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Mi CEO, mi obsesión - Capítulo 4

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4: Capítulo 4 4: Capítulo 4 “¿DÓNDE ESTOY?” Desperté con un jadeo.

La boca me sabía a cobre.

Como si alguien hubiera puesto monedas oxidadas en mi garganta.

Otro sabor, amargo esta vez, me subió en oleadas.

Me incorporé de golpe, y el dolor de cabeza no fue un latido, sino un martillazo tras los ojos.

Me froté las sienes.

Y cuando miré alrededor fruncí el ceño.

Desorientada.

“¿Dónde estoy?” No era en el despacho.

Estaba…

en una habitación.

Una cama enorme.

Dosel dorado, sábanas de seda.

Deslicé los dedos, midiendo su textura.

Estaban frías, como si mi cuerpo no hubiera estado entre ellas.

Me estremecí sin querer.

El aire olía a incienso caro y pintura fresca.

Ese aroma químico que esconde algo podrido debajo.

Me levanté.

Llevaba puesto un ropón azul de encaje.

No era mío.

Pero olía a mí.

Y me quedaba demasiado bien.

Miré al frente.

Había un armario abierto.

Vestidos colgaban en perchas.

Todos de mi talla, todos de mi estilo.

Zapatos alineados como soldados.

Cosméticos sobre la cómoda: mi marca de labial, mi sombra favorita…

Y…

Un frasco de pastillas con mi nombre.

El corazón me golpeó las costillas.

Me acerqué a la ventana y la abrí de un tirón.

Aún confundida.

Afuera, la mañana era gris y húmeda, como un lienzo sin pintar.

Llovía a intervalos.

La neblina se enroscaba en los arbustos del jardín como garras.

Cerré los ojos, y me forcé a recordar.

Rebusqué en mi mente densa.

Lo último que recordaba era a Hugo inclinado sobre mí, susurrando algo.

Luego…

oscuridad.

Pero había algo que pasaba por alto.

Y eso me molestaba.

Porque me raspaba la memoria como una uña afilada y sucia.

Recorrí la habitación con la mirada.

Sin prisa.

Paredes pintadas de marfil, espejo enorme, lámpara de cristal que no proyectaba sombra.

Me estremecí.

Recordé el cuarto que encontré en la noche.

Al monstruo.

Me llevé una mano al pecho.

—Mierda.

No entendía cómo llegué ahí.

Solo pudo ser él.

Me mordí los labios al imaginar sus manos desnudándome.

Mi respiración se espesó.

Tenía que averiguar cómo pasó.

Aparté la mano.

Fue cuando me di cuenta de que tenía una bandita en el corte.

Y sonreí, sin saber bien por qué.

—Necesito una ducha —me dije en voz alta, como si hacerlo pudiera ahuyentar el silencio.

En el baño, una tina ovalada me esperaba, llena hasta la mitad.

El agua no tenía burbujas.

Pero el vapor subía en espirales, como si alguien acabara de salir de ella.

Me desnudé sin pensarlo.

Lento.

—¿Hugo?—llamé, pero mi voz se perdió en un eco.

Cerré los ojos y me sumergí.

El calor me relajó los músculos, pero el olor a lavanda se mezcló con algo metálico.

Como si el agua tuviera…

Sacudí la cabeza y emergí.

Podría acostumbrarme a esto, pensé, recostando la cabeza del borde.

Pero entonces imaginé sus manos sobre mí, desnudándome…

y el placer se volvió náusea.

No supe la razón.

Si él era todo cuanto quería.

Poco después dejé de sentir aprensión.

Convencida de que solo me estaba cuidando.

LA VOZ.

Después del baño me puse un vestido de terciopelo azul oscuro del armario.

Abrazaba mis curvas como un guante a medida.

Mi piel aún húmeda.

El escote era demasiado exacto, como si lo hubieran cosido sobre mi piel.

Me peiné y me maquillé.

Usando el labial rojo nuevo, con sabor a fresas y pecado.

Mi seguridad volvió.

Eso creí.

Tenía que ver a Hugo y caminé a su recámara.

Llamé sin respuesta.

Estaba cerrada con llave.

Mordí mis labios, contrariada.

Pero no me desalenté.

Fui hasta la cocina en la planta baja.

Antes de llegar, el olor a café y cruasanes recién hechos, me hizo rugir las tripas.

Me apresuré.

Solo podía ser él.

Pero el vacío en la pieza me golpeó en cuanto puse un pie dentro.

Mis ojos se fueron hacia un plato servido y una taza con café aún humeante sobre la mesa.

Desayuno.

—¿Hugo?

—llamé, pero mi voz se ahogó en el silencio.

Volví a mirar el plato y la taza.

Dudé, pero di por hecho que era para mí.

Y finalmente lo devoré.

Sin sentarme.

Luego fui por más café.

Cuando un ruido tras de mí me hizo voltear.

Todo seguía en silencio.

Uno casi obsceno.

Sin sombra de vida.

—¿Hay alguien ahí?

¿Hugo?

—alcé la voz—.

¿Hugo?

Nada.

Bebí más café, pensativa.

Esa mansión siempre estaba desolada.

Pero esa mañana había algo diferente.

Nunca estuve de día.

No pensé que pudiera ser más inquietante.

Después de lavar la taza y el plato con desquiciante calma, pensé en mi cartera.

Debería seguir en el despacho.

—Rayos.

Necesitaba mi teléfono.

Llamar a la oficina y excusarme.

También a Hugo.

Mis ojos se fueron hacia un viejo reloj de pared.

Marcaba las 11.47.

Agrandé los ojos.

¿Esa era la hora?

¿Cómo pude dormir tanto?

Me enjugué la frente, el dolor de cabeza seguía ahí.

Tenía analgésicos en mi cartera.

Así que me fui en dirección al lugar donde empezó todo.

Mientras andaba por los corredores, podía sentir algo.

Una presencia o…

Alguien vigilando.

Acechando.

“Extraño”.

Finalmente llegué.

Una sombra se deslizó a mis espaldas.

—¿Hugo?…

—sin respuesta, todo quieto.

Demasiado—.

¿Qué mierda?

—mascullé.

Nunca en mi vida fui impresionable.

Pero algo no estaba bien.

Se suponía que yo tenía el control.

Así que respiré hondo.

En cuanto giré el picaporte para entrar, un recuerdo repentino me golpeó.

Mi mano no se movió.

Había alguien.

Anoche.

Yo estaba ebria.

Acostada en el sofá.

Hugo hablando…

Y…

—¿Qué estás haciendo?

Tras de mí sonó esa voz.

La voz.

La que anoche dijo una frase que no ubicaba.

No me volví.

—Vamos, dime qué haces y date la vuelta ya.

Solté el picaporte.

El sudor me heló la piel.

Apreté la mandíbula.

—Date la vuelta.

Ya —insistió la voz.

Tragué saliva.

Pero no por miedo.

Era curiosidad.

Y furia.

Una pequeña, consistente.

Giré.

El aire se volvió más denso.

Lo que vi…

No pude creerlo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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