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Mi CEO, mi obsesión - Capítulo 24

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Capítulo 24: Capítulo 24

LA POSADA OSCURA.

—¿Se encuentra bien, señorita?

Me enderecé.

La luz del exterior lastimó mis pupilas.

Dos hombres vestidos con ropas de trabajo llenas de polvo estaban frente a mí.

Asentí rápidamente, mirando de reojo el espejo.

Ya debía estar acostumbrada a esas cosas, no?

—Estoy bien —dije con la mejor voz que encontré—. Solo fue un dolor —mentí.

Uno de ellos arqueó una ceja.

—Podemos llevarla al hospital.

Negué.

—Gracias… pero ustedes quiénes son?

Se miraron.

Escépticos.

—Venimos a ayudarla a sacar sus cosas —respondió el más viejo—. Usted nos llamó —deslizó su vista cansada sobre mis cajas revueltas—. Si hubiera demorado un poco más habría perdido todo. Cada depósito se vence justo al año.

Me rasqué la cabeza.

—No es que tenga mucho, pero gracias.

El más joven y callado señaló a la mano en mi pelo.

—¿Está herida?

La aparté rápido.

En efecto. Lo estaba.

Una rasgadura pequeña que sangraba.

Recordé el maldito cuchillo y me estremecí.

Oculté la mano en mi saco.

—Debió ser con los cajones. ¿Ya podemos irnos?

—Claro —el mayor se adelantó. Olía a sudor y tabaco barato—. Solo díganos hacia dónde.

Joder. Ya no tenía un maldito departamento.

—¿Saben qué? Podemos dejarlo para mañana. Es que no tengo aún donde ir —me excusé.

El más joven avanzó dos pasos sin dejar de mirarme.

Sus ojos eran de un azul oscuro demasiado profundo.

Casi hipnótico.

—Conozco una buena pensión —dijo—. Es decente y sirven comida caliente. Puede ir ahí hasta encontrar algo mejor.

Ni siquiera lo pensé.

—Por supuesto. Llévenme allá.

Sin decir más se pusieron a trabajar.

En quince minutos mis cajas, mi cómoda y mi sillón estaban sobre su camioneta.

Los seguí en mi coche por calles tortuosas de la periferia.

Cada vez más lejos del centro.

Mientras conducía no dejaba de pensar en Hugo.

La herida misteriosa ya no sangraba.

Empecé a tararear para distraer mis pensamientos.

El cielo se tiñó de púrpura anunciando el crepúsculo.

Mientras la camioneta delante daba tumbos y el motor hipaba.

Empecé a sentir ansiedad cuando me di cuenta la dirección que tomó.

La misma del restaurante.

El que resultó no ser lo que esperaba.

O sí.

Sacudí la cabeza.

Mi blusa se mojó con un sudor frío.

Y decidí que tendría que buscar ayuda.

Pero antes, recuperar mi trabajo.

Mi vida en pausa.

Mierda.

La camioneta se detuvo en algún momento con un chasquido seco.

Después de frenar observé la calle.

Un par de estructuras avejentadas con suficiente espacio entre sí.

Árboles de ramas nudosas y torcidas.

Di un salto cuando el joven golpeó mi ventanilla.

—Hemos llegado.

Salí del coche y miré el sitio.

Una neblina fina le daba un aspecto espectral.

Un pórtico apenas iluminado.

Tres niveles.

Ventanas a oscuras.

Tragué.

No era muy halagüeño.

Pero incluso así avancé.

Mi mano apretando mi teléfono.

—Iré a ver si hay capacidad.

El viejo me señaló el letrero de metal repintado a la izquierda.

“Hostal ‘Cuervo’. Vacantes”.

Menudo nombrecillo, pensé.

Apreté los labios y tomé el camino serpenteante y estrecho.

Cuando puse un pie en la gastada escalerilla de madera, crujió.

Me ericé pero no me detuve.

La puerta estaba semiabierta y la empujé despacio.

—Hola…

No obtuve respuesta.

Giré y miré a los obreros lejos, junto a la camioneta.

—¡Solo entre!

Joder.

Mi maldita vida se había convertido en algo retorcido.

Lo hice.

Y la oscuridad del interior me tragó.

Solo vi una luz al final de un pasillo vacío y helado.

Di un salto cuando una voz cavernosa resonó.

—¿En qué puedo ayudarla?

Me volví lentamente.

PREMONICIÓN.

El cuarto olía a jabón industrial en un intento por tapar la humedad.

En una hora estaba sola, con mis cosas apiñadas contra una pared mal pintada.

La cama crujía pero las sábanas olían a limpio.

Una única luz pálida trataba de iluminar en vano.

Solo formaba sombras cortantes en los rincones.

El baño era estrecho y no tenía agua caliente.

Sí aspecto de haber sido muy bien lavado.

El agua estaba helada pero aun así tomé un baño largo.

Solo salí de debajo del chorro cuando mi piel se volvió insensible.

Cada paso que daba dentro de ese cuartucho era como si un fantasma se moviera.

La madera gastada se hundía y se quejaba.

Mientras me vestía, unos toques en la puerta me tensaron.

—¿Sí?

La voz ronca del hostelero sonó del otro lado.

—La cena está lista —dijo, en medio de una tos indeseada.

—Gracias, pero no tengo hambre —respondí.

Sí tenía. Solo no quería salir.

—Buenas noches —dijo luego de un silencio.

Y oí sus pasos arrastrarse mientras se alejaba.

Respiré hondo sentada en la cama.

—Qué día de mierda —mascullé—. Estoy tan cansada…

El colchón recibió mi cuerpo con un gemido.

Clavé los ojos en la bombilla tenue y algunas telarañas alrededor.

—Extraño la mansión —admití—. Sí, ya sé que era una locura sin sentido pero al menos Hugo estaba ahí.

Pensé en esos diez meses que yo no viví.

—No todo tiene explicación —dije sin convicción, y mis párpados pesaban demasiado—. Mañana… mañana voy a recomenzar. Con él.

Una laxitud quieta me poseyó.

Mi cuerpo se distendió.

Cada músculo suelto.

Mis pensamientos se apagaron.

Y solo floté en medio de esa nada serena.

Desperté bañada en sudor en algún momento de esa noche interminable.

Con una sensación que conocía demasiado bien.

Alguien me observaba.

Me incorporé y miré a todos lados.

Entonces lo vi.

Un espejo alto.

Manchado y roto.

Dejé de respirar cuando miré dentro.

Hugo.

Sobre un charco de sangre.

El cuchillo a un lado de su cuerpo.

No respiraba.

Yo dejé de hacerlo.

¿Muerto?

Apreté los ojos, evitando gritar.

Cuando volví a abrirlos ya no estaba.

Me senté, jadeando.

La palabra “premonición” me golpeó el estómago.

Busqué mi teléfono con la certeza de que algo malo le acechaba y le marqué con mano trémula.

Respondió al cuarto intento.

—Estás en peligro —susurré.

Lo sentí respirar y luego reír.

—Joder, Isabella —dijo en tono de burla—. No puedo creer que me llames a estas horas para seguir delirando.

—Lamento despertarte —gruñí— pero es en serio.

—No me despertaste.

Entonces escuché risas.

De mujer.

—¿Hay alguien contigo?

—Eso no te incumbe —fue su áspera respuesta.

Sentí los celos subir como una llama en mi interior.

—¿Para eso querías que me fuera?

—¿Perdón? —volvió a reír—. Tú fuiste quien quiso irse. Pero ya deberías saber que hago lo que quiero cuando quiero. Incluso contigo aquí.

Apreté un puño hasta doler.

La voz de una mujer se oyó detrás.

“Regresa, amor, házmelo de nuevo”.

Más risas.

¿Estaba con dos?

Maldito pervertido.

—Tengo que irme.

—¡Espera!

Luché por tragarme la rabia.

—Habla de una vez.

—Mañana… ¿se mantiene?

—Sí.

—Tengo miedo, Hu…

Pero cortó.

Miré el teléfono como si fuera un fantasma.

Los celos me consumían, y traté de dominarme.

No había nada que pudiera hacer.

Aunque lo intenté no pude volver a dormirme.

No supe cuánto tiempo pasó cuando una sombra se dibujó bajo la puerta, en el suelo.

Me encogí.

Había alguien en el pasillo.

No me atreví a moverme.

Y entonces un papel se deslizó dentro.

La sombra desapareció.

Yo ya había visto algo así.

Mis ojos se quedaron fijos en la hoja arrugada.

Solo me levanté cuando pasó un largo rato.

Rodeé la cama en puntillas de pies y me agaché para tomarlo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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