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Mi CEO, mi obsesión - Capítulo 5

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5: Capítulo 5 5: Capítulo 5 “ELLA”.

No pude moverme.

Ahí estaba.

Nada.

Solo aire.

Con olor a miedo.

Y un eco rebotando invisible en las paredes.

¿Cómo era posible?

Aún trataba de entender cuando escuché abrirse la puerta del despacho.

Me giré, esperando otra sorpresa.

—¿Qué se supone que haces ahí?

Respiré, joder.

Y lo hice con fuerza.

El alivio me quemó como whisky.

Era Hugo.

Su mirada no era de sorpresa, sino de cálculo.

Como si yo fuera el fantasma y él el único vivo.

—Estás pálida…

¿pasó algo?

—¿Tú me dejaste desayuno?

—pregunté de un tirón.

Alzó una ceja.

—¿Parezco alguien que hace desayunos?

—Entonces tienes una empleada.

—¿Por qué?

Fruncí el ceño.

—¿Tampoco preparaste el baño ni me llevaste anoche a esa habitación y…

—Ey —me cortó, dando un paso—.

Respira.

Sonrió.

Pero no llegó a sus ojos.

Se suponía que esa sonrisa debería resolverlo.

Pero aunque no lo hizo, me bastó.

—Pensé que estarías fuera.

¿No fuiste a trabajar?

Soltó una risa leve.

—¿Te parece gracioso?

—pregunté.

—Me parece graciosa la manera en que esto avanza.

¿Dormiste bien?

Apreté los labios.

—No recuerdo nada.

—Mejor.

Este juego se está poniendo interesante, ya que parece que te has instalado en mi casa.

Esa vez reí yo.

—Puedes echarme.

Se acercó tanto, que su olor a menta y tabaco me bañó el rostro, como una trampa.

—No.

Irte o no es tu decisión.

Se apartó.

Apreté las piernas.

Después de mirarme unos segundos, empezó a irse.

—Te ves bien —murmuró.

Llevé una mano a mi escote.

Inconsciente.

Su tono…

no fue inocente.

—¿No saldrás?

—le pregunté antes de que desapareciera.

No respondió.

Sonreí grande cuando me quedé sola.

Olvidando por un momento el incidente con aquella voz.

Me convencí de que fue mi imaginación.

Y entré al despacho por mi bolso.

Mi vida se había vuelto más interesante.

Mi CEO me veía.

Ya no era invisible.

Aunque no fuera la única.

Estaba segura de que esperaría una reacción mínima si apareciera con una mujer.

Pero en mi cabeza él era mío.

Y no iba a ceder terreno.

Mis meses de intrusión secreta terminaron.

El juego ya era frontal.

Eso le daba jugo.

Sentido.

Distraída con mis pensamientos busqué mi bolso pero no lo encontré.

¿Dónde podría estar?

Necesitaba mi teléfono.

Mierda.

Entonces una vibración llenó el aire.

Cuando estaba a punto de irme.

Me volví.

Volvió a sonar con insistencia.

Era su móvil.

Medio oculto entre carpetas sobre el escritorio.

Juro que quise ignorarlo.

Pero fue más fuerte que yo.

Caminé hasta allí y lo tomé.

“Ella”.

Eso decía en la pantalla.

Sin titubear respondí.

—¿Quién crees que eres para llamar a mi novio?

—solté con rabia.

No estaba pensando.

Del otro lado se oyó una respiración.

Pero no palabras.

—¿No vas a responder, perra?

—volví a mascullar.

—Lo siento —una voz femenina que me resultó familiar hasta las náuseas—.

Hubo un error.

Eso fue todo.

Y cortó.

Miré la pantalla hasta que se apagó.

Entonces quise entrar.

Tenía contraseña.

Tecleé.

Un fondo minimalista apareció ante mis ojos.

Y fue en ese momento que reaccioné.

¿Cómo diablos podía saber su contraseña?

Un latigazo cruzó mi espalda.

Un mal presentimiento también…

—¿Qué se supone que haces con mi teléfono?

La mano me tembló y lo solté.

—Estaba sonando.

Hugo me miró serio desde el umbral.

—Lo sé.

Y no fue eso lo que pregunté.

—Pues es mi respuesta.

¿Has visto mi cartera?

La dejé anoche aquí.

—No he visto nada —gruñó y avanzó, tomando su teléfono para revisarlo.

Respiré hondo.

—La dejé aquí —repetí.

—Busca en otro sitio —dijo mientras tecleaba, sin levantar la vista—.

Ahora estoy ocupado.

Entendí que debía salir, aunque no quería.

Me quedé pegada a la puerta un rato pero no habló con nadie.

No supe qué hacer por un instante.

Tenía que ir a trabajar.

No podía quedarme ahí para siempre.

Pero tampoco pensaba perder mi ventaja.

Así que regresé a mi habitación.

Espera…

¿mía?

Sí, mía.

¿Y “ella”?

Sacudí la cabeza.

“Ella” podía irse al infierno.

ESTÁS EN MI MALDITA CABEZA.

Hugo se acercó a mí con movimientos felinos.

Su camisa semiabierta dejaba ver sus músculos tensos.

Brillando bajo la luz opaca y seductora.

Tragué en seco y me pegué a la pared.

Cuando apoyó sus manos sobre mi cabeza no me dejó escapatoria.

Y nuestras miradas se encontraron.

Ninguno dijo nada.

La tensión sexual podía cortarse con un bisturí sin filo.

El aire se llenó de olor a deseo y feromonas.

Bajé la vista y miré el colgante que oscilaba en su pecho.

Era una joya única.

Oro y esmeraldas diminutas.

Forma de media luna.

—¿Vas a estar viendo eso todo el tiempo o vas a provocar algo aquí?

Su voz fue un ronroneo que hizo erizar toda mi piel.

Me estaba desafiando.

El maldito quería que yo diera el primer paso.

Sonreí, y levanté una mano para juguetear con la alhaja.

—¿Qué de ti?

Se pegó a mi cuerpo.

Y su erección empujó en mi pelvis.

El aire se espesó.

Entre mis muslos hubo un latido.

Creciente.

Insoportable.

Entonces llevé una mano a su nuca.

Enredé mis dedos torpes en su pelo.

Y empujé.

Cerré los ojos justo cuando su boca y la mía se encontraron.

No en un beso.

En un cataclismo.

Algo innombrable.

Caos puro.

Y entonces…

Todo se puso oscuro…

Me incorporé jadeante.

Con un grito ahogado.

El corazón en la garganta.

En cada milímetro de mi piel.

Quemaba.

Una mano enredada en mi colgante.

La otra entre mis piernas.

—Maldición…

Me dejé caer pataleando.

Me había quedado dormida y fue un maldito sueño.

Uno que ni siquiera pudo terminar.

—Estás…

en mi maldita cabeza…

—murmuré con un gemido.

No aparté mi mano derecha.

La hundí más entre mis muslos apretados.

El tiempo se detuvo.

Me sustraje del mundo.

Acabé temblando.

Sudor goteando.

Jadeos que no podía controlar.

Ojos clavados en el cielo raso.

Así estuve largo rato.

Hasta que sentí hambre.

Mordí mis labios.

No había encontrado mi teléfono.

Iba a levantarme.

Cuando escuché un roce afuera.

Como uñas rascando madera.

Me quedé quieta, el oído afilado.

Se repitió.

Y luego…

algo cayó con fuerza.

Me puse en pie y corrí a la puerta.

Pero me paralicé antes de hacer girar el picaporte.

Porque el golpe se repitió.

Pero esta vez dentro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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