Mi CEO, mi obsesión - Capítulo 8
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8: Capítulo 8 8: Capítulo 8 ¿LA AMAS?
Llegué al hospital con muchas cosas en la cabeza: la voz de Ella, el teléfono de Hugo que iba en mi regazo, pero sobre todo…
la nota.
Era una nota impresa que pedía algo.
A mí.
Y eso era lo inconcebible.
Porque solamente alguien que supiera de mis incursiones, podría pedirme archivos del ordenador de Hugo.
Archivos con los que yo planeé hacerle comer de mi mano.
Más raro todavía era que él lo supiera y no le diera importancia.
Hugo no era solo el CEO y rostro de la Corporación de tecnología más poderosa de Montellion.
También andaba en negocios ilegales, vendiendo información a un grupo extranjero.
Había archivos y nombres muy comprometedores en su nube.
El hecho de que yo accediera a ellos tan fácilmente debió alertarle.
Pero en cambio me dejó entrar en su casa.
Siempre soñé con que me descubriera y me retuviera en algún sótano.
Lo único que conseguí fue comenzar un juego.
Denso.
Tortuoso.
Impredecible.
Las luces del hospital me cegaron por un momento.
Olía a químicos y a metal.
O tal vez era sangre.
Tomé un ascensor atiborrado hasta el quinto nivel.
Llevaba mis manos ocultas en los bolsillos de la chaqueta.
Aprensiva.
Sin guantes.
Caminé por un pasillo iluminado que parecía un túnel.
Gritos de médicos y enfermeras, gemidos de pacientes, el olor insidioso de la muerte…
Mis oídos latían.
Como orquesta de cuerdas desafinada.
Me detuve cuando una puerta de metal se abrió a mi izquierda.
Hugo apareció ante mis ojos.
Los suyos rojos.
Y una expresión de cansancio que nunca le había visto.
No me dijo una palabra.
Solo me agarró una mano y dejó caer algo en la palma.
Lo miré por más tiempo del necesario.
El anillo de Sue igual al mío.
Que ahora no estaba en mi dedo.
No podía recordar si lo dejé en la habitación.
—¿La amas?
—pregunté con miedo.
Apretó la mandíbula, mirando por encima de mi cabeza.
De pronto el ruido había desaparecido mientras yo seguía esperando.
—Guárdalo —dijo al fin—.
Ahora vete.
Me dio la espalda pero lo detuve.
—¿Es por esto…
que me has hecho venir aquí?
Una furia pequeña, pero limpia, me removió.
—¿Para qué pensaste que te querría?
Alzó una ceja, y yo no pude aguantar la risa.
—Ya sé —dije con rabia y sarcasmo mezclados—.
Esto es parte del juego.
De pronto perdió la calma y me sacudió por los hombros.
—¡¿Crees que todo se trata de ti y tus locuras?!
—rugió— Regresa a tu casa y ya no molestes.
Me solté de su agarre.
—No debiste llevarla a la mansión para que la viera —solté.
Y esas palabras sonaron ajenas en mi boca.
Él las pasó por alto.
—Te dije que no eras la única.
Su tono se suavizó.
—Pero aceptaste este juego.
Ya involucré demasiado.
Han pasado cosas…
—mi voz se volvió un murmullo—.
No me puedo detener.
Él me miró de reojo.
Estaba demasiado quieto.
Dentro de mi bolsillo, apreté el anillo contra mis dedos hasta el dolor.
—Haz lo que quieras —dijo al fin.
—¿Y ella…
ya sabes qué le pasó?
Suspiró.
—No.
—Lo siento.
—No lo sientes —murmuró—.
Pero da igual.
—¿Quién es Ella?
Pero mi pregunta quedó suspendida en el aire estéril y seco.
La puerta chirrió y cerré los ojos.
Un segundo incómodo.
Ni siquiera me pidió su teléfono.
Con las piernas flojas busqué un lugar donde sentarme.
A mi lado lloraba un hombre con la cabeza entre las manos.
Yo tomé el celular de Hugo.
No lo abrí, solo lo dejé ahí.
Esa mujer volvería a llamar.
Y lo primero que le preguntaría…
sería por qué su voz era idéntica a la mía.
YO NO DEBÍA ESTAR AHÍ.
Llegué agotada a la mansión.
A un par de horas del amanecer.
Los ojos se me cerraban sin permiso.
Ella no llamó, y cuando yo lo hice la operadora recitó la estupidez de que ese número no existía.
En ese momento decidí olvidarlo todo y dormir.
Había sido un día distorsionado.
Como un fallo agazapado dentro de un algoritmo.
Esperando el momento justo para atacar.
Ya lo había hecho, diablos.
Pero se burlaba de mí.
Dejé los zapatos en el vestíbulo y caminé despacio hacia las escalinatas.
Arriba, me detuve frente a la puerta de Hugo.
El cuarto que me dio estaba en otro corredor.
Lejos.
¿Por qué fue entonces allá que lo vi teniendo sexo con Sue?
No tenía sentido.
A no ser que lo hiciera a propósito.
Y si fue así, entonces no estaba perdido para mí.
Siempre creí que tenía el control.
No era verdad.
Él estuvo desde el principio un paso por delante.
Y siendo sincera…
no me molestaba en absoluto.
Sin pensarlo más abrí la puerta y entré.
No era la primera vez.
Así que no entendía por qué me latía tan fuerte el pecho.
Y todo.
Sombras cenicientas me envolvieron.
Invadiendo mi espacio.
Aspiré el olor de Hugo contenido entre las paredes.
Hasta marearme.
Era un olor que cargaba conmigo como sentencia.
Luego miré la cama.
Estaba revuelta.
También había cosas fuera de lugar.
Un cuadro virado.
Una caja de habanos bocabajo.
Plumas en el piso y cajones mal cerrados.
No percibí el peligro inmediato.
Aunque sabía que yo no debía estar ahí.
Caminé hasta la cama y me hundí en ella.
Las sábanas frías olían a perfume viejo y a lujuria.
Acaricié una almohada húmeda mientras me relajaba.
No quería pensar en nada.
Solo en él.
La única razón por la que mi vida tomó un rumbo incierto.
Creí que sería más fácil, pero al menos no me había echado a la seguridad ni a la policía.
Y yo seguía a su alcance.
Cargando sus secretos.
Ocupando un pedazo de su mundo.
Sin pensar en irme.
No supe cuándo me quedé dormida, pero en algún momento sentí una presencia a mi alrededor.
“Esa” presencia.
Abrí los ojos pesadamente.
Estaba bocabajo, en el borde de la cama y una mano fuera, rozando el piso alfombrado.
Cuando levanté la vista…
Vi la puerta.
Abierta.
Y yo recordaba haberla cerrado.
Quise moverme pero no pude.
Eso me desajustó.
Estaba en medio de una parálisis del sueño y no había nada que me hiciera sentir más expuesta y vulnerable.
Mil veces joder.
La presencia creció.
Se hizo más real.
Casi pude sentirla respirar en mi nuca.
—Isabeeellaaaa…
Temblé.
Mi nombre en ese susurro oscuro sonó como uñas arañando mi piel.
Fingiendo una caricia.
Entonces oí gemidos a mi espalda.
Apreté los ojos, intentando escapar de mi propio cuerpo.
La cama crujió vez tras vez.
Como si estuvieran follando a mi lado.
Quise articular, pero tampoco pude.
Algo pegajoso y ácido crispó mi garganta.
No supe cuánto tiempo pasó.
Solo abrí los ojos cuando escuché el portazo.
Esta vez había una claridad incipiente, como si hubiera amanecido.
La puerta otra vez cerrada y una ausencia brusca donde antes estuvo algo incomprensible.
Levanté mi mano sin trabajo.
Ya podía moverme.
Respiré hondo.
Me convencí de que había sido una pesadilla.
Y giré al otro lado.
Se me secó la boca.
Había alguien acostado de espaldas.
Bajo una sábana.
Respirando con cadencia.
Me senté bruscamente.
Sin miedo.
Y estiré la mano, lista para un enfrentamiento.
Me detuve en seco.
Porque no fue necesario.
Solo no pude creer lo que vieron mis ojos.
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