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Mis Dos Esposas - Capítulo 17

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17: El Sonido de la oscuridad 17: El Sonido de la oscuridad Marian despertó de un sobresalto tras dormitar un momento.

—¿Estás bien?

—preguntó Alejandro en voz baja.

Marian lo sostuvo con la mirada.—Sí, pero ¿Tú lo estás?

No era una pregunta superficial.

Era una pregunta seria respecto a la decisión que acababan de tomar.

Alejandro respondió con calma.—No sé como describir esto que tenemos los tres… pero no quiero que se rompa.

—Entonces no lo rompamos —respondió ella calma—.

Esta noche no pienses en eso.

Solo quédate conmigo.

Emma, en la habitación contigua, seguía escuchando el murmullo apagado de sus voces.

No distinguía palabras, pero reconocía tonos.

Reconocía respiraciones.

Reconocía pausas.

Brevemente sintió incertidumbre.

Se sentó en la orilla de la cama, intentando convencerse de que aquello era parte del trato.

Trato que ella había permitido; en realidad, parte del trato que ella misma propició.

Parte del orden que había querido construir.

Pero ahora, mientras el sonido de una risa baja atravesaba la pared, algo dentro de ella se tensó.

No eran solo sus cuerpos.

Era la confianza que parecía existir ya entre ellos.

Del otro lado, Marian tenía una seguridad que ya no parecía provisional.

Lo tomó de la cara.

—Alex —susurró ella.

Él se detuvo.

—Nadie me llamaba así, al menos no desde que dejé de ser un niño ¿Desde cuándo soy Alex?— preguntó.

—Desde que no eres solo el esposo de Emma —respondió ella—.

Desde también eres mío.

Hubo algo en esa frase que lo atravesó.

Marian ya no parecía cohibida.

Ya no se mostraba insegura como al inicio.

Al contrario.

Había cambiado y mostraba una determinación que no conocía, aunque tampoco la conocía mucho en realidad; Marian ya tenía una intensidad que no había demostrado del todo antes.

Se acercó más.

—Quiero saber algo —dijo Marian rozando su cuello con los dedos—.

¿Cambiarías conmigo?

—¿Cambiar?

— le respondió.

—Si yo te pidiera que me amaras sin pensar en reglas… ¿lo harías?

Alejandro la sostuvo por la cintura.

—No me hables de reglas esta noche, hoy no las tenemos—.

—Entonces háblame de deseo — dijo ella.

La forma en que lo miraba ya no era tímida, aunque nunca lo hubiera sido, Marian parecía más reservada que Emma, al menos hasta ese momento.

Marian ahora era directa y provocadora.

Ella se inclinó hacia su oído.

—Quiero que me tomes como si no existiera ningún acuerdo.

Como si yo fuera Emma.

Alejandro se tensó.

Era justamente lo mismo que Emma le había pedido antes, acaso Marian los escuchó, o como lo supo, o simplemente era una extraña coincidencia entre ambas mujeres en un juego de poder.

—No digas eso.

—¿Por qué?

—susurró ella—.

¿Te asusta?

Él cerró los ojos un instante.

—Por qué no eres Emma.

—Lo sé.

—No respondió herida, sino decidida—.

Soy distinta.

Y quiero saber si puedes tenerme también sin comparaciones.

Emma, en su habitación, escuchó el cambio en el ritmo de las voces.

Ya no eran conversaciones.

Eran respiraciones entrecortadas, murmullos bajos, sonidos que no necesitaban traducción.

Cerró los ojos.

Quiso resistirse a lo que llevaba rato sintiendo, pensó que no era lo más correcto, sin embargo, no lo hizo.

Se recostó lentamente en la cama, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba a pesar de no creerlo correcto.

—Esto fue lo que elegiste —susurró para sí, y se convenció que estaba bien hacerlo.

Un gemido contenido atravesó la pared.

Emma apretó los labios.

No sintió rabia ni celos, se convenció que nunca lo estuvo.

Era algo más complejo.

Sus manos recorrieron su propio cuerpo con lentitud, casi con incredulidad.

No era la primera vez que imaginaba algo así, pero ahora no era su imaginación.

Era real y estaba ocurriendo a unos metros de ella, en la habitación de a lado.

——————————————— Del otro lado, Marian no contenía su voz como Emma solía hacerlo.

Marian era más expresiva, más verbal, más intensa.

—Mírame, Alex —decía entre respiraciones—.

No pienses en nada más ahora.

Solo piensa en mí, solo poseeme a mí.

Alejandro la besó con una mezcla de deseo y confusión, le parecía tan extraño todo, pero también era lo más placentero que había vivido.

La noche avanzó sin que ninguno de los dos intentara detenerla.

Fue intensa.

Casi tanto como la noche de bodas que Alejandro y Emma tuvieron el año anterior.

Pero también era diferente.

Con Emma había habido promesa, y un compromiso añejo.

Con Marian hubo espontaneidad.

Emma, aún escuchando, dejó de fingir indiferencia.

Se permitió sentir.

Se permitió excitarse.

Cada sonido era una punzada y una caricia al mismo tiempo.

Se preguntó si Marian la mencionaba.

Se preguntó si Alejandro la comparaba, si comparó belleza, si comparaba sus cuerpos o su desempeño; pero eso lejos de molestarla solo la excitaba más, ella había provicado este juego prohibido, y ahora quería disfrutarlo al máximo.

Solo un breve instante se preguntó si esto los estaba uniendo… o podría romperlos.

Cuando todo terminó, el silencio fue más pesado que los sonidos anteriores.

Emma permaneció despierta un momento, respiraba pausadamente con lentitud, sintiéndose vulnerable, pero satisfecha y extrañamente viva.

—Al final es una nueva relación, siempre es una nueva aventura—.

En la otra habitación, Alejandro cayó rendido casi de inmediato, exhausto.

Marian no.

Se quedó mirando el techo, pensando para sí.

Pasó los dedos suavemente por el hombro de él, estudiándolo en la oscuridad.

—Alex… —susurró, aunque sabía que ya dormía.

No sentía culpa pero tampoco estaba completamente en paz.

Había cruzado algo esa noche.

Toda su vida había cambiado en un instante.

Aunque ella no lo babía querido provocar.

Había querido medirlo.

Había querido comprobar si él podía desearla y en algún momento amarla como a Emma.

Obviamente no tenía la respuesta.

Cerró los ojos.

Por otra parte sabía que Emma había escuchado.

No era ingenua.

Las paredes no eran tan gruesas.

Y, en el fondo, tampoco había intentado ser silenciosa, pero ¿Lo hizo intencionalmente?

y ¿Por qué?

¿Competencia?

¿Inseguridad?

¿O simplemente fue porque se sintiño utilizada de inicio por Emma?

Se levantó un poco y vió dormir a Alejandro.

—¿Qué sigue ahora?

—murmuró.

Aunque eso no tenía que ver con esa noche.

La pregunta era sobre lo que se avecinaba a partir de mañana.

Una cosa era el acuerdo.

Otra muy distinta era lo que podría pasar si alguno perdía la compostura.

Emma ya no era solo la esposa.

Alejandro ya no era solo el esposo.

Y ella no era la amante.

Eran algo más peligroso; aunque no tenía un nombre definido para eso.

Eran tres personas enamorándose en direcciones que no coincidían del todo.

Marian dió varias vueltas, no podía dormir; no dejaba de pensar.

Que pasaría si Alejandro comenzaba a significar más para ella… ¿Tendría que enfrentar lo inevitable?

Emma no sería considerada un obstáculo.

Ella era parte del vínculo, de hecho nada de esto habría ocurrido sin Emma.

Ella era parte del deseo también, aunque de manera inconsciente.

Y era parte del equilibrio inestable que los sostenía, quizás la más importante.

La madrugada avanzó lentamente.

En su habitación, Emma finalmente pudo descansar, se sentía involucrada como nunca antes, y antes de dormir pensó que tendrían aún mucho que hablar a la mañana siguiente.

Aunque no estaba segura si alguno de los tres estaba preparado para lo que vendría después.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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