¡Mi Harén Tabú! - Capítulo 436
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Capítulo 436: Observando desde lejos
—Cita con Patricia Bloom —informó Eira, con sus alas cristalinas revoloteando a su lado mientras entraban en el ascensor—. Cuarenta y cinco minutos. Lleva lista desde la tarde: dando vueltas, retocándose el brillo de labios, mirando su reflejo como si fuera a escaparse.
Fei soltó una risita, grave y oscura, con el sonido resonando en las paredes de acero cepillado como un trueno lejano. Pulsó con el pulgar el botón del piso 98.
—Sabes —dijo él, mirando de reojo los diminutos ojos negros como el vacío que flotaban a la altura de sus hombros—, eres una asistente bastante buena.
Las alas de Eira se congelaron en pleno aleteo.
Entonces, hizo un puchero.
Para ser una entidad cristalina de diez mil años vinculada al linaje más peligroso de la historia registrada, el puchero fue lo bastante teatral como para ganar premios.
El labio inferior le temblaba, los diminutos puños estaban apretados y las alas colgaban como ropa mojada.
—Asistente —repitió, pronunciando la palabra como si supiera a leche agria—. Soy una compañera ancestral forjada en el crisol de estrellas moribundas, y me has degradado a… gerente de expansión del harén.
—Mi gerente de expansión del harén —la corrigió Fei, con tono inexpresivo—, que trata mi agenda como si fuera el puto santo grial.
—¡Porque tú lo convertiste en mi máxima prioridad! —Su voz se quebró con auténtica indignación—. ¡Podría estar manipulando el espacio vacío! ¡Colapsando probabilidades! ¡Interactuando con realidades que ni siquiera has conceptualizado aún! ¡Y en vez de eso, estoy codificando por colores tus citas para follar!
—Por ahora —dijo Fei, encogiéndose de hombros—, la expansión del harén es lo que más me interesa. Y deberías hacerlo mejor.
El puchero de Eira se acentuó hasta volverse casi trágico. Sus alas emitieron un zumbido indignado.
—Además —añadió, con un tono que se volvía más frío—, no te hagas tanto la ofendida. Sé que me estás ocultando la mitad del universo.
El puchero se desvaneció.
Reemplazado por algo mucho más antiguo; algo que recordaba que la agricultura aún era una nueva y controvertida tecnología cuando ya elegía sus palabras con precisión quirúrgica.
—Eso se da por sentado —dijo Eira con voz uniforme—. No te digo nada a menos que lo preguntes directamente o la situación lo exija. El vínculo de compañero tiene límites. No soy omnisciente. —Ladeó levemente las alas—. Pero si quieres… puedo espiar por ti.
Fei enarcó las cejas.
—En ese caso —dijo él—, nada de humildad. Dame la mejor información que tengas. Ahora mismo.
Eira hizo una pausa; sus alas zumbaban y sus ojos negros como el vacío se movieron hacia arriba, como solían hacer cuando cribaba eones de datos, decidiendo qué era seguro, útil o simplemente lo bastante entretenido como para compartirlo.
—¿En lo que respecta a la expansión del harén? —preguntó ella.
—En lo que respecta a la expansión del harén.
Una pausa.
Luego, con tono clínico, como si leyera el pronóstico del tiempo de mañana:
—Daphne Whitmore, la madre de Maddie, se está masturbando con los dedos ahora mismo mientras ve tu video follándote a Maddie y a Sierra.
El cerebro de Fei sufrió un completo y elegante pantallazo azul de la muerte.
—¿Está… qué?
—Daphne Whitmore. Habitación de Maddie. La tablet de Maddie. Tu carpeta encriptada… —El tono de Eira se mantuvo perfectamente neutro, como si estuviera informando de los precios de las acciones—. Daphne va por su tercera copa de rosado y su segundo orgasmo. Maddie está sentada a su lado. Comiendo patatas fritas.
Fei abrió la boca. La cerró. Lo intentó de nuevo.
—Maddie está ahí mismo mientras su madre…
—Correcto.
—Y Maddie simplemente está…
—Comiendo patatas fritas de sal y vinagre. El envoltorio es muy claro al respecto.
Fei se quedó mirando el techo durante un largo segundo, dejando que la pura comedia negra de la situación calara en él.
—Muéstramelo.
Una fina lámina de hielo se cristalizó al instante entre ellos, perfectamente translúcida, brillando como un diamante líquido.
La grabación apareció con una nitidez absoluta:
La habitación de Maddie.
La suave luz de una lámpara.
La tablet apoyada en una montaña de almohadas.
Daphne Whitmore, con su ropa de estar por casa de seda arremangada hasta las caderas, una mano hundida entre sus muslos temblorosos y la otra aferrando el tallo de una copa de vino; tenía los ojos pegados a la pantalla, donde Fei estaba en ese momento muy dentro de Sierra, con la verga reluciente, mientras los tobillos de Maddie se aferraban a su espalda y ella gritaba su nombre.
Y la propia Maddie —sentada en la cama con las piernas cruzadas, vistiendo pantalones cortos de pijama y una sudadera ancha— masticaba tranquilamente patatas fritas, con la mirada saltando entre su teléfono y el espectáculo porno en directo protagonizado por su propia madre.
Se metió otra patata frita en la boca.
Masticó.
Tragó.
Luego, se estiró sin mirar y le rellenó la copa a Daphne.
Fei se empalmó al instante.
No fue la lenta y gradual hinchazón de las hormonas adolescentes que por fin se ponían al día. Ningún lento fluir de sangre hacia el sur mientras el cerebro asimilaba lo que veía.
Instantáneo. Una patada pavloviana, total y brutal, directa a la verga; como si alguien hubiera accionado un interruptor con la etiqueta «acero inmediato».
Sus pantalones de chándal pasaron de ser cómodos a dolorosamente apretados en el lapso de un latido, con el grueso bulto de su miembro palpitando con rabia contra la tela, como si se sintiera personalmente ofendido de que aún existiera tejido entre él y la escena que acababa de presenciar.
Eira hizo sonar sus diminutos dientes cristalinos de esa manera precisa y sentenciosa que solo las hadas inmortales podían lograr.
—Caliente —anunció, con la misma monotonía que un parte meteorológico.
Fei soltó una carcajada —genuina, sorprendida, de esas que lo hicieron doblarse ligeramente—, y dio una palmada en la pared de acero cepillado del ascensor para mantener el equilibrio.
La pantalla de hielo se hizo añicos en inofensivas motas brillantes cuando Eira la deshizo con un irritado movimiento de sus alas.
—¿Qué coño esperabas? —jadeó, todavía sonriendo como un lunático—. Tengo diecisiete años y estoy viendo a una de mis futuras suegras con los nudillos metidos en su propio coño mientras ve un video de mí follándome a su hija hasta dejarla sin sentido; mientras, dicha hija está sentada a su lado con las piernas cruzadas, comiendo tranquilamente patatas fritas y, de vez en cuando, inclinando la tablet para ver mejor cómo mi verga abre en canal a Sierra.
—¿Qué reacción se suponía que debía tener? ¿Un sabio y reflexivo asentimiento con la cabeza? ¿Un momento de tranquila reflexión filosófica sobre el declive de la crianza moderna?
Eira emitió el más leve y reticente de los zumbidos, el sonido que hacía cuando se veía obligada a conceder algo, pero se negaba a parecer contenta por ello.
—Me parece justo —masculló.
El ascensor ascendió en un silencio suave y lujoso. 78. 82. 85.
—Además —continuó Eira, mientras sus alas adoptaban su cadencia nítida y profesional—, Emily ha estado reventando tu teléfono.
La sonrisa se desvaneció, no para dar paso a la rabia, sino a la expresión de agotamiento profundo de un hombre que llevaba días esquivando el mismo asedio persistente y que se había quedado oficialmente sin sinónimos educados para «vete a la mierda».
—No.
—Ha llamado catorce veces hoy. Ha enviado… —Eira hizo una pausa, haciendo ese inquietante recuento interno suyo— …treinta y siete mensajes. Todos sobre las ofertas.
—No.
—Algunas de ellas son bastante generosas…
—No. —Lo dijo más despacio esta vez, cada sílaba un clavo en el ataúd—. No voy a aceptar ni una sola de esas ofertas todavía.
Emily Hartwell. Su asistente adolescente. La chica que cuatro días atrás había estado lánguida y sangrando en sus brazos, con las pupilas dilatadas por el cóctel que los príncipes del Legado le habían inyectado.
Se había despertado, se había recompuesto a base de pura rabia y competencia, y de inmediato había reanudado su autoproclamado papel como la mánager personal más despiadadamente eficiente y obstinadamente persistente que un criminal de guerra de diecisiete años jamás había solicitado.
Llevaba acosándolo desde la mañana siguiente al desgarro del cielo. Llamadas. Mensajes. Todo porque el mundo había decidido colectivamente que Fei era ahora interesante.
A él no le interesaba ser interesante en los términos de ellos.
—No —repitió mientras el ascensor sonaba suavemente y las puertas se abrían en el piso 98. Su piso. Su ático de tres plantas que era todo un «que os jodan».
Su monumento a la simple verdad: «Yo gano».
Salió. Eira flotaba a su lado, sus alas cristalinas atrapando el sol de última hora de la tarde y proyectando diminutos arcoíris sobre el mármol.
—Durante el resto del día —dijo, cruzando ya el salón hacia la suite principal mientras se desabotonaba la camisa—, y esta noche, toda la noche, estoy centrado en Patricia Bloom.
Eira se animó al instante. La subrutina de expansión del harén en su alma se iluminó como una máquina tragaperras al sacar el premio gordo.
—Ha estado esperando desde que prometiste follártela después de la celebración, pero no lo hiciste por lo que pasó en el club —confirmó Eira—. Ha sido muy paciente, lo sabes, ¿verdad?
—Se ha estado muriendo de ganas por mí, pero ha sido lo bastante paciente como para no recordarme la promesa que teníamos, ni siquiera cuando hablamos o nos enviamos mensajes —dijo Fei.
Se quitó la camisa por la cabeza con un movimiento fluido y la arrojó sobre el sofá modular como si lo hubiera ofendido personalmente.
Su torso desnudo relució bajo la luz dorada; los músculos aún estaban ligeramente sonrojados por los esfuerzos anteriores, y las tenues marcas rojas de las uñas de Amber todavía eran visibles en sus pectorales.
—Y esta noche voy a alimentarla hasta que se olvide de lo que es sentir hambre.
Desapareció en el baño. Un segundo después, la ducha rugió al encenderse: el agua fría martilleaba el mármol italiano, y el vapor de la piscina hundida ya se colaba por debajo de la puerta como el humo de un ritual a punto de comenzar.
Eira se quedó en el dormitorio.
Sola.
Flotó allí durante un largo momento, con su diminuto cuerpo cristalino reflejando el sol y las alas quietas.
Sus ojos negros como el vacío se posaron en la camisa desechada y arrugada sobre el cuero. En la puerta cerrada del baño. En la ciudad más allá del ventanal, que brillaba como si la hubieran bañado en oro fundido para entregársela a él en bandeja.
Su rostro hizo algo que —en una criatura de rasgos más definidos y humanos— podría haber pasado por una lenta y malvada sonrisa.
—Es hora de hacer que la espera merezca la pena —repitió en voz baja para el ático vacío.
Sus alas emitieron un único y decidido zumbido.
Ella también tenía trabajo que hacer.