Mi Familia Explosiva - Capítulo 26
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Capítulo 26: Capítulo 26: El viejo y el nerd
La agencia de Gran Torino no era lo que esperaban.
Bakugō había imaginado un edificio imponente, con el nombre del héroe en letras gigantes y una fila de fans haciendo cola para pedir autógrafos. Akeno había imaginado algo más tradicional, quizás un dojo antiguo con tatamis y puertas correderas.
La realidad era un edificio de dos pisos en un callejón estrecho, con una placa oxidada que decía “Gran Torino: Servicios de Heroísmo” y una puerta que chirriaba.
—¿Aquí? —preguntó Bakugō, incrédulo.
—Aquí —respondió Akeno, leyendo la dirección en su teléfono—. Dice el GPS.
—El GPS está equivocado.
—El GPS no se equivoca.
—Los GPS se equivocan todo el tiempo.
—Este no.
Mientras discutían, la puerta se abrió de golpe y una figura diminuta apareció en el umbral. Era un anciano de baja estatura, con gafas redondas, una barba descuidada y una bufanda roja que le llegaba hasta las rodillas.
—¿Van a entrar o van a quedarse ahí como estatuas? —gruñó, con una voz que parecía salida de una trituradora de papel.
—Usted debe ser Gran Torino —dijo Akeno, haciendo una reverencia.
—Y ustedes deben ser los chicos explosivos. El anuncio decía que iban a ser dos. —El anciano miró a Bakugō de arriba abajo—. Tú eres el rubio ruidoso.
—Soy Bakugō Katsuki —respondió él, con el ceño fruncido.
—Ya lo sé. Por eso te llamo rubio ruidoso. ¿Algún problema?
—Ninguno.
—Bien. Porque los problemas se resuelven con entrenamiento, no con palabras. Entrenamiento que, por cierto, aún no ha comenzado. Así que entren.
Entraron.
El interior era tan modesto como el exterior. Una sala de estar con muebles viejos, una cocina minúscula y un patio trasero que hacía las veces de gimnasio. En el patio, sin embargo, había algo inesperado.
Midoriya Izuku, con su traje de entrenamiento, estaba haciendo flexiones de un solo brazo.
—¡Kacchan! ¡Akeno-san! —exclamó, levantando la cabeza—. ¡Ustedes también entrenan aquí?
—¿Tú qué haces aquí, Deku? —preguntó Bakugō, con el ceño más fruncido que nunca.
—¡Gran Torino aceptó mi solicitud! Dijo que necesitaba aprender a controlar One For All sin romperme los huesos.
—¿Y qué te enseña? ¿A volar?
—Algo así.
—Tsk.
—Qué bonito —dijo Akeno, con una sonrisa—. Los tres juntos. Como una familia disfuncional.
—No somos una familia —gruñó Bakugō.
—Somos un equipo —corrigió Izuku.
—Eso es peor.
—También.
Gran Torino apareció detrás de ellos con un bastón en la mano.
—¿Terminaron los abrazos? Porque el entrenamiento comienza ahora. Y no voy a repetir las instrucciones.
—
La primera hora fue una pesadilla.
Gran Torino no enseñaba como los profesores de U.A. No explicaba. No demostraba. Simplemente atacaba.
—Muévete, rubio ruidoso —dijo, mientras su bastón golpeaba a Bakugō en la espalda—. Tu velocidad es patética.
—¡No me pegues!
—Te pego porque te mueves lento. Si te movieras rápido, no me darías.
—¡Esa lógica no tiene sentido!
—Tiene todo el sentido.
Bakugō intentó explotar el suelo para crear distancia, pero Gran Torino ya no estaba allí. Había saltado por encima de él y estaba al otro lado del patio, con los brazos cruzados.
—Lento. Lento y predecible. —El anciano se giró hacia Izuku—. Tú. Muévete.
Izuku activó One For All al ocho por ciento y corrió. Gran Torino desapareció y reapareció frente a él, dándole un bastonazo en la frente.
—Lento también. Pero menos.
—¿Eso es un cumplido? —preguntó Izuku, frotándose el chichón.
—Es una observación.
Akeno observaba desde la entrada del patio, con los brazos cruzados. Había estado esperando su turno, pero Gran Torino no la llamaba.
—¿No va a entrenarme a mí? —preguntó finalmente.
—Ya te estoy entrenando.
—¿Cómo?
—Observando. —El anciano se giró hacia ella—. Las Himejimas son famosas por anticipar los movimientos del enemigo. ¿Qué anticipaste de mí?
—Que va a atacarme por la izquierda.
—¿Por qué?
—Porque su bastón está más desgastado del lado izquierdo. Eso significa que apoya más peso ahí cuando ataca. Lo que significa que su centro de gravedad se desplaza a la izquierda antes de cada golpe.
Gran Torino se quedó callado. Luego, sonrió. Era una sonrisa fea, torcida, pero genuina.
—No está mal.
—Gracias.
—Pero no es suficiente.
Y desapareció.
Akeno no esperó. Se elementalizó en un rayo y apareció en el techo del edificio, justo donde Gran Torino había reaparecido un segundo después.
—Bien —dijo el anciano, ajustándose las gafas—. Tienes reflejos.
—También tengo paciencia. Pero se está acabando.
—Entonces empecemos de verdad.
El entrenamiento se volvió más intenso. Gran Torino se movía como una bala de cañón, rebotando en las paredes, en el suelo, en el techo. Bakugō y Akeno aprendieron a cubrirse mutuamente, a anticipar sus ángulos de ataque, a usar sus Quirks en sincronía.
Izuku, por su parte, observaba y aprendía, anotando en su libreta invisible (no llevaba libreta, pero dentro de su cabeza todo quedaba registrado).
—Kacchan y Akeno-san —murmuró para sí mismo—. Se mueven como si fueran un solo cuerpo. Es increíble.
—¡Deku, deja de murmurar y entrena! —gritó Bakugō desde el otro lado del patio.
—¡Sí, Kacchan!
—
Al mediodía, hicieron una pausa. Gran Torino les preparó té (de un termo que parecía tener décadas de antigüedad) y arroz con curry (de una olla que también parecía tener décadas).
—Mañana repiten —dijo el anciano, sentándose en una silla plegable.
—¿A qué hora? —preguntó Akeno.
—Antes de que salga el sol. Si llegan tarde, no entrenan.
—¿Y si llegamos a tiempo?
—Entonces entrenan y encima desayunan.
—Suena justo.
—No es justo. Es efectivo.
Mientras comían, Akeno sintió su teléfono vibrar. Era un mensaje de Mitsuki, con una foto de Rías dormida boca abajo sobre la alfombra, abrazada a su peluche de Dora.
—Rías está bien —dijo Akeno, mostrándole la foto a Bakugō—. Se durmió en medio de un castillo de bloques.
—Esa niña es un desastre —respondió él, pero su sonrisa era tierna.
—Como su padre.
—Como su madre.
—No discutas.
—Gané.
—No ganaste.
—Discutamos.
—Después.
Izuku los observaba con una mezcla de curiosidad y ternura.
—¿Llaman a menudo? —preguntó.
—Cada dos horas —respondió Akeno—. Soy madre primeriza. Necesito saber que mi hija respira.
—¿Cada dos horas?
—A veces cada una. Mitsuki-san dice que soy pesada. Yo digo que soy responsable.
—Hay una línea fina —dijo Bakugō.
—No la cruzo.
—La cruzas todo el tiempo.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Kacchan, Akeno-san —interrumpió Izuku—. Es bonito que se preocupen tanto.
—No es bonito. Es agotador —respondió Akeno, pero sonrió.
En ese momento, su teléfono sonó. Era Mitsuki llamando por video.
—¿Mamá? —dijo Rías, apareciendo en la pantalla con la cara llena de puré de manzana—. ¿Mamá?
—Hola, mi amor. ¿Cómo estás?
—¡Rías bien! ¡Abuela pizza!
—¿Comiste pizza?
—¡Sí! ¡Pizza con abuela! —Rías aplaudió—. ¿Mamá vuelve?
—Mamá vuelve esta noche, cariño. ¿Puedes portarte bien hasta entonces?
—¡Rías portar bien! —La bebé asintió con energía, luego se giró hacia alguien fuera de cuadro—. ¡Abuela, Rías portar bien!
—Sí, mi amor —respondió Mitsuki desde algún lugar—. Te portas bien.
—¿Mamá oyó?
—Oí, cariño.
—¿Papá?
—Papá está aquí —dijo Akeno, girando el teléfono hacia Bakugō.
Bakugō miró a su hija en la pantalla.
—¿Qué haces, pequeña?
—¡Papá! —Rías agitó la mano—. ¡Papá, Rías construyó torre!
—¿Torre?
—¡Sí! ¡Torre de bloques! ¡Abuela dice torre!
—Enséñamela.
Rías corrió hacia un rincón de la habitación, arrastrando el teléfono (Mitsuki debía estar ayudándola). Mostró una estructura tambaleante de bloques de colores que amenazaba con derrumbarse en cualquier momento.
—Es horrible —dijo Bakugō.
—¡No horrible! ¡Bonita!
—Es bonitamente horrible.
—¡Eso! —Rías aplaudió, dándose por satisfecha.
Akeno recuperó el teléfono.
—Nos vemos esta noche, mi amor. Cuida a la abuela.
—Rías cuida abuela.
—Te quiero.
—Rías te quiero.
La llamada terminó. Akeno suspiró, aliviada.
—¿Cada dos horas? —preguntó Izuku.
—Cada hora —corrigió Bakugō—. Miente para que no la juzguen.
—No miento. Exagero. Es diferente.
—No es diferente.
—Es matiz.
—Es exageración.
—También.
Izuku sonrió.
—Son una familia bonita. Ruidosa, pero bonita.
—No somos ruidosos —dijo Bakugō.
—Acabas de explotar tres veces durante el entrenamiento. Las explosiones son ruidosas.
—Esas no cuentan.
—Cuentan.
—No.
—Sí.
—Deku, cállate.
—Sí, Kacchan.
—
Akeno, mientras tanto, tenía otro problema.
Su teléfono no dejaba de vibrar. No eran llamadas de Mitsuki. Eran correos electrónicos. Decenas. Centenares. Todos con el mismo asunto.
“Oferta de patrocinio”
—¿Qué es eso? —preguntó Bakugō, viendo su pantalla llena de notificaciones.
—Patrocinios —respondió Akeno, desplazando—. Empresas que quieren pagarme por usar sus productos. Marcas de ropa deportiva, cosméticos, suplementos nutricionales, incluso una marca de pañales.
—¿Pañales?
—Parece que saben que soy madre. No sé cómo se enteraron.
—La prensa. Sacaron fotos en el festival con Rías en las gradas.
—Ah.
—¿Vas a aceptar?
—No lo sé. Todavía no estoy graduada. No soy una heroína oficial.
—Pero tienes fans. Y ofertas. Y un bebé que necesita pañales.
—Eso es cierto. —Akeno siguió desplazando—. Hay una oferta de una marca de ropa interior deportiva. Quieren que modele sus sujetadores.
Bakugō casi se atraganta con el té.
—¿Qué?
—Sujetadores deportivos. Modelo de lanzamiento.
—Diles que no.
—¿Por qué? Pagan bien. Podríamos ahorrar para la universidad de Rías.
—Diles que no o los exploto.
—Katsuki, no puedes explotar una empresa de ropa interior.
—Puedo intentarlo.
—No intentes.
—Diles que no.
—Está bien. Les diré que no. —Akeno sonrió—. Aunque me habría quedado bien.
—Te queda bien todo. Y eso es peor.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que otros te vean.
—¿Celos?
—Sentido común.
—Son celos.
—Son sentido común.
—Celos con sentido común.
—Eso no existe.
—Existe. Es lo que sientes ahora.
—…Tsk.
Izuku, que había estado escuchando la conversación desde una distancia prudente, levantó la mano.
—¿Puedo decir algo?
—No —dijo Bakugō.
—Dime, Midoriya-kun —dijo Akeno.
—Creo que deberías aceptar. No todos, pero algunos. Los patrocinios son importantes para los héroes. Ayudan a financiar equipamiento, entrenamiento, y sí, también a ahorrar para el futuro.
—¿Ves, Katsuki? Midoriya-kun es inteligente.
—Midoriya-kun es un nerd.
—Soy un nerd inteligente —corrigió Izuku.
—Eso no existe.
—Existe. Soy yo.
Bakugō lo miró con odio. Akeno rió.
—Hablaré con tu madre —dijo a Bakugō—. Ella sabe de finanzas.
—Mi madre sabe de gritar. No de finanzas.
—Sabe de ambas.
—Sabe de gritar finanzas.
—También.
Gran Torino, que había estado en la cocina lavando los platos (o fingiendo lavarlos, porque se oían choques de loza), asomó la cabeza.
—Si terminaron de hablar de ropa interior y pañales, el entrenamiento continúa.
—No hablábamos de ropa interior —dijo Bakugō.
—Yo hablaba de ropa interior —dijo Akeno.
—Tú no ayudas.
—Nunca ayudo.
—Lo sé.
—Pero me quieren.
—Tsk.
—¿Entrenamos? —interrumpió Izuku.
—Entrenamos —respondió Gran Torino.
Y volvieron al patio.
—
Esa noche, Akeno y Bakugō volvieron a casa. Rías los recibió con los brazos abiertos y un chupete en la boca.
—¡Mamá! ¡Papá! —gritó, corriendo hacia ellos (gateando, porque aún no caminaba del todo, pero a velocidad impresionante).
Bakugō la alzó y la sostuvo contra su pecho.
—¿Te portaste bien?
—Rías bien.
—¿Le explotaste algo a la abuela?
—Rías explotó peluche.
—¿Peluche?
—Sí. Dora. —Rías señaló hacia el salón, donde el peluche de Dora yacía en el suelo con una pequeña mancha quemada en la oreja.
—Le explotaste la oreja a Dora.
—Dora oreja fea. Rías oreja bonita.
—Dora no tiene la culpa de tener orejas feas.
—Dora sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Papá —Rías lo miró con sus enormes ojos rojizos—. Rías oreja bonita.
—Sí. Tú oreja bonita.
—¿Dora?
—Dora… mejorará.
—Bien.
Akeno observaba la escena desde la puerta, con una sonrisa cansada.
—Te quiero —dijo en voz baja.
Bakugō la miró.
—También.
Rías también la miró.
—¡Rías también también!
—Eso no tiene sentido —dijo Bakugō.
—Tiene todo el sentido —dijo Akeno.
—Para bebés.
—Para familias.
Rías aplaudió.
—¡Familia!
Sí. Familia.
Y esa noche, mientras revisaban las ofertas de patrocinio en la mesa de la cocina, con Rías dormida en brazos de Mitsuki y el té humeante en las tazas, Akeno supo que había tomado la decisión correcta.
No importaba cuántas ofertas recibiera. No importaba cuánto dinero le ofrecieran. Lo importante estaba ahí, en ese momento, en esa casa, con esas personas.
El futuro podía esperar.
El presente era ahora
La tarde era tranquila en la casa de los Midoriya. Inko había preparado té y pastel de calabaza, y la mesa de la sala estaba llena de tazas humeantes y platos con galletas. Rías gateaba feliz por el suelo alfombrado, persiguiendo a un pequeño gato de peluche que Inko había sacado de algún armario.
—Es igualito a Katsuki cuando era pequeño —dijo Mitsuki, observando a su nieta con una sonrisa—. Misma energía. Misma terquedad.
—Katsuki no era terco —respondió Inko, con su voz suave—. Era… determinado.
—Terco —insistió Mitsuki—. Determinado y terco. No son excluyentes.
Akeno rió, acariciando su vientre con una mano. La segunda gestación la cansaba más que la primera, pero también la llenaba de una calma extraña.
—Rías es más tranquila que Katsuki —dijo—. Al menos cuando no explota cosas.
—Explotar cosas es parte de la herencia Bakugō —respondió Mitsuki—. No hay nada que hacer.
—Por suerte también heredó mi paciencia.
—¿Tú tienes paciencia?
—Tengo paciencia selectiva.
—Eso no existe.
—Existe. Es lo que tengo con tu hijo.
Mitsuki rió a carcajadas. Inko sonrió, tímida, y sirvió más té.
Fue entonces cuando la puerta se abrió de golpe.
Bakugō entró con el ceño más fruncido de lo habitual. Sus manos humeaban ligeramente, y su mandíbula estaba tan apretada que parecía a punto de romperse.
—Katsuki —dijo Mitsuki—. ¿Qué…
—Stain —la palabra salió como un disparo—. Atacó al hermano de Iida.
El silencio cayó como una losa.
Akeno se puso de pie al instante, dejando la taza en la mesa.
—¿Qué dijiste?
—El grupo de WhatsApp. —Bakugō sacó el teléfono—. Los de la clase. Todos están yendo al hospital. Tensei Iida… el héroe Ingenium… está grave.
—¿Grave? —preguntó Inko, llevándose una mano a la boca.
—Muy grave. —Bakugō leyó la pantalla—. Dice… dice que perdió mucha sangre. Que los médicos están luchando por… —no terminó la frase.
Akeno ya estaba tomando a Rías en brazos.
—Mitsuki-san —dijo, con voz firme aunque temblorosa—. Quédese con ella. Nosotros vamos al hospital.
—Ve —respondió Mitsuki, sin dudar—. Yo cuido a Rías. Inko me ayuda.
—Claro —asintió Inko, aunque sus manos temblaban—. Cuiden a sus amigos.
Akeno le dio un beso a Rías en la frente. La bebé la miró con sus enormes ojos rojizos, confundida por la urgencia de su madre.
—Mamá vuelve pronto —dijo Akeno—. Pórtate bien con las abuelas.
—¿Mamá triste? —preguntó Rías, con su voz balbuceante.
—Mamá preocupada. Pero no triste. Las dos cosas son diferentes.
—Rías cuidar abuelas.
—Eso es, mi amor. Cuídalas.
Y salieron.
—
El hospital olía a antiséptico y a silencio. Los pasillos eran largos, blancos, interminables. Un murmullo de voces ahogadas venía de una sala de espera al fondo.
Cuando Akeno y Bakugō llegaron, los encontraron a todos. Mina, con los ojos rojos de llorar. Kirishima, con los puños apretados y la mandíbula tensa. Uraraka, abrazada a Todoroki, que no decía nada pero tenía una expresión grave. Kaminari, apoyado contra la pared, con la mirada perdida. Jirō, con los auriculares puestos pero sin música, solo para aislarse.
Y en el centro, sentado en una silla, con la cabeza gacha y los hombros temblorosos, Iida Tenya.
Su hermano mayor. Su héroe. Su modelo a seguir.
Tensei Iida estaba en quirófano. La columna. Las piernas. Los nervios. Los médicos no sabían si podría volver a caminar.
—Iida —dijo Bakugō, acercándose.
Nadie lo detuvo.
Iida levantó la cabeza. Sus ojos, normalmente tan vivos detrás de las gafas, estaban apagados. Rojos. Vacíos.
—Bakugō —respondió, con voz ronca—. Himejima.
—Lo siento —dijo Akeno, arrodillándose frente a él—. Lo siento mucho.
—No fue culpa tuya.
—Pero duele igual.
Iida no respondió. Solo asintió, lentamente, y volvió a bajar la cabeza.
Mina se acercó a Akeno y le susurró:
—Lleva así desde que llegó. No quiere comer. No quiere beber. Solo esperar.
—¿Y los médicos? —preguntó Akeno.
—Dijeron que sobrevivió. Pero que… —Mina hizo una pausa, luchando contra las lágrimas—. Que puede que no vuelva a ser héroe.
La palabra cayó como un martillo.
Iida la oyó. Sus hombros temblaron más fuerte.
—Iida —dijo Bakugō, y su voz era más suave de lo que nadie le había escuchado—. Tu hermano es fuerte. Ya verás.
—Lo sé —respondió Iida, pero su voz sonaba rota.
—Entonces espera.
—Espero.
El tiempo pasó. Lento. Denso. Los compañeros fueron llegando y yéndose, algunos se quedaron horas, otros solo unos minutos. Pero al final, cuando el sol se puso y las luces del hospital se encendieron, todos se fueron.
Excepto Akeno y Bakugō.
—Tenemos que volver —dijo Bakugō, mirando su teléfono—. Gran Torino nos espera para patrullar.
—¿Y Midoriya? —preguntó Akeno.
—Todavía no controla su poder. No viene.
—¿Vamos solos?
—Con el viejo.
Akeno miró a Iida. Seguía en la misma silla, en la misma posición, como si el tiempo se hubiera detenido para él.
—Iida-kun —dijo, poniéndole una mano en el hombro—. Nosotros vamos a patrullar. No sé si encontraremos a ese hombre. Pero si lo encontramos…
—¿Qué? —preguntó Iida, levantando la vista.
—Le haremos pagar. No por venganza. Por justicia. Porque eso es lo que hacen los héroes.
Iida la miró largo rato. Luego, lentamente, asintió.
—Cuídense.
—Siempre.
—
La noche en Hosu City era fría y húmeda. Las calles estaban vacías, la gente se había encerrado en sus casas por miedo al asesino de héroes. Las sirenas sonaban a lo lejos, pero parecían lejanas, irrelevantes.
Gran Torino caminaba delante, con las manos en los bolsillos y la bufanda roja ondeando con el viento.
—Estén atentos —dijo—. Stain aparece donde menos se le espera.
—¿Y si aparece? —preguntó Bakugō.
—Lo detenemos.
—¿Solos?
—Si hace falta.
Akeno caminaba en silencio, con el bastón plegado en la espalda y los dedos ligeramente electrificados. Sus sentidos estaban alerta. Sus ojos violetas recorrían cada esquina, cada sombra.
—Katsuki —dijo en voz baja—. ¿Crees que lo encontraremos?
—No lo sé.
—¿Tienes miedo?
—No. ¿Tú?
—Un poco.
—De él?
—De no estar a la altura.
Bakugō no respondió. Pero su mano encontró la de ella y la apretó.
—Estamos a la altura. Siempre.
Siguieron caminando.
Fue entonces cuando lo vieron.
Una figura encorvada sobre el cuerpo de un héroe caído. El héroe estaba inmóvil, con los ojos abiertos, paralizado por la sangre que corría por sus venas. Sobre él, un hombre delgado, de cabello largo y sucio, con una bufanda que parecía vivir por sí misma.
Stain.
El asesino de héroes levantó la cabeza. Sus ojos, hundidos, brillaron con una luz rojiza. Lamió la hoja de su espada y sonrió.
—Más héroes —dijo, con voz rasposa—. Más falsos.
—Somos estudiantes —dijo Gran Torino, dando un paso al frente—. Aún no somos héroes oficiales.
—Peor. —Stain se puso de pie—. Aprendices de falsos. Aprendices de una sociedad podrida.
—No estamos aquí para discutir filosofía —dijo Bakugō, con las manos humeantes—. Estamos aquí para detenerte.
—¿Tú? —Stain lo miró—. Un niño. Con manos explosivas. ¿Crees que puedes?
—Lo sé.
Stain rió. Una risa seca, cortante.
—Me gusta tu actitud. Pero no basta.
Y atacó.
El movimiento fue rápido, demasiado rápido. Su espada se dirigió directamente al cuello de Bakugō, pero Akeno ya estaba allí. Su bastón bloqueó el golpe con un chisporroteo de electricidad.
—Katsuki —dijo—. No te quedes quieto.
—No me quedo.
Bakugō explotó el suelo y se lanzó hacia atrás, creando distancia. Gran Torino desapareció y reapareció detrás de Stain, pero el asesino se giró a tiempo y bloqueó con la espada.
—Rápido —dijo Stain—. Pero no lo suficiente.
—Juicio Divino —susurró Akeno—. Mil voltios.
El rayo fue pequeño, concentrado, directo al pecho de Stain. El asesino lo esquivó con un giro imposible, pero el calor lo alcanzó en el hombro. Su chaqueta ardió.
—Ese rayo… —dijo Stain, tocándose la quemadura—. No es común.
—Soy una Himejima —respondió Akeno, girando el bastón—. Mi familia lleva siglos peleando contra monstruos.
—¿Monstruos? —Stain sonrió—. ¿Eso soy para ti?
—Eso eres para todos.
Stain atacó otra vez, pero esta vez Bakugō lo interceptó. Una explosión directa en la espada la desvió, y Gran Torino aprovechó para darle una patada en el costado.
—¡Malditos!
Stain escupió sangre. Pero no era su sangre. Era la de los héroes que había matado antes. La sangre que paralizaba. La sangre que mataba.
—No dejen que les toque la sangre —gritó Gran Torino—. ¡Si los lame, se acabo!
—Lo sabemos —respondió Akeno.
La pelea continuó. Stain era rápido, letal, pero no podía con tres oponentes a la vez. Bakugō lo mantenía a raya con explosiones, Akeno lo acorralaba con rayos y bastonazos, Gran Torino lo golpeaba desde ángulos imposibles.
Pero entonces, Stain hizo algo inesperado.
Se giró y lanzó una cuchilla hacia un edificio cercano. No hacia ellos. Hacia un grupo de civiles que se asomaban por una ventana.
—¡No! —gritó Akeno.
Y sin pensarlo, se elementalizó.
El rayo la llevó hasta la ventana en una fracción de segundo. Agarrando la cuchilla en el aire, justo antes de que alcanzara a una mujer que sostenía a un niño.
Pero al hacerlo, dejó su espalda descubierta.
Stain no lo dudó. Corrió hacia ella, con la espada en alto.
—¡AKENO! —gritó Bakugō.
No llegó.
No porque Stain fuera más rápido. Porque alguien más se interpuso.
Un puño verde, envuelto en energía, golpeó la espada de Stain y la partió en dos.
—Midoriya —dijo Akeno, girándose—. ¿Qué haces aquí?
—Llegué tarde —respondió Izuku, con el rostro ensangrentado y los ojos brillantes—. Pero llegué.
—¿Controlas tu poder?
—Suficiente.
Stain miró la espada rota, luego a Izuku, luego a los demás.
—Cuatro contra uno —murmuró—. Qué deshonroso.
—Honor —dijo Bakugō, acercándose—. ¿Tú hablas de honor? Tú matas héroes indefensos.
—Héroes falsos. No son lo mismo.
—Para nosotros, sí.
Stain sonrió. Luego, sin previo aviso, extrajo otra espada de su capa.
—Sigan así. Algún día los mataré. Pero hoy… —miró hacia la ventana donde Akeno había salvado a la mujer—. Hoy me retiro.
Y desapareció entre las sombras, antes de que pudieran reaccionar.
—
El silencio fue absoluto.
Gran Torino maldijo en voz baja. Bakugō golpeó una pared con el puño. Izuku se arrodilló, agotado. Akeno… Akeno se quedó mirando la ventana vacía por donde Stain había escapado.
—Se fue —dijo—. Se fue porque quiso.
—Porque sabía que no podía con todos —respondió Bakugō.
—No. Porque quería verme dudar. Quería sembrar miedo.
—¿Y lo logró?
Akeno guardó silencio.
Luego, lentamente, se giró hacia él.
—No. No lo logró. Porque el miedo se supera. Y yo voy a superarlo.
—No estás sola.
—Lo sé.
—Entonces vámonos. Hay que informar a la policía.
Caminaron de regreso, juntos, con Gran Torino adelante e Izuku cojeando detrás. Las luces de la ciudad parpadeaban en la noche.
—Hoy no lo atrapamos —dijo Akeno en voz baja—. Pero otro día será.
—Otro día —acordó Bakugō.
—¿Promesa?
—Palabra de Bakugō.
Akeno sonrió. Era una sonrisa cansada, pero real.
Y mientras la luna brillaba sobre Hosu City, los cuatro héroes en entrenamiento caminaron hacia el futuro.
Con Stain todavía suelto.
Pero con la certeza de que algún día, ese futuro sería suyo.
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