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Mi CEO, mi obsesión - Capítulo 6

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6: Capítulo 6 6: Capítulo 6 ¿CÓMO FUISTE CAPAZ?

“Crash”.

Salté.

Fue un crujido seco, limpio.

Me di la vuelta, pero ahí solo estaba el aire jugando con las cortinas en las ventanas.

Respiré el olor a humedad y metal que venía de fuera.

Paseé mi vista por la alcoba.

Todo seguía igual que cuando desperté.

No había indicios de que algo cayera.

“Lo imaginé”.

Pensé.

Y giré otra vez a la puerta.

La abrí.

Despacio.

Mi mano temblaba levemente contra el pomo de metal frío y pegajoso.

Si había alguien o algo ahí…

no quería ahuyentarlo.

Entonces escuché otro crujido.

Idéntico al anterior.

“Crash”.

Luego un chasqueo húmedo.

Obsceno.

Y un gemido.

El corazón me aplastó las costillas.

Caminé pegada a la pared.

Los sonidos se hicieron más nítidos.

Constantes.

Agresivos.

—Oh…

Hugo…

Había una puerta entreabierta y me asomé.

Me llevé las manos a la boca.

Él.

Mi CEO.

Con una mujer desconocida.

El mundo se detuvo.

Era…

la misma maldita escena de mi sueño.

¿Pero cómo?

No tenía ningún sentido.

—Sí…

Hugo…

mmm…

El roce de los cuerpos sonaba como blasfemia susurrada en el infierno.

El golpe de cada embestida.

Los jadeos roncos de él.

Dejé de mirar.

Me tapé los oídos con fuerza y escapé de ahí.

Corrí dando tumbos.

Bajé las escaleras y no me detuve hasta estar lejos.

Solo entonces pude pensar.

¿Cómo pudo ser capaz?

¿Era parte del juego?

Esa mujer acaso era…

¿”Ella”?

—Tienes que controlarte, Isabella —murmuré—.

No puedes dejarte dominar por tus emociones.

Ya has conseguido bastante.

Mi próxima jugada tenía que ser impecable.

Fingí una calma falsa pero suficiente.

Y caminé hasta la cocina.

Moría de hambre.

Ese sueño…

no salía de mi mente.

Y era esa mujer quien lo estaba haciendo realidad.

Al llegar hundí mis puños en la encimera hasta que dolieron.

Un hilillo de sangre brotó del corte en la mano que se abrió.

Me quedé absorta, mirando la pila del lavadero.

“Plaf”.

Tenía una fuga.

“Plaf”.

Entre gota y gota había cuatro segundos justos.

“Plaf”.

De repente apareció sangre frente a mis ojos.

Salpicando espejos…

Dejé de respirar.

¿Por qué veía algo así?

Mierda.

Abrí la llave para lavar mis manos.

Un movimiento mecánico pero apremiante.

El ruido sordo del agua cayendo fue tranquilizador.

Los segundos se atropellaron mientras decidía…

—¿Tiene hambre, señorita?

Miré de golpe a mi derecha con los ojos abiertos como platos.

Había una mujer.

Al menos…

era de verdad.

—¿Quién es usted?

—A veces trabajo para el señor Caleius.

Cerré la pila.

—¿Fue quien hizo el desayuno?

Me miró extrañada.

—Puedo prepararle algo —dijo como respuesta.

Suspiré.

—Gracias.

Sí me muero de hambre —gruñí.

—¿Algo especial?

Me encogí de hombros.

—Cualquier cosa estará bien.

La mujer abrió las ventanas.

La luz grisácea de la tarde entró como un vaho gélido.

Impregnando todo con ese aroma a metal mojado.

Sentí el sabor en mi lengua.

—¿Sigue lloviendo?

—Lloverá por varios días.

¿El coche que está afuera es suyo?

—¿Cómo lo sabe?

—Ha estado ahí demasiado tiempo.

Me senté a la mesa, dando golpes suaves en la superficie.

—¿Demasiado cuánto?

—Días.

Mis dedos se quedaron quietos en el aire.

—No es cierto —murmuré—.

Solo desde anoche.

Algo que olía muy bien comenzó a crepitar en una sartén.

—Ah —dijo la empleada, distraída—.

Entonces debe tratarse del coche de alguien más.

—Seguramente —dije entre dientes.

Y volví a los golpes.

Esta vez menos contenidos.

ÉL DIJO QUE YO NO ERA LA ÚNICA.

Al regresar, me detuve al pie de las escaleras.

Mis puños se cerraron.

Hugo y esa mujer bajaban.

La mano de él en su cintura.

Le decía cosas al oído, haciéndola reír.

Todo mi cuerpo se tensó como una cuerda.

“No debería sentir celos.

Él dijo que yo no era la única”.

Me vio primero.

Sus ojos se oscurecieron y sonrió fugazmente.

—¿Sigues por aquí?

Fue entonces cuando ella reparó en mí.

Era hermosa.

Sus ojos azules me recorrieron de arriba abajo.

Vi una burla pequeña en ellos.

No me moví.

—¿Eres ella?

—mi voz salió pastosa.

Pareció asombrada y miró a Hugo.

Él se encogió de hombros.

—¿De qué hablas, Isabella?

No lo miré.

Mis ojos no se apartaron de su amante.

—Ella —repetí.

Unos escalones más y se detuvo frente a mí.

Mi mirada se fue hasta un anillo idéntico al mío en su anular.

Mi anillo.

El que él me dio antes de… No.

Eso no pasó.

Él nunca me dio nada.

¿O sí?

Ella se dio cuenta y levantó la mano.

—¿Te gusta?

Eso fue una provocación pero yo no pensaba darle el gusto.

Sonreí.

Afilado.

—¿Eres su prometida?

Hugo se paró a su lado.

Podía jurar que lo disfrutaba.

A este tipo de juego se refería él.

Y amplié mi sonrisa.

Volví a mirarla.

—¿No responderás?

Una sombra cruzó por sus ojos azules.

Como una nube negra inesperada en un cielo despejado.

Y titubeó.

Fue mínimo, pero suficiente para saber que no debía creerle una palabra.

—Sí —dijo, y abrazó a Hugo—.

Estoy comprometida con el CEO más guapo y exitoso de la ciudad.

No era cierto.

—Felicidades.

—Gracias, Isabella.

Mi nombre en su boca fue un puñetazo.

—¿Cómo me conoces?

—fruncí el ceño.

Pero mi voz se mantuvo firme.

—Hugo me habló de ti.

Crucé los brazos.

Eso sí no lo esperaba.

—¿No me digas?

¿Y qué te dijo?

—Nada en especial.

Solo que eras una merodeadora.

Pum.

Ahí estaba.

El primer golpe directo.

Pero me recuperé.

Ocultando mis manos temblorosas en mi regazo.

—Interesante —dije sin prisa, mirándolo a él.

No reaccionó—.

¿Conque eso soy?

—Pensé que te irías —su tono fue cínico.

No despegó sus ojos de mí.

Como si esperara verme explotar.

Pero no lo hice, y me reí.

Casi hasta saltar las lágrimas.

Ellos solo esperaron.

—Es…

hilarante —logré articular—.

No sabía que tenías tan buen sentido del humor…

—Basta —gruñó.

Una grieta asomó, y fue fabuloso.

Por primera vez me divertía a pesar de esa mujer.

Me acerqué más a ella.

Olía a perfume caro y a él.

A su tabaco, su loción, su sudor.

Su sexo.

—No eres ella —susurré—.

No tienes su voz.

Me aparté.

Y en ese momento me sentí poderosa.

—Supongo que me invitarán a la boda…

Ella hizo una mueca pequeña.

—No lo sé —agarró la mano de Hugo, descompuesta—.

Vámonos.

Pero él se soltó.

—Espérame en el vestíbulo, Sue —le pidió con una sonrisa impostada—.

Debo decirle algo a esta mujer.

Ella asintió y se marchó sin mirarme.

Sue.

Perfecto.

De imprevisto, Hugo estaba a centímetros de mí.

Esperé una reprimenda.

Pero en cambio, sonrió.

—Excelente primer round, intrusa…

—siseó— no puedo esperar al siguiente.

Ahora…

desaparece.

Se enderezó, alisando su pelo.

Sus ojos relampaguearon.

Yo iba a decir algo.

Pero el grito rasgado y aterrador de Sue me lo impidió.

Hugo no se movió.

Yo tampoco.

Hasta que se repitió.

Más alto, largo.

Casi agónico.

Entonces él corrió.

Y yo solo volví a sonreír.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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