Mis Dos Esposas - Capítulo 2
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2: Votos, Promesas y Contrato.
2: Votos, Promesas y Contrato.
Seis meses después de aquel reencuentro, Nuestra relación dejó de ser un simple arreglo entre nuestros padres.
Realmente hubo fuego y pasión entre nosotros, pero más importante que todo, amor.
El tiempo no había apagado el deseo; lo había refinado.
Lo había vuelto más consciente, más denso, más serio también.
Cada encuentro furtivo antes del compromiso oficial, cada conversación nocturna que se alargaba más de lo prudente, cada mirada sostenida cuando el silencio decía más que las palabras, había construido algo más peligroso que la simple pasión: una intimidad profunda, elegida, imposible de fingir.
El día había llegado por fin.
La Catedral Metropolitana nos vió entrar de camino al altar.
Ahí estaba yo esperando a mi novia, a minutos de poder llamarla mi esposa ante todo el mundo.
La ceremonia fue impecable.
La Catedral, bañada en luz dorada, estaba ocupada por las familias más prominentes del país.
Empresarios, políticos, figuras discretas del poder real.
Nadie asistía solo por romanticismo.
Aquella boda era observada como se observan las grandes decisiones: con atención, con cálculo, con expectativas.
Y ahí entre toda esa frivolidad, apareció Emma, mi hermosa Emma.
Ella avanzó por el pasillo con paso firme.
El vestido ceñía su figura con una elegancia sobria, sin excesos, dejando claro que no necesitaba ornamentos para imponerse.
Yo la observaba sin parpadear.
Estaba embelesado, que mejor lugar que ese para apreciar su belleza divina.
Ella alzó la vista y le hice una sonrisa leve, esas sonrisas que aprendimos a interpretar sin siquiera hablar, como si ese gesto no perteneciera al espectáculo, sino solo a nosotros.
—Emma Van Dyke Oyorzabal, ¿Aceptas a Alejandro como tú legítimo esposo, para amarlo y respetarlo en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe?— fue el momento cumbre de la ceremonia.
—Acepto —dijo Emma, con una voz que no tembló.
—¿Y tú?
Alejandro Belmonte Muriel ¿Aceptas a Emma como tú legítima esposa, para amarla y respetarla en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe?— me preguntó el padre también.
—Acepto —respondí, seguro, consciente de que esa palabra sellaba más que un matrimonio.
Los aplausos estallaron.
Las cámaras capturaron sonrisas perfectas.
Los invitados se pusieron de pie.
Todo lucía eterno.
La recepción se celebró en una hacienda restaurada, rodeada de jardines iluminados con miles de luces cálidas.
La música flotaba suave, elegante, acompañando el murmullo constante de conversaciones medidas.
Copas de cristal, mesas impecables, flores blancas y doradas.
Nada estaba fuera de lugar.
Emma y yo nos movíamos entre los invitados con naturalidad, saludando, sonriendo, cumpliendo con el ritual social que se esperaba de ellos.
Pero cada vez que se cruzaban nuestras manos, cada roce breve, había algo más.
Una electricidad contenida que solo nosotros reconocíamos.
El primer baile llegó entre aplausos.
Tomé a Emma por la cintura con seguridad.
Ella apoyó una mano sobre mi hombro, las manos libres, entrelazadas.
Nos movimos con lentitud, sin prisa, como si el mundo hubiera decidido darnos un respiro.
—Estás hermosa —susurré solo para ella, lo suficientemente bajo para que nadie más lo escuchara.
—Hoy soy tuya —respondió ella—.
Y eso lo hace todo distinto.
—Y yo tuyo, para toda la vida— Fueron mis palabras para sellar un pacto de amor eterno.
Nuestros padres observaban desde sus mesas.
Del lado de Emma, su familia asentía satisfecha, orgullosa del enlace.
De mi lado, la mirada era distinta.
Más severa.
Más consciente de lo que estaba en juego.
Fue después del brindis, cuando la música bajó y los invitados se dispersaron, mis padres hablaron conmigo en privado.
Don Rafael Belmonte Galarza, mi padre, un hombre de presencia imponente y mirada firme, se colocó frente a mí.
A su lado, Teresa Muriel Sodi, mi madre, una mujer siempre elegante, contenida, con una expresión que no dejaba espacio a la duda.
—Alejandro —dijo papá—.
Este matrimonio no es un juego.
—Lo sé papá, no tienes por qué preocuparte—respondió él sin vacilar.
—Emma no solo es tu esposa —continuó mi mamá—.
Es ahora parte de esta familia.
Y la familia se protege.
Mi papá fue directo, sin rodeos.
—Si alguna vez la engañas, si expones nuestro buen nombre, si pones en riesgo este acuerdo… no solo perderás a tu esposa.
Perderás nuestro apellido.
Nuestro respaldo.
Todo.
Alejandro sostuvo la mirada de su padre.
—No la traicionaré, ni a ustedes ni a mí, esto no se trata de dinero, ni de un tratado comercial, es por amor a ella.
—Entiendo, me deja muchoas tranquilo escuchar eso—concluyó Don Rafael, como yo siempre solía decirle cuando pasaba de su estado casi marcial, al del padre bondadoso y amable que siempre recuerdo.
Ya no hubo amenaza, mis padres se fundieron en un abrazo de orgullo y felicidad conmigo.
Horas después, cuando la fiesta llegaba a su fin, y los invitados de habían ido.
Emma y yo salimos hacia nuestra suite en la Hacienda.
Lejos de miradas.
Lejos de expectativas.
—Tenemos que hablar del acuerdo —dije con una seriedad que Emma no conocía.
Emma asintió.
Ya lo sabía.
El contrato prenupcial descansaba sobre la mesa.
Sus cláusulas eran claras, precisas, implacables.
Una infidelidad expuesta significaba el fin inmediato del matrimonio… y la ruptura total de la relación comercial entre ambas familias.
No había espacio para errores.
No existían segundas oportunidades.
—Fidelidad absoluta —leyó Emma en voz baja—.
No solo por amor… sino por supervivencia.
La miré con intensidad.
—¿Puedes hacerlo?
—pregunté—.
¿Puedes ser solo mía?
Emma sostuvo su mirada sin titubear.
—Si así lo decidí cuando volví a México, lo soy por completo —respondió—.
Pero espero lo mismo de tu parte.
Los papeles ya estaban firmados desde antes de haberse casado, pero nunca tuvimos la oportunidad de discutirlo.
Ambos terminamos de hablar al respecto, ya no como dos jóvenes sino como dos adultos conscientes del riesgo que acababamos de asumir.
La suite nupcial permaneció en silencio tras esa breve plática.
Una vez terminado el aspecto legal de nuestra nueva vida.
Emma cerró la puerta con seguro.
Se giró lentamente hacia mí.
El vestido, por fin, parecía innecesario.
Pude ver su figura, hermosa como siempre, no me cansaba de admirarla, no importaba cuántas veces lo hubiera hecho antes.
Me acerqué sin tocarla, recorriéndola solo con la mirada, como si quisiera memorizarla.
—Te he esperado todo el día — le dije, con la voz baja, cargada, ya no solo con una excitación a flor de piel, era algo más importante en ese momento.
—Yo toda la vida —respondió ella.
Las palabras fueron el primer roce.
Los besos llegaron después, lentos, profundos, deliberados, intensos.
Emma marcó el ritmo, guiándome, dejando claro que aquella noche no sería apresurada.
No sería solo deseo.
Sería pertenencia.
—Esta noche no quiero promesas —susurró ella—.
Solo certezas.
La habitación se llenó de sus voces, de respiraciones agitadas, de silencios que decían más que cualquier gesto.
El tiempo se disolvió.
Solo existíamos nosotros… y la certeza de que lo que compartíamos era tan intenso como frágil.
—Como te lo prometí mi amor te tengo un regalo— fueron las palabras de Emma mientras se daba la vuelta y me presumía su hermoso cuerpo, podía ver lo bien torneadas que estaban sus piernas, sus caderas y el resto de su firme trasero.
—Qué hermoso regalo — le dije, no es necesario explicar lo que continuó después, pero fue de lo más intenso y placentero.
Cuando finalmente descansaron, Emma permaneció despierta unos minutos más, observando a Alejandro dormir a su lado.
Pensó en el acuerdo.
En la fidelidad.
En los límites que acababan de aceptar.
Y en lo peligroso que sería, algún día, cruzarlos.
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