Mis Dos Esposas - Capítulo 16
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16: Sellar el trato 16: Sellar el trato El contrato no tenía nada de romántico.
Ya era el día siguiente, los tres se reunieron formalmente para la firma del documento.
Impreso en un elegante papel marfil, con tipografía sobria, y un lenguaje digno de las clases altas.
No hubo en él promesas ni metáforas.
Solo cláusulas claras, firmes, y meticulosamente estipuladas para protección de los involucrados… y, también para el yugo de ellos.
Marian sostuvo el documento en sus manos mientras lo leía por segunda vez.
No dudaba de lo que decía, tampoco era confuso en sus cláusulas, eran perfectamente claras, su abogado ya lo había revisado a detalle y no tenía nada que pudiera parecer siquiera engañoso.
Pero ella necesitaba convencerse de que aquello era real.
“Chef privada residente de la familia Belmonte Van Dyke.” Sería su título oficial.
La descripción de funciones incluía la planeación de menús para toda la semana, 3 comidas al día, estar a disposición de los señores Belmonte y Van Dyke a cualquier hora, la administración de la cocina privada, la supervisión de compras y proveedores, y la total confidencialidad sobre todo lo que ocurriera dentro de la residencia (la carga parecía muy alta, pero no era muy diferente al trabajo en el restaurant de su padre).
El salario era mucho más alto de lo que había imaginado.
Y la pensión, en caso de terminación anticipada, era todavía más contundente; literalmente estaba escrito como liquidación, pero Marian estaba consciente en plenitud de la referencia establecida en el papel.
Emma observaba atenta a Marian, estaba enfrente de ella, con las manos entrelazadas, la miraba con detenimiento, y deseaba que no hubiera un arrepentimiento de último minuto.
Alejandro, por su parte, estaba parado, centímetros por delante de la pared, se notaba serio y atento a la situación, como si cada palabra que Marian leyera pudiera hacerla cambiar su decisión.
—Esto es más de lo que acordamos —dijo Marian al fin, levantando la vista, pero esbozando una sonrisa—.
Es por mucho, más de lo que esperaba.
—Ese era el objetivo —respondió Alejandro—.
Al firmar esto estarás en total igualdad con nosotros.
Emma asintió.
—No queremos que te sientas prisionera en nuestra casa, ni una “esclava” —añadió—.
Ni ahora, ni después.
Marian respiró aliviada.
Y terminó de leer la última página.
—¿Y la convivencia?
—preguntó—.
No dice nada al respecto.
Alejandro fue a sentarse junto a Emma.
—Eso no es parte del contrato —dijo—.
Es un acuerdo entre los tres, y como bien lo dijimos, sería un acuerdo familiar.
Preferimos que sea verbal, sabemos el riesgo de dejar algo así escrito.
Emma tomó la palabra.
—Viviremos como cualquier familia —explicó—.
Desayunos juntos, comidas compartidas, cenas románticas, conversaciones normales, ratos de esparcimiento, paseos, salidas.
Dentro de casa no habrá nada de qué esconderse.
Como te lo dijimos estaremos en igualdad tú y yo.
Marian asintió con un poco de reservas.
—¿Y respeto a lo sexual?
Emma fue directa.
—Eso sí tiene reglas claras.
Justo como lo acordamos.
Días asignados para cada quien.
Sin interrupciones.
Sin reproches ni celos.
Sin juegos de poder, y sobre todo sin hacer nada que no querramos.
Alejandro arqueó las cejas.
—Hoy es la excepción a las reglas Emma.
—Sí, excepto hoy —respondió Emma.
Marian bajó la vista por un momento, fue casi imperceptible.
Sintió una emoción extraña, se sentía incómoda, pero a la vez emocionada.
No tenía miedo, toda su vida había sido una mujer bastante fuera de molde.
Era una emoción similar a la que sintió la primera vez que se lanzó en salto bungee, después de todo está era una aventura que era tan excitante como peligrosa —Entonces… —dijo en voz alta, tomando la pluma— si firmo esto, no hay marcha atrás.
—Siempre hay marcha atrás —respondió Emma, aunque no en un tono agresivo—.
Pero no sin consecuencias.
Y así Marian firmó —Y bueno, el primer clavo a mi ataúd—, se dijo a sí misma muy levemente, no fue escuchada por nadie.
El acuerdo estaba sellado.
———————————————– Esa tarde la Residencia Belmonte Van Dyke, era diferente, se sentía distinta.
A manera de broma Alejandro le dijo a ambas —¿Como deberíamos llamar a esta familia Belmonte Van Dyke Okoye o Belmonte Okoye Van Dyke?
Ninguna de las dos respondió, se sentían nerviosas aún.
Esa tarde había empleados, fue parte del acuerdo.
No había ruido innecesario.
Solo estaban los tres y la expectativa.
Marian se dirigió a la habitación que le habían asignado: era amplia, luminosa, sobria, aunque sabía que tendría la libertad total para modificarla y hacerla sentir en casa.
Era un espacio pensado para quedarse.
Cuando bajó a la sala, Emma estaba de pie junto a una mesita, se había servido una copa.
Alejandro observaba desde el jardín.
—¿Cómo te sientes Marian?
¿Quieres beber algo?— preguntó Emma mientras le servía una copa a Alejandro.
Marian pensó dentro de sí una respuesta lo más directa posible.
—Como si hubiera firmado algo más que un contrato —dijo—.
Prácticamente mi vida ha cambiado por completo en unos pocos días.
Emma giró lentamente.
—En efecto, eso pasó, pero te aseguro que será para bien.
Emma le sirvió también una copa a Marian, y los conminó a hacer un brindis.
Fue una pequeña celebración.
Emma fue la primera en hablar mientras alzó su copa —Por nosotros tres, porque esta nueva familia sea muy feliz, imaginemos que esta fue nuestra boda—.
Lo que siguió fue más íntimo, más silencioso.
—Hoy no seguiremos el esquema —dijo—.
Hoy solo… dejémonos llevar, al final, es nuestra noche de bodas.
Marian la miró con atención.
No había celos en su voz, no lucía atormentada ni molesta, la había tratado muy poco pero podría jurar que se veía feliz dentro de sí.
Lucía como una mujer que estaba entregando algo con plena conciencia de lo que implicaba.
—Empieza conmigo —dijo Emma, mirando a Alejandro—.
Ustedes se merecen una noche completa solos.
Alejandro se quedó inmóvil un segundo.
Y asintió.
Marian sintió cómo la mirada de él la envolvía.
No fue un gesto brusco ni impaciente.
Fue lento.
Respetuoso.
Casi reverente.
—Si en algún momento quieres detener esto —dijo Alejandro—, lo haremos.
Marian asintió.
Alejandro la beso profundamente por primera vez mientras la tomó entre sus brazos, Emma sonrió al verlos, sabía que había tenido razón en su presentimiento, simplemente dió media vuelta y se fue.
—Te verá más tarde mi amor —.
Fue lo último que le dijo Alejandro antes de dar media vuelta e ir con Emma.
Emma ya lo esperaba en su habitación.
No preguntó qué había pasado.
No necesitaba hacerlo.
—Ven —dijo simplemente.
Los encuentros con Emma siempre desbordaban pasión, eran intensos, a veces cariñosos, a veces simplemente sexuales y pasionales.
Esta vez fue distinto.
Era mucho más intenso.
Más cargado de historia, de un matrimonio sólido, pero también de uno sui géneris, algo provocado por la misma Emma.
Ella ese día no quería delicadeza.
Quería sentirse deseada, amada y elegida aun sabiendo que no ya era la única.
Alejandro la entendió completamente, aún sin que ella dijera nada, ambos se entregaron por completo a la pasión, besos intensos, roces fuertes, Emma estaba mucho más intensa que en otras ocasiones, probablemente dentro de sí tenía miedo a sentirse comparada, estaba decidida a hacerle el amor a Alejandro de la manera más placentera que pudiera, y que también lo fuera para ella.
Cuando ambos terminaron, Emma permaneció despierta, observándolo, y él a ella.
—Ahora ya no hay fantasías —susurró—.
Ahora es nuestra realidad.
Alejandro respondió también —Y responsabilidades—.
Emma cerró los ojos, y volvió a besarlo.
—Tienes que irte ya, ve con ella, disfrútalo…
¡Te amo!— terminó de decirle Emma.
—Y yo te amo a ti— respondió Alejandro.
No hubo palabras innecesarias después de eso, un beso más intenso que el anterior, y Alejandro salió de la habitación.
Fue a darse un breve baño y a alistarse para su “Noche de Bodas” con Marian.
Se dirigió a la habitación de Marian.
Entró y cerró la puerta sin dramatismo.
Ya había colocado una botella de la champaña más fina, elección de Marian, y ambos hicieron su brindis matrimonial.
No tuvieron necesidad alguna de hablar, ya no había que hablar nada más.
Tras el brindis, ambos se besaron con pasión, el deseo entre ambos era notorio, las miradas, la respiración lenta, la excitación en ambos era más que evidente.
Ambos fueron directamente a la cama, besos profundos, gestos cuidadosos, silencios largos, respiraciones que se acompasaron poco a poco.
Marian descubrió que Alejandro no era el hombre desbordado que había imaginado, sino alguien que sabía esperar, leer, adaptarse.
Marian por su parte era una mujer diferente a Emma, aunque en público era mucho más expresiva que Emma, parecía que en privado era gustara más de ser seducida en cada momento, sin embargo al final termino siendo algo tan intenso como lo era con Emma, aunque muy diferente en esencia.
Marian tuvo un orgasmo como nunca antes había tenido, o al menos no recordaba algo así nunca antes, y ahora solo quería estar abrazado a él.
Ambos se besaron un poco más, mientras disfrutaban ambos de una calma extraña.
—Gracias por confiar en mí—murmuró él antes de que ella se quedará dormida.
Marian se quedó callada unos instantes.
No se sentía usada, aunque tampoco triunfante.
Se sentía… incluida, parte de esa casa.
—————————————— En su habitación, Emma miraba el techo.
Los había escuchado, y al igual que Marian en Dominicana, sintió un fuego interior, una excitación proveniente de lo prohibido.
——————————————— Y Alejandro, recostado entrelazado con Marian pensaba que el verdadero reto no sería el deseo que sentía por ambas, y que podría nacer el amor por Marian como el que sentía por Emma… sino mantener el equilibrio que acababan de crear.
El arreglo estaba sellado.
Ahora comenzaba lo verdaderamente difícil.
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