Mis Dos Esposas - Capítulo 14
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14: La Propuesta 14: La Propuesta *Capitulo narrado por Marian Jamás me había sentido tan observada como este día.
No por las miradas invasivas ni por el evidente deseo, sino por algo más inquietante: la atención absoluta.
Emma y Alejandro estaban frente a mí, sentados uno junto al otro, pareciera todo una formación de guerra, o una coreografía ensayada.
No se tocaban, de hecho, ni siquiera se miraron, en todo ese tiempo los ojos de ambos estuvieron fijos en mi.
Aunque también podría ser simple paranoia mía, y tan solo estaban ahí esperando mi reacción.
Para ese momento ya no estaba dispuesta a aceptar medias palabras.
—Ok, es momento de poner las cartas sobre la mesa—dije, rompiendo el silencio— necesito que me digan exactamente qué desean, o qué se supone que debe pasar entre nosotros.
Emma ladeó un poco la cabeza, pudiera ser que mi pregunta la sacará de su plan, sin embargo, me atacó con otra pregunta..
—Dinos qué quieres saber —respondió con calma.
—Yo pregunté primero—.
Respondí.
—Necesito que ustedes me lo digan.
Quiero, no.
Necesito saber si esto es solo una fantasía pasajera, algo de una noche.
O si esperan que yo sea la amante escondida de tu marido… Emma estuvo a punto de hablar, sin embargo la detuve con un ademán de mi mano.
O, en su defecto, están hablando de algo serio.
Hasta que no escuche la verdad completa no tendrán una respuesta.
Alejandro se tensó, pude verlo en su cara, en sus ojos.
Pero Emma no, su piel era tan blanca como la nieve, y su actitud tan fría como la misma.
—No serías la amante —dijo ella—.
Eso debes tenerlo claro desde ahora.
La miré fijamente.
—¿Entonces qué quieren?
Déjemse de rodeos.
Emma hizo una breve pausa, pareciera que acomodara las palabras como si fuera un rompecabezas antes de soltarlas.
—Si aceptaras —dijo— estarías en una posición de igualdad conmigo.
No estarías oculta, no serías una sombra.
Vivirías con nosotros.
Sentí un ligero vértigo.
—¿Vivir con ustedes?
—pregunté.
—Sí —continuó hablando—.
Hay varias opciones, aún no está definido, pero entre los tres podemos tener una buena solución.
Pensamos por ejemplo, decir que te contratamos como chef.
Eso no es nada extraño.
Las familias ricas hacen eso todo el tiempo, mis padres tienen a un reconocido chef a su servicio.
Nadie cuestionaría así tu presencia.
No pude evitar una risa breve, más parecida a un simple resoplido.
—Suena a una fantasía elegantemente maquillada— le dije Emma no se ofendió.
—Te repito que por eso estamos los tres acá, para encontrar una solución—respondió—.
Para elegir la mejor opcion… la que sea totalmente sostenible.
—Emma, ni siquiera he aceptado, no debes ir tan lejos aún— dije inclinándome ligeramente hacia adelante.
—Aunquenviviéramos en el mismo lugar —continué— la servidumbre hablaría.
La gente siempre habla.
Además, siempre puede existir la sospecha por sus familias, un movimiento en falso y podrían enterarse.
Los Van Dyke, los Belmonte… o mi padre, eso lo destruiría.
¿De verdad creen que eso no sería un escándalo?
Alejandro abrió la boca, pero Emma fue quien respondió.
—Siempre existe riesgo —admito—.
No lo niego.
—Y hay algo más —agregué, sin modificar mi tono—.
Por mucho que ustedes digan lo contrario, jamás sería igual a ti.
Legalmente tú eres la esposa.
¿Yo qué sería?… una concubina glorificada si acaso.
Emma sostuvo mi mirada.
—No sería así.
—Pero ante el mundo lo sería —repliqué—.
Y en una negociación como esta, todos llevamos las de perder.
Yo más que ustedes.
Todo esto no es más que un capricho de dos esposos millonarios con gusto por una mujer de fenotipo exótico.
El silencio se volvió pesado.
Fue entonces cuando Alejandro habló, por primera vez desde que empezó la conversación, aunque no para apoyar ni suavizar la propuesta de Emma, sino para responder por él.
—Permíteme responder —dijo con voz firme.
Emma no lo interrumpió.
Y yo tampoco.
—Lo primero —continuó— es que no haríamos nada sin contratos de confidencialidad, ya existen para todos los trabajadores en mi familia, en nuestra casa será el mismo caso.
Además, nuestra servidumbre es poca y ha sido seleccionada por mí, no por nuestros padres.
Lo veía fijamente.
No había titubeaba, no parecía algo improvisado.
—Nuestros empleados no viven ahí de planta —añadió—.
Podremos ajustar su horario para que cuando los tres estemos en casa no haya nadie más, sin embargo, nosotros tendremos que encargarnos de las tareas nocturnas.
Reconozco que no es lo ideal, pero sobreviviremos.
No supe qué me sorprendió más: la naturalidad con la que lo decía o el hecho de que les pesara hacer algo por sí mismos.
—Además, tendrías una remuneración como chef, y una mensualidad muy generosa como esposa, y por supuesto, acceso a lo mismo que Emma, guardarropa nuevo, automóvil, gimnasios, entrenadores personales, lo que necesites se te concederá.
Sentí mi corazón agitarse dentro de mi pecho.
—¿Esposa dices?
—pregunté.
—De facto —aclaró—.
No en lo legal.
Pero no te faltaría nada.
Conseguirás solvencia económica.
Seguridad.
Futuro, y en el momento que decidamos “divorciarnos”, tendrás una pensión que te dará la libertad para rehacer tu vida, dónde quieras, como quieras, y con lo desees.
Hizo una pausa breve antes de añadir: —Eso sí… tendrías que renunciar al restaurante de tu padre.
Esa frase me golpeó muy fuerte .
—¿Qué?
—susurré.
—No es un castigo —dijo— pero complicaría mucho ambas vidas.
Sería injusto para ti… y peligroso para todos.
Me quedé en silencio, pensando.
Alejandro no miró a Emma ni una sola vez.
No estaba leyendo un guion, y no parecía una conversación ensayada entre ambos, por primera vez estaba tomando decisiones.
—Si aceptas —concluyó— pasaremos al siguiente punto: Las reglas de convivencia.
Nada quedaría al azar.
Sentí que el mundo se caía bajo mis pies.
Hasta ese punto, creí que esto era una idea extravagante de Emma, una fantasía nacida del control o del miedo, y en una zona más profunda de mi ser, llegué a pensar que era ella quien me deseaba para sí, lo cuál me aterraba.
Sin embargo, Alejandro hablaba como alguien que ya había decidido qué estaba dispuesto a dar y qué no.
Y eso definitivamente me gustó, sin duda me excitó su decisión.
Me recargué en el respaldo de la silla, haciendo una pose sugerente.
—¿Saben lo que me están pidiendo?
—pregunté en voz baja—.
Me están pidiendo que renuncie a mi vida solo para cumplir un rol que no sé si sea capaz de lograr, donde no hay protección social ni respaldo moral, si algo sale mal, los tres terminaremos muy mal, y no solo con sus familias, entre nosotros tres podríamos destruirnos.
Creen que podremos confiarnos nuestras vidas sin arrepentimientos posteriores.
Emma habló con suavidad.
—No te pedimos que confíes ciegamente.
Te pedimos que negocies.
Negociar.
La palabra resonó en mi mente.
No era amor.
No era lujuria.
No era una trampa burda.
Parecía una negociación entre adultos, ellos parecían saber que el deseo también podía estructurarse.
Pensé en Alejandro.
En su contención.
En su manera de mirarme sin tocarme nunca.
Pensé en Emma.
En su franqueza brutal.
En lo incómoda que hacía sentir, y también me hacía sentir deseada… eso me resultaba fascinante.
Pensé en mí por último.
En lo que sentí en Dominicana.
En esa noche escuchándolos al otro lado de la pared, y como no pude contenerme después.
En el conflicto que no me había abandonado desde entonces.
—Y si acepto —dije finalmente— no será porque me compren ni porque me prometan seguridad financiera.
Los miré a ambos.
—Será porque quiero estar ahí.
Y porque yo decidí,asumir las consecuencias de esto.
Alejandro asintió lentamente.
Emma no sonrió.
Tampoco suspiró aliviada.
—¿Entonces aceptas?
—preguntó ella.
Cerré los ojos un segundo.
Sabía que, al decir lo siguiente, nada volvería a ser igual.
—Acepto el trato —dije—.
Pero solo como punto de partida, aún no conozco sus reglas de convivencia, quiero escuchar las suyas… y yo también pondré las mías.
Levanté la vista, y vi algo distinto en sus miradas.
Respeto.
Acababa de cruzar una frontera de la que no habría regreso, pero creo que fue mejor de lo esperado…
Aunque aun no sabía las verdaderas intenciones de Emma.
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