—Soy de muchas formas, Isabella.

Tú no eres la única que se transforma.

Me dio la espalda, y empezó a alejarse.

Quedé muda por un momento.

¿Qué mierda quiso decir con eso?

—¡¿A qué demonios te refieres?!

—grité.

Pero el pasillo se lo tragó.

Devolviéndome el eco de mi voz.

De pronto se puso oscuro.

Un aire frío silbó sobre mí y me encogí.

Unos pasos a mi derecha captaron mi atención.

Alguien emergió de las sombras.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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