Mi Familia Explosiva - Capítulo 27
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Capítulo 27: Capítulo 27
La tarde era tranquila en la casa de los Midoriya. Inko había preparado té y pastel de calabaza, y la mesa de la sala estaba llena de tazas humeantes y platos con galletas. Rías gateaba feliz por el suelo alfombrado, persiguiendo a un pequeño gato de peluche que Inko había sacado de algún armario.
—Es igualito a Katsuki cuando era pequeño —dijo Mitsuki, observando a su nieta con una sonrisa—. Misma energía. Misma terquedad.
—Katsuki no era terco —respondió Inko, con su voz suave—. Era… determinado.
—Terco —insistió Mitsuki—. Determinado y terco. No son excluyentes.
Akeno rió, acariciando su vientre con una mano. La segunda gestación la cansaba más que la primera, pero también la llenaba de una calma extraña.
—Rías es más tranquila que Katsuki —dijo—. Al menos cuando no explota cosas.
—Explotar cosas es parte de la herencia Bakugō —respondió Mitsuki—. No hay nada que hacer.
—Por suerte también heredó mi paciencia.
—¿Tú tienes paciencia?
—Tengo paciencia selectiva.
—Eso no existe.
—Existe. Es lo que tengo con tu hijo.
Mitsuki rió a carcajadas. Inko sonrió, tímida, y sirvió más té.
Fue entonces cuando la puerta se abrió de golpe.
Bakugō entró con el ceño más fruncido de lo habitual. Sus manos humeaban ligeramente, y su mandíbula estaba tan apretada que parecía a punto de romperse.
—Katsuki —dijo Mitsuki—. ¿Qué…
—Stain —la palabra salió como un disparo—. Atacó al hermano de Iida.
El silencio cayó como una losa.
Akeno se puso de pie al instante, dejando la taza en la mesa.
—¿Qué dijiste?
—El grupo de WhatsApp. —Bakugō sacó el teléfono—. Los de la clase. Todos están yendo al hospital. Tensei Iida… el héroe Ingenium… está grave.
—¿Grave? —preguntó Inko, llevándose una mano a la boca.
—Muy grave. —Bakugō leyó la pantalla—. Dice… dice que perdió mucha sangre. Que los médicos están luchando por… —no terminó la frase.
Akeno ya estaba tomando a Rías en brazos.
—Mitsuki-san —dijo, con voz firme aunque temblorosa—. Quédese con ella. Nosotros vamos al hospital.
—Ve —respondió Mitsuki, sin dudar—. Yo cuido a Rías. Inko me ayuda.
—Claro —asintió Inko, aunque sus manos temblaban—. Cuiden a sus amigos.
Akeno le dio un beso a Rías en la frente. La bebé la miró con sus enormes ojos rojizos, confundida por la urgencia de su madre.
—Mamá vuelve pronto —dijo Akeno—. Pórtate bien con las abuelas.
—¿Mamá triste? —preguntó Rías, con su voz balbuceante.
—Mamá preocupada. Pero no triste. Las dos cosas son diferentes.
—Rías cuidar abuelas.
—Eso es, mi amor. Cuídalas.
Y salieron.
—
El hospital olía a antiséptico y a silencio. Los pasillos eran largos, blancos, interminables. Un murmullo de voces ahogadas venía de una sala de espera al fondo.
Cuando Akeno y Bakugō llegaron, los encontraron a todos. Mina, con los ojos rojos de llorar. Kirishima, con los puños apretados y la mandíbula tensa. Uraraka, abrazada a Todoroki, que no decía nada pero tenía una expresión grave. Kaminari, apoyado contra la pared, con la mirada perdida. Jirō, con los auriculares puestos pero sin música, solo para aislarse.
Y en el centro, sentado en una silla, con la cabeza gacha y los hombros temblorosos, Iida Tenya.
Su hermano mayor. Su héroe. Su modelo a seguir.
Tensei Iida estaba en quirófano. La columna. Las piernas. Los nervios. Los médicos no sabían si podría volver a caminar.
—Iida —dijo Bakugō, acercándose.
Nadie lo detuvo.
Iida levantó la cabeza. Sus ojos, normalmente tan vivos detrás de las gafas, estaban apagados. Rojos. Vacíos.
—Bakugō —respondió, con voz ronca—. Himejima.
—Lo siento —dijo Akeno, arrodillándose frente a él—. Lo siento mucho.
—No fue culpa tuya.
—Pero duele igual.
Iida no respondió. Solo asintió, lentamente, y volvió a bajar la cabeza.
Mina se acercó a Akeno y le susurró:
—Lleva así desde que llegó. No quiere comer. No quiere beber. Solo esperar.
—¿Y los médicos? —preguntó Akeno.
—Dijeron que sobrevivió. Pero que… —Mina hizo una pausa, luchando contra las lágrimas—. Que puede que no vuelva a ser héroe.
La palabra cayó como un martillo.
Iida la oyó. Sus hombros temblaron más fuerte.
—Iida —dijo Bakugō, y su voz era más suave de lo que nadie le había escuchado—. Tu hermano es fuerte. Ya verás.
—Lo sé —respondió Iida, pero su voz sonaba rota.
—Entonces espera.
—Espero.
El tiempo pasó. Lento. Denso. Los compañeros fueron llegando y yéndose, algunos se quedaron horas, otros solo unos minutos. Pero al final, cuando el sol se puso y las luces del hospital se encendieron, todos se fueron.
Excepto Akeno y Bakugō.
—Tenemos que volver —dijo Bakugō, mirando su teléfono—. Gran Torino nos espera para patrullar.
—¿Y Midoriya? —preguntó Akeno.
—Todavía no controla su poder. No viene.
—¿Vamos solos?
—Con el viejo.
Akeno miró a Iida. Seguía en la misma silla, en la misma posición, como si el tiempo se hubiera detenido para él.
—Iida-kun —dijo, poniéndole una mano en el hombro—. Nosotros vamos a patrullar. No sé si encontraremos a ese hombre. Pero si lo encontramos…
—¿Qué? —preguntó Iida, levantando la vista.
—Le haremos pagar. No por venganza. Por justicia. Porque eso es lo que hacen los héroes.
Iida la miró largo rato. Luego, lentamente, asintió.
—Cuídense.
—Siempre.
—
La noche en Hosu City era fría y húmeda. Las calles estaban vacías, la gente se había encerrado en sus casas por miedo al asesino de héroes. Las sirenas sonaban a lo lejos, pero parecían lejanas, irrelevantes.
Gran Torino caminaba delante, con las manos en los bolsillos y la bufanda roja ondeando con el viento.
—Estén atentos —dijo—. Stain aparece donde menos se le espera.
—¿Y si aparece? —preguntó Bakugō.
—Lo detenemos.
—¿Solos?
—Si hace falta.
Akeno caminaba en silencio, con el bastón plegado en la espalda y los dedos ligeramente electrificados. Sus sentidos estaban alerta. Sus ojos violetas recorrían cada esquina, cada sombra.
—Katsuki —dijo en voz baja—. ¿Crees que lo encontraremos?
—No lo sé.
—¿Tienes miedo?
—No. ¿Tú?
—Un poco.
—De él?
—De no estar a la altura.
Bakugō no respondió. Pero su mano encontró la de ella y la apretó.
—Estamos a la altura. Siempre.
Siguieron caminando.
Fue entonces cuando lo vieron.
Una figura encorvada sobre el cuerpo de un héroe caído. El héroe estaba inmóvil, con los ojos abiertos, paralizado por la sangre que corría por sus venas. Sobre él, un hombre delgado, de cabello largo y sucio, con una bufanda que parecía vivir por sí misma.
Stain.
El asesino de héroes levantó la cabeza. Sus ojos, hundidos, brillaron con una luz rojiza. Lamió la hoja de su espada y sonrió.
—Más héroes —dijo, con voz rasposa—. Más falsos.
—Somos estudiantes —dijo Gran Torino, dando un paso al frente—. Aún no somos héroes oficiales.
—Peor. —Stain se puso de pie—. Aprendices de falsos. Aprendices de una sociedad podrida.
—No estamos aquí para discutir filosofía —dijo Bakugō, con las manos humeantes—. Estamos aquí para detenerte.
—¿Tú? —Stain lo miró—. Un niño. Con manos explosivas. ¿Crees que puedes?
—Lo sé.
Stain rió. Una risa seca, cortante.
—Me gusta tu actitud. Pero no basta.
Y atacó.
El movimiento fue rápido, demasiado rápido. Su espada se dirigió directamente al cuello de Bakugō, pero Akeno ya estaba allí. Su bastón bloqueó el golpe con un chisporroteo de electricidad.
—Katsuki —dijo—. No te quedes quieto.
—No me quedo.
Bakugō explotó el suelo y se lanzó hacia atrás, creando distancia. Gran Torino desapareció y reapareció detrás de Stain, pero el asesino se giró a tiempo y bloqueó con la espada.
—Rápido —dijo Stain—. Pero no lo suficiente.
—Juicio Divino —susurró Akeno—. Mil voltios.
El rayo fue pequeño, concentrado, directo al pecho de Stain. El asesino lo esquivó con un giro imposible, pero el calor lo alcanzó en el hombro. Su chaqueta ardió.
—Ese rayo… —dijo Stain, tocándose la quemadura—. No es común.
—Soy una Himejima —respondió Akeno, girando el bastón—. Mi familia lleva siglos peleando contra monstruos.
—¿Monstruos? —Stain sonrió—. ¿Eso soy para ti?
—Eso eres para todos.
Stain atacó otra vez, pero esta vez Bakugō lo interceptó. Una explosión directa en la espada la desvió, y Gran Torino aprovechó para darle una patada en el costado.
—¡Malditos!
Stain escupió sangre. Pero no era su sangre. Era la de los héroes que había matado antes. La sangre que paralizaba. La sangre que mataba.
—No dejen que les toque la sangre —gritó Gran Torino—. ¡Si los lame, se acabo!
—Lo sabemos —respondió Akeno.
La pelea continuó. Stain era rápido, letal, pero no podía con tres oponentes a la vez. Bakugō lo mantenía a raya con explosiones, Akeno lo acorralaba con rayos y bastonazos, Gran Torino lo golpeaba desde ángulos imposibles.
Pero entonces, Stain hizo algo inesperado.
Se giró y lanzó una cuchilla hacia un edificio cercano. No hacia ellos. Hacia un grupo de civiles que se asomaban por una ventana.
—¡No! —gritó Akeno.
Y sin pensarlo, se elementalizó.
El rayo la llevó hasta la ventana en una fracción de segundo. Agarrando la cuchilla en el aire, justo antes de que alcanzara a una mujer que sostenía a un niño.
Pero al hacerlo, dejó su espalda descubierta.
Stain no lo dudó. Corrió hacia ella, con la espada en alto.
—¡AKENO! —gritó Bakugō.
No llegó.
No porque Stain fuera más rápido. Porque alguien más se interpuso.
Un puño verde, envuelto en energía, golpeó la espada de Stain y la partió en dos.
—Midoriya —dijo Akeno, girándose—. ¿Qué haces aquí?
—Llegué tarde —respondió Izuku, con el rostro ensangrentado y los ojos brillantes—. Pero llegué.
—¿Controlas tu poder?
—Suficiente.
Stain miró la espada rota, luego a Izuku, luego a los demás.
—Cuatro contra uno —murmuró—. Qué deshonroso.
—Honor —dijo Bakugō, acercándose—. ¿Tú hablas de honor? Tú matas héroes indefensos.
—Héroes falsos. No son lo mismo.
—Para nosotros, sí.
Stain sonrió. Luego, sin previo aviso, extrajo otra espada de su capa.
—Sigan así. Algún día los mataré. Pero hoy… —miró hacia la ventana donde Akeno había salvado a la mujer—. Hoy me retiro.
Y desapareció entre las sombras, antes de que pudieran reaccionar.
—
El silencio fue absoluto.
Gran Torino maldijo en voz baja. Bakugō golpeó una pared con el puño. Izuku se arrodilló, agotado. Akeno… Akeno se quedó mirando la ventana vacía por donde Stain había escapado.
—Se fue —dijo—. Se fue porque quiso.
—Porque sabía que no podía con todos —respondió Bakugō.
—No. Porque quería verme dudar. Quería sembrar miedo.
—¿Y lo logró?
Akeno guardó silencio.
Luego, lentamente, se giró hacia él.
—No. No lo logró. Porque el miedo se supera. Y yo voy a superarlo.
—No estás sola.
—Lo sé.
—Entonces vámonos. Hay que informar a la policía.
Caminaron de regreso, juntos, con Gran Torino adelante e Izuku cojeando detrás. Las luces de la ciudad parpadeaban en la noche.
—Hoy no lo atrapamos —dijo Akeno en voz baja—. Pero otro día será.
—Otro día —acordó Bakugō.
—¿Promesa?
—Palabra de Bakugō.
Akeno sonrió. Era una sonrisa cansada, pero real.
Y mientras la luna brillaba sobre Hosu City, los cuatro héroes en entrenamiento caminaron hacia el futuro.
Con Stain todavía suelto.
Pero con la certeza de que algún día, ese futuro sería suyo.
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