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Mi CEO, mi obsesión - Capítulo 7

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7: Capítulo 7 7: Capítulo 7 ¿POR QUÉ SU TELÉFONO ESTABA AHÍ?

Me fui a mi coche cuando llegó la ambulancia.

No me aguantaba ese ambiente.

Me recordaba demasiado cuando murió mi padre.

Culparon a mi madre.

Y ella no pudo soportarlo.

Ahora, la amante de Hugo agonizaba.

Nadie sabía qué pasó.

Solo se alejó un poco y…

Pero él era inocente, estaba conmigo cuando sucedió.

Lloviznaba mientras la noche extendía sus garras sobre ese pedazo impersonal de mundo.

Y me pregunté si era real o yo estaba en una especie de bucle.

El vestido me apretaba sin causa.

El sudor enfrió mi piel.

Clavé mis manos en el volante, preguntándome qué rayos había pasado.

Fue rápido…

y extravagante.

Mi vista se clavó en mi anillo por largos segundos.

¿Por qué Sue tenía uno igual?

¿Iba a sobrevivir?

Volví a mirar hacia la mansión cuando oí la sirena.

La ambulancia salió pitando.

El coche de Hugo detrás.

Me quedé quieta, sumergida en una calma extraña.

Pensé irme.

Pero desistí.

Hugo me iba a necesitar.

Nadie podría apoyarlo como yo.

Rebusqué en la guantera por otro par de guantes.

Sentía mis manos demasiado expuestas.

Frías.

No hallé ninguno.

Mierda.

Tampoco había encontrado mi teléfono.

Si lo tuviera, podría relajarme jugando Solitario.

Al cabo de un largo rato, decidí regresar.

Cuando me paré fuera, mis piernas temblaban.

Caminé lento.

La mansión parecía esquiva como fantasma.

Entré por detrás, como siempre.

Me quedé inmóvil en medio de las sombras.

Moverme me descolocaba.

Cada paso retumbaba en el vacío dejando un eco nefasto.

Entonces me quité los zapatos y caminé sin rumbo.

Hasta que recordé.

Una imagen y un nombre: El cuarto de los espejos.

Ideas fragmentadas del lugar pasaron veloces por mi cabeza.

Ahí debí dejar mi teléfono.

Unos minutos después di con la habitación.

Como si algo me hubiera guiado a través de los corredores.

No recordaba qué pasó ahí, apenas flashazos.

Pero iba a descubrirlo.

O no.

El cambio de atmósfera y temperatura cuando entré fue abrupto.

Pero no había espejos.

Los había, sí; solo estaban cubiertos por sábanas negras y gruesas que no se movían, como si estuvieran esculpidas en piedra.

Me quede de pie en medio del espacio.

El piso estaba desnivelado, con restos de cristal.

Me tomé un minuto para ubicarme, recuperar un recuerdo.

O algo.

Entonces vi mi cartera.

Suspendida en un gancho empotrado entre dos espejos.

Me acerqué.

Lento.

Cada paso dejaba un roce perturbador que el silencio amplificaba.

Tomé mi bolso y sonreí.

Podría llamar a mi jefe y excusar mi ausencia en la oficina.

No lo hice ahí.

Salí deprisa con él apretado contra mi pecho después de echarle un último vistazo a ese lugar perturbador.

Atrayente de un modo impreciso.

Como si lo conociera, pero sin memoria.

Cuando me alejé lo suficiente fui a sacar mi teléfono.

Y mi mano se quedó inmóvil en el aire.

Mis vista fija dentro del bolso abierto.

Dos celulares.

Uno era el mío, y el otro…

Tragué, en tanto mi mente procesaba el hallazgo.

Era el de Hugo.

Pero…

¿cómo fue a parar ahí?

Eso era absurdo.

Él…

yo lo vi llamar a la ambulancia.

Lo sostuve entre mis dedos crispados.

La contraseña resonó en mi mente.

Era su cumpleaños.

No me moví, no pensé.

Hasta que el zumbido me hizo dar un salto.

—Maldición.

Con el pulso acelerado miré la pantalla intermitente.

Y mis ojos casi se salieron de sus órbitas.

EL JUEGO SUBIÓ DE NIVEL.

“Ella”.

Otra vez esa maldita mujer.

Sin responder puse la contraseña y busqué el registro de llamadas.

Tuve que reírme.

Una risa seca.

Fragmentada.

Irreconocible.

Esa idiota era todavía más tóxica y obsesiva que yo.

Yo entraba a su casa, sí.

Seguía su auto.

Pedía una mesa en los restaurantes donde tenía cenas de negocios.

Subía a su piso en la Compañía buscando excusas para cruzarnos.

Me colaba en sus reuniones…

Pero esto…

Cientos de llamadas perdidas de esa perra.

Algunas con respuestas breves.

¿Por qué si no quería hablarle no bloqueba simplemente su número y ya?

Mensajes no había.

Pero esto de las llamadas rayaba en la obsesión.

Yo estaba obsesionada con mi CEO.

No a ese nivel tan patético.

Cuando la llamada se repitió, respondí.

Pero no dije nada.

Solo aguardé.

No respiré, con el móvil pegado a mi oído.

Alguien sí lo hizo del otro lado.

—¿Eres tú?

Un susurro que me hizo erizar la piel por lo familiar.

Esa voz…

—Ya no me rehuyas…

lo que pasó entre nosotros…

Lancé el teléfono con un grito cuando supe de quién era la maldita voz.

Lo miré como si fuera un cadáver.

No traté de entender.

Solo…

supe en ese instante que el jueguito inocente acababa de subir de nivel.

Cuando volvió a vibrar ya sabía qué hacer.

—¿Cómo…

—Necesito que vengas al hospital ahora.

Casi caigo hacia atrás.

El nombre de Ella pulsaba en la pantalla.

—¿Hugo?

Pero…

—¡Ahora, Isabella…

joder!

—Sí.

Me levanté temblando y volví a ponerlo en la cartera.

El hospital…

¿Cuál puto hospital?

Corrí.

Le preguntaría en el coche.

Y también por Sue.

No sabía qué sentía por ella.

Ni por qué Hugo me quería allí.

Ni mucho menos cómo sabía que yo tenía su teléfono.

Atravesé el vestíbulo.

Pero antes de abrir la puerta, una nota se deslizó por debajo.

Me agaché a tomarla.

La apreté entre mis dedos y salí de golpe a la noche húmeda y fría.

Un olor nauseabundo circuló desde el jardín iluminado apenas por las luces mortecinas de los focos.

No había nadie.

Ni siquiera la presencia siniestra de algunas veces.

Entonces desplegué el papel para leerlo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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