Mis Dos Esposas - Capítulo 15
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15: Las Condiciones de Emma 15: Las Condiciones de Emma Emma y Alejandro vieron a Marian con detenimiento, no pensaban interrumpirla, había aceptado su propuesta, pero era claro que Marian tenía algo más que decir.
Ella puso las manos sobre la mesa y después los antebrazos, parecía que ya había meditado en las condiciones que ella pondría.
Bajó la mirada apenas un segundo e hizo una respiración profunda, parecía que ordenara sus pensamientos.
Levantó la mirada, y la dirigió a los dos, no de una manera altiva, ni retadora; ya no había duda ni nerviosismo.
—Solo quiero que quede bien claro que una vez que me instale con ustedes no seré una invitada, tampoco un accesorio.
Y mucho menos como una herramienta para desechar cuando se aburran.
Alejandro solo hizo un leve asentimiento con la cabeza.
Emma sonrió, no de manera burlona, parecía que ella estaba totalmente de acuerdo en que Marian fuera su igual.
—Tendré voz y voto —continuó Marian—.
En las decisiones que afecten esta… ¿Pareja?
¿Tercia?
Lo que sea que formaremos.
No hablo de las decisiones de alcoba, también las de índole externo.
Si vamos a vivir bajo el mismo techo, no seré un mueble.
Emma ladeó la cabeza, evaluándola, sin embargo se mantenía sonriente en todo momento, sin parecer socarrona.
No había desafío de Marian a ellos, pero sí dignidad.
Y eso, lejos de incomodarla, le generó admiración y respeto.
—Eso es razonable, de hecho, es justamente lo que debe ser una esposa para esta familia, si fueras una mujer débil no estarías aquí —dijo Emma—.
¿Hay algo más que quieras agregar Marian?
Marian suspiró con cierto alivio, y continuó.
—Necesito conocer las condiciones para mi seguridad financiera, ya lo comentaron, pero necesito formalizarlo.
Alejandro intervino con calma.
—Tranquila, firmaremos un contrato claro.
Con todas tus exigencias.
No tienes nada que temer.
—Bien —continuó ella—.
La tercera condición es la más importante: Necesitamos una coartada clara.
Sus familias, y la mía no son tontas, ¿Cómo justificarán mi ingreso en su casa?
¿Y cómo justificarlo con los empleados?
Si alguien sospecha, o habla de más todo se derrumba.
Emma sonrió levemente.
—Eso ya lo tenemos pensado y cubierto Marian, créeme, en ese aspecto soy muy meticulosa, y Alejandro lo es más.
Hubo una breve pausa.
Marian asintió despacio.
—Entonces… acepto.
Pero solo bajo esas condiciones.
En ese momento hubo celebración, ni sonrisas amplias, ya habría tiempo para eso.
Ahora era tiempo de preparar las cosas para iniciar una nueva vida.
Emma fue la siguiente en hablar.
—Espera Marian, yo también tengo mis condiciones.
Marian la observó con atención.
Alejandro también.
Ambos sabían que todo dependía de lo que Emma quisiera.
—La intimidad, es una parte muy importante de esta relación, a partir así debemos llamar a este pacto—dijo Emma con serenidad— Y como tal no puede ser improvisada.
Ya decidieron ustedes varias cosas, ahora me toca a mí.
No porque los quiera controlar, pero necesito orden.
Ya saben, cuentas claras “amistades” largas, o en nuestro caso matrimonio, haciendo énfasis en “tri” al pronunciar.
—¿Cómo lo contemplaste Emma?
—preguntó Marian.
Emma se recargó en la silla, cruzó las piernas y habló con un aplomo que sorprendió incluso a Alejandro.
—Tendrán que ser tres días para cada una —dijo—.
Días completos.
Sin interrupciones, sin medias tintas.
Un día neutral, sin contacto íntimo.
Ese día será para los tres… pero solo para convivir.
Cenar, hablar, existir juntos.
Nada más.
Alejandro tragó saliva.
No discutió, pero remarcó que eso se refería solo al sexo, que la convivencia en casa será con total libertad.
— Tienes razón, disculpen que no me expliqué bien— Respondió Emma.
Marian reflexionó unos segundos.
—Acepto, supongo que esto incluye que no habrá escenas de celos verdad—.
Emma asintió con una pequeña sonrisa.
—Una cosa más —añadió—.
No habrá tríos sexuales, no estoy muy segura de querer eso.
Alejandro levantó la cabeza, no estaba de acuerdo pero pensó que podría convencerlas despues.
—Emma… Ella lo miró de frente, sabía lo que su marido pensaba, pero le dejo en claro con una sola mirada que no estaba dispuesta a ceder.
—No —repitió.
—.
No es algo que esté dispuesta a compartir.
No ahora.
Tal vez des…
No sé atrevió a completar la frase—.
Marian observó esa escena con atención.
Vió algo que Alejandro no entendía del todo: Emma no actuaba por inseguridad, sino porque tenía límites claros, aunque pareciera extraño en un arreglo como este.
—Estoy de acuerdo —dijo Marian—.
No quiero competir ni compararme contigo.
Alejandro exhaló lentamente.
—Está bien —dijo—.
Respetaré el acuerdo al que ustedes lleguen.
Los tres guardaron silencio unos minutos.
—Sin embargo —añadió Alejandro—, tengo una petición que hacerles.
Emma lo miró pues no sabía qué podría pedirles.
—El primer día —continuó él—.
Quiero estar con ambas.
No al mismo tiempo como ya remarcaron.
Pero quiero tenerlas a ambas, que sea nuestra noche de bodas.
Marian se quedó en silencio.
Emma los observo a ambos.
—Un día de excepción será —murmuró ella—.
—Exacto —dijo Alejandro—.
Después de eso comenzaremos nuestra nueva vida familiar.
Emma espero un minuto para después aceptar.
—Está bien, me parece justo, además tú y Marian merecen una noche de bodas, y yo se las concederé.
Marian abrió los ojos en ese momento.
—Acepto —dijo—.
Pero después de eso ser tal y como Emma propuso.
El acuerdo quedó sellado sin firmas, solo de palabra, sin papeles aún, pero con la convicción de los tres.
Esa noche, Marian se quedó en su recámara pensando en Alejandro, y también en la actitud tan calculadora de Emma, pero no le desagradó ella.
Emma y Alejandro ya habían regresado a su residencia, y se encontraban solos en la sala.
Ambos permanecieron un rato en silencio.
No era un silencio perturbador, era expectante.
—¿Estás completamente segura de que quieres esto?
—preguntó Alejandro.
Emma se quitó los zapatos con calma, al tiempo que continuó desvistiéndose.
—No —respondió seriamente—.
No estoy convencida que sea lo mejor, pero quiero hacerlo.
Alejandro la miraba mientras se cambiaba y ellos hablaban.
Había admiración por su belleza, como siempre, y también muchas dudas en él.
—No entiendo del todo por qué haces esto Emma.
¿No eres feliz?
Emma le respondió cansada.
—Te conozco —dijo—.
Sé quién eres, y que nunca has sido hombre de una sola mujer, no creo que conmigo empieces a serlo, y no quiero esperar a que tarde o temprano busques algo que no tienes en casa.
Te ví mirar a Marian, me bastó una mirada para saber que la deseabas, ví en ti esos ojos con los que me viste cuando regresé de Holanda.
Creo que no tengo que decirte nada más verdad.
Alejandro no respondió.
No tenía ninguna respuesta contra eso.
—Y porque —añadió Emma en voz baja— prefiero saberlo todo… no soporto las dudas, la incertidumbre, ni los celos.
Se levantó y caminó hacia la puerta de la habitación.
Alejandro se quedó en silencio unos minutos.
No quería admitir que estaba feliz ante la decisión de su esposa, pero quería demostrar cierta reluctancia, aún dudaba si era una trampa.
Marian, por su parte, no sabía si había ganado o perdido algo esa noche.
Solo sabía que había cruzado una línea.
Y que nada volvería a ser como antes.
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